Hacia una economía política de la ciencia y la tecnología

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Foto: PistigriloXP via photopin cc

Se hace necesaria una nueva política pública y sobre todo una alerta entre las varias fuerzas sociales que despertarán de su sueño reformista para lanzarse a la gran transformación económica, social y política.

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Theotonio Dos Santos

Para poder discutir la necesidad de sistematizar los principios que deben orientar una economía política de la ciencia y la tecnología, en las condiciones socioeconómicas actuales, tenemos que dar algunos pasos atrás. La misma economía política fue cuestionada por una amplia campaña ideológica, política y teórica de origen conservadora o incluso reaccionaria que en nuestros países se denomina “neoliberalismo”, a pesar de que su correcta designación sería la de un ultraconservadurismo.

El prefijo “neo” apareció para confundir, intentando presentar como algo nuevo un intento de hacer resurgir una problemática enteramente superada y de transformar en arcaico lo que era y es lo más avanzado esfuerzo intelectual: la crítica a la economía política iniciada por Karl Marx en El Capital, libro que casi todos los exponentes del “neo” confesaban nunca haber leído.

Para abrir el camino hacia una reflexión correcta, tenemos que limpiar el ambiente intelectual y demostrar la declaración de principios del pensamiento “teórico” neoliberal que se impuso en los últimos 30 años en el plano político, en los medios de comunicación y hasta en la academia. Este pretendido proyecto teórico buscó volver a las premisas básicas del liberalismo, establecidas en el siglo XVIII. Pretendió demostrar que el “libre” mercado es un producto de la “naturaleza humana”, fundado para ellos en la idea del “individuo posesivo” como plena expresión de la naturaleza humana.

Además del contenido ideológico evidente de esta construcción “teórica”, ya demostrado por varios autores, entre los cuales me incluyo, ella choca con el carácter monopolista y sobre todo con el capitalismo desarrollado de Estado en el cual se fundamenta el capitalismo contemporáneo. Si la hipótesis del libre mercado podría tener algún sentido práctico en el siglo XIX para imponer el dominio del capital sobre la economía mundial, en el siglo XX y más aun en el siglo XXI, es una aberración inútil que entra en choque con los hechos cada día. De ahí el fracaso del neoliberalismo y del “pensamiento único” para inspirar políticas económicas coherentes.

En mi estudio de la práctica del neoliberalismo, demuestro cómo las políticas económicas de inspiración neoliberal aumentaron el déficit público y, por lo tanto, la intervención del Estado en la economía (disminuyendo el gasto social pero aumentando de manera explosiva los gastos financieros y militares). Al mismo tiempo, los gobiernos neoliberales crearon déficits comerciales, de un lado, y superávits, del otro, que introdujeron un desequilibrio brutal en la economía mundial.

Es evidente que estos desequilibrios fiscales y comerciales condujeron también a un desequilibrio monetario y a una oscilación de las divisas internacionales completamente dependientes de las intervenciones estatales y de los juegos monopolistas y especulativos que ningún mercado “libre” puede ni de lejos regular. Este grado de desequilibrio solo puede ser logrado por vía de la más violenta intervención estatal.

Junto con esta descalificación del intento infantil de disminuir el rol del Estado en el mundo del capitalismo de Estado, el fracaso neoliberal nos conduce a revisar el carácter mismo del Estado en una situación de fuerte contradicción entre su rol y las categorías ideológicas y supuestamente científicas que predominan en los círculos responsables de la toma de decisiones que involucran el destino de la humanidad.

La segunda tesis –que presentamos en varios libros– se refiere a la relación entre los regímenes de fuerza, fascistas y para-fascistas, y el dominio ideológico y político del neoliberalismo. No fue una coincidencia que el desmoralizado grupo de la Universidad de Chicago encontrase su oportunidad histórica en el primer gobierno que los insertó en el mundo económico real, a través del régimen fascista de Augusto Pinochet en Chile. Ni es menos verdad que los gobiernos de Thatcher y Reagan, que propagaron en todo el mundo estas propuestas proto-modernas, se impusieron a través de violentas confrontaciones con el movimiento sindical de sus países, con los movimientos sociales de fuerte contenido popular, a través de bestiales formas de autoritarismo político.

