Entrevistamos a Tomás Hirsch, vocero humanista en América Latina y ex candidato presidencial de la izquierda chilena, sobre la propuesta del presidente Rafael Correa y la nueva Ley Orgánica para la Redistribución de la Riqueza en Ecuador. Editada por VOZ.

Córdoba – Javier Tolcachier
–El proyecto de Ley Orgánica para la Redistribución de Riqueza apunta a modificar el régimen vigente para los impuestos de herencia, elevándolos progresivamente según sea el valor de los bienes legados hasta un máximo de 47,5% (actualmente es de un 35%). La ley apunta a disminuir la gran brecha de desigualdad entre los pocos que concentran grandes fortunas y los que no tienen nada.
Asimismo, la intención está ligada a combatir la evasión fiscal y contempla la posibilidad de que los empresarios deduzcan del impuesto el valor de acciones donadas a los trabajadores, con lo que se facilitaría su acceso directo a la propiedad sobre los medios de producción. ¿Qué opinas como humanista acerca de que comience a discutirse públicamente la posibilidad de democratizar la riqueza?
–Me parece que al hablar de democratizar la riqueza, o redistribuir la riqueza, estamos frente a uno de los más importantes desafíos que enfrentamos como sociedad. La pobreza y la desigualdad son el resultado de intenciones humanas. Entonces, si asumimos la regla básica de que no puede haber un ser humano por sobre otro; si consagramos el derecho de todo ser humano a vivir una vida digna en la que disponga de alimentación, salud, educación, vivienda, trabajo y jubilación adecuadas; si tenemos presente que hoy existen los medios para que todos puedan vivir en buenas condiciones, entonces no hay justificación alguna para postergar permanentemente la concreción de estos derechos.
Dicho lo anterior, es profundamente esperanzador que se comience a hablar de estos temas. Que el gobierno ecuatoriano priorice democratizar la riqueza y lo traduzca en leyes concretas abre la posibilidad de que los frutos del trabajo y del esfuerzo de muchos deje de quedar en manos de pocos, como ha sucedido desde hace siglos en nuestra sangrante América.
La acumulación del capital
–El proyecto de ley prescribe un impuesto progresivo. Según fuentes oficiales el 98% de los ecuatorianos no pagaría este impuesto de herencia y sí apunta a gravar las acumulaciones de capital que se transfieren familiarmente dentro de los conglomerados económicos. ¿Es esto injusto? ¿Coarta la libertad individual?
–Uno podría preguntarse si debiera siquiera existir la herencia, que es una de las bases de la perpetuación de la desigualdad. Digamos entonces que cualquier camino que reduzca esa desigualdad es un paso importante. El proyecto de ley presentado por el gobierno de Ecuador va en la dirección correcta ya que grava las herencias de una pequeña minoría sin afectar a la inmensa mayoría que no posee bienes o son de bajo valor. Esta ley justamente protege a los más pobres y a la clase media, que muchas veces con el esfuerzo de toda una vida ha comprado un terreno, ha construido una pequeña casa y tal vez ha logrado comprarse un auto.
La ley está muy bien enfocada al buscar poner un freno a las gigantescas acumulaciones de capital que se transfieren familiarmente. No nos extraña que las pocas familias de extrema riqueza que se verán afectadas estén utilizando todos los medios de los que disponen para generar una campaña de terror basada en rumores y mentiras, haciendo creer a la clase media que perderán sus bienes en manos de esta ley. Una vez más hacen prevalecer sus propios intereses por sobre los de la inmensa mayoría del país.
–El artículo 10 del proyecto de ley comentado enuncia la posibilidad de descontar del impuesto el valor de las acciones que sean donadas a los mismos trabajadores relacionando ese mecanismo con el objetivo de “garantizar la democratización de la riqueza y el acceso de los trabajadores al capital y a los medios de producción”. ¿Crees que es un mecanismo adecuado?
–Creo que este artículo es un mecanismo absolutamente genial, ya que premia la solidaridad y la disposición del dueño del capital a compartirlo con los trabajadores de la empresa, que son justamente los que con su esfuerzo generaron ese mismo capital. Este artículo me recuerda mucho la propuesta humanista de la propiedad participativa de los trabajadores, que hemos impulsado en numerosos países, apuntando a que el trabajo y el capital compartan en forma equitativa y compartida la propiedad de las empresas, las decisiones al interior de las mismas y las ganancias que éstas generan, modificando sustancialmente la inequitativa relación que prevalece hoy entre estos dos factores de la producción.
El valor central
–Un argumento que esgrimen los que se oponen a la ley es que vulnera el patrimonio personal o empresarial. ¿Qué opinas sobre esto que pareciera constituir un derecho natural a la posesión? Y en un sentido más valórico, ¿por qué te parece que algunos defienden con tanto ahínco su derecho al patrimonio?
–Es que justamente esa es la discusión de fondo: ¿Es la posesión un derecho natural? ¿Por qué habría de serlo? Y aun si lo fuera, no puede estar ese derecho por sobre el derecho del conjunto de la sociedad de tener garantizadas condiciones de vida dignas. Y por lo mismo, no podría ese supuesto derecho a la posesión impedir que el Estado y los gobiernos cumplan con su irrenunciable obligación de hacer todo lo necesario para dar a la población aquello que requiere para vivir dignamente.
