Tras las huellas de la contaminación en la Antártida

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La subida de las temperaturas causada por las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera amenaza la estabilidad de los ecosistemas antárticos. Foto Dylan Shaw, en Unplash

El Polo Sur es «un centinela de la contaminación global. Si encuentras contaminantes allí, es que están en todos sitios», explica Jordi Dachs, coordinador del proyecto ANTOM, destinado a medir hasta dónde estamos alterando los equilibrios del planeta

Juan F. Samaniego

Prueba a prender fuego a tu cortina. Espera, mejor no lo hagas. Pero si lo intentaras, lo más probable es que no fuese tan fácil que la tela sucumbiese pasto de las llamas. La mayoría de tejidos que usamos en el día a día, desde los pantalones vaqueros hasta el tapizado del sofá, tienen un tratamiento ignífugo. Están impregnados de sustancias que retardan la propagación del fuego. Pero, aunque su misión sea esa, su historia en el planeta no suele terminar en nuestra casa.

Entre las sustancias ignífugas más habituales están los llamados compuestos organofosforados. Esta familia de químicos también es muy útil como pesticida e insecticida y como aditivo del plástico. Cada año se producen varios millones de toneladas de estos compuestos. Cuando el uso que le damos llega a su fin, sea tras rociar una plantación o al tirar un pantalón a la basura, estos compuestos se liberan en el medioambiente. Se volatilizan, pasan a la atmósfera y, desde allí, llegan a cualquier rincón del mundo. Incluso a la Antártida.

Hasta allí los ha seguido un equipo de investigadores liderado por el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua, IDAEA-CSIC, del que también forma parte el Instituto de Ciencias del Mar, ICM-CSIC, el Instituto de Química Orgánica General, IQOG-CSIC, y la Universidad de Vigo. Durante varias semanas, a bordo del Buque de Investigación Oceanográfica Hespérides, han muestreado las aguas del océano Austral para entender cómo llegan los contaminantes hasta allí y qué pasa con ellos una vez en el agua.

«Estuvimos cuatro semanas embarcados, aunque la campaña real fue de 15 días», explica Jordi Dachs, científico del IDAEA y coordinador del proyecto. «Inicialmente el barco se encargó de la logística de las bases antárticas y después empezamos nosotros. Primero bajamos cerca de la costa oeste de la península antártica, por el estrecho de Bransfield y el mar de Bellinghausen, hasta los 71 grados sur. La vuelta hacia el norte la hicimos mar adentro para poder tomar muestras más profundas».

El termómetro del cambio global 

La subida de las temperaturas causada por las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera amenaza la estabilidad de los ecosistemas y de las sociedades humanas. Pero no es la única forma en que los seres humanos estamos desequilibrando el planeta. Primero se hablaba de calentamiento global, después empezó a hablarse cada vez más de cambio climático y ahora empieza a ser más frecuente ya el término cambio global, un concepto que tiene mucho que ver con esos límites planetarios que no deberíamos exceder si queremos mantener la estabilidad de la Tierra.

Una de las primeras veces que se logró medir, a escala global, el impacto de la contaminación química fue también a bordo del Hespérides. La expedición Malaspina constató en 2011, tras dar la vuelta al mundo, que la presencia de contaminantes no se limitaba a las zonas costeras ni a las zonas habitadas, sino que estos habían llegado también a las zonas más remotas del planeta, donde tenían una serie de efectos sobre los organismos vivos y los ecosistemas.

Con el objetivo de ampliar los datos recogidos en esta expedición, nació el proyecto ANTOM. La primera expedición del proyecto tuvo lugar el año pasado entre el puerto de Vigo y el de Punta Arenas, en el extremo meridional de Chile, recogiendo muestras durante todo el camino, desde una latitud de 40 grados norte hasta los 53 grados sur.

«Con la campaña del año pasado y la de este, tenemos un transecto latitudinal de muestras entre los 40 grados norte y los 71 grados sur, lo que nos da una visión bastante global del problema. Como el 70 % del planeta está cubierto de océanos, si queremos entender la contaminación global tenemos que entender qué pasa con la contaminación en el mar», señala Jordi Dachs.

