domingo, abril 6, 2025
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“Nos negamos a que la única salida sea la militar”

Óscar Salazar, dirigente campesino del suroccidente y delegado del Gobierno en la mesa de negociación con las disidencias de las Farc, habla sobre la Paz Total en el Cauca, las soluciones para el Cañón del Micay y las luchas que lidera el movimiento social en defensa del macizo colombiano

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

En el suroccidente del país todo el movimiento social identifica a Óscar Gerardo Salazar como el “profe”. Hijo del Cauca, defensor de los derechos del campesinado y del agua del macizo colombiano, es uno de los dirigentes que mejor conocen este particular territorio.

El “profe” Óscar es miembro del Proceso Campesino y Popular del Municipio de la Vega, PCPV, y del Proceso de Unidad Popular del Suroccidente Colombiano, Pupsoc. Y también integra la delegación de paz del Gobierno nacional con el Estado Mayor de los Bloques y Frentes de las Farc.

VOZ habló con él sobre la Paz Total en el Cauca, las soluciones para el problema de los cultivos de uso ilícito, especialmente para el Cañón del Micay, la mega minería en el macizo colombiano, entre otros asuntos determinantes para la región del suroccidente.

El Cauca

¿Cuál es la caracterización que ustedes hacen del Cauca?

Hay algunas ideas que son una base. Lo primero es que el Cauca es punto de contacto entre el Pacífico y el Amazonas. En la cordillera de los Andes el punto más fácil para remontarla es en este departamento y eso es fundamental para el mercado mundial. Lo segundo son las acuapistas del litoral Pacífico, carreteras naturales donde las mercancías fluyen de manera muy rápida.

En tercera medida tenemos la riqueza inmanente, es decir, grandes yacimientos. Sin embargo, en el país no se sabe con exactitud que hay un el subsuelo. Por eso existe el criterio de quien explora, tiene derecho a explotar. El primero en el tiempo, primero en el derecho.

Este principio opera bajo la lógica de la confianza inversionista para que la inversión tenga enormes índices de ganancia. En el caso del Cauca sabemos que es bastante llamativo para los inversionistas extranjeros que impulsan esa política extractivista.

Otro aspecto para la caracterización son los grandes corredores de retaguardia, que para una guerra de guerrillas es un terreno sumamente favorable para desarrollar esta clase de luchas armadas.

Y tenemos una gran diversidad cultural que genera una dinámica social importante. Estamos hablando de las comunidades afro, indígenas y campesinas. Me lo decía una compañera campesina: “acá en el Cauca usted levanta una piedra y ahí encuentra una organización social”.

Entonces, hay organizaciones de todos los colores y sabores. Son bastante ricas en las luchas y sus formas organizativas, las culturas y las formas de exigir derechos. En resumen, el escenario del Cauca es complejo y muy interesante.

Usted hace parte de la delegación de paz del Gobierno con algunos sectores disidentes de las Farc. Pero el Bloque Occidental, muy fuerte en el departamento, se apartó de esta negociación. ¿Qué futuro de paz hay para el Cauca con este actor armado?

Por el momento no hay acercamientos para plantear otra mesa. Pero como organización social aspiramos a que la primera opción sea la búsqueda de la solución política a la confrontación armada. Nos negamos a aceptar que la única salida sea la militar, porque es sin duda más sufrimiento para nuestras comunidades.

Una de las principales problemáticas en el Cauca son los cultivos de uso ilícito. ¿Cómo analizan ustedes esta situación?

La reforma agraria es condición necesaria para resolver esta situación particular del campesinado. Obviamente, si vamos a las causas profundas, la legalización sería la solución.

A propósito de nuestro drama comunitario, no van a funcionar las formas forzadas de destruir los cultivos. Por eso la gradualidad es fundamental. Además, la sustitución tiene que hacerse con fórmulas eficaces. Al campesino hay que llegarle con propuestas prácticas, no con promesas elucubradas desde Bogotá.

Un ejemplo es el Cañón del Micay. Según la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria, Upra, ese territorio es apto para producir maíz y no café, tal y como lo viene planteando el Gobierno nacional.

El Cañón del Micay

Ya que hablamos del Cañón del Micay, ¿cómo interpretan ustedes este territorio?

El Cañón del Micay forma parte de la Reserva de la Biosfera Constelación Cinturón Andino. En 1979 la Unesco declaró esta reserva como patrimonio ambiental de la humanidad. Pero por más de cuarenta años el Estado colombiano no ha movido una sola hoja para protegerla.

