La historia olvidada del gran General de la independencia colombiana y General División del ejército libertador de Cuba, que murió sin honores ni reconocimientos
Fernando Iriarte
En Puerres, hoy cerca del municipio de Córdoba, al sur de Nariño, junto a la frontera del Ecuador donde se encuentra Ipiales, ocurrió algo funesto para el general Avelino Rosas. En un combate entre fuerzas regulares con el ejército conservador fue herido gravemente en una pierna por un tiro de fusil y capturado por el enemigo.
Lo arrastraron a una casa y lo echaron sobre un camastro, sin prestar atención a su pedido de que lo llevaran para hablar personalmente con el general gobiernista Gustavo Guerrero y decirle quién era él, es decir, un comandante del ejército liberal, para que respetara su vida, puesto que se encontraba en desventaja, malherido, desarmado y retenido.
Nadie atendió su petición y, por el contrario, horas después fue asesinado por un soldado del montón a quien ordenaron simplemente dispararle en el bajo vientre sin escuchar sus palabras. Murió en pocos minutos.
No contentos con esto, ataron su cadáver a un tablón y lo exhibieron como trofeo de guerra, mientras un oficial conservador peroraba contra el muerto y el liberalismo insurrecto.
Ocurrió aquello el 20 de septiembre de 1901. Al día siguiente, llevaron sus despojos a Ipiales y los expusieron en la plaza principal para escarnio público.
El lugar: una zona donde muchos seguían de manera ciega las razones del obispo Ezequiel Moreno, hoy santo de la Iglesia católica, que consideraba pecado mortal profesar las ideas radicales. El momento: el segundo año de la Guerra de los Mil Días.
Patriota revolucionario
Rosas venía de haber sido General de División del Ejército libertador de Cuba del imperio español, bajo el mando de los patriotas Antonio Maceo y Máximo Gómez. Allí permaneció un tiempo hasta cuando presenció cómo los Estados Unidos arrebataron la independencia de esa isla y de Puerto Rico en 1898 y se desencantó.
Regresó a Colombia y penetró desde el río Orinoco por los Llanos Orientales en busca de las fuerzas liberales del Tolima para incorporarse a la guerra en curso. Traía consigo un manual guerrillero, el Código de Maceo, cuyos principios propuso seguir antes que continuar organizando ejércitos regulares que estaban siendo derrotados en todo el país. No lo escucharon. Otra vez decepcionado, siguió en dirección del Cauca, su región natal, pasó a la costa del océano Pacífico y luego al Ecuador, donde era presidente su amigo personal, Eloy Alfaro, radical como él.
En esa república aceptó comandar un pequeño ejército de colombianos liberales que penetraría la frontera para enfrentar al Gobierno con sus armas. Así lo hizo y así ingresó en territorio patrio. Por desgracia, había violado a regañadientes su propia propuesta de organizar guerrillas y eso sin duda produjo el mal resultado de perder una de las primeras batallas y terminar capturado.
Quería asentarse con sus hombres en el Cauca e ir creciendo a partir de ahí. Tenía gran experiencia en ese territorio, en el cual hizo parte de ejércitos liberales desde 1876 hasta 1887, a menudo exitoso, pero en ocasiones con menor fortuna.
Era un auténtico patriota revolucionario que sabía acoger como propias las causas internacionales, de ahí su participación en la guerra de Cuba, así como en algunas insurrecciones de Venezuela y su pertenencia a la que entonces fue conocida como “Internacional Radical Latinoamericana” que incluía gobernantes de varios países, entre ellos Honduras, Salvador, Nicaragua, Venezuela y Ecuador.
Una leyenda contada de boca en boca
Su biografía es apasionante y casi desconocida. No solo fue militar, quizá uno de los mejores del país en su momento, sobre todo un gran táctico capaz de eludir los ataques en su contra y propinar los más duros golpes en las circunstancias menos esperadas, maestro en conocer hasta el mínimo detalle el territorio y en camuflarse, incluso personalmente, sino también comerciante en Manizales, donde se casó y tuvo una familia, y hasta fotógrafo en Cali en las etapas entre guerras.
Su leyenda, contada de boca en boca, lo pretende participando casi niño en un golpe de Estado contra un presidente en el Perú y en la conspiración contra García Moreno en Ecuador, pero quizá no sea sino eso. Lo cual implica que sus hechos tuvieron repercusión, sobre todo en las bases populares.
Como si se sintiera dirigido por alguien desde sus comienzos, fue un experto natural en descubrir y hacer trochas en el monte, en el Cauca, en Caldas y en el Tolima. Y de ello se aprovechó siempre. Hasta en Cuba lo hizo, en un pantano impenetrable, la famosa Ciénaga de Zapata, cuyos caminos él supo descubrir en beneficio del ejército mambí.
Casi es posible afirmar que su derrota en Puerres tuvo que ver, sobre todo, con su desconocimiento de la zona y del terreno mismo.
Además de lo anterior, fue panfletista. De modo que habrá necesidad de rastrearlo también en este sentido. Daba sus opiniones y las defendía ante los jefes liberales, quizá debido a ello pocas veces fue bien recibido en los directorios partidistas. Pero los que combatían a su lado, codo a codo, pronto se daban perfecta cuenta del peligroso contrincante que era y lo seguían.
No era viejo
No es mera casualidad que el mítico guerrillero tolimense Tulio Varón, también de los Mil Días, bautizara uno de sus destacamentos precisamente como Destacamento Rosas, en su homenaje. Lo conoció y estuvo con él algunos meses, sobre todo en su movimiento inicial por los Llanos Orientales, pero no se le unió por preferir continuar su lucha en el Doima y los alrededores de Ibagué.
Avelino había nacido en 1856 en el municipio de Dolores, en el sur del Cauca. Años después de su muerte, en uno de los gobiernos liberales que se entreveraron a mediados del siglo XX, ese municipio fue denominado Rosas y así se le conoce hasta la actualidad.
Significa lo dicho más arriba que cuando fue asesinado no contaba sino con cuarenta y cinco años de edad. No era viejo.