El cine colombiano es homenajeado en el Festival de Cannes

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Película colombiana "El abrazo de la serpiente".

Con esta nueva generación de directores se aspira a renovar los tópicos del cine colombiano. Eso significa que empieza a nacer una nueva mirada del mundo, para que, de esta forma, el cine comience a dialogar con diferentes tipos de públicos.

Renata Cabrales

Ciro Guerra, cineasta colombiano, reconocido por sus películas “Los viajes del viento” (2009) y “La sombra del caminante” (2004), estudió cine y televisión en la Universidad Nacional de Colombia. Ha asistido a más de 60 festivales de cine en todo el mundo (Cannes, Tribeca, Seúl, Bangkok, Seattle, Río de Janeiro y Guadalajara). Ha sido merecedor, además, de 15 premios y menciones en festivales como San Sebastián, Toulouse, Trieste, Mar del Plata, Varsovia, Austin, Quito, Santiago de Chile, Cartagena y La Habana.

“El abrazo de la serpiente”

Con su última producción cinematográfica, “El abrazo de la serpiente”, galardonada en Cannes, el cineasta desea desvelar los hechos de un mundo remoto, donde la espiritualidad reina y esa vida acelerada del mundo civilizado, dominado por el consumo y el turismo, se muestra ajena a ese encanto.

Esta producción, que es su tercer largometraje, cuenta con la presencia del actor internacional Jan Bijvoet, el belga que debutó con su creación en el “Borgman” de Alex van Warmerdam. Además, hacen parte del elenco otros actores de talla internacional, como Brionne Davis (“Savaged”). Se resalta también el gran trabajo actoral de Luigi Sciamanna (“Secreto de confesión”) y el colombiano Nicolás Cancino (“Roa”), entre otros.

La planta sagrada

“El abrazo de la serpiente” narra la historia de la amistad entre un chamán amazónico, último sobreviviente de su pueblo, y dos científicos que trabajan juntos en la búsqueda de la planta sagrada del Amazonas, la yakruma. Según uno de los científicos, esta planta le daría el don de soñar. El autor muestra en esta gran pieza cinematográfica un Amazonas imponente cuya riqueza natural se muestra en todo su esplendor pero que, desde entonces, ya empezaba a padecer las consecuencias aberrantes de la colonización, pues era devastado por la cauchería.

Pero no solo los caucheros estaban arrasando con este gran pulmón del mundo y sus pueblos indígenas, también la religión, traída e impuesta por los colonizadores, hacía lo suyo. Los evangelizadores entraban al territorio a imponer sus creencias a comunidades enteras, que eran castigadas y sometidas por el hecho de hablar “sus lenguas del demonio” y, de esta forma, eran forzadas a hablar la lengua del verdugo.

Colonizadores y evangelizadores: enemigos de las comunidades ancestrales

En esta obra maestra el cineasta colombiano comprueba que las diversas tribus que habitaban entonces la región del Amazonas tenían como costumbre ancestral proteger todo lo concerniente a la fauna y la flora de la zona.

Retrata, además, a un colonizador arrogante que solo puede ser visto como intruso y enemigo, cuya insolencia, también, es dominada por el poder de la naturaleza, única heroína de la historia. Un colonizador incapaz de entender unas costumbres que imponen ciertas reglas para una mejor convivencia y relación con el entorno, como por ejemplo no pescar antes de la temporada de lluvias, o no utilizar armas de fuego, así mismo, no hacer un uso indebido de los recursos que ofrece la Madre Tierra.

La cinta ha sido determinada por el director como un “cruce de conocimientos” entre los científicos occidentales y los sabios de la selva. Una obra que incita a reflexionar sobre la pérdida de la identidad de los pueblos ancestrales que creían en la idea del Chullachaqui, que venía a ser, nada menos, que una imagen o un doble de cada persona pero vacío y hueco, sin recuerdos. Esa imagen del ser humano que desconoce su origen, su historia y por eso, es incapaz de conservar la memoria de sus comunidades primigenias.

La incesante búsqueda de la yakruma es el hilo conductor de la historia, ya que dicha planta es la que transmite el máximo conocimiento de lo que fue la Tierra antes de que los caucheros arrasaran con todo y antes de que los “blancos” trajeran, con su afán de colonización, el infierno a la Tierra.

César Acevedo, “La tierra y la sombra”

Por otro lado, el colombiano César Acevedo, director de “La tierra y la sombra”, también fue homenajeado con su opera prima, premiada por ser la mejor en esa modalidad en el Festival de Cannes. El cineasta colombiano estuvo muy agradecido por el reconocimiento, pero su mayor interés radica en la idea de que en Colombia y en el mundo entero se aprecie su película, pues narra “la historia y la identidad de un pueblo arrasado”. Afirmó además, en una rueda de prensa, luego de su merecido reconocimiento: “Lo que me interesa es que la gente vea la película, que habla sobre la historia, la memoria y la identidad de un pueblo arrasado por una cierta idea de progreso que hay en mi país”.

La obra de Acevedo narra la historia del regreso a su hogar, en el Valle del Cauca, de un campesino que abandonó su hogar hace varios años atrás y que de un momento a otro, después de mucho tiempo de ausencia, vuelve para ayudar a cuidar a su hijo desahuciado, mientras la que fue su esposa y la compañera de su hijo trabajan como corteras de caña.

La ópera prima del colombiano ha recibido en su totalidad cuatro premios en Cannes, también los de película revelación de la Semana de la Crítica y el SACD (Société des Auteurs et Compositeurs Dramatiques). En la entrega de los premios, el director dedicó su reconocimiento a “todos los campesinos” de su país, “que son grandes trabajadores”. Así mismo, según el autor, este reconocimiento se debe, además, a que su país ha padecido diferentes tipos de violencias.

Con los distintos homenajes y reconocimientos que ha recibido el cine colombiano de estos tiempos, se puede inferir que han nacido nuevas propuestas a la hora de transmitir historias diferentes que demuestran que se acerca el final de los grandes relatos colombianos. Relatos que exponían y exponen aún, una sola cara de la moneda: un país dominado por la mafia y las drogas, cuyos protagonistas vienen a ser capos deshumanizados por el afán de enriquecerse a costa de la sangre derramada por víctimas inocentes. Pero además, estos personajes sin escrúpulos son idealizados y adorados por una sociedad que engrandece a sus propios victimarios.

Con las actuales apuestas cinematográficas nos enfrentamos a la otra historia de un país que ha sido, desde sus inicios, arrasado por la colonización y por las ansias de poder de grupos de terratenientes que han derramado ríos de sangre en nuestras tierras en su afán de usurpar nuestros recursos. Realidad que el poder de los medios convencionales de comunicación ha tratado de ocultar desde siempre.

Con esta nueva generación de directores se aspira a renovar los tópicos del cine colombiano. Eso significa que empieza a nacer una nueva mirada del mundo, para que, de esta forma, el cine comience a dialogar con diferentes tipos de públicos. Y así mismo, las nuevas generaciones tomen conciencia de la realidad del país protagonizada por la interminable colonización y la victimización de las poblaciones campesinas y las comunidades indígenas.