Mali: ¿Por qué es insensata la intervención francesa?

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Avión Antonov francés transporta vehículos militares para la intervención en Malí.

Alfredo Holguín M.

Entre más hundan sus pies en las arenas del Sahara, más los presionará la disyuntiva entre apoyar a los movimientos democráticos laicos y religiosos seculares de la región, o sencillamente dejar que sus aliados (directos o indirectos) del extremismo les contribuyan a una implosión de los jóvenes estados de África Occidental, y así acentuar su poder neocolonial. Es muy probable que hagan lo segundo.

Avión Antonov francés transporta vehículos militares para la intervención en Malí.
Avión Antonov francés transporta vehículos militares para la intervención en Malí.

1. Porque no hay principios, sino intereses. Los hechos lo demuestran contundentemente, pues la llamada Primavera árabe no es tal, sino que se trata de un complejo escenario de fuerzas, pujando, a veces en favor de la democracia, y en otras en dirección del extremismo neoliberal o religioso, según el caso y conveniencia. La UE y los EEUU que, en un primer momento, salieron en apoyo de Mubarak y Ben Ali, rápidamente se apartaron de los autócratas caídos en desgracia y demagógicamente se convirtieron en adalides de la ‘revolución’ en Túnez, Egipto y sus alrededores. No hay duda, el centro de sus acciones es defender sus intereses, y en ese sentido, la nueva intervención de Francia en Mali, de la mano de un golpista, responde más a cuidar sus utilidades económicas que a una actitud solidaria con los pueblos que habitan Mali. En Mali, aparte de su hipocresía argumental, lo claro es que van a asegurarse los recursos del tercer mayor exportador de oro de África, y de una larga lista de riquezas minerales, entre ellas, importantes reservas de uranio. Claro, los intereses van más allá, se trata también de cuidar los intereses del conglomerado francés Areva que controla, en la vecina Níger, la industria minera del uranio.

2. Porque no se puede ‘sembrar’ la democracia, y menos si es lanzando bombas. Ante su sed de negocios, las potencias europeas se ‘olvidaron’ de que, producto de los cambios políticos de los últimos 20 años, los autócratas del nacionalismo árabe fueron los que desmantelaron, en parte, las conquistas de su propio modelo, virando al credo neoliberal. Recordemos que estos ‘salvadores’ de Mali primero condenaron los levantamientos populares, que en buena medida se resistían a las nefastas políticas neoliberales y que, en un mismo acto, exigían apertura democrática en el norte de África. Después, al ver que se les salió de control el gobierno de sus aliados, de la noche a la mañana, cambiaron de bando y se volvieron adalides de la Primavera árabe, aliándose inescrupulosamente con todos aquellos que les garantizaran desatar la ingobernabilidad y participar de la repartición del botín, en caso de que triunfaran dichas revoluciones o que, en su defecto, estos países implosionaran. Como lo hemos constatado, se está repitiendo el libreto de las llamadas ‘intervenciones humanitarias’, pues atizan la guerra, llegan los bombarderos, no llega la democracia y, en nombre de la libertad, destrozan países, afectan gravemente a la población; pero eso sí, garantizan y aumentan, muy eficientemente, la producción petrolera y las importaciones de armas y otras mercancías.

3. Porque no se puede luchar por propósitos justos con métodos ruines. La lección está clara: a Sarkozy y Berlusconi no les interesaba ver florecer la democracia, sino cubrirse las espaldas y ver crecer sus ya prósperas industrias. Recordemos, que ambos tenían negocios turbios con Gadafi. Se advirtió que no se puede cohonestar con aquellos que arguyen justos propósitos usando métodos ruines; es decir, era y es un despropósito luchar contra algunos regímenes descompuestos del nacionalismo árabe, haciendo alianzas con las más antidemocráticas, brutales y semifeudales tiranías, como Arabia Saudí o Catar, sólo por nombrar algunas. No es serio que inviten o a la lucha paranoica e islamofóbica contra el mundo musulmán, cuando ellos, directa o indirectamente, apoyan a los minoritarios, pero eficaces, grupos extremistas religiosos al detal, según sus intereses, llámese Afganistán, Siria o el Sahel. Tampoco lo es alentar, de palabra, a los demócratas de Egipto, cuando bajo la mesa la UE y los EEUU hacen contubernios con la cúpula corrupta del Ejército y la retrógrada y neoliberal Hermandad Musulmana en Egipto. No podemos olvidar que el 21 de marzo de 2012 un grupo de militares derrocó al presidente Amadou Toumani Touré en Mali, en un sangriento golpe de estado, y entonces, ¿por qué Francia no acudió a defender la democracia? ¿No será que le incomodaba algún nivel mínimo de autonomía y democracia en Mali? ¿Por qué no se trabajó por buscar una solución política con el Movimiento de Liberación Nacional del Azawad (MLNA)? ¿Por qué dejaron que los grupos salafistas de distinta estirpe (Al Qaeda del Magreb Islámico –AQMI-, Ansar Dine y el Movimiento para la Unicidad de la Yihad en África Occidental –MUYAO-) complicaran la situación y sus bases instaladas en Mali no hicieron sus llamadas operaciones quirúrgicas a tiempo?

