Informe del Senado señala a la CIA. La tortura también es terrorismo

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Los torturadores de la CIA, vistos por Calarcá.

La Comisión de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos hizo público, el 10 de diciembre, un extenso y tenebroso informe en el que admite que los organismos de inteligencia de ese país globalizaron la tortura, que utilizaron contra luchadores sociales, tras los atentados a las Torres Gemelas

Los torturadores de la CIA, vistos por Calarcá.
Los torturadores de la CIA, vistos por Calarcá.

Ricardo Arenales

La loable actitud de la Comisión de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos, y el aval que el presidente Obama dio a la labor investigativa de esa cámara parlamentaria, constituyen un mea culpa de la mayor potencia del mundo frente a la práctica sistemática de la tortura. Pero es un arrepentimiento que tiene un tufillo de autocomplacencia.

Cierto es que la presidenta de la Comisión investigadora, la senadora demócrata Dianne Feinstein, dijo al anunciar el documento de 1.700 páginas: “El informe expone una brutalidad que está en contra de nuestros valores como país, es una crónica de una mancha en nuestra historia que no debemos permitir que vuelva a suceder”.

Es cierto que el presidente Obama, en su primer mensaje ante el Congreso, precisó: “Digo sin excepción a equivocarme que en Estados Unidos no hay tortura”. Ese es el lado mediático del asunto. Otra cosa dicen los ejecutores de la política de inteligencia de los Estados Unidos. Los implicados en esta práctica brutal que, por cierto, a pesar de las revelaciones del año pasado, tienen garantizada la impunidad frente a sus crímenes.

Que los condecoren

El mismísimo director de la CIA, el organismo señalado como el mayor responsable de las aberrantes prácticas de torturas, el señor John Brennan, declaró que de repetirse otro ataque terrorista como el de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, no vacilaría en aplicar los mismos métodos de ‘interrogatorio’ contra cualquier persona en el mundo que Washington considere ‘sospechoso’. Léase bien, sospechoso.

El flamante ex secretario de Estado, Dick Chenney, uno de los hombres que dio el visto bueno a los manuales de tortura de la CIA, ha dicho que los torturadores cumplieron su deber “al servicio de la nación”. Desde luego, Chenney no habla de torturas sino de interrogatorios, y asegura que los ejecutores, que obtuvieron valiosa información de seguridad, “deberían ser condecorados, no criticados”.

El informe revelado por el Senado reconoce que durante los ocho años de la administración de George Bush, la CIA intensificó la práctica de torturas en prácticamente todos los centros de detención, legales y clandestinos que los aparatos de inteligencia montaron por todo el mundo.

Torturas no son nuevas

Esas prácticas básicamente consistían en ahogamientos simulados contra los detenidos, metiéndoles la cabeza en una alberca y dejándolos allí casi hasta el colapso. En la privación del sueño, poniéndolos noche y día frente a enormes reflectores. O provocando ruido infernal para que el detenido no pudiera conciliar el sueño. Se practicaron diversas formas de humillación sexual, religiosa, baños en agua helada, palizas, alimentación forzada por vía rectal cuando el detenido se declaró en huelga de hambre.

Conocidos estos relatos, la verdad es que la CIA, desde su creación en 1947 ha practicado las torturas como método de interrogatorio contra quienes considera ‘enemigos’ de la democracia y ahora califica de ‘terroristas’. A lo que se refiere el informe senatorial es a que estas prácticas se incrementaron exponencialmente tras los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, en el año 2001.

La CIA logró perfeccionar brutales métodos de torturas en los campos de Vietnam, durante la guerra de agresión contra ese pueblo heroico. El programa ‘Fénix’ dio muerte a 20 mil vietnamitas que previamente fueron sometidos a tratos crueles e inhumanos. Esa escuela la trasladaron a los ejércitos latinoamericanos, que bajo las dictaduras del Cono Sur practicaron los denominados ‘submarinos’ y los ‘vuelos de la muerte’ en los que cientos de activistas políticos de izquierda y de la oposición, fueron arrojados vivos al mar desde aeronaves militares.