Me enamoré de la tinta

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Conocí a Ancízar Guzmán, dibujando en una cafetería del centro de Bogotá en 1968. Y hasta hoy no dejo de admirar sus plumillas, tratando de imitar sus trazos

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Armando Orozco Tovar

Germán Santamaría, el periodista, escritor destacado y director de la revista Diners, actual embajador de Colombia en Portugal, escribió hace veintisiete años en El Tiempo, sobre el plumillista Ancízar Guzmán: “La tinta, con su olor y su épica trágica ,y la plumilla, con el azar de su trazo, fueron los dos únicos elementos con los que se adentró en la entraña de su mundo de monstruos, caballos, guerreros, mujeres, cuerpos… Un universo transitado por la muerte y el desarraigo…”.

He vuelto como dibujante intentar el mismo tratamiento de la plumilla con tinta china sobre papel con fondo de color a lo Ancízar Guzmán. Esa manera tan suya de utilizarla dándole forma voluminosa a las figuras. Conocí a Ancízar Guzmán, dibujando en una cafetería del centro de Bogotá en 1968. Y hasta hoy no dejo de admirar sus plumillas, tratando de imitar sus trazos, pero solamente terapéuticamente haciéndolo, puesto que el trabajo manual sana, como dice el antiguo poeta Rumi del sufismo persa: “La poesía, la musica y la danza curan el espíritu”. Y el arte de la plumilla no es sino otra forma de la danza del cerebro pasando creativamente por la mano hasta llegar al papel.

Ancízar Guzmán es sin dudas el mejor plumillista conocido. Fue él y nadie más quien creó un lenguaje nuevo para el arte plumillístico. Comenzó a realizarlo a mediados de los sesenta en su ciudad natal Ibagué, capital del Tolima, donde realizó estudios de arte en la universidad con profesores como Lafont, quien lo introdujo tempranamente en el neofigurativismo, una tendencia plástica de moda en el país. Eran los tiempos de la Revolución Cubana, la guerra de Viet Nam, los Beatles, el nadaísmo, hippismo, el nacimiento de las guerrillas colombianas y de la poesía de encargo social.

Ancízar Guzmán no fue ajeno a su momento. Pero sólo militó como artista en su arte vanguardista, en el cual siempre estuvo buscándole la “comba al palo” hasta lograr efectos y transparencias inusitadas, las cuales lo llevaron al descubrimiento de una nueva forma de dibujar con tinta, saliéndose de las deformaciones figurativas a la manera de Laffón, Norman Mejía, Alcántara y otros, adentrándose en un lenguaje propio de gran fuerza visual y emocional.

A comienzos de los setenta se trasladó de Bogotá a Cali, donde montó sus cuarteles de invierno. En la Sultana, se dio a conocer recibiendo buenas sumas por sus novedosos trabajos, donde para los conocedores era perceptible reconocer influencias como la de la pintora inglesa-mexicana Eleonora Carrington, el italiano Augusto, y el ruso-francés Chagall.

En aquel momento expuso sus monstruosas bellezas en las principales galerías de la capital, escapadas de sus pesadillas, que eran las mismas sufridas por el país, pero también de sus sueños circenses, naturalezas muertas, animales mitológicos, y el cuerpo alucinante de las féminas poseídas por faunos sobre las mesas de dibujo. Sus tintas encarnan a un país.

Ancízar Guzmán, en su refugio de Ubaté, imparte a niños clases de dibujo y pintura, como el marginado de siempre del arte nacional, aunque jamás ha dejado de pintar y esculpir 50 años seguidos sin parar un sólo instante. Creo que este artista ibaguereño fue el primero que le metió color a sus plumillas. Llamando la atención por sus trabajos en enormes formatos. Será justo que sus obras estén colgadas en los más importantes museos de arte, como las de Botero, Obregón, Grau, y otros lo están.

Ancízar Guzmán, es el Colón de un nuevo lenguaje, que cuando ocurre en otras artes y en la poesía, inmortaliza al artista. Alguna vez le pregunté: ¿Por qué no trabajaba más frecuente el oleo y el acrílico? Contestando: “Me enamoré de la tinta”.

Alegría de Pío