Columna libre: Luchas en perspectiva

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Foto: Léo Tisseau via photopin (license)

El Gobierno debe ver en la jornada del 17 de marzo las consecuencias de su gestión y el grado de agotamiento a que llega la tolerancia de nuestro pueblo, pero también la cada vez mayor disposición de este a reivindicar lo que ha perdido y a conquistar aquello a lo que se considere con derecho.

Foto: Léo Tisseau via photopin (license)
Foto: Léo Tisseau via photopin (license)

Rodrigo López Oviedo

Las marchas del pasado 17 de marzo, que inundaron de manifestantes las calles de las principales ciudades del país, estuvieron motivadas por 15 puntos reivindicativos, de entre los cuales, para significar su justeza, baste mencionar: el exiguo incremento que se le dio al salario mínimo y la cascada de alzas que le sucedió; la privatización de Isagén.

La tercerización laboral; el desconocimiento de los derechos fundamentales de la población; el incumplimiento de los compromisos previamente adquiridos con el sector indígena y campesino; la tolerancia ante la especulación financiera y el deterioro ambiental causado por la locomotora minera.

Fueron movilizaciones de tanta envergadura que los grandes medios no se atrevieron a desconocerlas, aunque sí se dejaron seducir por la sugerencia oficial de cubrirlas con una cortina de humo.

Para el caso, calló como anillo al dedo el inocuo pronunciamiento presidencial de no comparecer ante la Corte Internacional de Justicia, luego de que este organismo decidiera aceptar una nueva demanda territorial de Nicaragua contra nuestro país.

Estaba previsto que esta jornada tuviera todas las características de un paro nacional. No alcanzó tal magnitud por las limitaciones propias del movimiento sindical, pero el Gobierno debe ver en ella las nefastas consecuencias de su gestión y el grado de agotamiento a que está llegando la tolerancia de nuestro pueblo; pero también la cada vez mayor disposición de este a reivindicar lo que ha perdido y a conquistar todo aquello a lo que se considere con merecido derecho.

Las jornadas de los próximos 9 de abril y Primero de Mayo darán, seguramente, buena prueba de lo anterior. En ellas se anunciará lo que vendrá después, que no puede ser menos que una auténtica movilización ciudadana con todas las connotaciones de Paro Nacional, esto es, con una auténtica y total parálisis de la economía, a través de la cual se le haga sentir al Gobierno de las oligarquías que está llegando a su fin la eterna noche de sometimiento que le ha sido impuesta al pueblo colombiano.

Estas son las perspectivas que se nos ofrecen para lo que resta del año. De aquí en adelante, como lo dicen las almas piadosas, Dios proveerá. Y ojalá que, de poderlo hacer, provea lo mejor, porque de lo contrario serán los trabajadores los que tengan que hacerlo, así les toque ayudarse con nuevos y cada vez más vigorosos paros que restrinjan al máximo la producción, la distribución, las ventas y las utilidades, única manera de hacerles entender a las expoliadoras clases dominantes y a su gobierno que ellos dependen de los trabajadores, y no al revés, y que su comportamiento debe guardar relación con tal dependencia.