Roberto Amorebieta

Por estos días, la prensa colombiana se ha regocijado hasta el límite a causa de la VII Cumbre de la Alianza del Pacífico reunida en Cali. La Alianza, conformada por Colombia, México, Perú y Chile, y que cuenta con la presencia de varios países observadores, es una nueva iniciativa de integración que pretende ser un contrapeso a las experiencias del ALBA, MERCOSUR o la CELAC, las que han servido de plataforma de unión continental al margen de los intereses políticos y económicos de los Estados Unidos.

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La algarabía mediática repite los mismos tópicos que se han venido presentando sobre las bondades del libre comercio, como el crecimiento, la generación de empleo y el desarrollo económico, como consecuencias automáticas de la apertura de fronteras al capital. Incluso, un diario nacional se apresuraba a celebrar que analistas han calificado esta alianza como la de los “Pumas del Pacífico”, parafraseando a los ya célebres “Tigres asiáticos”.

No obstante el optimismo desbordado, es importante hacer unas precisiones:

1. El libre comercio es un mito, no existe. Desde los orígenes del capitalismo, los Estados han apoyado a los empresarios y han regulado los mercados para proteger la actividad económica de las burguesías. Esa idea de que el empresario juega en el mercado como quien hace una apuesta (con el riesgo de perder o ganar) se ve desestimada por la realidad. Lo que ha habido desde el siglo XVII hasta hoy es una permanente complacencia e incluso complicidad de los regímenes políticos con el capital, tomando medidas legales (y a veces ilegales) para protegerle. El favorecimiento de monopolios, las medidas proteccionistas (tan devaluadas hoy en día), las intervenciones de empresas en quiebra, los subsidios a la producción, etc., no son más que decisiones de los gobiernos para proteger a los empresarios de la competencia. Se puede estar de acuerdo o no con ellas, lo que no puede hacerse es ignorarlas y creer el mito del “libre” comercio.

2. El modelo neoliberal, que propugna por el desmonte del Estado en favor del capital, no ha sido sino una nueva versión de lo mismo. La diferencia con el modelo desarrollista, en boga en todo el mundo capitalista entre los decenios de 1940 y 1970, es que las conquistas de los trabajadores y las políticas de fortalecimiento de las economías nacionales son vistas no como avances hacia una mejor calidad de vida de las personas sino como talanqueras a la acumulación capitalista.

3. En ese escenario, el fin del Consenso de Washington y su materialización en el ALCA, que impuso el modelo neoliberal en América Latina y que recibió su estocada definitiva en la célebre Cumbre de las Américas de 2005 en Mar del Plata, Argentina (ver: http://www.youtube.com/watch?v=HTH8BUNaQBo), coincidió con la peor crisis económica global que se recuerde y de la que el mundo industrializado no ha logrado salir. El gobierno de los Estados Unidos, al descubrir que su hegemonía en el continente se estaba resquebrajando, decidió impulsar la política de suscribir tratados bilaterales de libre comercio con diversos países de la región. Lo paradójico es que mientras muchos países latinoamericanos ganaban en independencia frente a una decadente súper potencia y exhibían formidables mejoras tanto en los índices macroeconómicos como sociales, otros como Colombia, se desesperaban por competir con los vecinos por atraer al capital extranjero, esto es, permitir toda suerte de facilidades a los inversionistas como cobrar bajos impuestos, ofrecer altas tasas de retorno y destruir los derechos laborales de los trabajadores locales.

4. La Alianza del Pacífico pretende ser una especie de área de libre comercio en la que puedan circular libremente bienes, capitales, servicios y personas. En el papel puede sonar bonito, pero la pregunta es en qué medida los cuatro países que la conforman son complementarios entre sí. Es el gran drama de las economías periféricas: si todas producen lo mismo, ¿qué van a intercambiar entre ellas? Dicho lo anterior, hay que notar cómo las economías de los cuatro países de la Alianza se han concentrado los últimos años en desmantelar sus aparatos productivos y se han enfocado en fortalecer la prestación de servicios y el sector minero. En ese orden de ideas, lo que puede intercambiarse (entre los miembros de la Alianza y con otros países) serán productos con bajo valor agregado. En otras palabras, mientras agilizamos entre nosotros el comercio de dulces, cobijas y aceites, seguimos comprando computadores, maquinaria y tecnología, reforzando la desigualdad en los términos de intercambio. Es decir, no sirve de nada vender más café si tendremos que comprar caro el café instantáneo importado. Lo mismo puede decirse del petróleo y la gasolina, el coltán y los celulares o el maíz y el Corn Flakes.

5. Sin entrar en la discusión de la crisis sistémica del capitalismo (que ya es bastante), las evidencias de los últimos años han demostrado que el libre comercio no favorece el desarrollo de los países periféricos como Colombia. En más de 20 años de implementación del modelo neoliberal, la economía colombiana no ha mejorado su comportamiento y por el contrario se han agravado las desigualdades. Pero sin ir tan lejos, la semana pasada que se celebró (parece sarcasmo) el primer año del TLC con Estados Unidos, todos los reportes indicaban que las exportaciones de Colombia cayeron, las importaciones aumentaron y no se creó empleo. Fue de risa (si no fuera tan trágica) la declaración de funcionarios del gobierno de Estados Unidos en el sentido de que, ante los resultados desfavorables a Colombia, las ventajas del TLC no debían medirse en números sino en una nueva actitud de los empresarios norteamericanos hacia las posibilidades del mercado colombiano.

6. Finalmente, la apuesta por fortalecer la integración económica de los países de América Latina es saludable, pero la Alianza del Pacífico no es el caso. Y no lo es porque no está pensada en función de los pueblos, de fortalecer la democracia o de ganar independencia frente a la hegemonía norteamericana, sino en función de favorecer a los empresarios y la acumulación de capital. Es decir, mientras los países con gobiernos progresistas y revolucionarios buscan unirse para impulsar la democracia, los países satélites de Estados Unidos se unen para abrirle espacio al capital transnacional, que como sabemos, no tiene patria ni moral ni responsabilidad. En buena hora, Brasil ha decidido acercarse a esta Alianza, porque sólo la presencia de un grande como Brasil podrá en alguna medida balancear el debate en un escenario bastante monocorde.

Addenda: Nos burlamos de que Venezuela importe rollos de papel higiénico (que no produce) y nos parece muy competitivo que Colombia importe café, maíz y fríjoles (que sí produce), dejando a nuestros agricultores en la ruina. Para risas, nosotros.