Paz, democracia y soberanía

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Por Rodrigo López Oviedo

Si en tres palabras quisiéramos sintetizar los propósitos fundamentales de un partido que se proponga solucionar el cúmulo de problemas de la población colombiana, esas tres palabras serían paz, democracia y soberanía. Ellas encarnan los ideales más importantes del presente, y sin que les encontremos plena realización será imposible llegar a estadios de desarrollo en que no haya obstáculos a la felicidad de cada ciudadano.

Paz no es solo la tranquilidad de los cementerios. Es un ambiente carente de amenazas, que le permite al hombre vivir en armonía con su tiempo, con sus semejantes y con la naturaleza, y con plenas posibilidades de goce de lo que el entorno ofrece. Una paz así siempre ha sido impedida por quienes no han querido entender que para solventarla se requiere, no de soldados ni de pertrechos militares, sino de inversión social. Todo indica que la intensión de las FARC en La Habana es, precisamente, la de llegar a acuerdos que permitan hacer realidad esas nuevas condiciones de vida en sociedad. Como la delegación del Gobierno parece no marchar en la misma tónica, las Constituyentes municipales, que concluirán el 12 de abril en la Gran Constituyente Departamental por la Paz, deben ser el instrumento de las masas para hacerlo entrar en razón.

La democracia ha sido la gran burlada en nuestra historia. Incluso, muchos de quienes se expresan en las urnas, que en verdad son una minoría dentro del padrón electoral, han sido testigos del tráfico descompuesto de votos, de la corrupción de los jurados, del poder alienante de la propaganda oligárquica y de la persecución criminal a la oposición. Los cambios que esperamos de La Habana deben garantizar una verdadera democracia, sin desventajas para la oposición, incluidas las fuerzas insurgentes que forcejean por encontrar la paz con justicia social.

Con respecto a la soberanía, lo que hemos tenido es evidencias de que no la poseemos. Esto no lo descubrimos con el Plan Laso (Latin American Security Operation), pues ya el Libertador se quejaba de tan grave carencia. Lo que hizo tan siniestro plan fue hacerla evidente y de la manera más arrogante y criminal: arrojando a más de diez mil soldados contra 34 campesinos que luchaban por arrancarle a la tierra remedios para el hambre. Esa falta de soberanía hoy se manifiesta en imposiciones del FMI, del Banco Mundial y de la embajada norteamericana; en tratados de libre comercio, en políticas de confianza inversionista, en despojos minero-energéticos, etc.

Resolver los problemas de la paz, la democracia y la soberanía son, pues, los imperativos del tiempo presente y el prerrequisito indispensable para la construcción de una Colombia mejor.