El todero de Crónica

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Foto: el Pachinko via photopin cc

Los aportes iniciales de Gabo al periodismo y a la narrativa colombiana. Un texto de 1950 que constituye un anticipo de las descripciones de la casa de los Buendías en su novela cumbre. Reconocimiento al primer maestro de periodismo, el hijo de Aracataca.

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José Ramón Llanos

A raíz de la muerte de Gabriel García Márquez, los periodistas, críticos y escritores han inundado los medios de comunicación del mundo y en todos los idiomas de epítetos elogiosos, algunos de los cuales se repiten: genio, universal, creador, único y muchos etcéteras más. Como no queremos agobiar a los lectores de VOZ repitiendo esos calificativos, decidimos identificar y comentar los aportes iniciales de Gabo al periodismo y a la narrativa colombiana, y un texto de 1950 que constituye un anticipo de las descripciones de la casa de los Buendías en su novela cumbre. Así como también hacer un reconocimiento al primer maestro de periodismo, el hijo de Aracataca.

Realismo mágico y lo real maravilloso

Vale la pena aclarar que el colombiano no es el creador del realismo mágico, o lo real maravilloso. Cuando él apenas daba sus pininos narrativos ya Alejo Carpentier, cultivador de la ficción y erudito ensayista cubano, había publicado El reino de este mundo, sin lugar a dudas ejemplo de esta modalidad narrativa. También los lectores latinoamericanos leían la obra Pedro Páramo, publicada en 1955. El mismo García Márquez comentó el notable impacto que le produjo su lectura.

Además, ya desde 1947 Arturo Uslar Pietri había acuñado la expresión para calificar algunos cuentos venezolanos. Lo que logra el macondiano es convertir su obra Cien años de soledad en la expresión cimera, impar del realismo mágico.

El primer maestro de periodismo

Suele decirse que el mono Salgar en El Espectador fue el maestro de periodismo de García Márquez, pero García Usta, periodista cartagenero demostró que el primer maestro del autor de Isabel viendo llover en Macondo fue el sanjacintero Clemente Manuel Zabala Contreras, quien en 1948 convirtió las primeras cuartillas que escribiera el Nobel en su debut en El Universal de Cartagena en muchas manchas rojas señalando los errores. Allí, en su primera escuela de periodismo, compartió pupitres con otro narrador y pintor con más experiencia, Héctor Rojas Herazo, autor de la novela En noviembre llega el arzobispo.

La génesis de La Cueva

La ciudad de Barranquilla, donde recaló el autor de La hojarasca en 1950, era reconocida entre los intelectuales nacionales y extranjeros por haber puesto en circulación la más cosmopolita revista colombiana en la segunda década del siglo XX, Voces. Este prestigioso y fructífero antecedente estimuló a un grupo de poetas, ensayistas y pintores, liderados por Alfonso Fuenmayor, para embarcarse en una aventura editorial a la cual fue arrastrado Gabo. La propuesta era poner en circulación una revista con un contenido inusual para la época: una mezcla de deporte, ensayos y textos de ficción, la titularían Crónica. Su mejor “Week-end”.

Aparte del mérito innovador de ser un semanario literario deportivo, tuvo el aporte afortunado de convertirse en el nucleador de los intelectuales que después formaron el grupo de La Cueva, el cual generó la pintura renovadora del arte colombiano en los pinceles de Alejandro Obregón y sacó la literatura nacional de los enclaves parroquiales y nos catapultó al vasto ámbito universal, con la pluma taumatúrgica, de la feraz imaginación y la prosa cautivante del autor de El coronel no tiene quien le escriba.

García Márquez, el todero mayor

Como es de suponer, el director fue Alfonso Fuenmayor; jefe de redacción Gabriel García Márquez. El comité de redacción lo constituían cerca de veinte miembros. Solo mencionaremos a Ramón Vinyes, el sabio catalán de Cien años de Soledad; Meira del Mar; José Félix Fuenmayor; Germán Vargas; Álvaro Cepeda Samudio; y Julio Mario Santo Domingo. Una nómina excelente

Las ilustraciones las hacían fundamentalmente Alejandro Obregón y Orlando Rivera, el famoso Figurita. Sin embargo, Gabo también ilustraba algunas veces.

Debemos señalar que solo existen en las bibliotecas nacionales siete ejemplares completos y tres fragmentarios de Crónica. Por razones de espacio solamente mencionaremos los textos de García Márquez publicados. Escribió en el número tres de Crónica una crítica al teatro de Arturo Laguado y dos cuentos: De cómo Natanael hace una visita y La casa de los Buendía, en los números dos y seis respectivamente.

La casa de los Buendía tiene la interesante particularidad de constituir un apunte para la novela que escribirá 17 años después y que le aportó significativos méritos para que le concedieran el Premio Nobel de Literatura. Por considerarlo un buen ejemplo del estilo y parte del contenido de Cien años de soledad, transcribimos el párrafo inicial del cuento:

“La casa es fresca; húmeda durante las noches, aún en verano. Está en el norte, en el extremo de la única calle del pueblo, elevada sobre un alto y sólido sardinel de cemento. El quicio alto y sin escalinatas; el largo salón sensiblemente desamoblado, con dos ventanas de cuerpo entero sobre la calle, es quizá lo único que permite distinguirla de las otras casas del pueblo. Nadie recuerda haber visto las puertas cerradas durante el día. Nadie recuerda haber visto los cuatro mecedores de bejuco en sitio distinto ni posición diferente: colocados en cuadro, en el centro de sala, con la apariencia de que hubieran perdido la facultad de proporcionar descanso y tuvieran ahora una simple e inútil función ornamental”.

Ese cuento de Gabo en la revista Crónica es un valioso elemento para identificar la evolución de los recursos estilísticos garciamarquianos. Señalan, además, el largo tiempo durante el cual fue consolidando su obra cumbre, sin prisa y enriqueciendo la forma de expresar estéticamente el contenido de su historia.

Este es nuestro homenaje al colombiano que ha limpiado la imagen de nuestro país, enlodada por la clase dirigente a lo largo de casi doscientos años de desgobiernos.

La revista Crónica circuló entre el 29 de abril de 1950 y el mes de junio de 1951, cuando por razones económicas dejó de aparecer.

Ya en el año cincuenta del siglo pasado García Márquez tenía esa facultad de forjar textos que sorprendían por sus insólitas contenidos. Un ejemplo lo encontramos en el cuento De cómo Natanael hace una visita, publicado el 6 de mayo de 1950, en el número 2 de la revista Crónica.

Leamos el párrafo de entrada: “En la esquina había cuatro vientos encontrados. En el centro de la trabazón, la corbata gris aleteó un momento hacia el este; se desvió luego impulsada por el otro viento; señaló alternativamente hacía las direcciones contrarias y se quedó quieta después, parada, sostenida en el equilibrio de los cuatro vientos iguales. Natanael la sostuvo, se arregló el nudo con el tacto y tuvo la sensación de que la corbata estaba viva”.