Anzoátegui (Tolima): 474 años de sórdido terrorismo de Estado

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Para salirle al paso a la política expoliadora y demencial del capitalismo salvaje, la única salida es la unidad de todos, sin distinción de color político, creencia religiosa o étnica. La unidad nos hace libres e invencibles, la división débiles y fáciles de manipular.

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Nelson Lombana Silva

1. Descubrimiento

La mirada avara del capitán español Pedro de Alvarado en marzo de 1540 fue el inicio de una tragedia para los habitantes de la zona de lo que hoy hace parte Anzoátegui, municipio ubicado en la parte norte del departamento de Tolima, cuyas coordenadas geográficas son: 4º 38’ latitud norte; 75º 5’ longitud oeste del meridiano de Greenwich y limita con los municipios de Santa Isabel, Venadillo, Ibagué, Alvarado y el departamento de Quindío.

La extensión rural es de 540,57 kilómetros cuadrados y la urbana 0,43 kilómetros cuadrados para un total de 541,00 kilómetros cuadrados[1. Osorio Cardona, Leonel. Anzoátegui. Un paraíso escondido entre las nubes. Primera edición 2005. Impreso y hecho en Colombia. Página consultada 19.]. Se encuentra a una altura promedio de 2.010 metros sobre el nivel del mar. Tiene variedad de climas, desde el paramuno en veredas como Palomar, Hoyo Frío, La Cascada, etc. y cálido, en veredas como Santa Rita, Verdún, la Camelia, Santa Bárbara y El Brillante, entre otras. Se encuentra a 73,5 kilómetros de la ciudad de Ibagué, por carretera pavimentada, totalmente abandonada.

Todo parece indicar que los primitivos pobladores de esta empinada pendiente de la Cordillera Central eran los Alanques y Arbis pertenecientes a los Pantágoras, cuyo dominio democrático estaba a cargo del cacique Agocha. La verdosa región era llamada “La Cuchilla de Campo Hermoso”. Los españoles interrumpen la tranquilidad de los primitivos y a sangre y fuego tomaron dominio asesinando a centenares de nativos que intentaron hacer resistencia en defensa de su territorio y sus costumbres ancestrales. La espada y el crucifijo se impusieron a pesar de la heroica resistencia de los aborígenes mal llamados indios.

Para tener mediana dimensión de la crueldad con que actuó el español ibérico hay que entender que su objetivo central era apoderarse de las riquezas de nuestros aborígenes para fortalecer el entonces imperio español, lo mismo que hoy hace los Estados Unidos. Nada tiene que ver la realidad con lo que nos relata la historiografía de la burguesía. No en vano dijo Gabriel García Márquez: “Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar”.

Sin embargo, no es suficiente con decir esto. Hay que auscultar documentos supremamente esclarecedores, entre otros: Brevísima relación de la destrucción de las Indias, del padre Fray Bartolomé de las Casas; El Hurakán de Germán Castro Caycedo y Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.

No solo nos trataron despectivamente de indios, sino también de idólatras, antropófagos, animales sin alma, seres irracionales. Además, nos impusieron su idioma, su religión y sus costumbres por la fuerza. Hay estudiosos que afirman que a la llegada de estos bandidos había en el continente 40 millones de aborígenes y en menos de 40 años fueron reducidos a tres millones aproximadamente. Nos trajeron pestes, enfermedades infecto-contagiosas como la sífilis, la gonorrea, el crucifijo y la espada.

El continente fue literalmente saqueado primero por los españoles y ahora por los estadounidenses, quienes bajo la consigna de “América para los americanos” del presidente James Monroe se convirtieron en policías del continente con el derecho de meterse en los asuntos internos de los países a influir y a decidir. Hoy Colombia no es más que una hacienda de los Estados Unidos.

La democracia y la convivencia aborigen la ponen en jaque los españoles. Aparecen fenómenos desconocidos en este territorio como la avaricia, la mentira, el odio y la violencia, que coloca en evidencia la lucha de clases propia del sistema feudal que se desarrolla en Europa. Por una parte los reyes dueños de inmensas extensiones de tierra al lado de la Iglesia Católica y los siervos o campesinos o esclavos que eran vendidos y comprados como cualquier objeto comercial.

Históricamente, la Iglesia Católica ha sido terrateniente y siempre ha estado al lado del poderoso. Primero, al lado de los terratenientes o latifundistas y después al lado de la burguesía y del imperialismo. Toda esa tragedia que vivía Europa fue traída a América y desarrollada con qué criminalidad. Fue tanta la infamia que hasta el papa Juan Pablo II, con todo lo reaccionario que era, pidió perdón por las infamias que cometió el catolicismo durante la denominada “Santa Inquisición” y descubrimiento de América.

A partir de 1540, todo cambió para los aborígenes Alanques y Arbis. Comenzó la tragedia, la cual continúa hoy con otros personajes y quizás otras características, pero en el fondo es la misma tragedia de la violencia y concretamente el terrorismo de Estado. La violencia no es un invento de los aborígenes, es un invento primero de los feudalistas y después de los capitalistas. La clase dominante, en otras palabras.

La lucha de clases que descubrieron Carlos Marx y Federico Engels y plasmaron en el “Manifiesto Comunista”, publicado por primera vez en Londres, capital de Inglaterra, el 21 de febrero de 1848, retrata con increíble realidad el desarrollo histórico de la humanidad. “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días, es la historia de las luchas de clases: hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos”[2. Marx, Carlos y Engels, Federico. Textos escogidos. Biblioteca marxista. Ocean Sur. Página consultada 66.].

2. El genocida capitán Pedro de Alvarado

Seguramente el municipio de Alvarado se sentirá orgulloso de llevar este nombre, quizás sin saber que el capitán Pedro de Alvarado y Contreras fue un criminal genocida tan bárbaro como la mayoría que envió la Corona española a tomar posesión abusiva de estas ubérrimas tierras. Algún día, cuando la clase dominante sea la dominada hoy, le rendirá admiración a las víctimas y no a los victimarios como viene sucediendo durante la dictadura de la burguesía altamente transnacionalizada.

Este siniestro personaje adulado por los historiadores burgueses nació en Badajoz, Extremadura (España) en 1485 y murió en Guadalajara, Nueva España (México), el 4 de julio de 1541.

Durante su última acción militar contra los aborígenes mexicanos, durante la guerra del Mixtón, el capitán fue arrollado por el caballo de un mismo secuaz suyo al parecer poco inexperto que huía despavorido al contraataque de los aborígenes chichimecas, los cuales estaban ubicados en el Cerro del Mixtón (Gato) y eran comandados por Francisco Tenamaxtle, Caxcán que se había levantado en armas ante tanta humillación del invasor ibérico. Esto sucedió exactamente en Nochistlán, en el sur de lo que hoy es el Estado de Zacatecas (México).

Agonizó durante algunos días. Su cuerpo fue enterrado primero en la iglesia de Tripetio (Michoacán) y exhumado su cuerpo en 1568 por voluntad de su hija, Leonor Alvarado Xicotencatl, para ser enterrado en una cripta de la catedral de San José de Santiago de Guatemala, junto a su mujer Beatriz de la Cueva, llamada la “Sinventura”, por cuanto enviudó menos de un año después de suceder a su hermana como mujer de este criminal. Luego, sobrevivió a su nuevo marido solo otro año.

Participó activamente de la conquista de Cuba, en la exploración adelantada por Juan de Grijalva de las costas de Yucatán y del golfo de México, lo mismo que en la conquista de México dirigida por el también criminal Hernán Cortés. Tuvo mucho que ver con la conquista de América Central, sobre todo en los países de Guatemala, Honduras y El Salvador. Pudo también ser invasor de Perú, pero la disputa con su conciudadano Diego de Almagro lo llevó a desistir.

Era de temperamento volado. Inescrupuloso y criminal. Imponía su crueldad sobre los aborígenes sin contraer un músculo de su rostro. Era genocida no solo por lo que hizo en la masacre de Tóxcatl y Tenochtitlan, sino por la violencia que desató por territorio centroamericano.

En México los aborígenes lo llamaban “Tonatiut”, que significa “El sol”, quizás por su aspecto físico. Todo indica que era rubio, de elevada estatura y fornido.

En ausencia de Hernán Cortés, en 1520, quien había asistido al encuentro de Pánfilo de Narváez, Pedro de Alvarado y Contreras, al mando del ejército invasor, llevó a cabo la masacre del Patio del Templo Mayor, que precedió a la derrota del invasor conocida como “La noche triste”.

Fue tal la sevicia que hasta el mismo criminal Hernán Cortés censuró la acción malvada e infame de este capitán. Inventó la falacia de que los aztecas estaban preparando sacrificios humanos para la fiesta del Tóxcatl. Es decir, quinto de los 18 meses del calendario mexica. Dijo también que se preparaba un ataque a los españoles. Sin mediar palabra ordenó atar a los danzantes de la fiesta en completo estado de indefensión, masacrando entre trescientas y seiscientas personas. Los testimonios recopilados por Fray Bernardino de Sahagún muestran toda la crueldad de este invasor peninsular.

Este malhechor fue el que conquistó y avasalló la comunidad indígena del territorio anzoateguiense y sus alrededores, por orden expresa de Sebastián de Belalcázar, quien le ordenó “barrer” a los Calucaymas, territorio del cacique Cay de los Panche, tribu que heroicamente vendió cara su derrota, desde El Salado, cruzando por los límites del municipio de Piedras.

La pírrica victoria del invasor le permitió a la corona española ampliar su dominio. Un voraz incendio acabó con el caserío en 1889, quedando como cabecera el distrito de Cayma arriba, según Ordenanza Nº 6 del 22 de junio de 1904. En su artículo único reza trasladar la cabecera del municipio de Caldas al sitio denominado Cayma arriba que en adelante se llamará Caldas.

Pero la asamblea departamental del Tolima, cuyos diputados, manada de imbéciles, masoquistas y atrasados políticos, le cambia el nombre de Caldas, un sabio, por Alvarado, un gran genocida, según ordenanza Nº 47 del 22 de mayo de 1930.

3. Colonización

El territorio anzoateguiense fue sacudido por la colonización antioqueña, la cual se quiere presentar como un acontecimiento pintoresco de personas de alma aventurera dispuestas a retar las entrañas ignotas de montañas impenetrables fácilmente. Un simple hecho aventurero de quien está dispuesto a poner a prueba la acrobacia y la sangre fría para desafiar el peligro, por simple complacencia personal o familiar.

Nada de eso. La realidad es otra. Sus principales causas son de carácter económico y político. Los terratenientes o latifundistas se van apoderando progresivamente de las mejores tierras antioqueñas y van desplazando a los pequeños con diversos artilugios incluyendo la violencia. Se impone el monocultivo del café. Los que antes eran propietarios de una pequeña chacra ahora son obreros, se ven precisados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario de hambre.

Se estimula la colonización de esta manera burda. El campesino es arrojado a tumbar montaña cuajada. Una vez concretado el esfuerzo, los terratenientes toman posesión haciendo diversas triquiñuelas para apoderarse de esas tierras abiertas e invitando al labriego a emprender nuevas y dramáticas aventuras montaña adentro.

Esta fue la realidad que se presentó a mediados del siglo XIX cuando comenzó la colonización del departamento de Tolima, durante los gobiernos de Pedro Alcántara Herrán, Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López y José María Obando. Se da vía libre a la colonización, desde luego sin las mínimas garantías por parte de los gobernantes. Era una necesidad de sobrevivir y no morir en la miseria y de física hambre.

Leonel Osorio Cardona cita a Otto Morales Benítez, quien sobre el particular anota: “El Estado colombiano vuelve por los fueros de los desposeídos, de los desocupados, de las gentes sin tierra, y, retomando la huella dejada por el visitador Mon y Velarde, dicta una serie de normas para estimular la fundación de poblaciones en dónde ubicar a estas gentes sin trabajo y sin fortuna, y para adjudicar tierras a los colonos que las quisieran trabajar y hacerlas suyas por el esfuerzo”[3. Osorio Cardona, Leonel. Página consultada 35.].

Ese es el origen de la terrible y deshumanizada odisea llamada pomposamente colonización antioqueña. Un Estado incapaz de brindar al pueblo las mínimas garantías para su subsistencia, que se ve precisado a interrumpir la tranquilidad de la montaña sin las más elementales garantías. Hoy se habla con alborozo de los que lograron coronar y pasar a la historia, pero no se dice nada de los cientos y cientos que cayeron vencidos y dominados por las vicisitudes, la insolidaridad del Estado, la avaricia y la crudeza de la montaña. ¿Quién garantiza que los que hoy figuran en las páginas de la historia eran los más capaces, los más honestos, los más valientes y los más decididos?

La historia mal contada dice que el antioqueño Juan de Jesús Giraldo arribó a este territorio en 1895 y que posteriormente llegaron más paisanos suyos desafiando la pendiente y lo intrincado de la montaña exuberante. ¿Vino solo? Lo dudamos mucho, entre otras cosas porque el antioqueño tiene la tendencia a vivir en comunidad, tiene una facilidad para conversar y acercar gente a su alrededor. Luego, resulta poco probable que el antioqueño Giraldo hubiese llegado solo a la región como chiva loca. Quizás era capaz o mandón y además, un tanto megalómano para invisibilizar el estoico esfuerzo de los demás y adjudicarse toda la gloria él solito. Todo es posible.

