viernes, abril 4, 2025
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Israel-Palestina: Negociaciones bajo presión

El anuncio del secretario de Estado de los Estados Unidos de que palestinos e israelíes comienzan de nuevo a negociar, no garantiza todavía una fórmula viable que lleve a la existencia de “dos estados” que convivan en armonía, con paz y dignidad

Mesa de negociaciones sobre la cuestión palestina, que encabezan, Tzipi Livni, por Israel, Saeb Erakat, por Palestina y Jon Kerry, por Estrados Unidos.
Mesa de negociaciones sobre la cuestión palestina, que encabezan, Tzipi Livni, por Israel, Saeb Erakat, por Palestina y Jon Kerry, por Estrados Unidos.

Alberto Acevedo

El pasado 29 de julio, y después de tres años de no compartir juntos una mesa de conversaciones, delegaciones oficiales de los gobiernos de Israel y Palestina comenzaron una nueva ronda de negociaciones, a instancias del gobierno de los Estados Unidos.

El anuncio de que los dos bandos volverían a hablar de paz y harían un nuevo esfuerzo por llegar a un acuerdo que reconozca la existencia de dos estados autónomos, fue hecha una semana antes por el secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, quien había sostenido contactos bilaterales con las partes en las últimas semanas.

Al menos tres aspectos sensibles deberán ocupar la atención de los emisarios, si se quiere llegar a un acuerdo perdurable: el establecimiento de unas fronteras, que permitan el reconocimiento de la existencia de un estado palestino soberano, el reconocimiento de Jerusalén como capital del nuevo estado palestino, como ha sido la aspiración de este pueblo, lo que implica la devolución de territorios ocupados en la parte Este de la ciudad sagrada y las condiciones para el regreso de al menos cinco millones de refugiados.

Numerosas resoluciones de las Naciones Unidas han fijado pautas de acuerdo, no sólo sobre el tema de fronteras sino sobre el reconocimiento de un estado soberano para los palestinos. Pero ha sido Israel, con el apoyo norteamericano, el que ha desconocido sistemáticamente la voluntad de la comunidad internacional y ha venido ocupando gradualmente nuevos territorios, creando asentamientos judíos más allá de la frontera y estableciendo, finalmente, un muro de la infamia, que aísla a los palestinos y les tiende un cerco económico criminal que condena a ese pueblo al hambre.

Las conversaciones que recién se inician, no van a ser fáciles. Los círculos sionistas hablan de establecer “dos estados”, pero sobre la base de la frontera previa a 1967, que implica no tocar los territorios que Israel se ha venido anexando. En palabras de la ministra israelí de Justicia, Tzipi Livni, que encabeza la negociación por la parte israelí, su gobierno aspira a que se establezcan los límites del muro de la infamia como “futura frontera”.

Esta propuesta implica anular cualquier posibilidad de creación de un estado palestino, unificado y soberano. Amparar los actuales enclaves coloniales significaría dividir a Palestina en tres regiones. Mantener la parte ocupada de Jerusalén Este en manos de Israel es desmembrar el alma de la futura patria palestina. Esa región, representa apenas el uno por ciento del territorio de Cisjordania, pero el triángulo que va desde Jerusalén Este a Ramala y Belén, aporta el 40 por ciento de la economía palestina.

Es evidente que un acuerdo de paz en la región, sobre la base de estos postulados, no va a ser avalado por el pueblo palestino ni por otras facciones políticas distintas a las representadas en la Autoridad Nacional Palestina, ANP, que preside Mahmud Abbas. El presidente palestino sabe que tiene unas “líneas rojas”, sobre las cuales no puede pasar y requiere la ratificación del acuerdo a que llegue en la mesa de conversaciones.

Fraccionamiento

Como sabe que ese aval probablemente no lo va a conseguir, los negociadores insinúan la posibilidad de un “acuerdo provisional”, que le sienta muy bien a la política expansionista israelí, que con el tiempo consolidaría la ocupación de facto del territorio usurpado, hasta que sea irreversible su recuperación por parte de sus legítimos dueños.

Israel ha ocupado, en sucesivas incursiones, alrededor del 9.5 por ciento del territorio palestino, y aspira a que el gobierno de Abbas convalide esa ocupación que se expresa en las fronteras señaladas por el muro de la infamia.

Estados Unidos e Israel, al proclamar con no disimulada satisfacción la actual ronda de negociaciones, aspiran a sacarle provecho a la debilidad del movimiento palestino y al fraccionamiento en que se encuentra el mundo árabe, especialmente a partir del golpe de estado contra el gobierno islamista de Egipto.

El movimiento Hamas, que se erigió en gobierno en una parte del territorio, y se había convertido en referente obligado de las aspiraciones del pueblo palestino, rompió con Siria e Irán y se alió con los Hermanos Musulmanes de Egipto, que acaban de ser desalojados violentamente del poder.

La movilización

En estas condiciones, el pueblo palestino se encuentra agobiado por el criminal cerco económico tendido por Israel, por las sanciones y el embargo. Por su parte el 40 por ciento del presupuesto nacional que administra el gobierno de la Autoridad Nacional, en manos de Mahmud Abbas, proviene de la ayuda suministrada por Estados Unidos y la Unión Europea.

No es extraño que en estas condiciones, la Casa Blanca le haya dicho a Abbas que si no se siente a negociar ahora, en la actual coyuntura, peligra la ayuda económica norteamericana a su gobierno.

Esta circunstancia no necesariamente implica un camino fatal para la aspiración del pueblo palestino a darse un gobierno legítimo y soberano. Va a depender en buena medida de su capacidad de movilización, a la que ha acudido en otros momentos cruciales de su historia. Pero está también la enorme presión internacional, que reclama el cumplimiento de los acuerdos de la ONU, sobre la base de las fronteras de 1948 y la devolución inmediata de los territorios ocupados y el regreso de los refugiados a sus hogares.

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