Columna libre: El sueño americano

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“La décima parte del uno por ciento más rico del país tiene casi la misma riqueza que el noventa por ciento más pobre”. Esto significa que en medio de 320 millones de habitantes hay 320 mil acaparando una riqueza igual a la que tienen 280 millones.

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Rodrigo López Oviedo

¡Estados Unidos! Ese es el país al cual llegan trabajadores que se sienten cansados de vivir como viven y a quienes se les ha seducido con la idea de ser ese el lugar en el que se ha cumplido la utopía de un cielo en la tierra. ¡Estados Unidos! Estados Unidos es realmente el país al que hay que llegar para decirle adiós al sueño americano. Estados Unidos realmente vive de crisis en crisis; y si los habitantes no perciben sus efectos en toda su intensidad, es porque el Estado logra mitigarlos con políticas de sobreexplotación de los trabajadores y el saqueo de los países dependientes.

El sueño americano fue bien retratado por Bernie Sanders, actual precandidato presidencial, quien dijo al periodista Jorge Ramos: “La décima parte del uno por ciento más rico del país tiene casi la misma riqueza que el noventa por ciento más pobre”. Esto significa que en medio de 320 millones de habitantes hay 320 mil acaparando una riqueza igual a la que tienen 280 millones.

Ramos no dice cuándo oyó semejante afirmación, pero tuvo que haber sido en medio de una campaña electoral, que es cuando a ciertos datos se les permite salir en discursos, con tal que vuelvan al olvido una vez el candidato esté en ejercicio del poder buscado.

Pero bien, el cuándo no importa. Lo importante es que con tales datos quedamos informados de que el tal sueño es solo interpretación de lo que los inmigrantes giran a sus países, luego de sufrir fatigosas jornadas en labores que los nacionales no aceptan realizar. Datos que también reflejan el incumplimiento de los signos de igualdad de que habla su Constitución. Incumplimiento que por cierto no obedece a ningún propósito. Simplemente, es la manifestación de un modo de producción que privilegia a quienes están en la cresta de la riqueza, siempre que sean capaces de sobreexplotar a sus trabajadores.

Ahora bien, quienes trabajan en el país pueden tener unos salarios mayores que los de otras latitudes, pero a costa de una mayor producción no pagada, es decir, de una mayor plusvalía. El capitalista vierte su capital a la producción para obtener plusvalía; la plusvalía obtenida la reinvierte en la producción y sigue generando plusvalía, y en medio de ese ciclo está el trabajador explotado, siempre condenado a la penosa tarea de seguir produciendo plusvalía en un ciclo que solo parará cuando alguna crisis no superada, de las que son frecuentes en el capitalismo, saque al capitalista de la producción, o los trabajadores decidan cambiarle el rumbo a la sociedad. ¡Ese día, él capitalista también tendrá que decirle adiós al sueño americano!