La lucha por sobrevivir miles y miles de colonizadores pobres hizo que esta actividad se desplegara con fuerza hacia este departamento después de 1850. Muchas poblaciones fueron fundadas. Entre otras: Fresno, 1856; Soledad, 1860; Santo Domingo, 1866; Líbano, 1860; Murillo, 1860; Cajamarca, 1916; Roncesvalles, 1944. Largos caminos de herradura unieron las regiones de Antioquia y Tolima, que abnegados colonizadores transitaron con sus familias a la intemperie bajo el sol o la lluvia borrascosa.

Tomando unos el atajo de Aguacatal llamado La Elvira, que va de Manizales (Caldas) a Mariquita (Tolima), y otros el camino del nevado El Ruiz de Manizales a Lérida (Tolima), cientos de familias llega a esta región con la mentalidad de tumbar montaña y ser propietaria de un pedazo de tierra. La historia reseña los nombres de Demetrio González, Cirilo García y José María Alzate, seguramente líderes de muchos antioqueños que llegaron a sembrar la ubérrima tierra. Lo hicieron con sus familias, además.

En una pequeña explanada en la costilla de la escabrosa cordillera, bañada por abundantes ríos y quebradas, decidieron fundar la fonda, sitio de descanso para los que avanzaban en busca del departamento de Quindío por los lados de la población de Salento, cruzando el nevado del Tolima.

Esta fonda dio origen a un caserío, el cual fue llamado La Palma, en reconocimiento a esta planta que abundaba en la zona, el 16 de julio de 1895, nombre que conservó hasta 1899 cuando el territorio pasa a ser corregimiento del municipio de Alvarado en lo administrativo y del municipio de Santa Isabel en lo eclesiástico, pasando a llamarse Briceño, al parecer para honrar la memoria del general Manuel Briceño.

Señala Leonel Osorio Cardona en su libro: “El 22 de enero de 1896 se realiza el primer mercado público con sorprendente éxito, pues se evidencia, a través de la variedad de productos que se ofrecen, la fertilidad de los suelos y la bondad del clima: Desde el cálido de Cuminá, La China y Totare, pasando por el clima medio de Riofrío, Hatillo, Santa Bárbara y Lisboa, hasta el helado de Palomar y las Vegas de Beima, para rematar en los páramos, al pie de los dos nevados que exornan y delimitan su territorio: El Tolima y el Quindío”[4. Ibíd. Página consultada 36.].

Evidentemente, se hace referencia a las maravillas del terreno y el clima, pero no se destaca el valor de las familias para hacer producir la tierra. No sin razón decía el comandante Fidel Castro Ruz en cierta oportunidad al referirse al heroísmo de los obreros: “Si la humanidad fuera más justa erigiría más monumentos a los héroes del trabajo que a los héroes de la guerra”. Esos son estas primeras familias que llegaron a este territorio: Héroes y heroínas. La mujer jugó papel preponderante, lo que sucede es que el patriarcado le borra violentamente todo protagonismo a la mujer, lo cual es otra injusticia más de este régimen capitalista salvaje e inhumano.

La noticia de que estas fértiles tierras habían sido colonizadas provocó un verdadero estallido social generándose el arribo de familias no solo de Antioquia, sino también de Caldas, Boyacá, Santander e incluso, de extranjeros que venían huyéndole al fascismo alemán de Adolfo Hitler y de Mussolini de Italia.

Leonel Osorio Cardona ofrece un listado bien interesante, sobre todo porque muchas de esas familias trascendieron en sus hijos y le apostaron para bien o para mal al desarrollo de la comarca más tarde como municipio propiamente dicho.

“De Antioquia: José María Giraldo (El Marinillo), los hermanos Ramón y Juan Adelfo Cardona Arcila, los hermanos Pedro Luis y Juan Pablo Jaramillo Arango, Germán Villegas, Carlos E. Salazar, Abel Ruiz Ocampo, Joaquín Salazar, Jesús Londoño y Tomás Osorio; y de Caldas: Emiliano Villegas, Saturnino Calle, Juan Bautista Laserna, Efraín Cardona Castaño (ex militar combatiente de la Guerra de los Mil Días, y para quien la lectura era una de las formas de felicidad), Miguel Ocampo y Ricardo Díaz. Además llegaron desde la república del Líbano, Francisco Morad Morad y de Suiza el ciudadano Roberto Stouvenel”[5. Ibíd. Página consultada 36.].

Se desarrolla la agricultura, la ganadería y la minería, desde luego, en forma artesanal, prácticamente a puro pulso, con muy poco apoyo del gobierno provincial y nacional. Como dijera Jorge Eliécer Gaitán: “El pueblo es superior a sus dirigentes”. El empuje es dinámico. La comunidad se perfila y la asamblea departamental se ve precisada a convertir esta región en municipio mediante ordenanza número 21 de 1915, siendo designadas las principales autoridades: Pedro Luis Jaramillo Arango, alcalde; Rómulo César Madrid, cura; Juan Bautista Laserna, director de la escuela; Julia Laserna Villegas, telegrafista.

No sé de dónde se pega Leonel Osorio Cardona para decir que el primer alcalde era “un hombre respetable, de cualidades excepcionales y de un dinamismo propio de quienes procuran el futuro de un municipio a través de grandes iniciativas y proyectos. Era casado con Cristina Bedoya, con quien formó un hogar ejemplar que ha trascendido por toda la historia del municipio a través de sus descendientes Argemiro, Sigifredo, Albertina, Graciela, Josué y Tirso Jaramillo Bedoya, quienes a su vez han mantenido su apellido a través de las últimas generaciones”[6. Ibíd. Página consultada 37.].

Después de 1920, llegaron más familias para radicarse en este municipio. La asamblea le cambia el nombre por el de Anzoátegui, mediante ordenanza número 47 de 1930, al parecer para rendir honor al internacionalista venezolano que estuvo en nuestro territorio peleando por la primera independencia: José Antonio Anzoátegui.

4. Impacto de la colonización antioqueña

La colonización antioqueña tuvo un gran impacto no solo a nivel regional sino nacional. La odisea de centenares de descamisados derribando montaña, cultivando, desarrollando la ganadería e incluso la minería artesanal, le dio un empuje al país, mejor: a la clase dominante, que se hizo más poderosa y sólida en el poder político de la nación.

El esfuerzo de miles y miles de campesinos anónimos fue capitalizado por la oligarquía para desarrollar el capitalismo e ir menguando el feudalismo. José Hilario López no pone fin a la esclavitud porque le asista espíritu filantrópico, lo hace por el interés económico de tener manos libres para explotar y desarrollar así el capitalismo.

El impacto de la colonización antioqueña se puede resumir en los siguientes aspectos concretos:

1. Creación de pequeñas propiedades campesinas: Era apenas obvio. Los colonizadores no tenían más que sus fuerzas de trabajo de sus familias. No existía mano de obra asalariada desarrollada lo suficiente, razón por la cual la perspectiva no era tomar enormes extensiones de tierra, escasamente la que se podía administrar ante todo con los miembros del núcleo familiar, desde luego, en un primer momento. Además, la legislación limitaba de alguna manera la tenencia de la tierra.

2. No se formaron grandes haciendas ni grandes masas de campesinos asalariados sin tierra. La comunidad fue relativamente más igualitaria. Predominó el minifundio.

3. Se consolidó el núcleo familiar y se desarrolló en grado sumo el patriarcado. Los hijos eran la mano de obra, eso explica las familias numerosas antioqueñas. Era un imperativo tener muchos hijos. Muchos de ellos emigraban iniciándose el proceso anterior y así se iban multiplicando paulatinamente.

4. Aumentó la capacidad adquisitiva de los colonos. Todos trabajaban en el núcleo familiar, no había asalariados sin tierra, tenían mucha capacidad de compra. La abundancia florecía en estas laderas con ímpetu. El cultivo de café se generalizó por la región aumentando la capacidad económica de los colonos. A eso se le suma el comercio del oro y el del tabaco en la zona cálida.

5. Se amplió la frontera agrícola hacia el occidente y el sur del país, generándose la unificación geográfica de esta parte de Colombia. Se unieron las altiplanicies con las llanuras cálidas, quedando prácticamente integradas Antioquia y el Valle del Cauca, al arrasar el colono la selva que los separaba. La consecuencia ambiental fue nefasta.

6. Se crearon, ampliaron y mejoraron las vías de comunicación, siempre con un criterio ante todo de carácter económico. Se trataba de interconectar los poblados entre sí y la región con el río Magdalena y el mar, a través de caminos y posteriormente, ferrocarriles. Recuérdese el ferrocarril del Pacífico, permitiendo así la exportación de productos como el café.

7. Generó desarrollo para ciertas regiones como el Valle del Cauca que pudo industrializarse durante el siglo XX, surgiendo en esta zona las multinacionales y transnacionales estadounidenses y europeas, que tempranamente comenzaron su labor explotadora inmisericorde con la complicidad pusilánime de la clase dirigente liberal-conservadora.

5. La larvada violencia bipartidista

Anzoátegui, como Colombia, no ha tenido paz. Por el contrario. Se ha movido en una larvada violencia bipartidista, lo cual hace creer lógicamente que la paz es una quimera, un imposible, precisamente porque la dinámica predominante es la violencia. No es de ahora. Es desde el momento mismo en que llegaron los españoles y más concretamente desde el instante mismo en que anidó en la región el sistema capitalista.

Aquí no se trata de irnos por las ramas. Hay que ir directo al corazón de la causa principal de esta sórdida violencia que todos los días cobra vidas inocentes, aumenta las viudas y los huérfanos. La causa principal es de carácter sistémico. El capitalismo tiene sus dos clases sociales bien definidas: ricas y pobres. Es lo que Carlos Marx llama burguesía y proletariado. La lucha de clases es la génesis que genera a diario muertes en veredas y caminos del municipio y del país. Lo curioso es que generalmente cae gente de la clase social de los pobres y la razón es elemental: la clase rica tiene dinero para costearse su seguridad.

La clase minoritaria en Colombia es la burguesía. Sin embargo, es la clase dominante. ¿Qué hace para sostenerse en el poder? La violencia que se llama: violencia de Estado o terrorismo de Estado. ¿Qué aparatos utiliza para sostenerse? Aparatos de dos clases: ideológicos y represivos. ¿Qué son aparatos ideológicos? Son aquellos utilizados para alienar, embrutecer y sumergir al pueblo en el estado de sumisión, haciéndolo incapaz de organizarse y reivindicar su condición de mayoría, su condición social. Algunos son: Los medios masivos de comunicación, el partido: Liberal-Conservador, las religiones y el pénsum académico.

Ahora, ¿qué son aparatos represivos? Son todos aquellos instrumentos “legales” e ilegales que usan los ricos para sostenerse en el poder en forma antidemocrática y violenta. Son aparatos que reprimen e impiden que el pueblo se organice y asuma una postura digna, democrática, crítica y autocrítica. Ellos son, entre otros: las leyes, las cárceles, la Policía, las Fuerzas Militares, los paramilitares, etc.

Esos dos aparatos se sintetizan o se condensan en el Estado capitalista. Así las cosas, mientras exista el Estado capitalista, existirá la violencia, predominarán la explotación del hombre por el hombre y la injusticia social. Muchos dirán agobiados por la incertidumbre o el ahistoricismo: “Esto nunca cambiará. El pobre será eternamente pobre y el rico eternamente rico”.

No es correcto este razonamiento. En primer lugar, porque el Estado capitalista no ha existido siempre. Surgió en un momento histórico del desarrollo de la humanidad. Eso quiere decir que así como surgió o apareció en un momento determinado de la historia de la humanidad, también desaparecerá para dar paso a un Estado distinto, diametralmente opuesto, llamado Estado socialista. Para muchos es imposible e, incluso, dicen que será lo mismo. No es cierto tampoco.

Lo que sucede es que se hace el análisis con mentalidad capitalista y de lo que se trata es de hacerlo con mentalidad socialista. Y la mentalidad socialista no se asimila de la noche a la mañana, para utilizar una frase del pueblo anzoateguiense, es todo un proceso dialéctico con avances y retrocesos que exigen dedicación y espíritu consecuente, diríase rebelde.

Colombia ha sido escenario de numerosas guerras y violencias. El coronel Aureliano Buendía participó en innumerables guerras llamadas civiles, según nos cuenta Gabriel García Márquez en su célebre obra “Cien Años de Soledad”. El sueño dorado de la unidad que proclamó el Libertador Simón Bolívar fue truncado por la avaricia de Francisco de Paula Santander y su casta oligárquica proclive al imperialismo de los Estados Unidos.