Establecimos así un cuidadoso análisis de la correlación directa entre el terror de Estado y las políticas neoliberales que retiraron de los trabajadores derechos históricamente conquistados, rebajando drásticamente sus sueldos, al combinar represión estatal con represión económica a través de las recesiones identificadas con sus políticas económicas, con su séquito de desempleo y desesperanza.

Nuestro libro titulado Del Terror a la Esperanza: Auge y Decadencia del Neoliberalismo (editado en castellano por Monte Ávila editora y el Banco Central de Venezuela) contribuye así a una comprensión significativa del período recesivo de la economía mundial entre 1967 y 1994, tema que analizamos en marco de las ondas largas de Kondratiev, contribución teórica y econométrica del economista ruso cuya vigencia hemos restablecido en la década de 1970, junto con Ernest Mandel, André Gunder Frank, Christopher Freeman, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, Amílcar Herrera, Carlota Pérez y tantos otros.

Creemos haber dado más substancia a este gran aporte teórico al demostrar la relación entre las “ondas largas” –designación de los ciclos largos que se impusieron por razones metodológicas y teóricas– y los paradigmas tecnológicos cuyo carácter sistémico impone límites de tiempo al funcionamiento de la economía. Estos paradigmas tecnológicos son cada vez más articulados, a su vez, con el desarrollo de los paradigmas científicos revelados por Thomas Khun y están profundamente asociados al movimiento de las innovaciones primarias, secundarias y terciarias que se suceden dentro de cada paradigma tecnológico. Carlo Pérez, por su parte, estudió con mucha lucidez la relación entre estos fenómenos y los ciclos financieros, en un excelente libro.

Debemos en gran parte esta comprensión sistémica que articula los ciclos largos y la lógica de las innovaciones revolucionarias producidas por la actividad del conocimiento (actividad cada vez más organizada por la humanidad en su conjunto y disfrutada por los poderes monopólicos concentrados por el capital) a los descubrimientos del economista austriaco Joseph A. Schumpeter.

Estos descubrimientos teóricos fueron muy desarrollados por sus discípulos en los años 1970-1990 y sirvieron de base a políticas económicas fundamentales como la del Estado japonés cuyo documento marco de 1947 estuvo directamente elaborado por Shigeto Tsuro, discípulo de Schumpeter y gran marxista japonés que intentó siempre articular los aportes de estos dos pensadores. En mi última visita a China, escuché la revelación del presidente de la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái de que el gobierno de Shanghái, cuya política económica él dirigía, se inspiró en los ciclos largos de Kondratiev y de nuestros estudios sobre su actualidad, con enorme éxito por cierto.

Armados de estos elementos clave, nos cabe así avanzar en el análisis de la nueva fase de la economía capitalista mundial, en la cual entran en crisis definitiva las falsas interpretaciones y soluciones impuestas en el período del auge neoliberal. El fracaso de estos análisis ganó una evidencia colosal con la crisis mundial desatada en el segundo semestre de 2008. Si es verdad que este período crítico no tuvo el carácter final que muchos análisis trataron de insinuar o incluso explicitar, los cuales fueron fuertemente contestados por nosotros, este demostró, con enorme violencia, algunas de las tesis derivadas de la construcción teórica en marcha que resumimos en este artículo.

Llamamos la atención –en varios estudios– sobre el rol particularmente impactante de la revolución científico-técnica sobre la articulación entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la supervivencia de relaciones de producción arcaicas, basadas en la hegemonía de la propiedad privada, las cuales se encontraban ya superadas, desde la Primera Guerra Mundial. La profundidad de los cambios impuestos por el desarrollo de los medios materiales e intelectuales alcanzados en esta nueva fase del desarrollo de la humanidad quedó evidente no solamente por el impacto teórico que cuestionó radicalmente la capacidad del capitalismo y del liberalismo para solucionar estas contradicciones.