Lo que sí ha hecho es feriar títulos mineros en la parte alta del río Micay, es decir, en la serranía del Pinche, donde también nace el río Guapi, ambos caudales fundamentales para las acuapistas del litoral Pacífico.  Y además están proyectando aguas abajo una futura represa para una hidroeléctrica. Todo esto es el colmo de la insensatez, que consolida a esta región como un botín, pero también como un territorio en disputa.

¿Cómo sería una intervención adecuada al Cañón del Micay?

Allí se debería promover la creación de la Zona de Reserva Campesina, es decir, una territorialidad acorde con el derecho que tienen los campesinos de ser sujetos políticos. Es verdad que en el Micay la Ley 2 de 1959 está operando, pero eso no puede ser excusa para no impulsar soluciones como la ZRC.

Lo segundo es que no se puede abofetear al campesinado, que cuando defiende sus derechos, automáticamente dicen que está siendo instrumentalizado por los actores armados. Debemos entender que por décadas el campesinado del Micay ha construido este territorio.

El Macizo

Usted se define como un campesino defensor del macizo colombiano. Cuéntenos un poco de este territorio…

El macizo colombiano es una ecoregión donde se bifurcan los Andes, a la altura del Cauca y el Huila. Allí nacen las cordilleras Central y Oriental. Este núcleo recibió el nombre de nudo de Almaguer porque así llamaron a un gran distrito minero muy importante en la Colonia. Hoy es un pueblito.

Esta fue una región con un proceso de poblamiento de sur a norte, es decir, gente de Perú y Ecuador. Finalmente, el pueblo del macizo colombiano se caracteriza por ser arraigado y parroquial.

El filósofo Baruch Spinoza hablaba del “conatus”, como esa tendencia innata para que algo continúe no solo existiendo, sino mejorando. Pero acá una palabra de esas no tiene olor a tierra. Acá hablaríamos de la “enjundia” que tiene la gente del macizo para luchar en defensa de su territorio.

¿Cuáles son las peleas que tienen como organización social?

La pelea es proteger este territorio frente a la política extractivista minero energética. Es una región en disputa con todo tipo de trasnacionales que explotan nuestras montañas porque el Estado les ferió títulos mineros.

Para dimensionar lo que pasa en el macizo siempre ponemos el ejemplo de La Colosa en Cajamarca, Tolima. En esta mina de oro que trataron de impulsar y que enhorabuena las comunidades frenaron porque significaba la destrucción del río Coello y el daño irreversible del Magdalena, se hablaba de un proyecto de 515 hectáreas.

Pero cuando uno compara con La Vega, Cauca, encontramos proyectos mineros de 3.600, 3.800 y 26 mil hectáreas. A esos proyectos nos hemos opuesto a brazo partido y lo hemos logrado por la “enjundia” de nuestra gente, especialmente de las comunidades campesinas. Eso sí que ha sido “conatus” del berraco.

Paz Total

Regresando a la Paz Total. ¿Qué mensaje le envía al Gobierno nacional y a los grupos armados que siguen reproduciendo la violencia en el Cauca, sobre todo en contra de la población civil?

Algunas ideas generales. Primero, no se pueden cerrar las puertas del diálogo, porque esto implica más dolor para las comunidades. En segunda medida, es necesario cuidar los espacios de negociación. Hay enseñanzas muy importantes respecto al cese al fuego, pero también con los mecanismos de monitoreo y verificación, porque terminan siendo condición para que estas mesas avancen.

Como organizaciones sociales seguimos exigiendo al Gobierno nacional que se encuentren soluciones políticas al conflicto armado. Mientras que a los grupos armados le reclamamos respeto por la vida de los liderazgos sociales.

Es que para una comunidad construir un líder social es un esfuerzo enorme, algo imposible de reemplazar. Cada líder social asesinado no solo es una perdida humana, sino también es una perdida histórica, un daño a la medula de la historia de una comunidad. Eso deben considerarlo los actores armados. Tienen que respetar el Derecho Internacional Humanitario, así como las dinámicas de las organizaciones y comunidades.

Asistimos a un momento convulso de la política nacional. ¿Cómo se está viviendo la consulta popular en territorios como el macizo colombiano?

Nosotros tratamos de estar informados y de leer entre líneas. Lo importante de lo que se dice, es lo que no se dice, por eso la firma de Manuel Quintín era el rostro de un humano con los dos ojos y un tercero en el centro.

Yo creo que la consulta popular es una apuesta arriesgada, pero la gente tiene que jugársela. Estamos hablando de poner toda la carne en el asador. Esas discusiones están aquí a la orden del día. Yo percibo que la gente se siente acorralada por la derecha y eso es peligroso.

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