Las guerras intestinas que siguieron a la gran guerra de independencia fueron y son utilizadas para tener al pueblo dividido, mientras la oligarquía sí permanece unida. La clase dominante en Colombia realmente tiene un solo partido con dos colores: azul y rojo. Por eso, gane quien gane, para el pueblo todo seguirá siendo miseria y tragedia y para la clase dirigente ganancia. Los partidos tradicionales son sofismas de distracción. Gabriel García Márquez decía con fina ironía que la única diferencia es que los conservadores van a la misa de las siete de la mañana y los liberales a la de las cuatro de la tarde.

Cada guerra deja graves consecuencias, sobre todo para el pueblo. Este coloca los muertos, los heridos, los lisiados y la tragedia en general, mientras los generales ganan las batallas en los escritorios, los vendedores de armas hacen su agosto y los gobernantes se consolidan. Con razón dijo la dirigente comunista Aída Avella Esquivel: “La violencia se acabará en Colombia el día que le toque ir a pelear al campo de batalla a la oligarquía y los hijos de esta”. Es cierto. La oligarquía caza la pelea y manda al pueblo a pelear. El enfrentamiento hoy es pueblo contra pueblo, por culpa de la oligarquía y el imperialismo norteamericano. ¿Quiénes son los soldados? Hijos del pueblo. ¿Quiénes son los guerrilleros? Hijos del pueblo. Incluso, en muchas regiones son hijos contra sus padres enfrentados a muerte.

La Guerra de los Mil Días –por ejemplo– de 1899 a 1903, aproximadamente, significó además de la muerte de miles y miles de humildes colombianos de bando y bando, la pérdida del istmo de Panamá. ¿Perdió la oligarquía? No. En cambio sí perdió el pueblo. El zarpazo fue certero de los Estados Unidos con la complicidad pusilánime y antinacionalista de la oligarquía colombiana.

Por eso, la violencia que se disparó dramáticamente en vastas zonas del país a partir del 9 de abril de 1948 con el asesinato del caudillo liberal, Jorge Eliécer Gaitán Ayala, a manos de la CIA de los Estados Unidos con la complicidad directa de la clase dirigente nacional liberal-conservadora, no resulta un hecho aislado y circunstancial.

Es la continuidad sistemática de una clase dirigente asesina que se pavonea en los medios de comunicación de religiosa, culta y respetuosa de los derechos humanos, pero que fuera de cámara no duda en oprimir el gatillo sin piedad alguna. No en vano denunciaba Gaitán: “Gentes de todos los órdenes, liberales y conservadores: Os están engañando las oligarquías”. Es más: “El gobierno nacional tiene la metralla homicida para los colombianos y una temblorosa rodilla en tierra ante el oro americano”.

Esta violencia se vivió con mucha crudeza en territorio anzoateguiense. Una violencia que no para y la razón fundamental ya la explicamos atrás. Para el famoso escritor tolimense William Ospina la violencia no fue a secas entre liberales contra conservadores. Fue realmente una violencia entre liberales pobres contra conservadores pobres.

Anzoátegui era un pueblo liberal. Según Mardoqueo Hernández, “no se conseguía un conservador para un remedio”. Sin embargo, a partir de las órdenes de Laureano Gómez y Mariano Ospina Pérez de que se había que conservatizar al país, todo “cambió” y el pueblo se volvió a sangre y fuego conservador. La pugna entre el pueblo rojo contra el pueblo azul ordenada por los jefes nacionales ensombreció la historia de la región.

Sin embargo, no fue el gobierno oligárquico el que pacificó al municipio. Fue el mismo pueblo que descubrió la trama de los jefes nacionales, porque mientras el pueblo se mataba entre sí, ellos departían plácidamente en el extranjero. ¿Quién recuerda que Laureano Gómez le haya dado un puñetazo a Alberto Lleras Camargo, “el muelón” como le solía decir el comunista Rafael Aguja Sanabria, por ejemplo? Por el contrario. Descaradamente se unieron públicamente para montar el monstruoso y antidemocrático Frente Nacional.

6. Testimonios a granel

Con la paciencia de Job y la constancia de la gota sobre la roca, recolectamos testimonios de sobrevivientes de ese aciago período histórico, los cuales nos ayudan a clarificar en la dinámica de reinterpretar correctamente la historia del municipio de Anzoátegui (Tolima) desde la perspectiva del pueblo humilde y anónimo.

Hay en esos testimonios crudeza, dramatismo, sinceridad y espíritu autocrítico. Muchos reconocieron que fueron objeto, instrumento de la oligarquía liberal-conservadora. Incluso, muchos de ellos murieron intentando entender la lucha revolucionaria, la concepción de izquierda.

Por supuesto que recogimos testimonios de los dos bandos, principalmente, con el fin de acercarnos lo mejor posible a la objetividad y a la realidad de los acontecimientos que conmovieron la región durante largos y azarosos años. Son testimonios de vida y de esperanza en cambios estructurales que necesita el municipio carcomido por el sedentarismo y el oportunismo de la clase dirigente, que sigue teniendo a los casi 17 mil habitantes como simples borregos sin darles la oportunidad de pensar crítica y analíticamente sobre su presente y futuro. Es esa clase dirigente que tiene condenada a los campesinos a otros cien años de soledad.

“Voy a contarle parte de mi vida durante la violencia”: David García

La entrevista la realizamos el 28 de septiembre de 1977, en su casa ubicada en el perímetro urbano de Anzoátegui. Comerciante. Familia distinguida en la comarca; comerciante y campesino a la vez, gozaba de un humor espléndido. Conservador. No fue fácil convencerlo para hablar del tema. Muchos intentos hicimos. Siempre nos eludía con elegancia. Pero la fecha llegó y lo hizo con qué soltura y libertad.

“Voy a contarle –dice– parte de mi vida durante la violencia. Yo conocí a un señor llamado Melciades Flórez, que tenía una fonda en Los Guayabos y era tan sectario que no le gustaba que fuera un conservador a comprarle. Le daba en su casa comida a Sangrenegra (Jacinto Cruz Usma), pero dándose cuenta que estaba quebrando su negocio, optó por entrar al Frente Nacional. Como represalia, Sangrenegra lo mató a puro cuchillo y bala. Una de ellas lo cruzó de oreja a oreja. Mientras cometía el crimen le decía con fiereza: “¿Por qué hijueputa no llama al Frente Nacional para que lo defienda?”.

“Ahora le voy a contar una partecita de mi participación en la masacre segunda que hizo Sangrenegra en Los Guayabos: Yo salí de la casa con la esperanza de coger la buseta de tres de la tarde, pero salí adelante y me subí en la camioneta de Víctor Gutiérrez, de Cuminá, la que iba manejada por Alberto, más conocido como Veneno. En el Alto de Juntas, nos alcanzó y nos pasó el bus. Pasando Veracruz hay un alto donde se divisa buen espacio de la carretera y vimos un poco de carros parados”.

“Yo sentí miedo y pasando la quebrada intenté decirle a los que iban conmigo que parara porque yo me iba a bajar a coger por esos rastrojos, pero a la final no lo hice. Y cuando menos pensamos, nos gritaron ‘Alto, las manos arriba’. Veneno no se explica cómo controló el carro, pues con las manos arriba él no sabía qué hacer”.

“Nos hicieron bajar. Nos requisaron. Nos quitaron todo. Entonces Sangrenegra me llamó: ‘Venga usted’, me dijo. ‘Como que usted es un hijueputa godo’, dijo con agresividad. Yo no contesté. Dos chusmeros desaseguraron sus armas y le preguntaron al capitán Sangrenegra qué hacían. ‘Ustedes ya saben’, les contestó. ‘Camine’, me dijo uno de los chusmeros, y yo caminé despacio mirándolos de reojo y pensando que me iban a matar”.

“Parecía que flotaba, pero no me eché a correr ni me desmayé. Caminé despacio unos veinte metros más o menos. Entonces me ordenaron entrar al bus y ubicarme en la parte posterior, pero me senté en la segunda silla. ‘¿Es usted godo?’, me volvió a preguntar Sangrenegra. ‘No, contesté sin vacilar, soy liberal’. ‘Está bien’, me dijo y agregó: ‘Estese ahí’”.

“Me di cuenta que no me habían quitado la cédula, con disimulo la saqué del bolsillo de la camisa y la metí en los zapatos. Fue entonces cuando pensé que no me iban a matar, que ya no me mataban”.

“Hicieron dos filas. Pensé que una era para matar y la otra para dejar libre. Había escuchado con mucha claridad una conversación de Sangrenegra con Alfonso Jaramillo, quien le recriminaba su presencia sabiendo que el gobernador lo sabía todo, lo mismo que las autoridades de Venadillo y Alvarado. El único que no lo sabía era la Policía de Veracruz, porque el cabo era de filiación conservadora”.

“Todo lo recuerdo hoy con qué nitidez. Era una tarde seca. Ahí duramos minutos eternos presenciando muchos asesinatos. Vi personalmente a José Antonio Galindo, prácticamente degollado, pidiendo agua por caridad; vi y sentí el drama de su hermano que me decía con qué angustia: ‘¿Qué hacemos? ¿En dónde conseguimos agua?’. Yo le dije: ‘¿Qué vamos a hacer si por aquí no hay agua? Vámonos’, y nos fuimos”.

“Presencié verdaderas escenas de horror. Cómo Sangrenegra ordenaba quitarles todo a todos sin respetar que fueran de su mismo color político”.

“Ahí venía una profesora muy simpática para la vereda de Santa Rita de Anzoátegui. Los chusmeros le ordenaron que caminara con ellos y después de medirle varios zapatos, la llevaron para un rancho cercano para uniformarla, pero en esas cundió la alarma entre los chusmeros de que venía la Policía de Veracruz. ‘Mi capitán, vienen los chulos, pero encima’, le dijeron dos chusmeros a Sangrenegra. Cierto. Seis o siete policías venían jugando, todos desprevenidos, carretera abajo. Se presentó el cruce de bala, muriendo allí tres o cuatro policías, pero realmente salvaron muchas vidas inocentes”.

“Un policía se metió a una alcantarilla y de ahí no lo sacaron. La muchacha caminó con ellos, pero se presentó la casualidad que en un pastal de yaraguá había un zanjón y ella cayó allí y el pasto se cerró y los chusmeros no la pudieron encontrar”.

“Vi, entonces, que me podía escapar y así lo hice. Llamé a mi amigo Víctor Gutiérrez, que ya había sido robado el anillo de matrimonio de oro macizo y la plata en efectivo. ‘Vamos’, le dije. Pero él permaneció quieto, como petrificado. Yo me eché a correr, pero pensando en mi entrañable amigo, me detuve de nuevo y le volví a gritar con fuerza: ‘Vamos’. Entonces como que reaccionó y nos echamos a la fuga. Yo parecía un caucho. Saltaba matojos, rastrojos, como si nada fuera”.

“Tenía apretado en la mano el anillo grande, que le había comprado a mi compadre Hernando Giraldo. Pero en esa veloz carrera pisé una serpiente gruesísima, era una talla completa. Horrorizado abrí la mano e involuntariamente boté lejos el anillo”.

“Descendí aprovechando mi conocimiento que tenía del terreno llegando a la Cabecera del Llano y cruzando La Hamaca amenazando a un señor inofensivo con una piedra para que me dejara pasar adelante, le hice el pare a varios buses y ninguno me recogió. Yo avanzaba. No me estaba quieto. Un tractor del área central de Venadillo me recogió en el platón y me dejó en la entrada a la casa. Sin darle gracias me tiré y me fui”.

“Ellos me preguntaron que por qué iba tan asustado y yo les dije que era que mi mamá se había muerto y que por qué no apuraba a ver si la encontraba aún con vida. Ellos hicieron caso y avanzó ese aparato a todo lo que podía”.

“Llegué donde mi hermana sudoroso, con la ropa rota y le conté la historia como pude. Ella me pidió que no saliera a la calle, pero pensando en la familia, en mi esposa que se había quedado de dieta, salí y me reuní con don Antonio Cañón y le dije que me aconsejara. Y él me aconsejó. Fuimos al comando de Policía y avisamos. Lo hice con la convicción de que si me pedían que los acompañara para mostrarles el sitio, yo me negaría, me haría matar, pero no regresaría. Y así lo hice”.

“De regreso a la plaza del municipio de Venadillo, me tomé seis cervezas bogadas, porque estaba muerto de sed, y sacando cien pesos que no me habían robado los chusmeros porque los llevaba en la secreta, pagué, a pesar de que don Antonio Cañón se ofreció a pagar”.

“Nos fuimos para la compra de café y haciendo juntar dos mesas, compró una canasta de cerveza y nos pusimos a tomar. Yo cavilaba. Le dije que me redactara un telegrama para Anzoátegui, diciendo que no me había pasado nada. Lo hizo. Yo seguía pensando, entonces se me ocurrió llamar a la emisora Voz del Tolima. Un periodista me entrevistó. Me dijo que con mucho gusto inmediatamente mandaba una información extraordinaria. Lo hizo inmediatamente”.

“Yo le dije que eran aproximadamente 22 chusmeros y la masacre de 18 personas, lo cual resultó ser cierto unas vez constataron los hechos. Esa información salió por varias emisoras, entre otras Radio Santafé. La esposa de Antonio Cañón –ya muerta– nos dijo que estábamos corriendo peligro y nos fuimos para su casa. Antonio ordenó preparar una gallina. Hacia la media noche yo comía gallina y tomaba cerveza”.

