Caballería ligera: La paz real

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Todos esperamos que las partes firmantes del acuerdo cumplan con el contenido del documento y el país inicie una fase de convivencia y el Gobierno comience a ejecutar las políticas que contribuyan a resolver los problemas del campo y de las familias campesinas

José Ramón Llanos

Todo el país, incluida la Iglesia católica y los cristianos no seguidores de ese ícono de la moral y la honestidad, Álvaro Uribe, y su cauda de políticos que todavía no están en la cárcel, celebran el acuerdo de paz firmado por el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP, con el cual se pone fin a más de cincuenta años de guerra, originada por la imposición de Estados Unidos a la clase gobernante colombiana.

Todos debemos recordar que las FARC nacen como respuesta a la agresión del Ejército Nacional a las regiones de Marquetalia, El Pato y Guayabero, debido al temor del imperialismo norteamericano al comunismo y los latifundistas colombianos a que los campesinos organizados en esas regiones siguieran el ejemplo de Cuba e impulsaran una reforma agraria para recuperar las tierras arrebatadas con el boleteo a los legítimos dueños en la época de la violencia ospino- laureanista de los años cuarenta y cincuenta.

Todos esperamos que las partes firmantes del acuerdo cumplan con el contenido del documento y el país inicie una fase de convivencia y el Gobierno comience a ejecutar las políticas que contribuyan a resolver los problemas del campo y de las familias campesinas que a duras penas poseen la tierrita que les condena a malvivir. En cambio los latifundistas holgazanean en sus extensas propiedades e impiden que el trabajador minifundista produzca alimentos y materias primas para el desarrollo de la industria.

Si no se resuelve este problema, que constituye una forma soterrada de violencia, ya que si no cambia esa situación castiga físicamente al campesinado y se le mantiene bajo el yugo de las carencias de recursos vitales, lo más probable es que resurjan núcleos inconformes, que al ver la indiferencia y complicidad del Estado con esa injusticia, apelen a las vías de las armas para intentar resolver ese entuerto.

Además, hay otra arista que tiene en suspenso la posibilidad de una paz real. Sabemos que entre los sectores que impulsaron y votaron no, se encuentran quienes financiaron y estimularon a los paramilitares. Esos sectores no han expresado abiertamente su decisión de acatar no solo el acuerdo, sino también desarmar sus bandas dedicadas a amenazar a los líderes de los reclamantes de las tierras obtenidas ilegalmente. En algunos casos baldíos ocupados y amparadas las ocupaciones por agentes oficiales corruptos.

La paz efectiva exige un presidente que admita la necesidad de atender estas situaciones con la debida urgencia, no solo con la represión, sino también con fórmulas que permitan una interlocución con los implicados que estén dispuestos a buscar estrategias para aclimatar la paz y la convivencia en Colombia, con lo cual ganaríamos todos y legaríamos un país bienhechor a nuestros hijos.