La paz que necesita Colombia es producto de la justicia social

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Foto: Marcha Patriótica Independencia via photopin cc

Nelson Lombana Silva

Entre broma y broma, charla y charla, don Pacífico Cabrera decía algo muy real: “Todos hablan de paz, pero nadie se quiere comprometer con ella”. Es cierto. Todo el mundo habla de paz, pero de dientes para afuera. Es decir, de acuerdo a sus intereses de clase. El burgués la concibe como sinónimo de sumisión y quietud. O sea, que el pueblo agache la cabeza, calle ante tanta injusticia social y repita maquinalmente su ideología. La guerrilla hinque sus rodillas no solo ante la burguesía nacional, sino ante los Estados Unidos.

Foto: Marcha Patriótica Independencia via photopin cc
Foto: Marcha Patriótica Independencia via photopin cc

En esa misma dirección están un amplio sector de las iglesias, los militaristas de cuello blanco, es decir, aquellos que no van al campo de batalla, dirigen los combates a través del internet o vía celular. Los terratenientes, los banqueros y los analfabetos políticos. Es lo que se suele llamar la “paz de los sepulcros” o la “paz de los vencidos”. Conciben la paz como un simple fenómeno espiritual o una simple aptitud que se puede resolver con fuerte abrazo, apretón de manos o sencillamente buenas intenciones. Es una simple concepción idealista y metafísica de la paz.

Mientras tanto, el pueblo tiene una concepción distinta de la paz. La concibe como un fenómeno concreto y dialéctico. Es decir, producto de algo, efecto de algo. Y, ¿cuál es ese algo? La justicia social. O sea, la paz es producto de la justicia social. Y, ¿qué es la justicia social? Que la economía esté al servicio del hombre (el pueblo) y no el hombre al servicio de la economía (trayendo a colación el pensamiento político del inmolado caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán Ayala).

Que nadie se muera de física hambre e inanición como viene sucediendo en Colombia en pleno siglo XXI. Que nadie duerma a la intemperie por falta de techo. Que nadie se acueste con hambre. Que los niños no se alimenten con bóxer. Que no haya ricos exageradamente ricos y pobres exageradamente pobres. Que nadie muera en las puertas de los hospitales. Que los campesinos no tengan que mendigar un pedazo de tierra, o el obrero un empleo digno y bien remunerado. Que la mujer pueda mostrar toda su bella e inteligencia sin tener que prostituirse para llevar algo de comer a casa.

Eso y mucho más es la justicia social. Esas y muchas más son las condiciones básicas para que haya realmente paz en Colombia con justicia social.

De acuerdo a esas dos posiciones acerca de la paz, podríamos develar claramente las posturas de los que hoy están sentados frente a frente en la mesa nacional de diálogo en La Habana (Cuba).

Mientras el gobierno nacional se inclina porque estos diálogos se desarrollen por las “alturas”, casi como un pleito personal entre él y las FARC-EP y prácticamente en la clandestinidad, de espaldas al país nacional, del cual hablara también Gaitán, el movimiento guerrillero propone un diálogo de cara al país y con la participación activa de la población civil, es decir, el pueblo en su conjunto y con todas sus particulares características y orgánicas, por cuanto tiene claro que allí no se define propiamente el futuro de ellos como guerrilla revolucionaria, sino el destino del pueblo secularmente engañado, explotado e ignorado.

Por esas razones, resulta de vital importancia la participación activa del pueblo colombiano en los diálogos de La Habana (Cuba); una participación directa y decidida empezando por exigir que no se paren de la mesa hasta tanto no haya un acuerdo duradero y que beneficie los intereses del pueblo. Es decir, una paz con justicia social.

Así, la gigantesca movilización nacional e internacional presentada el pasado 9 de abril es una expresión oceánica del pueblo colombiano que despierta y entiende su papel protagónico en esta lucha por la paz. Merece toda la admiración porque no solo se movilizaron en Colombia: en muchos países del mundo se solidarizaron con esta noble causa.

Semejante manifestación por la paz no se puede ocultar, ni minimizar como lo hace miserablemente la prensa adicta al régimen. Se tiene que dimensionar en sus justas proporciones. Hay que decir con fuerza: Ahora sí somos más por la paz. ¿Qué sigue? El secretario general del Partido Comunista Colombiano, Jaime Caycedo Turriago, en el último editorial del semanario VOZ La verdad del pueblo, lo planteó sin ambages: 1. Desarrollar las constituyentes por la paz, a nivel veredal, barrial, municipal, departamental, nacional, internacional; y 2. Propiciar la unidad de la izquierda comprometida con la paz con justicia social. Así de clarito.

Frente a la paz no se puede ser ambiguo. Somos o no somos. No se puede inventar cuentos chinos para eludir responsabilidades directas y decir –por ejemplo– que no se participaba el 9 abril porque estaba Santos con sus escuderos buscando su reelección. Qué miopía. Qué desconocimiento de la lucha de clases y la batalla ideológica que tanto predica el comandante Fidel Castro Ruz. El pueblo común y corriente les asestó una gran bofetada a esos “pensadores” de pacotilla. No se dejó confundir: Marchó por la paz con justicia social, los diálogos de La Habana (Cuba) y el cese bilateral del fuego inmediatamente. Se cumplió lo dicho por Gaitán: “El pueblo es superior a sus dirigentes”.

Así las cosas, no podemos hacer pausa. Debemos duplicar la lucha y desarrollar la propuesta del dirigente comunista y de la Marcha Patriótica, Jaime Caycedo Turriago. Colombia necesita paz con justicia social.