“Dormí con sobresaltos a pesar del cansancio, los tragos y la comida. Al otro día me levanté a las seis de la mañana y di vueltas por el negocio de don Antonio Cañón contándoles a los trabajadores la odisea. Por la noche cometí el error de ir al velorio de un hijo de Moisés Pulido, que Sangrenegra lo había asesinado dizque por sapo. La escena fue horripilante. La viuda tenía ocho hijos y el mayor apenas unos nueve o diez años. Ella nos contó la forma como fue asesinado su esposo”.

“‘Lo cogieron y lo amarraron a un botalón’, dijo. ‘Lo amarraron en forma de cruz e hicieron formar a los ocho niños y a mí, para que viéramos la ejecución. Le cortaron el moño de pelo abultado y una oreja dizque para que comiera y tuviera alientos de morir. Luego, le cortaron los órganos genitales y por ese costado le iban metiendo el cuchillo lentamente para que fuera muriendo lentamente. Yo les gritaba histérica: Mátenlo pero no lo hagan sufrir. Sangrenegra ripostaba con cinismo: Eso es para que aprenda, sapo hijueputa. Mi esposo gritaba como un becerro’, contaba la viuda adolorida con sus hijos a su alrededor”.

“Eso le costó la vida a Sangrenegra. Los mismos liberales presentes condenaron el hecho y dijeron que eso no podía seguir pasando. Sangrenegra mantenía en Venadillo tomando licor. Es puro cuento que la Policía o el Ejército lo buscaba. Sé perfectamente que en cierta oportunidad se amaneció tomando con el comandante del Ejército, pared por medio del cuartel, y nada pasó. Él había entrado tarde de la noche en una cabalgata”.

“No hay mentira más grande que decir que el gobierno se preocupó desde un principio por acabar con todos esos forajidos. Mire: En cierta ocasión le dijeron a un muchacho que fuera con ellos a capturar a unos chusmeros. Él les dijo que era reservista y que iría si lo uniformaban y le daban arma de dotación. Así fue. Pero pasando por los lados de La China, al ver a los chusmeros, el comandante del Ejército hizo dos tiros al aire para avisarles. El reservista indignado tiró el arma y regresó desmoralizado con la convicción de que el Ejército Nacional no perseguía a los chusmeros”.

“La masacre de Los Guayabos,fue festejada con una espléndida cena por los alrededores de La China. José Antonio Galindo C. –dice en la tumba– murió el 20 de marzo de 1963”.

“La violencia en esta región fue muy brava”: Daniel Eduardo Arévalo Romero

Nació en un pequeño caserío llamado Pasca, departamento de Cundinamarca, el 27 de noviembre de 1921, siendo sus padres Justiniano Arévalo y Santos Romero. Tuvo dos hermanos: Luis Enrique y Ricardo, y tres hermanas: Ana, Bertilda y María del Carmen.

Sus padres llegaron a la región de La Cascada que en ese entonces se llama Las Vegas de Guambeima, corregimiento de Palomar, municipio de Anzoátegui, en 1930, dedicándose su progenitor al cultivo de la papa y a la ganadería pastoril. Se comercializaba con Ibagué cruzando el camino de China Alta primero a lomo de bueyes y después a lomo de mula. Eran cuatro días para ir y volver. El flete costaba entre $2,50 y $3,00.

En ese ambiente bucólico creció Daniel Eduardo Arévalo Romero. Se forjó en el trabajo, en la lucha campesina por sobrevivir bajo el frío glacial del imponente nevado del Tolima. La violencia bipartidista, el malévolo invento de la oligarquía liberal-conservadora destruyó la tranquilidad y con qué virulencia. Era de estirpe liberal. Admiró a Gaitán y murió convencido de su equivocación política. No en vano sostuvo: “Ayer era la lucha entre liberales y conservadores, hoy se impone es la lucha de clases: Ricos contra pobres”. Este testimonio lo logramos en la inspección de Palomar, el 10 de junio de 1989:

“La violencia se sintió en esta región muy brava. Hubo mucha persecución, por el sistema de gente ‘alocata’ que le infundieron los políticos grandes. Se manifiesta con el abuso al campesino, requisas para desamarlo y aporrearlo”.

“La violencia se centró entre liberales y conservadores. Ese decir que uno era bueno y el otro el malo que inventaron principalmente Laureano Gómez y Mariano Ospina Pérez, afirmando que los liberales no valíamos nada, por lo que había que acabarlos”.

“Durante el Frente Nacional viene una etapa distinta, en el sentido de que ya el campesino se siente desanimado para trabajar y fruto de la violencia se ve precisado a ir a la ciudad. Se vuelve flojo, lleno de resabios, como el robo y el asesinato”.

“La violencia comenzó en el páramo en 1949, un año después de la muerte de Gaitán. La escaramuza comenzó cuando los conservadores empezaron a presionar a los campesinos liberales para que se voltearan y se volvieran de su partido, teniendo que jurar que nunca volverían a ser liberales. Es más: les hacían firmar, entonces no los perseguían más. Los que no apostataron, murieron unos y otros se fueron dejando sus fincas abandonadas. Otros se armaron y resistieron el embate”.

“Hubo en el páramo grandes masacres. En Romerales como 18 muertos, en El Placer como 15, en Las Violetas otros 15. Todos liberales. Durante los gobiernos de Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez y el dictador Gustavo Rojas Pinilla, se fundó y se desarrolló el grupo de los pájaros chulavitas y el grupo de la chusma de filiación liberal. Era una respuesta a la violencia conservadora. Por lo menos así pensábamos en medio de nuestra ignorancia política”.

“Empezó a pacificarse la región un poquito con el Frente Nacional organizado principalmente por el liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez. El campesino comenzó a reconciliarse. Sobre todo a entender que todo era una farsa de la oligarquía liberal-conservadora, como bien lo explicaba el doctor Gaitán. Vino una especie de amnistía. Se comenzó a comercializar en Palomar”.

“Los liberales podíamos bajar al casco urbano de Anzoátegui sin el miedo de que los conservadores nos fueran a matar y los conservadores, a su vez, comenzaron a subir al páramo sin ningún inconveniente. El Pacto de los Eucaliptos se cumplió. De él hicieron parte, entre otros, por los liberales: Luis Enrique y Ricardo Arévalo, Mauricio Jiménez, Roberto Echeverri. Por los conservadores: Alfonso Morad Montoya, Víctor Manuel Cardona, Francisco Barragán, Eleazar Morad Montoya”.

“Decimos que salimos de una cruda violencia donde la gente se mataba por un color, pero caímos en una más atroz: la que generan los ricos con su modelo neoliberal. Por eso hay que tener claro una cosa: Ayer se luchaba por ser liberal o conservador, es decir, por la maldita politiquería de los colores. Hoy se pelea por algo distinto. Hoy es el enfrentamiento entre ricos contra pobres, es lo que Marx y Lenin llamaron lucha de clases. Ese es el sentido de la lucha revolucionaria en Colombia en este siglo”.

“La violencia la hicieron ambos partidos”: Pedro Nel Morad Montoya

Hizo parte de una numerosa familia que llegó del Lejano Oriente y marcó en la historia del municipio de Anzoátegui toda una época. Conservador, fue protagonista del período oscuro de la Violencia que sacudió a este territorio. Analiza autocríticamente este fenómeno al transcurrir su existencia y acercarse su ocaso. En Anzoátegui, en la panadería de doña Ligia Morad de Herrera, precisamente su hermana, logramos este valioso testimonio sobre el tema que venimos desarrollando el 23 de septiembre de 1994.

“Antes de que llegara la carretera había una violencia muy fuerte, muy dura, muy dura. La carretera se construyó en un período de suma violencia. Esa carretera la construyeron con maquinaria, no fue a pico y pala. La terminaron siendo gobernador el doctor Rafael Parga Cortés, a él le tocó la terminación y la inauguración, que para la época de la inauguración no pudo asistir al pueblo el gobernador, recuerdo con mucho detalle eso, porque en esos días casualmente fue la masacre, la última que hizo Sangrenegra en El Placer y que mató a 32 personas incluyendo a cinco niños, los cuales fueron fritos en grandes sartenes”.

“De manera que por eso le digo que la carretera se construyó en una época de una violencia dura. La gente del pueblo hizo la inauguración”.

“Recuerdo los asaltos que hubo. El primero fue durante la elección de Alberto Lleras Camargo. Fue en Los Guayabos. Mataron a 32 personas. Después Sangrenegra hizo otro en el mismo sitio y mató a 28 personas. Después otro más arriba: En Juntas, donde mataron a 22 personas. En esa carretera Cruce de Palobayo-Anzoátegui hubo varios asaltos”.

“La violencia fue política, totalmente por política, la cual fue generalizada en todo el país. Eso sí lo recordamos todos. Fue una cosa hecha por los políticos, un mal recuerdo que debemos tener todos los colombianos para con los políticos actuales que han manejado a este país”.

“Esta es una oportunidad que agradezco para desahogarme un poquito. Yo sufrí harto en la violencia, porque fue muy cruel, muy dura. Sobre todo cuando hoy viene uno a desengañarse, a darse cuenta de la verdad de lo que hicieron los políticos liberales y conservadores con nosotros los campesinos”.

“Esa violencia la hicieron ambos partidos: El Partido Conservador y el Partido Liberal, dirigidos por los grandes económicamente. No encontraron otra salida que poner al pueblo a matarse unos contra otros. Hecha por ellos, es una responsabilidad que tienen los dirigentes políticos en Colombia para con los colombianos”.

“La masacre de Los Guayabos en la elección de Alberto Lleras Camargo, comenzando el Frente Nacional, la otra el 15 de agosto de 1956 en el asalto a Betulia, más las otras narradas”.

“El 15 de agosto de 1956, estábamos nosotros aquí tranquilos por la mañana cuando llegó Mardoqueo Hernández a caballo en una yegua colorada, montando en pelo, y llamó a mi hermano Alfonso y le dijo que la chusma estaba en Betulia a cinco kilómetros del casco urbano, que había matado un mundo de gente, entre ellas a unos muchachos de apellido Espinosa. Entonces nos bajamos. Y claro, ahí estaba esa gente borracha, que al darse cuenta de nuestra presencia se replegó a la Puerquera, donde peleamos todo el día y parte de la noche, porque la gente del pueblo y muchos campesinos salimos a pelear. Hubo muchos muertos”.

“Era un día soleado. Todo el pueblo se solidarizó con los que estábamos peleando. Había caído mucha gente. Nos mandaba comida y los demás elementos para sostener la pelea. El tipo de arma que usábamos era el fusil punto 30, pistolas y revólveres. Los enemigos venían bien armados y con harto parque (plomo), porque entre los que cayeron les encontramos hartas armas y bastante parque”.

“De los nuestros, el único muerto fue el agente de policía que nos acompañó. Cayó de en medio de Alfonso, mi hermano y yo. Se le trabó el fusil y al sentarse a destrabarlo le pegaron un tiro en el cuello y lo mataron en seco. También murió un muchacho Castro que estaba recién salido de las filas del Ejército Nacional”.

“Los refuerzos de la Policía llegaron a las seis de la tarde, cuando la pelea estaba terminando y yacían en el piso más de 28 muertos enemigos. Esta batalla se presentó –repito– el 15 de agosto de 1956, fecha memorable para uno y que resulta inolvidable”.

“El papel de la mujer fue muy importante, porque demostraron mucho valor, entusiasmo y acudieron de muy buena manera a ayudarnos, llevando comida y otros elementos esenciales. Entre otras: Las Mora, las Espinosa de Betulia y de Anzoátegui, Ligia Morad Montoya”.

“El objetivo de los chusmeros al meterse al municipio era por retaliación política, porque, como le he venido diciendo, la pelea era por política. La Violencia en el municipio fue muy dura, demasiado dura. En la batalla de Betulia no estaba Sangrenegra”.

“Este personaje yo lo conocí desde muy joven. Nosotros negociábamos con ganado y en una ocasión fuimos al municipio de Santa Isabel, donde un señor Manuel Aguilar a comprarle un ganado y negociamos 25 novillos. Necesitamos un muchacho para que los trajera. Ese muchacho resultó siendo Jacinto Cruz Usma (Sangrenegra), que tenía para la época unos 15 años y era muy guapo. Era moreno, de buena estatura, fuerte y buena constitución física”.

“Se volvió malo por el ambiente malo de la época. Por parte de la mamá era conservador y por el papá liberal. Yo los conozco. Conocí los padres de Sangrenegra. Sangrenegra no fue mera fama, fue muy sanguinario. Mataba de todo, incluyendo niños, lo que se convirtió para él y todo el mundo en su mayor desgracia. El solo hecho de saber que era de filiación política contraria era motivo para matarlo, no importaba que fuera niño, anciano, lisiado o mujer”.

“En la segunda masacre que se presentó en la carretera Cruce de Palobayo-Anzoátegui murió un señor liberal de apellido Flórez, un señor Pardo, un muchacho Luis, conservadores de Palomar, lo mismo que un muchacho llamado Custodio Agudelo”.

