Una mirada al periodismo colombiano de puertas hacia adentro
Alex Velásquez
Manuel Vicent, escritor español afirma que “Hoy las pulgas de la peste negra se han refugiado en las costuras de la Red, cuyos enlaces expanden una imbecilidad planetaria con fiebres y delirios en la mayoría de los usuarios que no cesan de llenar de vómitos todo el espacio”
Se puede ver en HBO el documental “El Periodista: La vida de Ben Bradlee” (2017), sobre el icónico director de The Washington Post, el periódico que en 1974 tumbó al presidente Richard Nixon tras el caso de espionaje que se conoció con el nombre de Watergate.
Bradlee recibió la carta de un lector que lo acusaba de poner en riesgo la seguridad nacional por publicar las audaces investigaciones de sus dos reporteros estrellas: Bob Woodward y Carl Bernstein Y la carta comenzaba así: “Querido imbécil…”. Se volvieron tan buenos amigos que siguieron escribiéndose y Bradlee se despedía de manera amable: “Tu amigo el imbécil”.
Creo que aquel personaje anónimo, que desafió a una leyenda del periodismo, puede ser cualquier lector que en este tiempo esté inconforme con el periodismo colombiano.
Solo por hoy, intentaré ser esa persona
Querido imbécil: Te queremos porque eres necesario, aunque haya quienes crean que no. Necesario para una sociedad que necesita que la prensa diga la verdad o al menos se asome a ella cuando los demás se esfuerzan por mentir descaradamente y hacer que los demás nos traguemos sus mentiras, aunque primero la han tragado los periodistas para regurgitarlas a las audiencias, como si fuéramos pájaros tontos. No, mi querido imbécil. Somos homo y somos sapiens, aunque no siempre se junten en la misma persona los dos términos. No te pases de listo.
Con “los demás» me refiero a un abanico grande de criaturas: los gobiernos de turno, los congresistas y también las grandes corporaciones privadas, que son el poder económico y financiero. Debes vigilar al Congreso de la República con el mismo ímpetu con que vigilas a la Casa de Nariño. Están tan cerquita que no hay excusa. Yo sé que vigilar a uno es más fácil que vigilar a 280, pero ahí está la trampa. O la oportunidad.
Lo que llamamos poder es la suma de muchos poderes, encarnados en seres de carne y hueso, y por lo tanto ningún poderoso es tan poderoso como para no tocarle. Dentro de la mafia puede que haya intocables, para el periodismo ningún poderoso debe ser intocable. Te metiste a redentor, cambia la historia: ¡crucifícalos a ellos! Ni siquiera los intocables de la película son intocables.
La esclavitud está de vuelta. Todos somos esclavos del algoritmo, incluso nos dice qué pensar. Ahora los periódicos en su versión web traen encima del título esta advertencia: “Contenido automatizado”. ¿Qué diablos es eso? ¿Periodismo para autómatas? Supongo que ya estamos en la parte donde las máquinas se empiezan a apoderar del mundo. —Echaron a 70 personas en la última matanza laboral, me dice un colega desde el desempleo, dedicado a hacer lo que antes no podía: dormir tranquilo y completo un domingo. Al juntar una cosa con la otra, concluyo que sí, que las máquinas y la Inteligencia Artificial le están ganando la batalla a la inteligencia humana. Pues apaga la luz al salir: la IA no la necesita.
A veces te noto arrogante. Petulante con quien te escucha en la radio, te ve por la televisión o te lee en los periódicos. Y esa soberbia espanta a la gente, a la poquísima gente que todavía ve con buenos ojos a la prensa. Los desconfiados somos mayoría.
Deja la arrogancia porque no eres Dios. Y todavía no sabemos si existe como para usurpar su lugar. Eres ese pobre mortal que un día, ya sin credencial de prensa, será un don nadie más que este reino de seres anónimos, acaso invisibles.
Rumores no son noticias, mi querido imbécil
Si el rumor no responde estas preguntas básicas: quién, cuándo, cómo, dónde y por qué, y aún así decides publicar, deberías ser honesto con el lector o la audiencia e informarles que se trata de un rumor, no de una noticia, pero si eres un profesional íntegro sabrás que el periodismo no está para difundir rumores, ni propios, ni comprados.
Los rumores deben servir para seguir halando la pita hasta ver si aparece la noticia del día o la noticia del año. El periodista que publica rumores y, no hechos comprobados o verificables, es un periodista que traiciona el periodismo y se entromete peligrosamente en los terrenos de la ficción. Si eso lo que quieres ser, mi querido imbécil, la literatura te está esperando. Ve a ella, no tardes tanto.
