Hablan habitantes de Playa Blanca: “Deben darnos inclusión y bienestar”

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Foto: dailybeatz via photopin cc

Un comité vecinal de Playa Blanca, localizada en un extremo de la isla de Barú, jurisdicción de Cartagena, plantea que, si se proyectan obras de atracción turística, debe crearse inclusión y bienestar para el pueblo.

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Libardo Muñoz

Un comité vecinal de Playa Blanca, localizada en un extremo de la isla de Barú, jurisdicción de Cartagena, plantea que, si se proyectan obras de atracción turística, debe crearse inclusión y bienestar para el pueblo. Barú es la isla más grande de Colombia en el Caribe, en ella San Andrés cabe dos veces.

Playa Blanca es apenas una punta que sobresale al sur, de tantas que ofrecen escondites y paisajes en los que parece que nunca hubiera llegado alguien, aunque una carretera recién abierta facilita un viaje corto, flanqueado por una vegetación seca a veces, tupida a ratos y espesa por trupillos muy propios del lugar.

Hasta hace poco, la conexión terrestre con Cartagena, desde Pasacaballos, era un ferry viejo, oxidado y ruidoso que hacía el cruce hacia Barú, lento y preciso para los buscadores de emociones como son los pasajeros de fin de semana en estos contornos. Un puente reemplazó todo aquello, venta de cervezas, refrescos, que se fueron unos kilómetros más allá y no falta quien lamente la desaparición de aquel armatoste de hierro, repintado varias veces, traído no se sabe de que puerto fluvial.

Con el puente nuevo llegaron a Playa Blanca los operadores de turismo en busca de menos ruido, de menos presión urbana, y encuentran en realidad un mar intensamente azul, un exotismo comparable con los balnearios que vemos fotografiados en revistas internacionales. El agua es cristalina y el bañista puede verse los pies.

La arena que le da el nombre al lugar es granulada a tal punto que parece azúcar refinada y cuando el sol es más intenso, hay que entrecerrar los ojos si se quiere mirar hacia el norte, al horizonte donde se dibujan los techos y las torres de Cartagena.

En Playa Blanca manda la improvisación. Ese es uno de los problemas del lugar. La especulación es implacable y la ejercen pequeños grupos de pobladores de la isla que se disputan el dominio por parcelas. Son frecuentes las discusiones entre ellos mismos, en presencia de visitantes de toda Colombia y del exterior.

Los grupos que parecen disfrutar más de todo el ambiente descomplicado de Playa Blanca son los visitantes del interior del país, empeñados en broncearse lo suficiente para mostrar a su regreso que “estuvieron en la costa”.

Cocos de agua, camarones al ajillo, ostras, almuerzos, todo se ofrece en Playa Blanca en un acoso incesante desde que se llega, a precios que producen un sobresalto mal disimulado entre los turistas. La explicación es que “son para el turismo”.

A Playa Blanca no ha llegado el alcantarillado, se ofrecen cobertizos improvisados entre los manglares. Un grupo de agentes de policía se mantiene dentro de una cabaña de buen diseño de madera, impasibles pero atentos con cualquiera que pregunte algo.

Hacia el norte de Playa Blanca se puede ver la otra cara de la moneda, el Barú Beach Resort con sus cabañas simétricas de techos rojos, sus restaurantes de alta cocina de mar, sus yates en los que se broncean mujeres acostadas boca arriba en la proa.

El comité de vecinos de Playa Blanca dice que contra ese lujo y ese buen vivir no tienen nada. “Que vengan las inversiones, los grandes hoteles, si hay megaproyectos para Playa Blanca que sea con nosotros adentro”.