“En la masacre de Juntas cayó una señora Rosita con una niña de seis o siete años, el señor Domingo Zambrano, un odontólogo caldense de buena familia, mucha gente más conocida en el municipio y de la tierra fría. Yo me encontraba en Anzoátegui. De la primera masacre me enteré un domingo por la tarde, un día de elecciones. La segunda, que fue en Juntas, fue un viernes y me enteré por la tarde. La tercera, que también fue en Los Guayabos, me enteré un viernes por la tarde”.

“También tengo conocimiento de la masacre de El Placer, los días previos a la inauguración de la carretera, siendo gobernador el doctor Rafael Parga Cortés, quien tenía planeado asistir a las festividades, pero se abstuvo. Le dio miedo. Creo que hubo 32 muertos. Esta masacre fue comandada por Sangrenegra. Yo fui amigo de la familia Espitia y en la casa de ella fue la horrenda masacre en su mayoría. Esa familia contaba que lo había conocido porque era paisano”.

“Repito: A mi entender el origen de la Violencia es culpa directa de los jefes nacionales de los dos partidos tradicionales. Ellos no han escatimado esfuerzos para ocupar los puestos altos del país, a costa de todo. La política tiene una definición: El arte de gobernar, manejar, dirigir los pueblos. Pero ellos la convirtieron en el arte de ultrajar, de explotarnos y de maltratarnos con el fin de conseguir prebendas personales para ellos”.

“La violencia la hicieron los grandes jefes en la capital del país y de allí nos la mandaron aprovechando el deplorable estado de ignorancia de los pueblos. Y nos pusieron a matarnos unos con otros. Y ellos sacaron partido de ello, porque como dice el dicho que es muy cierto: El que pesca en río revuelto, pesca muy bien”.

“Fueron muchos los chusmeros que merodeaban por la región. Por ejemplo Helí Bonilla, Chispas, Desquite, de quien fui amigo personal de éste último. Fue un hombre impelido a actuar de esta forma por detalles que le pasaron en la vida. Yo estuve preso con él, allí nos hicimos amigos. Luego, cuando actuaba en el municipio de Armero, nos entrevistábamos con mucha frecuencia. Nos estimábamos mucho. Fuimos buenos amigos”.

“El día que lo mataron, estaba yo en la casa de mi hermano, me llamaron de la granja, que era la base del batallón Colombia, porque el coronel José Joaquín Matallana sabía que yo lo conocía perfectamente, para que le hiciera su reconocimiento. Vino entonces un sargento con tres soldados a la casa y me recogieron en un jeep. Lo tenían tirado en un corredor como un perro. Inmediatamente lo conocí. ‘Sí, este es William Ángel Aranguren’, le dije al coronel Matallana”.

“Lo mataron en Junín en una finca. Él ya se le había escapado en varias ocasiones al Ejército. Tal vez los mismos dueños de la finca le avisaron al Ejército. Rodearon la finca y cuando intentó huir lo asesinaron”.

“Conocí a Helí Bonilla en Palomar, población que tenía un empuje económico grandísimo. Con frecuencia subíamos a negociar ganado. En cierta oportunidad le pagaron un machetazo en la cara que le deformó la nariz. El finado Belisario Díaz, que Helí Bonilla mató después en Toscana, recogió plata para ser llevado a Ibagué. Incluso nosotros aportamos algún dinero”.

“Cuando quemaron el caserío de Puerto, yo estaba en los Llanos Orientales. Muy pronto me di cuenta de la trágica noticia, creo que tres o cuatro días después. Un tío de la esposa mía, que vivía en Villavicencio, mientras yo trabajaba en Guamal tenía negocio allí de mercancía. Me llevó la noticia en una de las visitas que hice a Villavicencio”.

“Me dijo que había habido una cantidad de muertos, entre ellos mi hermano Alfonso y mi suegro Juan Gallego. Claro, como tenía toda la familia en Anzoátegui, inmediatamente me vine. La carretera llegaba para entonces hasta Betulia. Entré a Armero y me subí con mi hermano José. Llegamos a Betulia a las seis de la mañana y al primero que vi fue a mi hermano Alfonso, apeándose del brioso caballo colorado. Iba para Ibagué. Él me contó todo. Me dijo que no era Puerto yendo para Palomar, sino Puerto Colombia, yendo para Lisboa, el 7 de diciembre, al parecer ordenado por Helí Bonilla”.

“Puerto Colombia era un pequeño caserío, que tenía capilla y cementerio. Mataron 13 personas. La masacre la comandó un tipo de San Juan de la China, de nombre Gelo Upegui de filiación conservadora”.

“En la región de Santa Bárbara, para una Semana Santa, concretamente en Cuminá, asaltaron la gente que iba para Venadillo a rezar y en una enramada de los Garzón, en casa de un viejo apodado Copo, mataron 14 conservadores. Después en ese mismo lugar, hubo otra masacre y mataron entre seis y siete personas, pero ya de filiación liberal. El ritmo salvaje de la violencia marcaba la muerte de un bando e inmediatamente la muerte doble del otro bando”.

“Los pájaros en sí, en el pueblo, eran buenas gentes, gente sana pero que a raíz del asalto de Juntas, cuando mataron a Laura Aristizábal de Lombana, esposa de Rubén Lombana Méndez, ella tenía unos hermanos, quienes inundaron el municipio de pájaros traídos del Valle, que fueron los que más vainas hicieron aquí. Entre los famosos pájaros se encontraban: Alfonso Moncada, Bertulfo Murillo, natural de la vereda El Fierro de Anzoátegui, apodado El Amigo, un hijo de Arturo González apodado El Negro de Anzoátegui y muchos más”…

“El padre Luis Alfonso Gómez, que mis palabras no lo ofendan, le presencié una acción que tal vez de ahí vino su malquerencia hacia mí. En una ocasión mataron en la vereda La Bandera a un señor, su esposa y un peladito pequeño. Corrió la versión de que los autores del múltiple crimen eran Luis Manjarrez, un tal Muñoz y otro que no recuerdo”.

“Ahí, donde era la escuela anexa, cerca al templo y el parque Los Fundadores, la Policía los cogió de noche y los colgó para que cantaran la verdad y confesaran el crimen. Esa noche, el cura Gómez, en presencia mía y del señor Miguel Ocampo, llamó al sargento de la Policía y le propuso que sacara a esos tipos de ahí, que ya tenía el hoyo hecho en el cementerio. Que los llevara y los matara allá y los enterrara. Llamé a mis hermanos Alfonso y Óscar. Alfonso era el alcalde municipal en ese momento. Les conté, diciéndole a Alfonso que era su responsabilidad exclusiva como alcalde proteger la vida de esos campesinos. Nos amanecimos cuidando a esas personas que eran de filiación liberal”.

“Confirmaba la frase del padre Luis Alfonso Gómez dicha en Lisboa de que matar liberales no era malo. Eso es auténtico, es positivo. Él fue uno de los auspiciadores de la violencia en Anzoátegui, porque escondía a los pájaros en la casa cural y prestaba las imágenes de las vírgenes para traerles plomo, pólvora y otros pertrechos”.

“Antes del 9 de abril de 1948, el jefe conservador en Anzoátegui era mi hermano José. Vivíamos en la casa que posteriormente fue propiedad de Pacho Barragán, donde funcionó por largo tiempo la oficina de la empresa Rápido Tolima S.A. Esa fue la casa materna de nosotros”.

“Una noche le metieron una bomba en la pieza que José dormía, pero él no estaba. Vino la solicitud al alto gobierno para que se nos diera amparo. Entonces mandaron Policía boyacense (chulavita), de tal manera que la Policía vieja la mandaron para la inspección de Lisboa y la “nueva” para Anzoátegui. Esa gente no cometía desmanes, cumplía con su deber”.

“Vino el 9 de abril y esa Policía nos defendió. Donde hubiera estado la anterior, nos acaban a todos. Los chulavitas como tales empezaron a actuar en 1950 o 1951 más o menos”.

“La policía chulavita vino en el gobierno de Mariano Ospina Pérez, pero no hizo desmanes. Inicialmente, vinieron unos diez u once, más o menos. El primer alcalde que utilizó esa Policía fue un viejito que no era de Anzoátegui. Recién pasado el 9 de abril, mi hermano se radicó en el municipio de Armero”.

“Con motivo del Frente Nacional, el municipio tuvo un receso de paz, más o menos de 1957 a 1962, porque en seguida se recrudeció la violencia con bastante fuerza”.

“El Pacto de los Eucaliptos en el páramo, la vereda La Cascada, era un pacto de respeto mutuo entre los habitantes de la tierra fría y los del pueblo, en aras de aclimatar la paz y la convivencia en la región. Eso fue cierto. Ese mismo pacto se hizo también con el municipio de Venadillo, porque ni los mismos liberales podían bajar a ese municipio porque eran considerados conservadores. Yo participé de los diálogos de La Cascada, pero no recuerdo la fecha. Mucha gente estuvo de acuerdo, sobre todo cuando se comenzaba a caer el velo y la verdad salía a flote. Era una violencia estúpida de conservadores pobres contra liberales pobres”.

“El coronel José Joaquín Matallana trajinó por todas estas tierras de Anzoátegui en lo que él llamaba Proceso de pacificación. Su obsesión era Sangrenegra. Yo fui amigo personal del coronel. Fue el único que trajo la paz en todo el norte del Tolima. Acabó con el bandolerismo de todos los colores por igual”.

“Era un hombre táctico, inteligente, ágil y recursivo. Fui su amigo personal cuando estaba de comandante del batallón Colombia con sede en Armero, exactamente en la granja. El ejército tenía un club de tiro, caza y pesca y nos invitaba los domingos a practicar tiro”.

“Me tocó acompañarlo en una comisión y casi nos matamos, arriba en la Hoyada, porque el helicóptero militar se precipitó a tierra al fallar. No recuerdo la fecha”.

“El comandante llegó preguntando quién conocía esa zona. Junto con Joaquín, un muchacho que lo llamábamos Joaquinillo, nos tocó acompañarlo. Abordamos el helicóptero cerca al cementerio viejo, hoy llamado Alto de los Burros, y llegando al sitio, una corriente de aire lo empujó, chocando con un tronco grande, dañándose una hélice, pero todos salimos ilesos”.

“El coronel Matallana era charlatán con la gente y querendón de la tropa. Ella lo adoraba porque era muy humano, pero severo en el cumplimiento del deber, era un militar completo. Duramos en la expedición seis días”.

“A los poquitos días recibimos la noticia extraordinaria de que Sangrenegra lo habían matado en el departamento del Valle. A Anzoátegui lo trajeron muerto y lo recostaron en el ataúd en la pared del negocio de Argemiro Jaramillo, en la plaza General Anzoátegui. Luego, lo echaron en un helicóptero y lo arrojaron por los lados del río Totare en un sitio llamado El Rumbón”.

“Lamento haber entendido el juego político tan tarde. Hoy por hoy la odio, le tengo asco. El abandono en que nos dejaron los jefes políticos y el olvido total, porque después que promovieron esa violencia política entre los dos partidos, se dividieron en grupos por la ambición estrictamente personal, para continuar en el poder con el dolor de los demás. Siguieron divididos en la plaza pública, pero unidos en la Presidencia y en el Congreso de la República. ¡Qué infamia!”.

“La miseria nos abarca a todos: a liberales y conservadores”: Jorge Montañez

Campesino liberal que habitó la vereda El Brillante del corregimiento de Lisboa, municipio de Anzoátegui. Esta vereda fue fundada en 1980, en cabeza de líderes campesinos como Jorge Montañez, Luis Rengifo, Moisés Medina, Herminia Vargas, Arnulfo Patiño y Camilo Ariza, entre otros.

Jorge Montañez fue el primer presidente de la junta de acción comunal, desempeñando el cargo durante tres años, tiempo en el cual se hicieron obras comunitarias como la explanación para la escuela, el acueducto veredal, la carretera y la explanación para la cancha de fútbol. La entrevista la hicimos en esta vereda, el 10 de septiembre de 1995. Montañez fue víctima de varios atentados teniendo que salir desplazado de la zona.

“Cuando la muerte del doctor Gaitán, yo viajaba a Ibagué por Casebanco y me encontré con un amigo que llevaba un camión y me llevó a Barrancabermeja a traer gasolina. Ese caso de la muerte de Gaitán me sucedió allí. Me tocó durar tres días en una alcantarilla hasta que hubo paso para nosotros, porque los carros que cogían lo quemaban y a los conductores los mataban”.

“La Violencia en esta región que después habría de llamarse El Brillante fue aterradora. Por eso hay todavía muchas fincas caídas, porque los nuevos que han llegado son muy flojos y se encuentran totalmente desmoralizados. Las personas trabajadoras fueron matadas, fueran de un partido o del otro, porque aquí la Violencia fue por colores y a nosotros los campesinos nos dejaron en la miseria”.

“La región estaba poblada de campesinos liberales y conservadores, pero a raíz de la violencia solo se salvaron las mujeres; nosotros los varones que logramos escapar fueron muy pocos y muy resistentes, porque lo cogían encerrado en la casa y le prendían fuego teniendo uno que morir carbonizado. Le regaban ante todo gasolina”.

