Recelos y opiniones divergentes no se borran de la noche a la mañana y, en medio de la letal Tormenta Decisiva, emergen voces de alerta sobre el terreno fértil que la agresión crea a grupos terroristas como Al-Qaeda en la Península Arábiga y el propio EI.

Hutíes en la ciudad yemení de Saana disparan armas antiaéreas contra la aviación militar saudita que atacó el 30 de marzo. Foto:  Sinan Yiter / Anadolu Agency / Getty Images
Hutíes en la ciudad yemení de Saana disparan armas antiaéreas contra la aviación militar saudita que atacó el 30 de marzo. Foto: Sinan Yiter / Anadolu Agency / Getty Images

Ulises Canales*

El apoyo de países árabes del golfo Pérsico a la agresión a Yemen devela la incapacidad de la diplomacia para desterrar pugnas internas y disensos en esa región, o la conveniencia de relegarla para secundar intereses ajenos.

Si bien se le reconoce como bloque cohesionado e influyente en los acontecimientos más recientes de Medio Oriente, en particular del mundo árabe, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) -con Arabia Saudita como su principal potencia- ha dejado claro que su fortaleza no es monolítica.

El reino wahabita lidera desde el 26 de marzo los bombardeos aéreos contra el movimiento insurgente Ansar Allah y un sector del ejército yemení opuesto al presidente Abdo Rabbou Mansour Hadi, cuya legitimidad algunos discuten tras haber dimitido y luego retractarse, y por la supuesta caducidad de su mandato.

La intervención militar bautizada como Tormenta Al-Hazm (Decisiva o de la Determinación) era esperada y, de hecho, fue fraguada y perfilada en los incontables contactos telefónicos, viajes de emisarios y reuniones ministeriales y de jefes de Estado del bloque, la mayoría de ellas en Riad.

Pocos dudan de que la identidad doctrinal sunita, si bien suele ser una razón fuerte para arropar a Riad, no fue la única y compitió con intereses estratégicos individuales, alegadas preocupaciones de seguridad o el deseo de preservar intereses de potencias extrarregionales.

Días y semanas antes del inicio de los ataques pasaron por Riad ministros y gobernantes occidentales con misiones precisas, incluidos el norteamericano, Barack Obama, y el francés François Hollande, que llegaron a dar el pésame por la muerte del rey Abdulah en enero, cuando Ansar Allah ya estaba en Sanaa.

Irak y Argelia, con su abierta oposición, y El Líbano, con su alegada «política de disociación», reflejaron la falta de unanimidad dentro de la Liga Árabe (LA), mientras Omán, si bien es el país de menos peso entre los seis del CCG, adoptó una abstención que hizo mella en la imagen de unidad del bloque.

A diferencia de Emiratos Árabes Unidos, Catar, Baréin y Kuwait, el pequeño sultanato declinó firmar el comunicado que dio el espaldarazo a los bombardeos y se limitó a defender la legitimidad constitucional en Yemen, vasto país con el que comparte frontera.

Vale recordar que la postura de Bagdad y Argel ya fue conocida cuando objetaron en 2011 la resolución de la LA que propuso a la ONU la imposición de una zona de exclusión aérea en la Libia de Muammar el Gadafi, una iniciativa precisamente engendrada en el Golfo.

Ambos países también se opusieron al aislamiento de Siria y rechazan el apoyo de Riad a los grupos armados, incluidos los terroristas del Frente Al-Nusrah y el Estado Islámico (EI), que combaten contra Bashar Al-Assad.

La cancillería iraquí expresó su preocupación por los acontecimientos en Yemen y coincidió con Irán en que la intervención militar complicará más la situación, por lo que instó al diálogo nacional y a la comunidad internacional a actuar sin titubeos para detener la cruzada pro saudita.

Fuentes de Prensa Latina coincidieron en que otros apoyos a los bombardeos contra Yemen, como el de Egipto, eran indispensables para garantizar la cumbre 26 de la LA realizada en Sharm El-Sheikh y su correspondiente presidencia anual con una sólida posición de liderazgo en esa comunidad.

A ello se unió, además, el pasado militar del presidente Abdel Fattah Al-Sisi y su afán -compartido por otros bajo el argumento de combatir el terrorismo yihadista- de oficializar la creación de una fuerza militar árabe conjunta que, de hecho, ya actuaba en Yemen.