Dice Daniel Santoro: “En el caso de que un rumor pase un primer examen de verosimilitud, debemos salir a hacer consultas: puede llegar a ser la punta de una noticia”.
Hagan un periodismo tan bueno que los muchachos de nuestro tiempo quieran ser periodistas, no influencers; inspiren a la gente por lo bueno, déjenle el mal ejemplo a los malos políticos.
Mírate en un espejo a ver si eres esa persona en que alguien más se quiere convertir. Vuelve a leer esta frase y regresa al espejo. Cuantas veces sea necesario. No es autocompasión. Es autocrítica.
No alimenten titulares con especulaciones. Alimenten los encabezados con historias, con historias tan buenas que la gente quiera volver por más. Pero historias reales, no inventadas.
Volviendo al icónico The Washington Post, recibió el Premio Pulitzer por la increíble historia de un niño de ocho años adicto a la heroína desde los cinco, la cual se publicó en 1981 bajo el título “El mundo de Jimmy”. Fue escrita por Janet Cooke y luego reproducida por otros trescientos periódicos del mundo. Todo iba bien hasta que se descubrió que la historia de la reportera era falsa, con todo y comas. El diario devolvió el premio y su director, un avergonzado Ben Bradlee, dio la cara en medio de la tormenta: “No solo fue un fracaso periodístico sino moral”, reconoció. Y luego aconsejó: “Cuidado con las historias que quieres que sean ciertas sin importar la razón. Ten cuidado con una cultura que permita que las fuentes desconocidas se acepten con facilidad. No te desanimes por lo difícil que es encontrar la verdad y piensa en qué más podrías estar haciendo de serte posible”.
¿En qué casos, recientes o pasados, podría aplicarse esta frase en Colombia? Profesores, hablen más de ética en las aulas, porque la ética es la columna vertebral del periodismo.
La verdad periodística no debe estar atada a las convicciones políticas del periodista. Sus convicciones se quedan en casa y en sus conversaciones personales. No es función del reportero la de opinador; para eso están las columnas de opinión.
Dejen la pereza
Obliguen a sus plantillas a hacer reportería, porque las buenas historias no caen del cielo como el maná; tampoco he visto llover maná para ser sinceros.
Huyan del periodismo de escritorio. Hagan que sus reporteros conozcan la ciudad, que sepan en donde están parados, que se mezclen entre la gente.
Un periodismo humano empieza por el trato respetuoso hacia el periodista. Muchas salas de redacción están llenas de malas personas. El periodismo trata con y sobre seres humanos: fuera y dentro de las redacciones. No se pide compasión, sólo ser humanos.
Si las redes sociales son otro medio de comunicación —que lo son— ¿por qué haces el papel de tonto repitiendo lo que allí dicen los políticos? ¿No es acaso tu deber llamar a esas fuentes y preguntarles cuáles son las pruebas de sus afirmaciones o de sus invenciones?
Daniel Santoro afirma, “Como dice el viejo axioma del periodismo norteamericano: ´Si tu madre dice que te quiere, compruébalo´”, “Insisto –dice Daniel Santoro en su libro “Técnicas de investigación”- dudemos de lo que dicen determinados periodistas o medios, por más consagrados que sean; y dudemos, sobre todo, de los políticos”. Este consejo aplica por igual para periodistas y ciudadanos.
Hay que desconfiar de las fuentes. El periodista no debe ser el idiota útil del poder político o económico. Antes de publicar lo que dicen, hay que preguntarse para qué lo dicen, qué se traen entre manos. Los políticos, por naturaleza, se mueven con dobles intenciones. Un periodista no debe tener segundas intenciones.
Tu principal jefe debe ser ese ciudadano anónimo al que no conoces –y quizás jamás te conozca- pero en el que quiere confiar ciegamente en ti y en lo que le cuentas. No lo eches a perder. La credibilidad es todo para un periodista. Quien la pierde puede meterse a político; esos ya no tienen nada que perder, porque hasta la vergüenza la perdieron.
Hagan que sus periodistas se cultiven en el arte de la lectura: literatura, ensayo, filosofía, biografía. Un periodista culto más que un periodista.
El buen periodista dormirá tranquilo. Y morirá, también, sin sobrepeso en la conciencia. Asegúrate en vida de que las lágrimas que caigan sobre tu ataúd sean genuinas, mi querido imbécil.