Crisis ministerial

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Hay mucho que corregir y reorientar y ello hace necesaria no solo la crisis ministerial, sino el cambio de orientación del gobierno. El doble discurso no sirve, porque genera desconfianza en la insurgencia, como también en los trabajadores y el pueblo.

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Editorial del Semanario VOZ

La renuncia del “superministro” o ministro de la Presidencia, Néstor Humberto Martínez, sacó a flote las contradicciones internas entre los ministros del gabinete, porque no todos se entienden bien y coordinan los propósitos gubernamentales, como no todos hacen causa común con la principal estrategia del presidente Juan Manuel Santos, planteada una y varias veces por él, del logro de la paz.

Algunos ministros y altos funcionarios que salieron del gabinete meses atrás, ahora son cuadros del Centro Democrático e inclusive candidatos a las corporaciones públicas en las elecciones regionales de octubre próximo. Es parte de la ambigüedad del gobierno de Santos que confirma que sus diferencias con Uribe Vélez son más de forma, aunque distanciados en el tema crucial de la paz para Colombia.

Martínez adujo como razones para el retiro del gabinete el hecho de que debe asumir la dirección de su bufete de abogados, ensanchado con la unión reciente con DLA Piper, la firma de abogados más grande del mundo. Otros periodistas la atribuyeron a su aspiración de ser el próximo fiscal general de la Nación, aunque todavía le queda tiempo al actual.

La verdadera razón está en sus pésimas relaciones al menos con la mitad de los ministros. Las funciones del ministro de la Presidencia invadieron los predios de otros ministerios, más allá de la cartera política. Generó choques y contradicciones. A Juan Fernando Cristo, por ejemplo, no le agradó el contacto de Néstor Humberto Martínez con los uribistas, gesto que entusiasmó y alegró a Álvaro Uribe Vélez, opositor tenaz a la política de paz de Santos.

Los “superministerios” crearon instancias de mayor jerarquía que invaden el espacio y las funciones del resto del gabinete ministerial, porque tiene línea directa con la Casa de Nariño. Eso molesta a los ministros y desordena el trabajo de la administración.

El Gobierno Nacional trabaja en medio de un caos, a veces de improvisaciones y sin cohesión en lo fundamental. A ello contribuye la ambigüedad de Santos, que no se compromete con decisión en lo esencial. No defiende con ahínco su política de paz, como sí lo hizo en el caso del acuerdo de la comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición, lo cual se le abona. Menos lo hacen sus principales funcionarios que aparecen alejados de esta realidad y más de uno no la comparte. Fue lo que llevó a Timoleón Jiménez, comandante de las FARC-EP, a decir que hay una conspiración contra Santos, de los enemigos de la paz, dentro y fuera del Gobierno.

En la “gran prensa” se especuló que después de la renuncia de Martínez habría crisis ministerial. Algunos hicieron el ejercicio de apostar cuáles saldrían del gabinete. Todo apuntaba a que así sería. Pero no hubo la crisis.

Apenas salió Juan Carlos Pinzón, ministro de Defensa, quien se había convertido en una talanquera para los diálogos de paz. De alguna manera interpretó el malestar de la cúpula militar por la posibilidad de la solución política dialogada del conflicto. Adelantó la guerra con agresividad y con un lenguaje alejado de cualquier esfuerzo de reconciliación nacional. Lo sucede Luis Carlos Villegas, representante del empresariado, y quien participó en la Mesa de Diálogos de La Habana. Se produjo un enroque entre los dos porque Pinzón se va a la embajada en Washington y Villegas llega a Bogotá al Ministerio de Defensa.

¿La salida de Pinzón servirá de algo? Es probable un cambio de talante. Villegas no es tan agresivo y antipático, pero el problema es de política y de decisiones. A los militares hay que ponerlos en cintura, porque no es posible hablar de paz en La Habana y hacer la guerra a muerte en Colombia. Es parte de un necesario cambio en la orientación nacional que le corresponde dirigir al presidente Santos. ¿Tendrá la audacia de hacerlo, así como la tuvo para iniciar los diálogos con las FARC-EP?

Hay mucho que corregir y reorientar y ello hace necesaria no solo la crisis ministerial, sino el cambio de orientación del gobierno. El doble discurso no sirve, porque genera desconfianza en la insurgencia, como también en los trabajadores y el pueblo que son las víctimas del modelo económico injusto, de la represión y de ausencia de soluciones.

La Cepal acaba de afirmar que Colombia es el tercer país más pobre de Sudamérica, realidad que Santos no reconoce con “sobradez” y arrogancia. Por ahora el diálogo continúa con logros evidentes, pero en Colombia debe persistir la lucha y la movilización social como lo anuncian la Cumbre Agraria y numerosas organizaciones sindicales. La lucha de clases no tiene tregua, es la dinámica de las contradicciones de clase entre el capital y el trabajo y un gobierno neoliberal como el de Santos no tiene soluciones para el pueblo sino para los ricos. Serán inevitables los estallidos sociales como también la conquista de la paz con democracia y justicia social.