Pero, debemos comprender sobre todo las manifestaciones materiales de estas mismas contradicciones a través de una guerra mundial en 1914-18 que acabó con 30 millones de vidas humanas. Al mismo tiempo, la revolución mexicana alertaba sobre los límites del capitalismo en las zonas periféricas de la economía mundial, la crisis final del Imperio Otomano mostraba los límites del imperialismo que, en India, el débil ciudadano indio Mahatma Gandhi hacía temblar.

Los varios avances revolucionarios importantes en Turquía, en la India, en América Central, el Caribe y América del Sur, y en China mostraban el contenido posliberal del nuevo momento histórico marcado por el surgimiento victorioso de una revolución social que planteaba la construcción de una nueva formación social poscapitalista en Rusia (venciendo la invasión de 23 países capitalistas, en una guerra civil que costó millones de muertos: ¿el precio de la resistencia de la revolución o de la fracasada reacción de las relaciones sociales sobrepasadas?).

Pero más grave aun fue la crisis económica mundial, iniciada en 1929, cuyo desdoblamiento posterior desembocó en la Segunda Guerra Mundial, que creó las condiciones para una recuperación mundial de las economías capitalistas a través de la utilización de los fantásticos avances en las fuerzas productivas producidos durante estos años, los cuales ocasionaron cerca de 70 millones de muertos y permitieron demostrar la capacidad destructiva de las armas nucleares que dominarían una próxima guerra mundial.

No hay duda de que el centro del poder económico en la pos II Guerra se encontraba en los Estados Unidos. Pero la derrota del nazismo había estado en manos de las tropas soviéticas, líder de los Aliados (Estados Unidos, Inglaterra, Francia –¿será?–), la China del Kuomintang (con las tropas del ejército rojo en sus talones) y algunas potencias aliadas menores como Brasil que no fueron convocadas a la reunión de Yalta.

Era necesario detener la fuerza miliar, moral e ideológica que representaba la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas que había resistido prácticamente sola a la invasión del más poderoso ejército del mundo y había entregado 20 millones de muertos en defensa de su nación y de un régimen económico y social que había surgido de una profunda revolución social. Se armó así la Guerra Fría.

Los o las filósofos(as) políticos a servicio de la potencia ganadora inventaron un nuevo cuento. Según ellos (as) el nazismo era una modalidad de totalitarismo que representó una amenaza para la humanidad (de la cual se debería excluir a los filósofos que sostuvieron la ideología nazi como Heidegger o Ezra Pound, o economistas liberales como Schaft, etc.). Pero, de otro lado, el nazismo fue derrotado por las tropas de otro totalitarismo (el soviético) que pasaba a ser el gran enemigo a enfrentar (¿o destruir?).

Restaba una cuestión muy dura: esta potencia totalitaria había demostrado una superioridad no solo por la unión de su pueblo en contra del rico y poderoso agresor, no solo de estrategia militar, no solo de disciplina militar y motivación ideológica y espiritual. Ella revelaría también una capacidad excepcional de desarrollar sus fuerzas productivas, ya que no recibió ayuda de ninguno de sus aliados… Había que dudar de su capacidad de desarrollar las fuerzas productivas que, según la creencia dominante, continuaba en manos del llamado Occidente. No es aquí el lugar para narrar la debacle de esta propuesta estratégica.

Ella intentó detener la consolidación de los regímenes impuestos por las tropas soviéticas en la Europa Occidental. Ella fracasó en su intento de detener las ofensivas socialistas en el mundo, en Yugoslavia, en 1945, en China, en 1949, en Corea, en 1953, en Indochina (Vietnam del Norte) en 1954, derrota que se consolidó sobre toda la región (Vietnam del Sur, Laos y Camboya), en 1973, en Argelia en 1958, en Cuba, en 1961, en las colonias portuguesas en la década del 70, la presencia de las tropas cubanas en África derrotando las fuerzas armadas de África del Sur fuertemente apoyada por las naciones pro-occidentales.

