Columna libre: Sobre las formas de lucha

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Si bien las FARC se plantearon desde un comienzo la conquista del poder para el pueblo, jamás absolutizaron la vía armada como mecanismo exclusivo para cumplir tal tarea, y más bien sí tuvieron entre sus aspiraciones el logro de la paz

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Rodrigo López Oviedo

Un aspecto que ha dificultado la comprensión del actual proceso de paz, y que más ha estorbado el respaldo que merece, es tal vez la equivocada concepción de algunos sectores de la izquierda acerca del significado de las formas de lucha y, en particular, la supremacía que se le ha asignado a la lucha armada.

Lo anterior ha llevado a que algunos vean una componenda de élites en los acuerdos de La Habana, mientras otros los perciben como una traición a tantos luchadores que han caído en la búsqueda de una patria mejor.

La verdad es que las formas de lucha no han sido inventadas por nadie, y a nadie le corresponde el derecho de establecer un escalafón con ellas. Ellas han sido el producto de las condiciones que se han dado cada vez que los pueblos se sienten llamados a oponerse a cualquier medida violatoria de sus derechos, o a levantar banderas por la conquista de nuevas reivindicaciones e, incluso, por grandes transformaciones sociales.

En el caso de la lucha armada, su surgimiento en Colombia fue la respuesta que los campesinos dieron a la violencia que había sido impuesta por terratenientes que buscaban incrementar la extensión de sus haciendas y su poder territorial, para lo cual contaban con el respaldo de las autoridades civiles, eclesiásticas, militares y de policía.

La aparición de la lucha armada fue, entonces, un mecanismo de defensa de las comunidades campesinas, al cual se le fueron agregando ingredientes de politización que dieron para que sus destacamentos de vanguardia se plantearan como tarea estratégica la constitución de un poder popular a través de las armas. El lento pero firme progreso de esta forma de lucha amplió tanto su prestigio en importantes sectores de la izquierda, que muchos de estos, estimulados además por el triunfo de la revolución cubana, llegaron a considerarla de importancia superior con respecto a las demás.

Hoy, 52 años después de que esas autodefensas campesinas se transformaran en lo que conocemos como las FARC-EP, es bueno señalar que si bien tal ejército guerrillero se planteó desde un comienzo la conquista del poder para el pueblo, jamás absolutizó la vía armada como mecanismo exclusivo para cumplir tal tarea, y más bien sí tuvo entre sus aspiraciones el logro de la paz, a la cual consideraban una reivindicación vital para ampliar y fortalecer la participación del pueblo en sus luchas por la liberación y transformación del país.

La anterior es una reflexión que debe hacer el movimiento democrático, pues se requiere claridad sobre ello para poder entender lo que ocurre en La Habana y asumir su defensa con mayor entereza.