A desmilitarizar la vida juvenil

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Objeción de conciencia o ¿servicio militar para la guerra?

Mural Juco-1

Jhonny Alejandro Marín

Dentro de lo mucho que se dice frente a nuestra sociedad, es que ha logrado normalizar en la vida cotidiana el estado de guerra. Y si bien es cierto que es fácil exigir mayores desarrollos bélicos en la comodidad de un sofá, y creer que la guerra son noticias compartidas en redes sociales, las consecuencias afectan desde el precio de los alimentos hasta las prioridades de los impuestos.

Dentro de los muchos efectos de la guerra está lo que padecemos los jóvenes, los cuales sobrellevamos la carga de la guerra en la cotidianidad, tanto en la propaganda a la muerte hecha por los medios de comunicación masivos, como también los procesos de militarización en barrios, colegios, veredas.

Pareciese que los jóvenes solo nos pudiéramos encontrar y reconocer en medio de la encrucijada; por un lado el abismo del desempleo, de la tercerización, de la imposibilidad del acceso a educación, al deporte y a la cultura, y por el otro, el filo templado que derrama la sangre de inocentes para garantizar las frías cifras bélicas o las ganancias de las multinacionales, ganaderos y terratenientes.

En los colegios, cámaras y requisas van y vienen en las entradas y salidas de las instituciones. Este no es un lugar destinado a desarrollar el conocimiento, la creatividad o acercar al joven a la ciencia, por el contrario, además de ser un negocio para las cajas de compensación, iglesias y entidades prestadores de servicios; el trato, la conducta y las reglas son destinadas a desarrollar en el estudiante un trato de delincuente, en el cual la escuela, como centro penitenciario, vigila y castiga al joven e intenta implementar el miedo como arma de dominación.

Sumado a ello nuestro Estado, no conforme con militarizar nuestras escuelas y ciudades, obliga a millares de jóvenes a entregar su vida, prestando un servicio militar por una patria, reglas y leyes, que están destinadas a volver la vida un objeto de cambio y su valor está dado por la riqueza, tierra o negocios que debe garantizar. Año tras año jóvenes son obligados a prestar servicio militar obligatorio, pese a la existencia de la sentencia C-728 en la cual se reconoce la posibilidad de objetar conciencia a la obligatoriedad de prestar servicio militar, en el 2013 la cifra supera los 130 mil jóvenes obligados a vincularse a la guerra gracias a la ley 48 de reclutamiento.

Sumado a este flagelo en el cual pese a la existencia de una sentencia, que obliga a que la ley 48 deba de modificarse, en tanto que se reconoce el derecho a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio como un derecho inalienable de cada persona, los colegios no deben entregar listados a los batallones y por el contrario deberían educar a los estudiantes en la posibilidad de hacer uso de este derecho constitucional.

Pero el ejercicio de la militarización de la vida juvenil es completo. No solo se desconoce un derecho, sino que la práctica de reclutamiento por parte del ejército en nada se diferencia de las pescas o el ejercicio de la caza. Además de desconocer la sentencia C-728/09, el ejército tiene una meta de reclutamiento mensual, la cual al no cumplirla por medio del proceso normal de citación, realiza la práctica conocida como batida, una forma de reclutamiento forzado, prohibida por la sentencia C-879/11.

Casos de batidas se presentan a diario en todo el territorio nacional, desde jóvenes deportistas como es el caso de Alexánder Solís, reconocido atleta de talla internacional, el cual fue obligado a entrar a un camión del ejército y llevado al Distrito 22 en la ciudad de Pereira, como también ocurre contra miles de jóvenes en Ciudad Bolívar, San Cristóbal y Kennedy en Bogotá o cualquier rincón del país, donde son obligados a portar un uniforme por una guerra la cual se puede detener y, sobre todo, no es necesario seguir derramando más sangre en función de los intereses de las grandes multinacionales, o terratenientes que no solo despojan tierras y derechos sino también la vida de jóvenes que son obligados a vincularse en una guerra en la cual simplemente son instrumentos para los intereses de unos pocos.

Si realmente estamos pensando en la posibilidad de generar una paz democrática en nuestro país, es necesario replantear el tipo de relacionamiento del Estado y con los jóvenes.

La militarización, el miedo y el terror deberán ser dejados atrás como conductas por parte del Estado, y en contraposición para una posibilidad de edificación de la paz, es necesario garantizar el derecho a la objeción de conciencia al servicio militar obligatorio como una herramienta para la paz, pero también el fortalecimiento del sistema educativo, de la garantía de la escolaridad, del acceso a la educación superior, al trabajo digno, a la cultura, al deporte y a la recreación, para que la paz no sea el simple ejercicio retórico del silenciamiento de las armas y sea por el contrario la realización de una nueva sociedad, donde la esperanza, la alegría y la vida sean pilares de una nueva patria.