A bordo del Hespérides, los investigadores se dedicaron durante el mes de enero y febrero a tomar muestras y hacer experimentos para estudiar la capacidad de degradación de los microorganismos. «La parte central de estas campañas siempre es lo que se denomina CTD, un conjunto de sensores y aparatos que miden la salinidad, la temperatura y la profundidad del agua. Se tira desde el barco y te permite obtener muestras de diferentes profundidades, lo que te da un perfil vertical de toda la columna de agua», añade el investigador.

Además, en esta ocasión, los científicos también hicieron salidas en lancha para poder tomar muestras específicas de la microcapa superficial del océano (formada por el primer milímetro de profundidad). «Es como la piel del océano, el punto en el que están en contacto el aire y el agua. Tiene una composición química y biológica muy distinta a la del resto de la columna de agua», explica Dachs. Las muestras, eso sí, no serán analizadas por completo hasta que se repartan entre los diferentes laboratorios. Los resultados definitivos todavía se harán esperar.

El rastro de los saltamontes

Volvamos a la tela ignífuga de las cortinas impregnada de organofosforados. Estos compuestos se volatilizan con facilidad. Es decir, pasan a formar parte de la atmósfera, por lo que, aunque la tela acabe en un vertedero o, incluso, siendo reciclada, los contaminantes empiezan un viaje global independiente. Desde la atmósfera, se pueden depositar en el suelo o en el agua. Y, desde allí, pueden volver al aire y de vuelta a la superficie un número elevado de veces.

Son muy persistentes. Resisten múltiples ciclos de transporte y deposición, lo que se conoce como el efecto saltamontes (por los innumerables saltos que pueden completar entre la superficie y la atmósfera). «Pasan a formar parte de un ciclo que los va distribuyendo por todo el planeta. Llegan a todos los sitios, desde el medio del Pacífico hasta el medio de la Antártida», señala el investigador del IDAEA-CSIC.

«En las sociedades industrializadas y modernas como la nuestra usamos unas 300 mil sustancias orgánicas sintéticas diferentes. No todas llegan al medioambiente, pero muchos miles sí lo hacen. Los que llamamos ‘contaminantes orgánicos persistentes’ llegan a todos lados. Por eso decimos que la Antártida es un centinela de la contaminación global. Si encuentras contaminantes allí, es que están en todos sitios», añade Dachs.

Entender cómo llegan estos compuestos a los puntos más remotos del planeta es solo una parte de la ecuación. La otra tiene que ver con qué pasa una vez se depositan en la superficie. Son compuestos orgánicos y, como tal, tienen facilidad para interaccionar con la materia orgánica. «Las concentraciones internas en los organismos, incluyendo a los humanos, siempre son más altas que en el medio», explica el investigador.

«Nosotros estudiamos su efecto a nivel microbiano. En el fitoplancton sabemos que estos contaminantes reducen la fotosíntesis y aumentan la mortalidad de algunas especies. En algunas bacterias provocan un aumento de la respiración y pueden generar estrés tóxico, ante el que la bacteria responde de diferentes maneras», añade. «En organismos más grandes tienen multitud de efectos, aunque nosotros no los estudiamos. Afectan al desarrollo cognitivo, a la función reproductora, al sistema inmune, pueden producir cáncer…».

Un compuesto que impide que arda una cortina puede alterar la fotosíntesis y el ciclo de carbono de todo un océano. Un químico de origen humano puede viajar decenas de miles de kilómetros, saltando entre la atmósfera y el suelo, hasta acabar en el plato de comida de un crustáceo, de un pez o de un pingüino. Las muestras recogidas en la Antártida, por ahora todavía congeladas y a bordo del Hespérides, nos ayudarán a entender un poco mejor hasta dónde estamos alterando los equilibrios del planeta.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/tras-huellas-contaminacion-en-antartida/