Día del Periodista: Repensar el oficio

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Rueda sde prensa

La concentración de los grandes medios de comunicación en manos de empresas de capital extranjero, la autocensura, los palos en la rueda al proceso de paz, las campañas de descrédito a los gobiernos progresistas del continente, son tópicos, entre muchos otros, frente a los cuales vale la pena reflexionar, en momentos en que se celebra el Día Nacional del Periodista

Alberto Acevedo

La celebración del Día Nacional del Periodista en Colombia, este 9 de febrero, nos encuentra inmersos en hondas discusiones alrededor de la idea de construir, por fin, después de décadas de conflicto armado, los cimientos para una paz que se edifique sobre pivotes de estabilidad, democracia, progreso y bienestar para los colombianos.

Este sueño de justicia social no puede estar al margen del examen del rol que juegan los periodistas y los grandes medios de comunicación, como formadores de opinión pública.

La verdad, monda y lironda, es que en el país, desde hace mucho tiempo, los dueños de los grandes medios se colocaron incondicionalmente al servicio de los más rancios intereses de la burguesía, o mejor, del sector más retrógrado, conservador y recalcitrante de la clase dirigente nacional.

Hoy, cuando estamos a las puertas de grandes definiciones en el futuro de la patria, los medios de mayor circulación escrita y mayor audiencia en radio y televisión, con contadas excepciones, se atraviesan como palos en el camino de búsqueda de la paz.

Cada día vierten veneno contra la insurgencia y sus negociadores en la mesa de La Habana. La discusión que nos quieren presentar es que una escuela fue volada por la guerrilla y dejaron sin estudio a cien niños en alguna parte del país. Ocultan que tal escuela había sido antes convertida en cuartel por las tropas regulares, y de todas maneras los niños no estaban estudiando.

Ocultan en la presentación de los enfrentamientos que muchas veces la población civil es tomada como escudo por la fuerza pública, construyendo cuarteles al lado de barrios, hospitales, iglesias, olvidando el principio de distinción que reclama el derecho internacional humanitario.

Y que estos escándalos mediáticos, se hacen para desprestigiar al contendor, obedeciendo a una estrategia militar predeterminada, desviando la atención de la opinión pública de los verdaderos temas de discusión que la insurgencia intenta poner sobre la mesa en La Habana, y que apuntan a una reforma agraria democrática, al problema de la tenencia de la tierra, del desarrollo con equidad, de la defensa de los recursos naturales, esquilmados por las grandes empresas multinacionales, entre otros aspectos medulares.

La prensa arremete contra la administración del alcalde Petro, que a pesar de sus errores intenta edificar un gobierno de participación ciudadana. No hay día en que no denigre del gobierno de Venezuela, presentando la imagen de un país al borde del caos, ocultando sus avances en educación, vivienda, salud, lucha contra la pobreza y el desempleo.

En las páginas de los grandes diarios, lo blanco es negro y lo negro es blanco. Chávez, un carismático líder latinoamericano, es presentado poco menos que como un loquito; Iván Márquez como un terrorista. El procurador Ordóñez, representante de lo más retrógrado y conservador, como un adalid de la democracia. Los sectores de la caverna son recibidos con los brazos abiertos. Los voceros del cambio social, descalificados y denostados.

Concepto retorcido

En la penúltima semana de enero pasado, a instancias del gobierno nacional y de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, en las instalaciones del diario de mayor circulación en el país, gobernadores, alcaldes y funcionarios suscribieron la Declaración de Chapultepec, que fue presentada a la opinión pública como un trascendental paso en la consolidación de la libertad de expresión.

Esta declaración es un documento redactado hace ya 20 años en México, a instancias de la SIP, para descalificar a la Revolución Cubana, para decirnos que la libertad de empresa de los grandes dueños de los medios es la verdadera libertad de expresión y cualquier intento de democratización real de los medios es autoritarismo.

La Declaración de Chapultepec es una especie de cadáver insepulto, al que ahora se acude en el empeño por desprestigiar a la insurgencia. Digámoslo sin ambages. El compromiso de los gobernantes locales es hablar de mecanismos de libertad de expresión en las zonas de conflicto. Nada se dice de la autocensura de los dueños de los medios, de la penetración de capitales extranjeros en la prensa nacional, de la pauta publicitaria, millonaria, al servicio de esos grandes medios y negada a la prensa alternativa.

En América Latina

Estas contradicciones no son hoy exclusivas de la problemática colombiana. Se dan también en el resto del continente. Con la particularidad de que el surgimiento de gobiernos democráticos y nacionalistas en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y otros países, intenta poner en cintura la influencia perversa de los grandes medios capitalistas y sentar las bases de un nuevo periodismo al servicio de los trabajadores y el pueblo.

Eso es lo que incomoda a los señores de la SIP en el continente. La pelea es porque, como lo señala el politólogo argentino Atilio Borón, en la medida en que el resurgir de las luchas populares ha llevado al descrédito a los partidos tradicionales de la derecha burguesa, los monopolios mediáticos se han convertido en el sustituto de esos partidos.

Los medios de comunicación, dice Borón, simplemente son grandes conglomerados empresariales que tienen intereses económicos y políticos poderosos y se muestran dispuestos a aliarse con las peores causas con tal de salvaguardar su bolsillo.

Al finalizar el tercer ciclo de conversaciones de La Habana, el pasado 24 de enero, el vocero de la insurgencia, Iván Márquez, anotaba con acierto que algunos medios colombianos “generan matrices de opinión contrarias a las esperanzas del pueblo”. En el acto de lanzamiento del libro de Carlos Lozano, que se reseña en otra parte de esa edición, Piedad Córdoba hablaba de que en el país se libra una verdadera “guerra mediática”, que es otro de los escenarios del conflicto. Es el mismo papel que juegan los grandes empresarios de la prensa contra las reformas sociales democráticas en Venezuela, Ecuador, Bolivia.

Semillas de libertad

Ignacio Ramonet, experto en estos temas, durante reciente visita a Bogotá, advertía que en ninguna otra región como en América Latina se discute con mayor pasión el papel de los medios de comunicación.

Y en este contexto, es necesario repensar el papel de los medios, y más que esto, de los periodistas. Sobre todo de los que tienen una formación ética e intentan un compromiso honesto con los intereses de sus pueblos. En esta dirección asumen un papel preponderante los medios de comunicación alternativos, llamados a impulsar no sólo el derecho a la información, a la libertad de prensa, que se presta a confusiones, sino el verdadero derecho a la comunicación, sobre todo la que contribuya al desarrollo y el progreso de los pueblos.

Asumir esta discusión, con todas las implicaciones que conlleva, de manera franca y honesta, es el mejor homenaje que podemos rendir a la memoria de don Manuel del Socorro Rodríguez, el ilustre periodista cubano que contribuyó con su ejemplo a la difusión de las primeras hojas de periódico en Santa Fe de Bogotá y con ellas a sembrar la simiente de la independencia, la rebeldía y la liberación del yugo español.