Ni nos cabe detallar aquí el avance científico y tecnológico de la URSS que lanzó la humanidad al Cosmos cambiando radicalmente el paradigma científico contemporáneo. Esto permitió el surgimiento del concepto de revolución científico-técnica que mostró con el excepcional estudio del sociólogo checo Radovan Richta que la hegemonía de la ciencia sobre la tecnología anunciaba un nuevo nivel de las fuerzas productivas que debe convertirse en la base material de un nuevo modo de producción: el comunista.

Un pensamiento social ideológicamente comprometido con la salvación de un sistema social decadente y una ideología sobrepasada se volcó entonces a la negación de la existencia de una solución radical para las contradicciones presentadas por el capitalismo. El aumento exponencial de los excedentes generados por la actividad productiva contemporánea lleva a la necesidad del capital de apoyarse en los monopolios y en la acción estatal cada vez más amplia (un capitalismo de Estado que se convierte en la fuerza más dinámica y necesaria para dominar estos gigantescos sistemas socioeconómicos que forman las bases de la sociedad moderna).

Lo más dramático no es solamente la orientación que el capital tiene que dar a estos tremendos avances en la estructura del conocimiento y en los productos de ella derivados (con especial énfasis en el rol de los productos militares cuya función y eficiencia se mide concretamente por su capacidad de destrucción y en la necesidad de mantener un clima moral de confrontaciones cada vez más sangrientas entre los individuos, las clases, los grupos sociales, las instituciones, los pueblos, las etnias, los géneros , etc.).

Los desequilibrios generados por las políticas neoliberales abrieron camino a un gigantesco sistema financiero internacional sostenido por el gigantesco excedente económico producido por las nuevas fuerzas productivas como las deudas públicas de casi todas naciones capitalistas, todas ellas generadas por déficits fiscales permanentes y crecientes, siempre cubiertos por títulos de deuda pública cuyas tasas de interés varían de acuerdo con la capacidad política de los bancos centrales de justificar esta monstruosa e irracional política macro económica.

Este cuadro económico no puede crearse y mantenerse sin la transferencia colosal de recursos excedentes (según la óptica del sistema), creados por la revolución científico-técnica desde el sector productivo hacia un mundo económico financiero completamente artificial. Esta transferencia es hecha directa o indirectamente por los Estados nacionales o incluso provinciales y locales. El capitalismo de Estado pasa a ser el sostén fundamental de este nuevo orden capitalista hegemonizado por el capital financiero.

Esta contradicción más general lleva a que los hechos y las políticas públicas contraríen drásticamente los principios ideológicos del pensamiento económico dominante, disfrazado de “ciencias exactas”. Se produce así una a-sincronía estructural entre las construcciones teóricas e ideológicas y las prácticas sociales.

Para superar esta contradicción se hace necesaria una nueva política pública y sobre todo una alerta entre las varias fuerzas sociales que despertarán de su sueño reformista para lanzarse a la gran transformación económica (automatización y bajas jornadas de trabajo), social (construcción de una nueva subjetividad basada en la solidaridad humana) y política (respecto al verdadero sentido de la democracia: gobierno del pueblo y para el pueblo; participación no solamente electoral sino también en las tareas legislativas y ejecutivas).

Todo esto supone sin embargo un período histórico que combine el control del Estado sobre el proceso productivo al servicio de las grandes mayorías sociales, la combinación del capitalismo de Estado con la democracia en la gestión de las empresas y las formas colectivas de producción y prestación de servicios (economía social). Las fuerzas productivas contemporáneas no solamente están listas para este nuevo régimen socioeconómico sino que lo exigen.

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Theotonio Dos Santos es profesor visitante de la UERJ, Profesor emérito de la UFF, Presidente de la REGGEN, Premio Mundial de Economía Marxiana de 2013 (WAPE).

Publicado en América Latina en Movimiento, No. 493: http://alainet.org/publica/493.phtml