Marco Díaz, un año después

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Nelson Lombana Silva

Hoy se cumple un año de fallecido el ilustre camarada Marco Díaz, a quien cariñosamente le decíamos “Marquitos” por su veteranía y su carácter jovial con sus amigos y camaradas. Una pérdida irreparable. Un ejemplo que perdura en el tiempo y en el espacio con claridad diamantina. Se acercaba a los cien años con oceánica diafanidad política. La constancia y lealtad son monumentos que brillan inmaculados en el amplio firmamento del Tolima. Es un faro luminoso que sigue iluminando la lucha popular de los pueblos de este continente que aún no ha roto sus cadenas.

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El camarada Marco Díaz, vástago de una gran familia revolucionaria, enseñó más con el ejemplo que con la palabra. Murió defendiendo los bienes de la corporación “Cacique Calarcá”, sin vacilaciones de ninguna naturaleza. A sus casi 97 años enfrentó con carácter a esos vándalos y pusilánimes que dicen pero no predican porque no piensan con la cabeza sino con el estómago. Rechazó categóricamente a esos cleptómanos de pacotilla cuyos nombres avergüenzan el idioma español.

El camarada Marco Díaz tuvo estatura, conciencia social y de clase. Desde su eterna profesión de sastre enseñó que los tiranos y tramposos son efímeros, los pueblos revolucionarios eternos. Enseñó que de las entrañas podridas del capitalismo saldrá el socialismo científico, humanista y democrático. Enseñó que el camino del revolucionario está sembrado de ortigas y pringamozas, que solo lo transitan con donaire quienes tienen conciencia y espíritu libre de toda corrupción. Es decir, quienes aman a sus semejantes y no el bien como esos carajillos de medio pelo que pululan por ahí con máscara de apariencia.

Cada conversación con el camarada Marco Díaz era una lección de historia real, aquella que la academia esconde e ignora. Su narración sobre la violencia de los 50s entre liberales pobres contra conservadores pobres, dejaba al descubierto la ignominia de la burguesía liberal – conservadora de esa época. Esa burguesía hoy transformada en multinacionales y transnacionales. Su casa era un sitio de encuentro de los corridos por la violencia, de los que intentaban organizar la resistencia popular y de camaradas que se inmortalizaron como el comandante Jacobo Arenas. Por estos andurriales pasó nuestro querido candidato al senado de la república por el partido comunista, Carlos A. Lozano Guillén. Era joven y se formaba con ardentía en las toldas de la histórica y combativa Juventud Comunista, Juco.

El camarada Marco Díaz siempre lo recordó con orgullo y admiración, con lealtad y respeto. Sus ojos brillaban emocionados al preguntársele sobre esos aciagos momentos. La tempestad era dura. Pero no claudicó. Jamás soñó con robarle un suspiro al Partido Comunista. Toda su vida la dedicó a la causa de los pueblos, a la lucha por la democracia y el socialismo. Lo recuerdo ingresando a la sede de la corporación “Cacique Calarcá” con la única misión de defenderla de esos vampiros oportunistas. Sin rabia, sin violencia, pero sí con firmeza defendió la corporación hasta que su corazón dejó de latir.

Ese modelo de hombre, ese modelo de revolucionario, ese modelo de apóstol de la revolución colombiana hace un año que partió y hoy lo recordamos como si fuera ayer. Merece figurar en las mejores páginas de la historia del Partido Comunista en el departamento de Tolima. Un hombre honrado vale más que mil oportunistas.

En su memoria hoy se reunirá su familia a las cinco de la tarde en una homilía en el barrio Belén de la ciudad de Ibagué, dijo el camarada José Neira, otro insigne comunista. Será una oportunidad feliz para decir de corazón: El camarada Marco Díaz, vive porque con su insigne ejemplo teórico – práctico se ha inmortalizado. ¡Honor y gloria!