Incluso, desde el Golfo se interpretó como un gesto solidario, luego de fricciones entre Catar y Egipto cuando el segundo acusó al emirato de apoyar al terrorismo por presentar reservas a un texto de la LA sobre el ataque egipcio a Libia para vengar el asesinato por el EI de 21 cristianos coptos.

Analistas y diplomáticos recordaron, por otro lado, que las poderosas monarquías petroleras del Golfo siempre han visto a Yemen, el país más pobre del mundo árabe, como vecino de segunda y eso les ha llevado a desestimar cualquier posibilidad de convertirlo en el séptimo miembro del CCG.

A la sazón, el líder del movimiento chiíta libanés Hizbulah, jeque Hassan Nasrallah, acusó a Riad de esgrimir un «pretexto débil» para lanzar la guerra y opinó que el verdadero motivo es su fracaso y decepción de los grupos «takfiristas» (terroristas islámicos sunitas) que apoya en Siria e Irak.

Según el clérigo chiíta libanés, el reino wahabita no reconoce la existencia de pueblos en la región y considera que todos son sus súbditos, al tiempo que alertó de que «el fracaso de la diplomacia saudita abre las puertas de la región a Irán, aunque éste no lo esté deseando».

Recordó que una delegación de Ansar Allah estuvo en Arabia Saudita y tuvo contactos frecuentes con ese país y Catar poco antes del fallecimiento del rey Abdulah, pero la intransigencia del nuevo monarca Salman abortó todo esfuerzo.

Hacia lo interno, algunos sostienen que la ofensiva aérea sirvió al flamante rey Salman para disipar cualquier amago de disputar la supremacía saudita en el Golfo, tanto dentro del CCG, entiéndase Catar, como fuera de éste, en alusión a la República Islámica de Irán.

Unas veces abiertamente y otras con insinuaciones muy directas, los árabes del Golfo presentan a Irán como el «poder externo» o la «potencia regional» a la que hay que cortar todo empeño de ejercer su influencia en la zona, en este caso por el supuesto apoyo militar y logístico a los chiítas yemeníes.

Más allá de Medio Oriente, Turquía también se suma con la acusación de su presidente, Recep Tayyip Erdogan, al gobierno persa de tratar de dominar la región. «La postura de Teherán es intolerable y ha empezado a fastidiarnos a nosotros, a Arabia Saudita y a los países del Golfo», declaró.

Hay quienes se aventuran a asociar la connivencia de Washington con las acciones contra Yemen como una suerte de válvula de escape para «descompresionar» el malestar que entre los miembros del CCG despierta el entusiasmo de Barack Obama por firmar un acuerdo nuclear con Teherán.

El presidente de Estados Unidos y su secretario de Estado, John Kerry, realizaron en 2014 viajes a Riad para tratar de hacer entrar en razones a sus aliados regionales y calmar sus temores a que de las tratativas emerja un Irán más fortalecido e influyente en el área.

Pero también debieron persuadir al entonces rey Abdulah para que apaciguara el aislamiento al que el CCG confinó a Catar a raíz de supuestamente haber incumplido un acuerdo de seguridad por dar abrigo y apoyo a la Hermandad Musulmana egipcia, ilegalizada y considerada terrorista por El Cairo.

El sabido pique entre Arabia Saudita y Catar, pequeño emirato que apuesta a robar liderazgo al reino wahabita, requirió múltiples reuniones a instancia ministerial y de jefes de Estado dentro del CCG, amén de alertas, recomendaciones y presiones de la Casa Blanca.

La retirada de Doha de los embajadores emiratí, saudita y bahreiní marcó la peor crisis diplomática de ese ente desde su creación en 1981, y el conflicto se aplacó en noviembre pasado en una reunión -nada casual que haya sido en Riad- previa a la cumbre ordinaria fijada para el mes siguiente en Catar.

Pero recelos y opiniones divergentes no se borran de la noche a la mañana y en medio de la letal Tormenta Decisiva, emergen voces de alerta sobre el terreno fértil que la agresión crea a grupos terroristas como Al-Qaeda en la Península Arábiga y el propio EI.

A su vez, presupone una radicalización de los hutis y la prolongación de su enfrentamiento al reino saudita y sus aliados, lo que induce a creer que el fracaso de la diplomacia en el Golfo empuja cada vez más a Yemen a unirse al llamado Eje de la Resistencia que encabezan Irán y Hizbulah.

* Corresponsal de Prensa Latina en El Líbano.

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