La verdad de la prensa

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La opinión pública no existe, la fabrican los grandes medios, es parte de la alienación ideológica y cultural que estimula el capital. Una prensa seria y responsable es necesaria para la democracia, para la paz estable y duradera.

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Editorial del Semanario VOZ

No es casual ni caprichoso que VOZ siempre lleve la divisa de “La verdad del pueblo”. No es una consigna de agitación, sino una declaración de principios. La base del trabajo ideológico del semanario es la verdad. El periódico no es neutral, como ningún medio de comunicación lo es. Mienten los que así lo aseguran.

VOZ es un periódico revolucionario al servicio de las causas populares. Es la principal herramienta ideológica del Partido Comunista Colombiano para llevar las propuestas de movilización y organización a las luchas populares. Pero esta tarea histórica no riñe con la verdad. Al contrario, la principal exigencia para que cumpla con su papel ideológico revolucionario es apoyarse en la verdad. “La verdad es siempre revolucionaria”, decía Vladimir Ilich Lenin.

Todo lo contrario a la prensa burguesa, a los grandes medios de comunicación al servicio del capital, que se apoyan en la mentira, tergiversan la realidad y cuentan la historia según sus intereses. Dos hechos recientes de trascendencia nacional e internacional así lo demuestran.

El primero, la marcha por la paz del pasado 9 de abril fue iniciativa de varias organizaciones populares, sociales y de la izquierda, respaldadas por la Administración distrital de Bogotá, con la finalidad de promover la defensa de los diálogos de La Habana, exigir las conversaciones con el ELN y el EPL, el cese bilateral de fuegos y la paz con democracia y con justicia social. Los objetivos fueron visibles en las pancartas y las consignas de los miles y miles de manifestantes en el país. El 9 de abril por ley es el Día Nacional de las Víctimas del Conflicto, de todas sin excepción y, por supuesto, el tema fue un referente de la movilización, pero no el único.

Sin embargo, la “gran prensa” excluyó los temas originales y centró toda la artillería mediática en “las víctimas de la guerrilla”, haciendo el coro al presidente Juan Manuel Santos, quien redujo todo a las “víctimas de los héroes de la patria”, militares y policías combatientes en el conflicto. Todo el mundo siente los muertos del conflicto y desde la izquierda, humanistas por naturaleza, nadie se alegra de ninguna situación dramática y violenta del conflicto. Todos los muertos duelen. Pero no se le puede torcer el pescuezo a la historia y a la realidad. El grito del 9 de abril fue por la paz, de alguna manera un llamado de atención al presidente Juan Manuel Santos, reelegido para que hiciera la paz y dejara las vacilaciones y las concesiones a sus enemigos.

El segundo, la Cumbre de las Américas de Panamá, histórica por la participación de Cuba por primera vez y por la unidad latinoamericana y caribeña en defensa de su propia integración regional, de la soberanía y en rechazo a las políticas imperiales.

La “gran prensa” y sus analistas de pacotilla decidieron asegurar que el hecho notorio fue el saludo de Barack Obama y Raúl Castro, mientras el perdedor fue Nicolás Maduro. ¡Vaya manera de interpretar los hechos reales! A lo mejor, como dijo un periodista, se equivocaron de cumbre.

La casi totalidad de los jefes de Estado y de Gobierno rechazaron las medidas económicas contra la República Bolivariana de Venezuela, consideradas una agresión al continente y demostración que Estados Unidos no abandona la férula imperialista. Fue la constante en casi todas las intervenciones, salvo las excepciones que ya conocemos de gobernantes pro yanquis.

Nicolás Maduro y la Revolución Bolivariana fueron ganadores, recibieron el respaldo de América Latina y el Caribe. La declaración fue vetada por Estados Unidos y Canadá, aislados y solitarios en sus arrogantes posiciones imperiales. Maduro recorrió las calles de Panamá con evidentes muestras de simpatía y respaldo del pueblo, pero para los medios burgueses el cacerolazo de diez escuálidos fue más importante.

La “gran prensa” carece de ética, no es decente porque abusa de su condición de poderío mediático, de enormes recursos del capital para atropellar la verdad y generar una opinión pública que, como borrego, va tras su desinformación. La opinión pública no existe, la fabrican los grandes medios, es parte de la alienación ideológica y cultural que estimula el capital. Una prensa seria y responsable es necesaria para la democracia, para la paz estable y duradera.