Si no se logra detener el calentamiento global para 2030, el planeta tierra se verá abocado a un inexorable proceso de autodestrucción. La teoría del desarrollo sostenible se derrumba, al mismo tiempo que se descongelan los glaciares en los polos del globo terráqueo
Iván Posada Pedraza
A escasos seis años de 2030, fecha límite para cumplir los Objetivos del Desarrollo Sostenible, ODS, proyecto lanzado por las Naciones Unidas para detener el calentamiento global, diversos estudios y estadísticas confiables indican que no se lograrían dichos fines. Una de las metas estratégicas es evitar que la temperatura media global no aumente por encima de los 1,50C (grados centígrados) para ese año. De no lograrse, cualquier medida que se adopte con posterioridad sería tardía, pues los daños al clima mundial serán irreversibles, poniendo en peligro la existencia misma del planeta y de sus ocho mil millones de habitantes. El Banco Mundial, en informe de enero de este año, indica que es “poco factible” el cumplimento de dichas metas. Otros estudios e informes coinciden en este concepto y dan cuenta de la gravedad de la hecatombe ambiental que está a la vuelta de la esquina. Un segundo objetivo estratégico es llevar a cero la deforestación de bosques para 2030, meta que, según las últimas estadísticas disponibles, tampoco se logrará.
Cifras contundentes
Un modelo climático expuesto durante el Panel Intergubernamental del Cambio Climático1 indica que la velocidad de las diversas corrientes que actúan sobre el océano Atlántico está en su mínimo. Si se acelera el deshielo de los glaciares, el agua del océano pierde paulatinamente su salinidad, lo que provoca que el hemisferio norte sea más frío y el sur más cálido, proceso que acelera aún más el cambio climático.
El Servicio Climatológico de la Unión Europea señala que el 2023 fue el año más caluroso desde 1940 y que 2024 podría incluso superarlo, alejando aún más la posibilidad de que la temperatura global no exceda el límite proyectado.
El reciente informe de 2024, emanado de la Declaración de Bosques2, señala que en el 2022 la deforestación mundial alcanzó 6,5 millones de hectáreas. En América Latina y el Caribe, de acuerdo al mismo informe, se perdieron 3,7 millones de hectáreas, lo que ubica a esta región como la última en el cumplimento de los objetivos trazados. Sólo dieciocho países en el mundo lograron los objetivos de recuperación de bosques (Tabla 1).
La emanación de gases nocivos a la atmósfera por la sola deforestación de bosques aumentó, entre 2021 y 2022, un seis por ciento, lo que quiere decir que el bosque tropical pierde progresivamente su capacidad de retener el gas carbónico (CO2), por lo que este asciende a las capas superiores provocando el efecto invernadero.
Los indicadores arriba citados son sólo algunas de las consecuencias de la emisión de gases de efecto invernadero, que es precisamente la estrategia propuesta por la ONU, es decir, disminuir esta emisión a sus mínimos para preservar la vida en la tierra, incluyendo la humana.
Tabla 1
Emisiones de gas carbónico (CO2) por la deforestación (regiones)

De la tabla 1 se desprende que Norteamérica, América del Sur y el Caribe sumados, ocupan el primer lugar en el mundo por emanaciones de gas carbónico a causa de la tala de bosques con un total de 2.177 millones de toneladas métricas.
El pretexto
Las economías industrializadas ─causantes de las emisiones que contaminan el medio ambiente a causa de la explotación intensiva de los recursos naturales como la madera, el crudo y los minerales─ y la gran industria, que emplea energías de origen fósil, argumentan que el bajo crecimiento económico no permite invertir recursos en acciones tendientes a mitigar los daños causados a la naturaleza y a la humanidad misma. El Banco mundial, en informe de enero de este año, señala que en los últimos cinco años el crecimiento fue uno de los más bajos en comparación con el de la década de los noventa del siglo pasado. Esgrimir este argumento para no reparar los daños causados demuestra que, para la empresa privada, la rentabilidad es su máximo objetivo, sin importar las consecuencias.
Tapar el sol con las manos
Uno de los grandes debates en torno a la crisis ecológica es si es posible dentro del actual régimen capitalista de producción, basado en la apropiación privada de la riqueza creada por millones de trabajadores, mantener nuestro planeta en condiciones normales para la vida y la supervivencia de las futuras generaciones.
A finales del siglo XX surgen los conceptos de energías verdes y energías renovables. La conferencia de la ONU sobre desarrollo sostenible (2014) incorporó los conceptos de capitalismo verde y economía verde, tratando de demostrar que el capitalismo puede desarrollar su actividad económica sin poner en riesgo la renovación de los recursos naturales, limitados de por sí, sin alterar las condiciones ambientales del planeta. Es decir, que sería suficiente hacer la transición hacia las energías limpias o verdes sin tener que pensar en un nuevo modelo económico, el socialismo.
La hora de la verdad
Jeremy Rifkin, economista norteamericano, en su obra de 20193, es más contundente aun cuando afirma que la paralización de las energías basadas en combustibles fósiles colapsará alrededor de 2028. La inminencia de la crisis ecológica sin retorno confirma que las cumbres y acuerdos que se vienen celebrando desde 2015 (París, COP21) no han arrojado los resultados esperados y son, en su mayoría, un listado de buenas intenciones y que el concepto de desarrollo sostenible solo pretende mostrar a la sociedad que el actual régimen es un “capitalismo responsable” con la naturaleza y sus recursos.