Magnolia Agudelo Velásquez
La crisis capitalista se profundizó con el coronavirus, dejando al desnudo el modelo neoliberal, que en Colombia ha significado política de guerra, concentración de riqueza, extractivismo, destrucción de la naturaleza, privatización y desmantelamiento del sistema público de salud y demás sistemas de cuidados, conduciendo a la crisis de estos, al recaer en las familias, especialmente en las mujeres, quienes asumen ocho horas en trabajos del cuidado.
Según el DANE, en abril 2020 el desempleo aproximaba al 20%, mientras la desocupación real ascendía al 30%, es decir más de cinco millones y medio de personas; en noviembre de 2020, por cada hombre que perdió su empleo, se tradujo en 2.2 para las mujeres, con una tasa de desempleo femenino en 22.8% frente al 13.9% para el caso masculino.
La hambruna en amplias zonas del país es evidente, un informe de la FAO alerta un impacto considerable en cuanto a seguridad alimentaria, debido a los problemas económicos derivados de la pandemia, el debilitamiento de la moneda en países como Honduras y Colombia, junto con la caída en la tasa de empleabilidad y el aumento de precios y reducción en el poder adquisitivo, lo cual sitúa a Colombia como punto crítico de hambre.
La carestía de los alimentos es otra gran preocupación de los hogares. El DANE indicó que el 40,4% de las personas jefes de hogar afirmó en diciembre de 2021 que la situación económica de su casa era peor en comparación con la vivida 12 meses atrás. La canasta familiar es inalcanzable para millones de personas que cada vez se sientan frente a la mesa vacía, en un país que tendría toda la capacidad de producir su alimento.
Ante esta situación y ad portas de conquistar un gobierno de transición democrática del Pacto Histórico, es importante retomar experiencias de gobiernos alternativos que hayan desarrollado políticas tendientes a superar la pobreza y en particular la lucha contra el hambre.
Un ejemplo es “Bogotá sin indiferencia” en cabeza del exalcalde Lucho Garzón, su bandera Bogotá sin hambre, en el marco del plan maestro de abastecimiento y seguridad alimentaria con comedores escolares, comunitarios, tiendas escolares saludables, canasta campesina, agroredes, huertas caseras, intercambio de experiencias y de producción agroalimentaria entre las siete localidades con ruralidad, mercados campesinos, política pública de ruralidad, con una apuesta programática que contribuyó a visibilizar a Bogotá región en interdependencia y políticas públicas de seguridad alimentaria y nutricional para combatir el hambre, la desnutrición y la pobreza.
De cara a las elecciones presidenciales el programa de gobierno “Colombia, potencia mundial de la vida”, propone crear un Sistema Nacional del Cuidado que, garantizaría a las mujeres “un ingreso mínimo básico por encima de la línea de pobreza” que llevaría a incluir en las cuentas nacionales, el trabajo en los oficios de cuidado, homologable a semanas de cotización para la pensión.
Economía productiva y sostenible, recuperación de la industria nacional, producción agropecuaria, agroecológica y una política de incentivos que reconozca el aporte de la economía popular, promueva la asociatividad, el sector solidario y cooperativo, una política de empleo y trabajo digno.
Un Pacto del cambio por el campo, es decir para la producción agroalimentaria, ante la crisis alimentaria, que pone a dialogar la acción agraria con la acción climática y ambiental, como ejes centrales por una Colombia sin hambre.