Uno de los mejores exponentes de la oligarquía militarista colombiana, creador, tal vez el más importante por su longevidad y experticia, del actual militarismo anticomunista colombiano profundamente ligado al ejército y al gobierno de los EEUU.
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Ha muerto de viejo, a los 94 años de edad (06.07.2014), el general Valencia Tovar, uno de los mejores exponentes de la oligarquía militarista colombiana, creador, tal vez el más importante por su longevidad y experticia, del actual militarismo anticomunista colombiano profundamente ligado al ejército y al gobierno de los EEUU.
Su biografía “titular” es esta:
“Álvaro Valencia Tovar se graduó de subteniente de Infantería en la Escuela Militar de Cadetes, Bogotá (1942). Capitán del Batallón Colombia en la guerra de Corea. Mayor en el Estado Mayor de la Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas, Egipto. Comandante de los batallones Colombia y Ayacucho. Comandante de la Escuela de Infantería. Jefe de Operaciones en el Estado Mayor del Ejército. Comandante de la V Brigada (Santanderes). Comandante del Ejército Nacional (1974-1975). Jefe de la Delegación de Colombia ante la Junta Interamericana de Defensa en Washington. Director de las escuelas militares de Cadetes y Superior de Guerra de Colombia.
Ha publicado: Colombia en la guerra de Corea; Armas e historia; General José María Córdova; El final de Camilo; El ser guerrero del Libertador; Corea, resurgimiento de las cenizas; Engancha tu carreta a una estrella (cuento). Director académico y colaborador de Historia de las Fuerzas Militares y Conflicto amazónico 1932-1934. Fue colaborador de la Nueva historia de Colombia. Ha publicado también Inseguridad y violencia en Colombia, Uisheda (novela) y Testimonio de una época. Dirigió la revista Arco entre 1984 y 1988. Es columnista permanente de El Tiempo y Colprensa”.
Pero su biografía “real” incluye: su triste desempeño como capitán del Batallón Colombia en Corea con sus innumerables soldados-víctimas, que a la fecha no se sabe cuántos murieron, o regresaron convertidos en ceniza, o lisiados de por vida, o desaparecieron para siempre.
El mismo “heroico” batallón Colombia que, tras haber aprendido a matar comunistas chinos, coreanos y rusos en el paralelo 38 de Corea, regresó a Colombia sin pena ni gloria para masacrar a sangre fría, el 8 y 9 de junio de 1954, una manifestación estudiantil que protestaba contra el dictador militar general Rojas Pinilla, viejo amigo de Valencia, acribillando a nueve estudiantes calificados como “enemigos internos del Estado”.
Y poco después, en 1961-63, participar activamente en la destrucción de los primeros núcleos revolucionarios de lucha armada de resistencia, MOEC, FUAR, con la muerte de Antonio Larrota en el Cauca, Federico Arango en Puerto Boyacá, y la captura en el Vichada del médico Tulio Báyer.
Su capitán Valencia Tovar, ya todo un especialista en guerra psicológica y en guerra total, es decir en guerra de todo el Estado contra el enemigo interno, en 1964 forma parte del núcleo teórico militar que elabora junto con estrategas norteamericanos en la embajada de los EEUU en Bogotá, el famoso Plan Laso (Latin American Security Operation) para atacar “las repúblicas independientes de Marquetalia, Riochiquito, Guayabero y Villarrica” en las cordilleras de Colombia, donde el coronel Valencia Tovar tuvo una destacada participación indirecta o de “inteligencia” en las muertes de Ciro Trujillo y Prías Alape.
Después, el 15 febrero de 1966, participa directamente en la típica emboscada de exterminio que tiende al inexperto sacerdote Camilo Torres Restrepo, en Patio Cemento Chucurí, para luego secuestrar su cadáver eternamente, porque este secreto se lo lleva hoy a la tumba con él. Inaugurando así en Colombia, otra modalidad degradada la guerra contra insurgente: el secuestró eterno de cadáveres.
El 8 de octubre de 1971, fue herido en un atentado perpetrado por guerrilleros del ELN al frente del Ministerio de Defensa en Bogotá, en la calle 100 con 15. Dos tiros: uno a unos milímetros del corazón y otro cerca a la medula espinal y por esta razón tuvo que permanecer en cama varios meses en el hospital militar.
Después de su recuperación, en 1972-73, ya como comandante de la V Brigada en Bucaramanga, y como venganza al atentado perpetrado, dirige el gran cerco contrainsurgente y de aniquilamiento contra el ELN, llamado Operación Anorí, por el cual, como condecoración, el Estado oligárquico colombiano lo designa en 1974 comandante en jefe del Ejército Nacional de Colombia. Cargo en el que, por su ambición de poder, dura poco, pues fue destituido el 8 de agosto de 1975 por participar en un intento de golpe de Estado contra el entonces presidente Alfonso López Michelsen. En aquella fecha las contradicciones en el seno de la oligarquía militarista colombiana eran otras distintas a la polarización de hoy.
Pero su carrera contrainsurgente y anticomunista matando rojos no termina ahí. Continúa participando como militar “asesor” para el gobierno colombiano en el conflicto armado colombiano, dando cátedra anticomunista en la Universidad Militar, y a través de libros de autoelogio, pero fundamentalmente a través de sus muy influyentes editoriales semanales en el diario de la familia Santos, de quienes era muy allegado.
Tampoco sus jefes militares de los EUU lo abandonan. Premiaron sus invaluables servicios anticomunistas de la guerra fría, llevándolo como “militar diplomático” a la Junta Interamericana de Defensa en Washington, para que diera cátedra y asesorara en anticomunismo y en guerra contrainsurgente a los ejércitos de los países latinoamericanos miembros de la OEA.
El militarismo colombiano, que logró introducir profundamente en la mente de los colombianos la idea de que los militares anticomunistas que forman sus FFMM son unos “héroes”, ha perdido un gran mascarón de proa. Hoy el pueblo colombiano recibe a otros “héroes”, sus futbolistas, pero los huevos de la serpiente militarista, a pesar de la esperanza de paz que se respira en Colombia, siguen en incubación. ¡Hay que continuar alertas!