Es el resultado de un sistema en el que el dinero se ha convertido en el valor central, por sobre el ser humano. La solidaridad se ha evanescido, lo comunitario es visto como sospechoso, primando el individualismo, el egoísmo y la competencia desenfrenada, que en definitiva son formas de profunda violencia social.
Una ley de este tipo es buena pero no es suficiente. Este proceso debería ir acompañado de un proyecto que contribuya al cambio de valores, que permita incorporar nuevos modos de relación entre los individuos y los pueblos. Superar este lamentable estado de cosas no es asunto de una ley solamente. Aprender a rechazar toda forma de violencia, incorporar la no violencia activa como actitud de vida. Darle a la vida un sentido profundo, más allá de lo que se posee, son cuestiones fundamentales para un cambio de mentalidad en la dirección querida.
Codicia y rechazo al cambio
–Es obvio que la oposición que se ha manifestado, excede (y en algunos casos hasta omite) la discusión sobre su contenido y se inscribe nacionalmente en un contexto de oposición al gobierno y en sentido latinoamericano. ¿Coincides con esta apreciación?
–Se juntan acá dos factores. La codicia personal de quienes hoy acumulan niveles casi inimaginables de riqueza y un rechazo profundo a los procesos de cambio que se están dando en nuestra región. En realidad, esas minorías nunca han aceptado perder sus prebendas y privilegios y desde siempre han buscado frenar o derechamente impedir todo intento por construir sociedades más justas.
–En el mismo campo de lo anterior, la gente sale a la calle para protestar contra la corrupción de los gobiernos en Guatemala, en Honduras, en Chile, pidiendo la dimisión de presidentes y representantes. Pero también sucede que hay sectores que protestan en Venezuela, en Ecuador o en Brasil, con proclamas de tipo similar. En el primer caso, una óptica progresista o de izquierda apoyaría la presión popular. En los segundos, tales movimientos no serían convalidados y se vería en ellos la mano –seguramente presente– de los poderes internos y externos (léase EEUU) en sentido golpista. ¿Cómo hacer una apreciación justa?
–En una primera respuesta digo que siempre es buena la expresión del pueblo. Impedidos de utilizar los medios de comunicación, la calle es su modo de comunicar lo que siente y exigir sus derechos. Estoy convencido de que todos los cambios sociales han sido el resultado de la movilización popular, no de la iniciativa de las cúpulas gobernantes.
Pero no nos engañemos: No nos olvidemos que esos pequeños pero poderosos grupos tienen el control de los medios de comunicación y los utilizan sin pudor alguno en la defensa de sus intereses, mintiendo lo que sea necesario y creando temor en la población. Y por cierto muchos incautos caen en el juego y, movidos por ese temor inoculado, terminan apoyando a esos mismos que los mantienen en la pobreza. Entonces el tema requiere una mirada más cercana, para comprender qué y quiénes son los que están motivando las movilizaciones en cada lugar.
Por otra parte, y para complejizar más el cuadro, por cierto que acá no se puede hablar maniqueamente de “gobiernos malos” y “gobiernos buenos”, como si unos fueran perfectos y los otros la maldad misma. Hay matices, hay diversidades, hay aspectos valorables y otros muy criticables en todos los gobiernos. En ese sentido los humanistas nos ubicamos en un apoyo a los procesos que llevan adelante los actuales gobiernos de Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela y otros. Sin embargo, ese apoyo no nos impide ver en esos casos muchos aspectos que debieran corregirse o modificarse. Y cuando nos encontramos con esos gobiernos se lo transmitimos con lealtad pero con franqueza.
La Revolución Ciudadana
–Seguramente no te han pasado desapercibidas las recientes declaraciones en twitter del ministro Patiño, asegurando que “la Revolución Ciudadana es profundamente humanista”. En tanto humanista comprometido, ¿compartes esa apreciación? ¿Por qué?
–Conozco muy bien al ministro Patiño. Aunque nos encontramos esporádicamente, me siento su amigo. Te respondo la pregunta con una anécdota: Hace algunos años él presentó en Quito mi libro “El Fin de la prehistoria” e inmediatamente después del evento compró 20 ejemplares: uno para el presidente Correa y uno para cada ministro. Al preguntarle por qué hacía eso, me respondió que al leer el libro había concluido que el humanismo universalista del que soy expositor también en esa publicación era lo que ellos estaban intentando poner en práctica en Ecuador.
Siempre he sentido que la Revolución Ciudadana que se lleva adelante en Ecuador es un proyecto profundamente humanista. Sin duda como todo proceso tiene sus dificultades y errores. Pero no me cabe duda alguna que su centro está puesto en el ser humano y en lograr un cambio muy profundo en la sociedad ecuatoriana.
–¿Algo que quisieras agregar?
–Creo importante lo que sucede en Ecuador. Sin embargo me parece prioritario ir más allá, en un proceso de integración regional. Hoy ningún país puede resolver solo los desafíos que enfrenta. Los problemas económicos, sociales, políticos, ambientales, humanos, trascienden las fronteras nacionales. Mientras cada uno siga intentando resolverlos aisladamente, no lo logrará. El único modo de enfrentarlos y resolverlos es con un trabajo mancomunado entre todos los países de la región.