La paz, construcción colectiva

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Foto: laloking97 via photopin cc

Necesitamos construir una sociedad distinta donde el respeto por el otro y su pensamiento sean la constante y donde la riqueza nacional se distribuya entre los 46 millones de habitantes.

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Aída Avella

Después de participar en los diálogos de La Habana, representando a la Unión Patriótica, y a los miles de militantes asesinados, desaparecidos, encarcelados injustamente, mutilados, y exigiendo el reconocimiento del genocidio político a que fue sometida nuestra organización por parte del terrorismo de estado instaurado en nuestro país siguiendo la Doctrina de la Seguridad Nacional, y que ante la total impunidad de la Justicia en Colombia nos obligaron a llevar la demanda por estos gravísimos hechos ante la Comisión Interamericana de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Fuimos escuchados con respeto por las partes tanto del gobierno como de la guerrilla de las FARC-EP. Los testimonios de 12 personas de distintos estratos sociales y políticos, algunos muy dramáticos, nos hacen pensar que el aporte de todos los colombianos es muy necesario para encontrar los caminos que conducirán a la paz con justicia social.

Los colombianos estamos fatigados con tanta violencia, no sólo la que causa el conflicto interno y sus derivados que repercuten en la población civil, con amenazas, detenciones arbitrarias, bombardeos permanentes, ejecuciones sumarias y violación del derecho humanitario y los derechos humanos en general, especialmente donde el conflicto está presente. Las grandes y medianas ciudades también sufren los rigores de la violencia, con más intensidad los fenómenos que comúnmente se denominan “inseguridad”. La mayoría de las veces esto es motivado por las causas de la otra violencia. Una sociedad que discrimina y que está atravesada por la injusticia, la desigualdad, el desempleo y el desplazamiento.

En todo el territorio, hombres, mujeres y niños de todas las edades viven con el miedo colectivo que generan las diversas manifestaciones violentas. No hay lugar seguro. Las mujeres son víctimas a cada instante de agresiones permanentes. El feminicidio presente en muchas partes del país, donde miles de mujeres han sido asesinadas por sus maridos o por la persona con quien han compartido su vida, es una escalofriante realidad.

Las violencias han invadido la patria. La reacción debe ser colectiva, racional pero eso sí, rápida. Necesitamos un gobierno que actúe con celeridad ante amenazas tan aterradoras contra defensores de derechos humanos, periodistas, reclamantes de tierra y políticos de oposición. Muchos nos preguntamos si la tecnología de que disponen las autoridades para saber de qué computador salen las amenazas sólo sirven para determinados hechos y personajes. Acaso los colombianos no tenemos el mismo derecho de los hijos de un expresidente innombrable, que a las horas de haber recibido un mensaje desobligante había sido ubicado no sólo el computador sino la persona que lo remitía.

Requerimos de unas fuerzas armadas para la paz, respetuosas de los derechos humanos, de una guerrilla que llegue a la vida civil y se incorpore en las diversas instancias de la vida nacional, de una clase empresarial que se ocupe no solamente del enriquecimiento personal, sino que genere empleo en condiciones dignas que superen la nueva esclavitud que se viene imponiendo en todo el país.

En fin necesitamos construir una sociedad distinta donde el respeto por el otro y su pensamiento sean la constante y donde la riqueza nacional se distribuya entre los 46 millones de habitantes. Por fortuna algunos medios de comunicación comienzan a entender que el cubrimiento del proceso de paz no puede tratarse como un novelón, sino como un acontecimiento que de llegarse a acuerdos será el inicio de una nueva etapa de construcción colectiva.

Los jóvenes tienen mucho que aportar con una nueva visión de Colombia. A ellos les pertenece el futuro y es nuestro deber entregarles un país diferente, para que no sufran lo que venimos padeciendo las últimas generaciones a quienes nos ha tocado nacer y vivir en medio de la guerra.