“Tenía la mayoría el Partido Conservador, dominaba al Partido Liberal. Por ello nos tocó emigrar de estos lugares. Salimos con pasaporte firmado por don Oliverio Fonseca. Con él pasamos el puente de Girardot. El que no fuera conservador no podía pasar al departamento de Cundinamarca. Yo salí camuflado de conservador y así salvé mi vida”.

“Durante el tiempo que vivimos en esta región de El Brillante, en el día trabajábamos y en la noche dormíamos afuera, en el campo. Desafortunadamente a nosotros nos desarmaron. Vino la policía chulavita y nos quitaron las armas y las peinillas que cargábamos en la cintura. Nos dejaron a merced del miedo y del temor. No fuimos capaces de unirnos para defendernos. Se formaron los dos bandos: los pájaros y los chusmeros. Los trabajadores no teníamos ninguna protección ni de uno ni del otro, menos del gobierno nacional”.

“Esta región quedó sola. Unos se fueron para Cundinamarca, otros para Boyacá, los Llanos Orientales y Caquetá. Cuando empezamos a regresar, yo en 1962, ya había otras aptitudes y actitudes en la zona. Ya no era el problema partidario por los colores, sino la bestial delincuencia de bando y bando”.

“Es indudable: La Violencia tuvo varias etapas. La primera fue por los colores políticos y la segunda por el hurto de los bienes hasta de sus mismos copartidarios. En 1983 o 1984, no tengo bien claro el año, me tocó emigrar de nuevo a Ibagué, porque me pegaron un tiro en la cabeza. Fueron los facinerosos, los ladrones. Porque si uno tenía una carga de café o un animal, se lo llevaban. Esa delincuencia no la pudo controlar el gobierno con todo su aparataje represivo, la vino a controlar la guerrilla”.

“La quema de casas con los campesinos dentro fue exactamente en China Alta. Yo vivía en la vereda La Lindosa. Una noche vino la Policía chulavita. Yo me encontraba con tres amigos campesinos. Afortunadamente, me gusta dormir sin pantalones pero con calzoncillos. La casa no tenía zarzo. Llegaron y le rociaron gasolina y le prendieron fuego. Yo les dije a los compañeros: ‘Yo no me voy a dejar quemar aquí, así me toque que morirme, pero yo me salgo’”.

“Utilizando una escalera subimos al remedo de zarzo y nos tiramos. Uno de los policías intentó detenernos, pero el instinto de vivir es muy fuerte y logramos escapar”.

“Antes de la Violencia, los conservadores iban al municipio de Alvarado y los liberales venían a Lisboa. Era un comercio activo y permanente. Todo lo acabó la Violencia. Hoy solo existen los recuerdos y la soledad sonora”.

“La causa de la Violencia son los partidos tradicionales. Ese maldito cuento que unos tenían que ser liberales y los otros conservadores, sabiendo que la miseria nos abarca a todos por igual”.

“La solución a la Violencia, que, dicho sea de paso, no es cosa del pasado, porque sigue la violencia contra el pueblo, estaría en un gobierno sin partidos, que no existan los colores; un gobierno que haga por todos: por el viejo, por el joven, por el blanco, por el negro, por el rico y por el pobre. Sin embargo, eso es difícil en Colombia que se realice porque los poderosos tienen el poder, no lo sueltan fácilmente y había que derramar mucha sangre para que el pobre llegara a ese poder y hacer justicia para todos”.

“La violencia fue muy triste, culpa de los dirigentes nacionales”: Mardoqueo Hernández

Nació el 14 de noviembre de 1923, en San Miguel de Sema, departamento de Boyacá. Sus padres: Natividad Hernández y Clodosindo Rodríguez. Toda su vida vivió con su madre. Tuvo un hermano por mamá: José Abel Hernández, y cinco por su papá: Elías, Mateus, Clodosindo, Tito y Carmen.

Creció en la miseria. En 1933 llegó al corregimiento de Lisboa, Anzoátegui. Recorrió este municipio hasta instalarse finalmente en Betulia, vereda a escasos cinco kilómetros del perímetro urbano de Anzoátegui. No está seguro si hizo el quinto o solo el cuarto de primaria.

De niño comenzó ganando cinco centavos. Después le ofrecieron pagar el doble en la tierra fría como sangrero, es decir, ayudante del arriero de mulas o bueyes. Madrugaba a los potreros a recoger las mulas, enjalmarlas, ayudaba a cargar, a descargar, darle comida y hacerle de comer al arriero.

Recuerda a Manuel Salinas que vivía en Palomar y tenía cerca de ocho mulas. El recorrido áspero era Palomar-Ibagué pasando por Puerto Colombia, Las Peñas, La China, Casebanco a bajar al barrio El Salado y terminar su jornada en lo que hoy es exactamente la calle 15 con carretera tercera de Ibagué.

“Se jodía uno mucho, sobre todo en la distancia del camino Casebanco a Cristales o Ambalá. Era muy duro. Las mulas se embarraban y uno por supuesto, teniéndose que quitar la ropa en la quebrada Cristal, lavarla y colocársela de nuevo para llegar a la plaza Santa Librada. Una vez se descargaba tocaba devolver las mulas a Cristales para empotrerarlas. Yo duré trabajando en el trabajo material hasta 1946. En adelante, me dediqué al comercio. Compré tres mulas y me dediqué a fletear de Betulia a Venadillo, ganando por cada flete tres pesos. Llevaba café y traía remesa”, recordaba el 28 de diciembre de 1994, en Betulia cuando fue entrevistado.

La primera vez que fue concejal era suplente de Manuel Aristizábal, en 1946. Siguió siendo suplente hasta 1970, cuando se decidió a encabezar lista y se mantuvo en el concejo municipal por largo tiempo y por distintos partidos políticos.

“El 9 de abril de 1948, cuando mataron a Gaitán, yo me encontraba en Betulia. Recuerdo que había un estanquero en Anzoátegui de apellido Rubiano y en Betulia vivía un señor llamado Eduardo Contreras. Ellos regaron la información sobre el hecho”.

“Cuando eso por acá no pasó nada. No asumí ninguna actitud porque era trabajador y mantenía revuelto con liberales. ‘Allá ellos’, me dije, que si se habían matado, que se acabaran de matar y a nosotros que nos dejaran en paz”.

“Me di cuenta de la noticia a las cuatro de la tarde, más o menos. Creo que en Anzoátegui sí hubo revolución, porque había un señor llamado Abelino Copaban, liberal revolucionario, quien quiso hacer una revolución en este municipio, pero como tenía tantos amigos conservadores, al parecer le dio pesar matar a Pacho Barragán, entonces no hizo a la final nada”.

“Después de la muerte de Gaitán, se respiró un ambiente muy bueno de amistad, se trabajaba muy sabroso y la gente comercializaba con Venadillo normalmente. Pero el 10 de julio de 1950, mataron al arriero Rogelio Cañón, arriero de Cantalicio Arévalo. Como reacción a la muerte de este conservador, a los dos días siguientes bajó una comisión de la Policía y mató a dos en Veracruz, dañándose la región por espacio de dos meses. Durante este período le metieron candela a Veracruz y a casi todas las casas liberales del cañón de Cuminá. Seguramente eran los conservadores de Anzoátegui, en represalia por la muerte del arriero. Eso pasó”.

“Rogelio Cañón era un buen arriero, un tipo que se crió y se levantó al lado de los arrieros de por acá, siendo hombre mayor siguió con la arriería. No sé quiénes eran sus padres, él vino a esta región siendo muy chino (niño), era de esos chinos desertados que no saben de dónde vienen. Físicamente era moreno, alto, guapo para el trabajo. No era barbado. Se dedicó únicamente a la arriería. Lo mataron –me imagino– por conservador. Él tenía un vicio que amarraba una mula para arrequintarle la carga y a lo que la soltaba le solía decir: ‘Arranque como arrancan los conservadores’. Me imagino que por eso lo mataron”.

“Lo mataron en la vuelta El Rodeo, más arribita de Veracruz, en medio de Totarito y Veracruz. Lo mataron a bala y a machete. Él fue sepultado en Anzoátegui. De aquí bajaron por él, los arrieros y los amigos. Esa noche que bajaron por él como que quemaron unas casas”.

“Luego, vino una comisión de Policía y cogieron una parte de aquí hacia abajo y la otra de abajo hacia arriba y los civiles, como son tan metidos, pues también se fueron quemando ranchos y casas. No sé si la Policía dio la orden, pero eso parecía la hora llegada. Quemaron la mitad del pueblo de Veracruz, hasta cuando llegó un teniente –dicen– y no dejó acabar con todo el pueblito. Repito: Esa oleada de violencia duró más o menos dos meses. No hubo más muertos”.

“El 15 de agosto de 1956, se metieron los chusmeros a Betulia, presentándose 33 muertos de los cuales eran chusmeros, es decir, liberales y el resto personas de la región. Creo que era miércoles. Quemaron dos fincas de Antonio Contreras y llegaron a Betulia a las 6:30 de la mañana”.

“Yo tenía unas mulas y un caballo. Fue tanto el miedo que no le puse el apero al caballo, sino que monté en pelo y me fui para Anzoátegui a avisarle a la Policía. Me fui sin camisa, porque no tuve tiempo de colocármela. Me puse los zapatos pero sin medias. Era unas botas de cuero, porque en esa época no existían las botas de caucho. Me encaleté un revólver, una caja de plomo y 36 pesos, que era un dineral”.

“A los primeros que me encontré fue a Alfonso Morad Montoya y a Cristóbal Arévalo, que se encontraban en la plaza de mercado, hoy parque Los Fundadores. Les dije. Alfonso me dijo: ‘Dígale a la policía’. Le dije y el centinela me dijo: ‘Dígale al cabo que se encuentra en tal parte’. Fui. El cabo me dijo: ‘Dígale a la policía que se aliste’. Vine al cuartel y les dije”.

“Como había dejado a la familia en Betulia, a pesar que le había dicho a la mujer que se fuera con los hijos por los cafetales, muy preocupado me regresé solo. Encontraba a la gente en el camino y les decía: ‘Devolvámonos que ellos ven harta gente y se asustan. La unión hace la fuerza’. Se devolvieron algunos. En eso me alcanzaron Alfonso Morad Montoya, Cristóbal Arévalo, Hernán Díaz, más o menos como unos diez. Yo solté el caballo en el potrero de El Manantial y nos fuimos a pie”.

“Al asomar a los tanques, los vimos abajo. Estaban tomando licor, echando tiros al aire y en una gritería de victoria. Habían soltado las cuerdas de gallos, saqueada la fonda, comían de todo cuanto encontraban. Alfonso llevaba una carabina punto 30. Disparó pero ésta se trabó. Un reservista que iba con nosotros tuvo la paciencia para desentrabarla. Entonces volvió a dispararla. Los chusmeros cogieron hacia abajo, huyeron. Nosotros avanzamos. Creo que llegamos diez a Betulia. Seguimos avanzando y encontramos como a tres personas degolladas, que eran trabajadores de la hacienda El Recreo, entre ellos un señor Eladio Pinilla, el papá de Marielita Pinilla, esposa de Anselmo García. De los demás trabajadores no recuerdo sus nombres”.

“En ese suceso vino mucha gente de los municipios de Santa Isabel, San Juan de la China, Lisboa, de muchas partes. Los chusmeros se encerraron en una región que se llama La Puerquera, una quebrada. Allá se encerraron y hubo el tiroteo más verraco. Mataron dos policías, un civil e hirieron a un poco. De la gente que estaba encerrada no se sabía nada. Vino la Policía de Ibagué como a las 6:30 de la tarde e hicieron retirar a todos los civiles y al otro día no amanecieron sino los muertos, que eran 33”.

“Los dos policías muertos y el civil los trajeron ese mismo día para Anzoátegui. De Ibagué vino el capitán Delgadillo, que era el comandante de Policía división Tolima, quien me invitó a que lo acompañara a hacer el reconocimiento. No recuerdo qué hicieron con esos chusmeros muertos, si los enterraron o los quemaron o para dónde los llevaron. Un helicóptero llegaba hasta la vereda de Verdún, entonces es posible que se los hayan llevado para Ibagué”.

“Por la mañana cuando llegaron, no los veía, porque tenía mucho miedo al escuchar ese tiroteo contra los Espinosa que les hicieron frente. Sin embargo, mataron a dos: A Ricardo y Pedro Pablo. Si ellos no se enfrentan, matan a más de 30 personas que nos encontrábamos en la casa de Rubén Lombana Méndez y Heliodoro Pachón. Pero como ellos se enfrentaron, oímos el tiroteo y todo el mundo se abrió a correr. Mataron a esos dos muchachos, pero se favorecieron más de 30 personas».

“El caballo que monté ese día era de color castaño oscuro, pero muy bueno, una verraquera; crin grande abundante y era de paso fino, pero en el recorrido que hice, lo hice galopar, fue una sola carrera. El cuartel de policía era en la plaza, que hoy es el parque Los Fundadores. Era el alcalde de ese entonces Héctor Cifuentes Jiménez”.