4. Porque se perdió la confianza con la violación de la resolución 1973 de la ONU sobre Libia. No fueron pocos los análisis serios que apuntaron a que, si se sobrepasaba la resolución 1973 de la ONU sobre Libia, sencillamente, se manoseaba la voluntad de las naciones; y efectivamente, se tiró la llave al mar, pues hoy, en los diferentes cálculos geoestratégicos, es muy difícil que la ONU pueda buscar una solución negociada en el caso Siria, después de lo sucedido con Gadafi. Aunque son situaciones distintas, a muchos gobiernos que confían en la ONU, como un órgano para construir consensos sobre la base de sus principios, hoy se les dificulta incidir de forma efectiva, a pesar de la resolución 2071 sobre Mali, que en últimas, lo que hacen es lavarse las manos y dejarle la puerta abierta a la intervención a la francesa, con careta de la ONU. Los franceses irán solos, entre otras cosas, porque Mali, como patio trasero francés, no tiene más dolientes, y ellos lo saben. La implicación de la CEDAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental) no es más que una presión a muchas de sus ex colonias, para que, en caso de que sea necesario, la sangre intervencionista que se derrame, también sea africana.

5. Porque, según la experiencia, los resultados anunciados serán adversos. Los gobiernos de Occidente no tienen autoridad para exigirle temperamento al vecino gobierno de Argelia, cuando hace apenas dos décadas lo dejaron literalmente solo ante el avance del fundamentalismo religioso, y hace apenas hace unos meses alentaban la caída de la actual Administración. Se equivocan si creen que a Estados como Argelia se les olvidó lo recientemente sucedido con sus similares de Túnez y Egipto, donde se impone la Sharia y las ya debilitadas constituciones laicas languidecen. En Mali, ninguna fuerza laica, ni siquiera los musulmanes seculares, van confiar en incursiones militares sin conseguir consensos locales previos, pues saben, por experiencia, qué resultados arrojará la guerra ‘humanitaria’. En últimas, además de garantizar sus negocios, se trata blindar a Europa y los EEUU contra lo que ellos denominan terrorismo, sin importar la suerte de los pueblos en la periferia.

6. Porque la política del doble rasero sólo genera monstruos. Francia se queja, argumentando que el resto de la OTAN la ha dejado sola en esta nueva intervención militar. Quieren, ahora, ignorar la vieja regla colonial sobre el reparto de África, que se hace en Berlín, París o Londres, en la que, sobre el terreno, cada uno defiende su patio trasero.

El problema es que la OTAN tiene muchas guerras inconclusas, cuyos resultados no se corresponden con los propósitos justificadores iniciales. En Afganistán, la política del doble rasero -apoyar fundamentalistas contra el gobierno afgano en la década del 80- fortaleció a Al-Qaeda en el llamado Cercano Oriente y en el norte de África y el Talibán, reorganizado, está al acecho para regresar a Kabul; en Irak, la tarea de deshacerse de su viejo aliado Sadam Hussein condujo a un país fragmentado y gobernado, por ahora, por las facciones chiítas; Somalia no existe como Estado; por el contrario, la guerra no acaba y, actualmente, Libia recorre el mismo camino. ¿Ese será el destino de Mali? ¿Qué hace pensar que esta guerra no traerá más sufrimientos y miseria para sus pueblos, que no se repetirá la historia una y otra vez?

Buscar caminos diferentes

Lo sensato entonces, sería oponerse a las guerras y trabajar para construir soluciones políticas, y así evitar más desplazamientos y ataques contra la población civil, bien sea desde la metralla integrista o desde las bombas de la OTAN. Lo razonable es la cooperación para sacar a millones de personas de la miseria y la ignorancia, que son los escenarios propicios donde se alimentan los extremismos de todos los pelambres. El presidente Hollande, en vez fungir en las calles de la histórica Tombuctú como un Napoleón de opereta, podría dar el primer paso indemnizando y dando un trato digno a los miles y miles de ciudadanos de Mali que son perseguidos y humillados en las calles de Francia.

No se necesita ser un geógrafo para advertir que las fronteras de la región fueron trazadas con regla por las potencias coloniales. En esa dirección, una tarea, en la cual la ONU ha de estar a la cabeza, es asumir como justa y legitima la lucha del pueblo tuareg, incluidas sus organizaciones religiosas, que son ajenas a prácticas fundamentalistas, de manera que, por medio del diálogo, se puedan reconstruir las fronteras, acorde con la aspiración y las formas de gobierno y autonomía, según las particularidades históricas y culturales de ese rico y multicultural continente, con Mali como caso emblemático. En esta misma dirección hay que apoyar e impulsar la lucha de los polisarios en el Sahara Occidental ocupado por el régimen de Marruecos, con la venia de Europa.

Lo contrario es un escenario más complicado, pues mientras las tropas francesas ocupan los centros urbanos, las otras fuerzas se han replegado temporalmente, ya que las armas fluyen desde todas las direcciones: la industria militar de Occidente, los regímenes de la península arábiga y del bazar libio. Desafortunadamente, se repite el caso: la foto del presidente francés en Tombuctú es para justificar intereses canallas, y esta agresión posiblemente terminará por desestabilizar el resto de África Occidental. Lejos de lo que algún día impulsaron dirigentes como el líder independentista Modibo Keïta (presidente entre 1960 – 1968), esta injerencia será el retorno de la parábola hacia el periodo entre 1864 y 1900, cuando los colonialistas franceses se enfrentaron a los gobiernos musulmanes, que entonces gobernaban como Califas este mismo territorio. No es, pues, razonable, desde ningún punto de vista, cohonestar con esta nueva insensatez.


Militante de la Coordinación del Partido Comunista Colombiano en Europa. Miembro de la Fundación Walter Benjamín. Miembro de SV (Noruega)