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La masacre de Medellín

Hace 28 años, VOZ publicó este editorial de José Antequera, con ocasión del asesinato de cinco jóvenes comunistas en Medellín.

masacre juco 3

José Antequera

La masacre contra la Juventud Comunista en Medellín no es una simple continuación de los innumerables crímenes de la violencia política desatada por el militarismo, sino el inicio de una nueva fase de la Operación de Exterminio, cuyo objetivo es el de generalizar el terror para imponer un régimen de facto.

La espectacularidad con que actuó el comando de asalto en la sede de la JUCO, la facilidad con que lograron “despejar” la zona de la presencia de unos policías cómplices, que luego salieron a decir que los criminales habían utilizado silenciadores, cuando todos los vecinos y los sobrevivientes quedaron aterrorizados por el retumbar de las armas (menos el flamante alcalde de Medellín), muestra la desfachatez con que está actuando el fascismo, amparado en la impunidad que lo rodea.

Pero al mismo tiempo al horrendo crimen de Medellín ha provocado un verdadero repudio nacional y la más amplia solidaridad de la Juventud Comunista. Ha resultado ser de esos hechos que anuncian una nueva situación, en la que los indecisos empiezan a actuar y a sumarse al gran clamor nacional que exige punto final al baño de sangre. La protesta juvenil se dejó sentir en una y mil formas, indicando que la joven generación está dispuesta a resistir y a luchar en todos los terrenos por el derecho a vivir y a ser jóvenes.

En los días que corren el desgaste y el aislamiento del Gobierno de Barco es cada vez más pronunciado. Por lo mismo, su responsabilidad por omisión con la “guerra sucia”, deviene en complicidad manifiesta. La política de Barco para la paz ha entrado en franco deterioro y su capacidad de maniobrar se reduce, en medio de la ofensiva militarista.

La incoherencia del Gobierno, sus protuberantes contradicciones, son la más clara manifestación de la crisis política que lo afecta; crisis que seguramente producirá nuevos hechos, así los voceros oficiales se esfuercen por mostrar el paraíso de la reactivación económica, pero sin poder ocultar su desfase de la deteriorada situación política.

No obstante el aislamiento político del militarismo, éste continúa con su plan. Uno de sus voceros más caracterizados es el General Jaime Guerrero Paz, cuya locuacidad raya en la altanería, revelando sus ansias de poder. Sus declaraciones buscan desviar la protesta nacional por la masacre contra los jóvenes comunistas, tratando de absolver de antemano a los verdaderos responsables. Al pasar a juez, a contradictor político y a encubridor de la pocilga de los sicarios, inaugura el estilo del “paragobierno”, contando con la impotencia y el mutismo del Ministro Delegatario. Hay quienes nos presentan como enemigos de las Fuerzas Armadas. Se equivocan porque el militarismo que denunciamos es una tendencia política, ubicada dentro y fuera de los cuarteles, de la que hacen parte políticos ultraderechistas, jefes de gremios económicos y ciertos mandos militares. No olvidamos las palabras de un General argentino, que decía: “Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores”.

¿Es inevitable transitar la experiencia argentina o uruguaya?, es la pregunta que se hacen muchos. Nuestra respuesta es NO; en Colombia el movimiento popular y democrático está en capacidad de frenar el militarismo fascista y hacer brotar de su propia lucha un Acuerdo Democrático, mayoritario y suficientemente fuerte como para imponer un cambio de rumbo en la situación nacional.

A su vez, la enseñanza de la masacre de Medellín es que el movimiento revolucionario y las organizaciones de masas están en la obligación de ejercer la Vigilancia y la Resistencia, superando rápidamente las debilidades y la fragilidad que aprovechan los grupos paramilitares para actuar. Es la hora de demostrar con hechos que somos capaces de vencer a los mensajeros de la muerte.

VOZ. N°1465 Diciembre 3 de 1987

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