“La persona que hacía las bombas era Alfonso Díaz, el secretario del juzgado promiscuo municipal. Era un verraco para hacerlas. Al campo de combate llegaban por montones, por cargas. Estaban formadas por latas de salmón, de sardinas, avena, cachos de res, piedra, vidrio, herradura y el paquetico de dinamita. El armamento usado ese día era el de la Policía: Fusiles 7 milímetros y carabinas punto 30”.

“Los fusiles que dejaron los dos policías muertos los cogieron los civiles, me parece que Alfonso Morad Montoya le echó mano a uno, que murió al lado de nosotros, cuando se agachó a tomar guarapo de uno de los trabajadores que estaban desyerbando los cafetales. Al levantarse, le pegaron el tiro en la garganta y no le dejaron decir ni muuuu… Ese fusil –me parece– que Alfonso Morad Montoya se lo pasó a Cristóbal Arévalo para que bajara a la quebrada y pudiera atacar a esa gente. Entre Cristóbal, Ricaurte Torres y un hijo de José Gamba atacaron a esa gente”.

“Empezaron a echar bala para arriba, entonces los chusmeros se enterraron en un monte y se quedaron ahí. Ahí fue la verraquera ese día. La Puerquera es una quebrada y una vereda, que se ubica por los lados de la vereda El Hatillo, más arriba de otra vereda: La Unión. En ese entonces había un monte. Incluso, llegaron a una casa de unas muchachas de apellido Zambrano Franco y les dijeron que en dónde se podían esconder, que iba detrás de ellos la chusma, dándoselas de pájaros que iban huyendo”.

“Se llevaron a esas dos muchachas para el monte, para que ellas les dijeran un escondite seguro. Era un hoyo bonito entre el espeso monte y había una cascada de la quebrada. Las dos muchachas murieron con ellos. Eran conservadoras. No se sabe si la mataron los chusmeros o las bombas que nosotros les mandábamos”.

“Era un verano intenso. No había una sola nube en el firmamento. Era claro, azulito. En el apogeo del combate muchos gritaban que el que no le gustara el azul que rompiera el cielo”.

“Después que la Policía nos hizo retirar, a las 6:30 de la tarde, la Policía se echó a dormir. Sin embargo, hirieron como a cinco policías levemente. Ellos se retiraron y al otro día regresaron a recoger los cadáveres. Los chusmeros sobrevivientes escaparon”.

“El capitán Delgadillo era un tipo alto, delgado, cariafilado, experto en las artes de la milicia. Venía con frecuencia un helicóptero hasta Verdún, dicen unos que transportando municiones y demás pertrechos y de vuelta se llevaba los muertos y heridos. No sé bien”.

“Después de ese día, se vino una violencia tremenda entre liberales y conservadores. Le tocaba a uno dormir esperando al que no había de llegar. A cualquier momento llegaba el enemigo. La vereda La Palmera era de mayoría liberal. Sin embargo, había muchos amigos. Ellos se trasnochaban esperando el ataque de Betulia que era de mayoría conservadora. Mentira. Nosotros no nos trasnochábamos pensando en ellos, pues los considerábamos amigos. En cambio, ellos sí se trasnochaban”.

“Nosotros nos trasnochábamos esperando el ataque de los liberales de Juntas, de Veracruz y Monte Grande. Colocamos vigilancia y santo y seña para andar de noche. Por ejemplo: con la linterna hacer la cruz, apagarla tres veces. El santo y seña se estaba cambiando constantemente, para evitar que el enemigo lo copiara. Otro santo y seña era andar con la linterna pegada al piso, agachada. No pillamos el santo y seña del enemigo”.

“Duramos vigilando permanentemente dos meses, el 15 de octubre de 1956, nos acostamos todos a las cuatro de la mañana, cuando amaneció todo, desde el alto de El Manantial hasta el alto de El Zambo y hasta el Alto de Juntas, estaba invadido de propaganda amenazando que nos iban a matar a todos, que no iban a dejar un solo conservador”.

“Ante esto, se emborracharon los pájaros, los que sí mataban gente, y se pusieron a matar liberales. Eso era todos los días, cinco y seis liberales en mulas para Anzoátegui con destino al cementerio. Un sargento Guerrero, tipo que montaba a caballo muy bien, pensaba que el que manejaba a los pájaros eran Alfonso Morad Montoya y Rubén Lombana Méndez. El día sábado se les acercaba y les decía: ‘Bueno, don Alfonso, don Rubén, ¿Esta semana a cuantos me toca recoger?’”.

“Nosotros pensábamos que el sargento era conservador, pero mentira, era liberal. Sin embargo, sabía acomodarse a la mayoría. No tuvo inconveniente en colocarse a favor de los pájaros. Nos dimos cuenta que era liberal cuando le entregó el mando al sargento Carreño. Sin embargo, fue un gran amigo”.

“La violencia fue muy triste, muy lamentable. ¿Y, la culpa de quién? De los dirigentes nacionales de los dos partidos tradicionales. La Violencia no la generaron los campesinos, se la impuso la clase dirigente para tener dividido al pueblo. Nos pusieron a matarnos por los colores. Pero ellos sí permanecieron unidos defendiendo sus intereses de clase”.

“La persona que comandó la entrada a Betulia por parte de los chusmeros fue un comandante del páramo de apellido Aguilar. La historia fue que esa noche se quedaron en la finca de David Pinto, en la finca llamada El Argel. Fueron y mataron a David Pinto, siendo un personaje cuyo único defecto era que era liberal, pero de resto era muy buena persona”.

“Los chusmeros estaban buscando a unos volteados para matarlos, como a Antonio Contreras, Carlos Reyes y el señor Solom, pero no encontraron a ninguno de los tres, entonces mataron a los que encontraron y les prendieron candela a las casas, pero no sé si se quemaron en su totalidad. No bajé por esos lados”.

“Unos dicen que era cien, otros que ochenta, otros que treinta. No se sabe con exactitud. Vestían de civil algunos. La ropa era la misma, lo cambiado era el corazón”.

“En Puerto –otra masacre– mataron a Chucho Arenas con la familia. La quemaron, hicieron todo lo que quisieron. Dicen que fue comandado por Helí Bonilla, siendo amigo de Chucho Arenas y de Belisario Díaz. Primero mató a Chucho Arenas y luego a Belisario Díaz, siendo buenos amigos con ellos. Por eso digo que los políticos, sobre todo los jefes políticos, son muy traicioneros, obligan a los campesinos a hacer cosas contra los mismos amigos. A nosotros nos obligaron a matarnos mutuamente”.

“Esa Violencia es un período vergonzoso que no merece recordarse. Hubo cosas muy feas. No solo mataban a la persona sino que le metían candela y quemaban a los campesinos como muñequitos dos, tres, cuatro, cinco y seis personas a la vez. Eso lo hacía muchas veces un amigo contra un amigo. El corte franela lo inventaron los chusmeros, que era quitarle la cabeza, decapitar a la víctima. Los pájaros se inventaron el corte corbata, que era matar a la víctima y sacarle la lengua por el cuello y rellenarlo a puro plomo”.

“Creo que en Anzoátegui hubo 2.500 a 3.000 muertos entre 1956 y 1963. Fue una época en que prácticamente todo el mundo se fue, unos para Venadillo, otros para Santa Isabel, otros para Ibagué. Uno veía bajar un hombre por el alto de El Manantial y de inmediato se iba a esconder. Ver a una persona desconocida era como ver una fiera. Eso era temeroso”.

“Esa fecha del 15 de agosto de 1956 no se me borra de la mente ni por el putas. Primero porque me tocó salir corriendo y segundo, porque me dio mucho miedo. Y el miedo no tiene pantalones, compadre”.

“Para bajar a Venadillo nos tocaba bajar en manada, conservando una distancia prudencial uno del otro. Esa época se puso tan verraca que vinieron instructores militares y policiales: Unos por cuenta del gobierno y otros por cuenta de los jefes de los partidos tradicionales. Ellos nos enseñaban a caminar, a manejar armas, a hacer emboscadas y a eliminar al contrario sin piedad alguna”.

“Eso era una vaina organizada por lo alto y los pobres pendejos, como cerdos con la trompa en la aguamasa, obedecíamos ciegamente rompiendo la amistad que existía entre campesinos liberales y campesinos conservadores. Nos echaban agua hirviendo a la comida y más metíamos el hocico. Hoy nos va un político a meter los dedos a la boca y le cortamos los dedos con los dientes. Antes no, obedecíamos ciegamente las órdenes de los jefes nacionales”.

“Los políticos nacionales enviaban mensajes y enviaban armas para que nosotros las compráramos. Y, claro, viendo uno que lo iban a matar, pues las compraba. Esos instructores sacaban a las personas de las casas y se las llevaban a un plan para enfrentarlas y enseñarles cómo se manejaba el arma, la defensa personal y en caso de un ataque cómo se debía hacer para contrarrestarlo. Eso lo enviaba el gobierno nacional. Otras veces era clandestino. Otros decían que venía de parte del señor Laureano Gómez, Álvaro Gómez Hurtado, Carlos Lleras Restrepo o Alfonso López”.

“En muchos casos uno no sabía de parte de quién venía, pero como uno era montañero, iba a aprender esas enseñanzas. Si lo ponía en práctica era cuestión de uno. La seguridad de una casa eran los socavones, los túneles y las trincheras, pero la mayoría de veces eran los socavones. Yo hice uno en mi casa y salía por los lados del río Totare”.

“Los chusmeros hicieron esfuerzos por entrar a Anzoátegui, pero no lo pudieron conseguir. Le digo con toda la franqueza: En toda la violencia que hubo en el Tolima, él único pueblo que se defendió con verraquera fue Anzoátegui. Dicen que en el municipio de San Antonio la gente es verraca, pero no tanto como en Anzoátegui. Creo que este municipio figura entre los más verracos en la historia de Colombia. Se defendió sin mucho armamento”.

“Empezó a pacificarse en 1962, cuando el general José Joaquín Matallana. A él le entregaron la Policía y el Ejército en el norte del Tolima. Les dio una disciplina a la verraca tanto a los militares como a los civiles. Pacificó la región. Mató sin contemplación y así pacificó la región”.

“Del Valle vinieron unos pájaros, pero venían mal informados, porque venían era a matar a los conservadores laureanistas; ellos eran supremamente ospinistas y consideraban flojos a los conservadores laureanistas. Pero tacaron burro, porque los verracos eran los laureanistas y los flojos eran los ospinistas. Vinieron por acá porque ellos vivían de matar gente, les pagaban o sencillamente porque les gustaba. Creo que esos fueron los que hicieron esas matanzas”.

“No creo que el padre Luis Alfonso Gómez protegiera a los pájaros, pero lo que sí sé fue que cuando el asalto de Los Guayabos, cuando la elección de Alberto Lleras Camargo, que hubo 30 y pico de muertos liberales y que se lo achacaron a los pájaros de Anzoátegui, subió una comisión del Ejército y recogió de Betulia hacia abajo a 299 personas. Nosotros no sabíamos si era Ejército o la chusma. Entonces mandamos a llamar al padre Luis Alfonso Gómez, porque en realidad era un cura verraco. Él se daba bala con cualquiera. Bajó hasta donde tenían retenido a ese grupo de personas, que era la casa de Hipólito Cadena en un alto. El cura enérgico llegó y preguntó: ‘¿Quién es el comandante de esta comisión? ¿Es el Ejército o es la chusma? ¿Quiénes son?’”.

“Andaba con cinco perros grandísimos supremamente bravos, eran unas fieras. Se bajó del caballo y los perros a su alrededor. Hipólito Cadena enseguida del Hatillo. Los tenientes se presentaron, le mostraron las credenciales. Entonces él nos dijo a nosotros que tranquilos que era el Ejército y que en Veracruz soltaba toda esa gente. Pero allí llegaron cuarenta carros y se llevaron a la gente para la brigada y el batallón con sede en Ibagué. Uno no sabía nada, pero son consecuencias que hacen parte de la vida”.

“La división que se presentó con los habitantes del páramo se fue acabando en la medida que la violencia fue pasando y la gente se fue civilizando un poco. Se dieron cuenta que la gente que mantenía matando, no era la gente de aquí, sino de otras partes que venían a matar tanto a liberales como a conservadores. Matallana desparpajó a los malos de bando y bando y los buenos y sanos se encontraban y nada pasaba”.

“De la policía chulavita no comento nada de eso, porque seguro sería la misma que andaba en esas comisiones. No entendí nada sobre la chulavita, ni qué era lo que mantenía haciendo. Más tarde fue que me di cuenta que la había formado Mariano Ospina Pérez de acuerdo con el doctor Laureano Gómez para matar liberales. El armamento lo mandaban regalado de la Presidencia de la República, pero los jefes políticos –corruptos como siempre– cogían ese armamento y nos lo vendían”.

