Las amenazas de Trump

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Ciudadanos de EEUU se mofan del presidente electo. Foto: torbakhopper "hello, dear president elect", scott richard via photopin (license)

El magnate cree que puede manejar a Estados Unidos como lo hace con sus negocios empresariales tan prósperos, alejado de la gran política que exige la conducción de un Estado tan influyente.

Ciudadanos de EEUU se mofan del presidente electo. Foto: torbakhopper “hello, dear president elect”, scott richard via photopin (license)

Editorial del Semanario VOZ

Donald Trump, un delirante ultraderechista del Partido Republicano, amenazó a Cuba la semana pasada, después de la muerte de Fidel Castro y en medio del cariño de su pueblo y del amplio reconocimiento internacional, porque se comió el cuento de que con la desaparición física del fundador de la Revolución Cubana están dadas las condiciones para el retorno al capitalismo de la isla del Caribe. El nuevo mandatario gringo, con su pobreza intelectual, condicionó la continuidad de la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales entre los dos países a que se den los cambios regresivos en el orden político, económico y social, algo que no quedó concertado en el acuerdo Barack Obama-Raúl Castro.

El restablecimiento de las relaciones no quedó condicionado a nada, porque es claro que se hace sobre la base del respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los dos países. Para Cuba es un asunto de dignidad. Lo dijo Fidel con claridad meridiana: “No esperamos ninguna ayuda del imperio”, menos el tutelaje, las imposiciones o la férula infame, como ha sido la práctica imperialista en América Latina.

Trump no tiene mayor estudio ni formación académica. Es un poderoso negociante que amasó una enorme fortuna. Su torre de residencia y negocios está en la exclusiva Quinta Avenida de la Gran Manzana. En la campaña electoral demostró ignorancia y desconocimiento de temas clave para ejercer la presidencia de la potencia capitalista más importante y que asume de oficio el control sobre el mundo y sus negocios. El magnate cree que puede manejar a Estados Unidos como lo hace con sus negocios empresariales tan prósperos, alejado de la gran política que exige la conducción de un Estado tan influyente.

Pero desde ya se anuncia que será un gobierno nacionalista y proteccionista, distante de los tratados de libre comercio y de los organismos multilaterales, dándole privilegio a las soluciones internas que se fundamentan en la xenofobia y en ciertas prácticas fascistoides como el racismo y la misoginia. Sin embargo, se asegura que está apoyado en reconocidos expertos del mundo empresarial y financiero. “Clinton gobernaba Wall Street sobre Main Street, con Trump será igual”, dicen algunos analistas.

El triunfo de este individuo que no tiene experiencia en la cosa pública significa un viraje más a la derecha, que se inscribe en el avance en este sentido en Europa y otras latitudes, incluyendo América Latina. Pero es un sector del capitalismo mucho más agresivo y provocador. Trump se propone construir una gran muralla para separar la frontera con México y adoptar drásticas medidas contra los inmigrantes, muchos de ellos sumidos en la miseria en territorio estadounidense. Seguramente en Estados Unidos se restringirán las libertades públicas y en política exterior amenazará a Cuba, a Venezuela y a otros procesos democráticos. Quizás le restará apoyo a la paz en Colombia.

El de Trump será un gobierno neoestatista conservador, basado en prácticas totalitarias, populistas y proteccionistas, sin deslindarse del neoliberalismo ni del poder de las transnacionales que continuarán invirtiendo con sus mañas de siempre en los países del llamado Tercer Mundo o en vías de desarrollo. Su victoria se debió en lo esencial al fracaso de Obama en la recuperación económica y de la campaña demócrata con una candidata derechista incapaz que no se diferenció mucho de su contrincante ganador en el sistema electoral de Estados Unidos.

Es el resultado de la crisis del capitalismo que no pudo resolver el presidente Obama, porque con la total indolencia de Washington aumentaron la pobreza y la desocupación, y se deterioraron las condiciones de vida de la población de la primera potencia mundial. Trump representa una línea más inflexible que refleja los intereses del Pentágono y del complejo militar-industrial. El nuevo Gobierno continuará la política del “gran garrote”, del chantaje y del intervencionismo en los países que se aparten de la férula imperial.

El proceso de integración latinoamericano y caribeño, independiente de Estados Unidos, está amenazado. Aunque es deseable que haya realismo en la nueva administración de Washington. Que se respeten los cambios en el mundo, la no intervención y los asuntos internos de cada país. Que en Colombia se acepte como un hecho la paz con las guerrillas para ponerle fin a la violencia de tantos años y abrir el camino hacia la democracia y a las mejores condiciones sociales. La extrema derecha criolla está a la espera de la “mano dura” de la Casa Blanca, piensan como vasallos. El pueblo colombiano debe cerrar filas contra cualquier intervención imperialista, y defender la autodeterminación, la soberanía y la emancipación.