Esta esquizofrenia nuestra de cada día

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Foto: Gonzalo G. Useta via photopin (license)

¿Habrá voluntad política, desde las altas esferas del poder, para desterrar de una vez por todas ese siniestro juego de contradicciones y actuar, como un solo haz, contra lo que ha impedido que exista un verdadero ambiente de democracia y participación?

Foto: Gonzalo G. Useta via photopin (license)
Foto: Gonzalo G. Useta via photopin (license)

Sergio Otálora Montenegro
@sergiootalora

Cartagena de Indias.- Un día antes de llegar a esta urna de cristal que llaman recinto amurallado o corralito de piedra, otro sitio de la Cartagena no turística era escenario de una trágica película que se repite, sin tregua, desde hace treinta años: Imelda Daza Cote, dirigente nacional de la Unión Patriótica, fue al parecer víctima de un atentado cuando asistía a una reunión en la sede del sindicato de trabajadores de la industria de los materiales de construcción de esa ciudad.

En 2015 Daza Cote fue candidata a la gobernación del Cesar por el mismo movimiento. Es una de las sobrevivientes de la operación de extermino contra la Unión Patriótica. Regresó al país, después de vivir 25 años en el exilio, para seguir con su actividad política y apoyar, sin fisuras, el proceso de paz que se desarrolla en La Habana. Ante la acción del sicario que entró a bala limpia al sitio donde estaba la también activista de derechos humanos, el ministro del interior, Juan Fernando Cristo, expresó su rechazo a grupos “enemigos de la paz”.

Nada nuevo, por supuesto. Desde los tiempos del gobierno liberal de Virgilio Barco Vargas, es decir, hace tres décadas, las disculpas han sido las mismas, al igual que las promesas de llevar a los criminales a la justicia. A lo largo y ancho de ese y otros gobiernos indolentes desfilaron, sin cesar, los miles de asesinados de una agrupación política de izquierda sin que el Estado se hiciera cargo, en serio, de desarmar el supuesto rompecabezas de la guerra sucia en Colombia. Y no lo hizo por una sencilla razón: ha sido arte y parte de dicha guerra que, al mismo tiempo, dice investigar pero estimula, ya sea por acción (complicidades de las Fuerzas Armadas con los paramilitares) u omisión (impunidad galopante).

Ahora las cosas parecieran ser de otra índole. Hay negociaciones de paz muy avanzadas con la guerrilla de las FARC y esfuerzos por consolidar los escurridizos diálogos con el ELN. Hay, también, un poderoso sector guerrerista, liderado por el senador Álvaro Uribe Vélez, que combina, a su manera, todas las formas de lucha: dizque “resistencia civil” contra los acuerdos que resulten de la capital cubana, al tiempo que en las regiones los neo paramilitares –tan sincronizados en su ideología con el uribismo- siguen condenando a muerte a los dirigentes populares no sólo de la UP, sino de Marcha Patriótica y a quienes han liderado el proceso de restitución de tierras.

Pero entre el gobierno de Santos y sus más enconados opositores no pareciera haber comunicación alguna. Tratan al actual presidente de castro-chavista y lo acusan de orquestar la entrega de la institucionalidad a los facinerosos. ¿Pero existe la misma distancia entre ciertos sectores de las Fuerzas Armadas y quienes buscan, desde la política del sabotaje o la violencia, acabar con los intentos de poner fin a un conflicto armado de más de medio siglo?

Esquizofrenia a varias bandas. Y lo peor: gran escepticismo ante un gobierno que se ve débil y sitiado por sus enemigos. ¿Habrá voluntad política, desde las altas esferas del poder, para desterrar de una vez por todas ese siniestro juego de contradicciones y actuar, como un solo haz, contra lo que ha impedido que exista un verdadero ambiente de democracia y participación? ¿Será una política de largo alcance acabar con las bacrim y, además, extirpar en el interior del Estado los vestigios de la doctrina de la seguridad nacional y las estructuras que han sido el sustento ideológico, durante todos estos años, de la guerra sucia?

Preguntas que, a juzgar por el atentado contra Imelda Daza y el asesinato de decenas de dirigentes populares, no tienen respuestas alentadoras. Pero ahí, en el desmonte de todos los dispositivos que han armado y dado sentido político al exterminio, está el gran reto de llegar a una paz duradera.

El Espectador