“Sangrenegra decía que tenía harta familia en Anzoátegui y que se la pasaba por aquí y Santa Isabel, y cuando los ganaderos de Anzoátegui iban a comprar ganado a Santa Isabel, Sangrenegra traía los lotes de ganado a este municipio. Era de familia conservadora. Pero escuché una historia de que él trabajó donde un hermano en el Valle y una noche por estar jugando dado mató a un trabajador, volándose, y como lo perseguían los conservadores, dijo: ‘Ahora me vuelvo liberal y me pongo a matar conservadores’. Es una anécdota que no se sabe si sea cierta. La mamá de él decía que su hijo no era tan malo como lo decían, pero quién sabe, me cuestiono hoy”.

“Aquí lo trajeron después de muerto. Cuando hicieron esos asaltos en Los Guayabos que venía Rubén Lombana Méndez y que se salvó porque se echó a correr, al verlo en el ataúd recostado en la pared de la casa de Argemiro Jaramillo, dijo: ‘Este es el pícaro que nos salió allá en Los Guayabos’”.

“Otros chusmeros que tuvieron trascendencia en Anzoátegui fueron Helí Bonilla y Desquite. A Desquite lo conocí porque un día iba en mi carro amanecido y se montó en Juntas. Me ofreció unos dados, unas piojas, me habló por el nombre, me decía don Mardoqueo, me ofreció cigarrillo. Nunca más lo volví a ver. Sentí mucho miedo esa vez también. Es que al miedo no le queda bueno ningún pantalón”.

“El directorio conservador funcionaba en las casas de Oliverio Fonseca y Roberto Pardo; el directorio liberal en las casas de Abelino Copaban y Luis Linares. Antes de la Violencia solo había controversia el día de elecciones”.

“Anzoátegui fue inmensamente liberal. El único foco conservador estaba en la vereda Santa Bárbara. Pero el resto, y hasta el páramo, era liberal. Los conservadores eran como sembrados a chuzo. Tarde nos dimos cuenta que la Violencia era culpa de los jefes nacionales que nos hacían entrompar como pendejos, como subalternos de ellos a hacer cosas indebidas. Un día dijimos: ‘No nos vamos a dejar más, nos vamos es a cuidar mutuamente’. Así se arregló un poco la vida y así nos hemos mantenido”.

“A mí me gusta que la gente viva bien, que todo el mundo tenga de qué vivir, ayudar al que más esté jodido. No me gusta ayudar a las personas que no lo necesitan. El pobre es el único que no tiene amparo de nadie: ni del gobierno, ni del Estado, ni de los ricos, ni de los jefes políticos. Al pobre se le da garrote todas las veces que quiera. Lástima que exista el licor y la cerveza porque eso no deja avanzar el progreso. Las personas campesinas cogen lo de la semana y se lo gastan en licor sin ningún problema y sin conciencia”.

“Debería tener mucha plata. No sé qué se haría la plata. Claro que estudié mucha familia y ahí se va mucha plata. El casarón que hice en Betulia fue el hijuemadre de grande. Esa casa la hice en plena Violencia, porque la hice entre 1960 y 1963, en una violencia la hijueputa. Me decían que estaba loco, pero yo les decía: “Esto tiene que pasar, algún día se tiene que arreglar esta vaina”, y eche para adelante. Llegaba el Ejército y decía: ‘¿Usted dizque tiene un socavón aquí?’. Yo le decía: ‘Claro, un socavón’. Me decía: ‘¿En dónde putas?’. Yo le contestaba: ‘Abajo en el río Totare despunta’. Eso fue muy dura la Violencia”.

“Yo estaba con Alfonso Morad Montoya en Betulia, pero a él le dio mucho miedo y se vino para el poblado. Lo que pasa es que yo he sido muy tranquilo, muy sereno. Cuando eso yo ya estaba metido en la política. Me nació el deseo de la actividad política en el Partido Conservador. Sin embargo, al descubrir el juego político del bipartidismo me acerqué a las toldas del M-19, estuve por los lados del general Rojas Pinilla, he sido una persona crítica e inquieta”.

“No soy un tipo sectario. Un político me hecha un vainazo y yo le contesto con una frase que lo hace reír. No dejo rencores. Creo que desde el ataúd haré política. Me gusta”.

“La región quedó prácticamente sola”: Neftalí López Ayala

Esta entrevista la hicimos en Anzoátegui, el 25 de abril de 1994. Es natural de La Ceja (Antioquia) donde nació el 30 de mayo de 1907, siendo sus padres Pedro López y Zoila Ayala. Laureano fue su único hermano. Llegó a Anzoátegui en 1915, cuando Anzoátegui –dice– “era una cuchilla de monte, rastrojo y piedra, con poca comida, poca agricultura”.

Se ubicó en la hacienda Amberes de Juan Pablo Mejía, quien le fue enseñando los avatares del campo, especialmente la agricultura y la ganadería. Con este señor trabajó cuatro años. Mejía vendió la hacienda a la familia Villegas, “creo que a Ernesto, no recuerdo bien”, señala.

“La Violencia fue dura. Los primeros que llegaron a Palomar decían: ‘Somos conservadores y necesitamos que nos ayuden’, pero llegaban los liberales y decían lo mismo. ¿En qué consistía la ayuda? La ayuda consistía en darles comida, plata, matarles gallinas, una res, etc. Pero luego llegaba la tropa con el mismo cuento, lo mismo la Policía. Ellos no encontraban a nadie porque ya se habían ido. Hubo mucho robo, muchos muertos, porque no había ley ecuánime, no había nada. La región quedó prácticamente sola, la gente tuvo que irse y perderlo todo”.

“Había en Palomar inspección de Policía, los campesinos concurrían a informar pero no pasaba nada. Se imponía la ley del silencio, es más: la ley del más fuerte. Transitar los caminos de Palomar hacia el páramo o pretender bajar a Anzoátegui era un suicidio. Nos obligaron a matarnos por los colores, siendo todos campesinos trabajadores y amantes de la vida en la zona. Esa es la verdad”.

“Claro que la Violencia tuvo dos etapas”: Abdón Salinas Veloza

Esta entrevista fue realizada en el municipio de Anzoátegui, el 19 de mayo de 1997. Liberal que conoció el páramo palmo a palmo porque lo recorrió de extremo a extremo durante años. De baja estatura, mirada descomplicada, contó sin rodeos parte de su vida durante la aciaga Violencia inventada por el bipartidismo con el único propósito de tener al pueblo desunido y los jefes de uno y otro bando usufructuar a las anchas las mieses del poder oligárquico. Una violencia que no termina. Por el contrario. Se agudiza al desarrollarse la lucha de clases.

“La Violencia en el páramo comenzó el 15 de agosto de 1950, cuando llegaron unas treinta personas, entre civiles y militares, comandadas por el entonces inspector de Palomar, Jesús Antonio Lombana, buscando liberales para aporrearlos y llevarse todo lo que teníamos. Eran tres policías y los demás civiles. Era personas que iban recogiendo a los conservadores para que engrosaran sus filas. El que no era conservador le daban una garrotera y lo amarraban de pies a cabeza. En esa oportunidad –recuerdo– duraron como tres o cuatro días dándole la vuelta al páramo”.

“Buscaban a los campesinos liberales únicamente para joderlos, porque llegaban a las casas conservadoras y ni siquiera la requisaban. A la casa llegaron e iban a aporrear a mi papá, porque no les entregaba una escopeta de fisto y un revolver que tenía. Ya lo llevaban en la lista. Pero Leonel López –hijo de Carlos López– convenció a mi papá para que entregara las armas. ‘Vaya, Luis y entregue eso –le dijo– porque lo van es a aporrear si no entrega eso’”.

“Se fue mi papá y entregó esas armas, que las tenía en una peña de la casa hacia abajo. Y se fueron. Se llevaron unas gallinas y unas cosas de los trabajadores, unas maletas. Requisaron toda la casa y se llevaron incluso unas prendas de vestir y plata. Sí, esa policía fue. Era mandada por el gobierno, porque nunca he visto que la Policía se mueva sin la orden del gobierno”.

“Los civiles también iban armados. Recuerdo que mi papá me mandó a quitar un toldo que se había acabado de levantar y que cubría un papal recién arrancado y que habíamos dejado allí tres días para que se secara. Le pedí prestada una peinillita a un trabajador y la eché en un costal porque los ramales me arrastraban. (Imagínese: Si soy pequeño de viejo, cómo sería de niño). Para llegar a la casa hay un filito. Cuando asomé –de regreso– los vi. Era un poco de hombres en el patio de la casa”.

“Me vieron y me hicieron señas para que me moviera. Al llegar me quitaron el costal, lo cogieron del asiento y lo voltearon saliendo la peinillita, cogiéndola ellos inmediatamente. Ya estaban de salida. Eso lo comandaba el señor Jesús Antonio Lombana, que era inspector de policía de Palomar. Él fue el que vació el costal, le echó mano a la peinillita y se la pasó al mono Molina, quien, a propósito, murió en Ibagué, después de una prolongada enfermedad”.

“Más antes, estos señores habían llegado a la casa de Roberto Mendieta y ahí cogieron a un hijo de ese finado y lo colgaron en una chambrana y le dieron una fuetera a la hijuemadre. Era un muchacho ya grande, le pegaron una zumba a puro plan y culata de fusil. Finalmente, lo dejaron tirado en el piso”.

“El armamento que usaban eran fusiles, machetes, escopetas de fisto, revólveres. Mejor dicho: Lo que iban recogiendo. El 15 de agosto de 1950, fue el inicio de la violencia en el páramo”.

“Después que se bajaron, los Salinas de la vereda El Placer, que eran templados también, se fueron para el departamento de Caldas y trajeron unos carabineros, quienes detuvieron a varias personas que habían robado cosas y se los llevaron para Pereira, pero no les hicieron mayor cosa, muy rápido los pusieron en libertad nuevamente”.

“Eran tres los carabineros de Caldas. No sé exactamente si estos carabineros estaban a favor de los liberales. En la vereda San Francisco, al entrar a los valles había un señor llamado Enrique Henao y esos verracos se lo llevaron. Era conservador. También se llevaron a Marco Martínez, que era también conservador. A este casi lo matan porque el tipo se resistió y por la grieta de la puerta le mandaron un machetazo, no faltó mierda que lo hubieran matado. A Maximiliano Soler no se lo llevaron. Era conservador esquivo y honrado que con nadie se metía”.

“Los campesinos para protegerse de la violencia no tenían otra alternativa que correr. Al tener conocimiento de que el otro iba a ir, no había otra alternativa que abrirse a correr a esconderse en el monte, en ese frío tan verraco. Como los campesinos conocían bien el terreno, se iban para una peña, un árbol bien raizado y capotudo y ahí se protegían del sereno. Cuando llovía, la gente se mojaba, otros se colocaban ruanas o encauchados”.

“Yo tenía en la finca sitios en donde esconderme. Teníamos una troja para amontonar papa de la casa hacia abajo y por allá nos íbamos a dormir a las siete de la noche. Mientras estábamos escondidos no teníamos sistema de vigilancia. Por eso por ratos nos asomábamos a los filos a ver qué se escuchaba, qué se oía o qué se sentía”.

“En el páramo se formaron dos bandos: los chusmeros que eran los liberales y los pájaros que eran los conservadores. Claro, cuando eso no eran propiamente pájaros sino chulavitas. Por eso fue que se formó la chusma, porque la gente trabajadora se dijo: ‘Si no nos juntamos, la próxima suben y nos matan a todos’. Pero muchos pensaron: ‘Aquí no hay nada más que hacer que volarnos’, y el páramo fue quedando solo”.

“Mi papá tenía tres agregados, cada agregado tenía cinco trabajadores y en la casa mía diez. Toda esa gente se fue. Yo soy muy liberal, soy del páramo, pero nunca vi la chusma, ni cuando decían que Sangrenegra pasaba por estos parajes. En cambio, la otra gente sí me las encontraba con mucha frecuencia. Los chulavitas vestían generalmente de chaqueta azul, botones amarillos, donde tenían estampados el escudo de Colombia y muchas veces se colocaban pantalones amarillos”.

“Mataban por sapeo, porque como era Policía, no conocían a la gente. Alguien daba dedo. El conservador Juanito Osorio nos puede dar luces sobre el particular. Cierto día estaba jugando dado en la casa del finado Emiliano Becerra, a eso de las tres o cuatro de la tarde. Yo estaba con cuatro o cinco conservadores, cuando llegó el policía Lozano y dijo: ‘El cachiporro que yo consiga aquí a las seis, no respondo por él’. Y se fue. Y a las seis llegó y le chuzaba la barriga a Juanito y le decía: ‘¿Es que usted no escuchó lo que dije?’. Asustado, Juanito Osorio le decía: ‘Pero si aquí no hay personas de esas, cachiporros aquí no hay’. Le tocó venir a don Carlos López, que vivía más abajito, a certificar que no era liberal”.

“Muchas masacres se sucedieron en el páramo. Una se presentó en una cueva cerca al nevado del Tolima. En ella se salvó el peluquero. Mataron allí como a doce personas. Creo que fue en 1954. Nosotros para esa fecha estábamos en Santa Isabel; comenzaba el mandato del dictador Gustavo Rojas Pinilla. Para esa época éramos solamente dos familias en la vereda de Quebrada Negra: Nosotros y la familia Rogeles. A mi papá lo querían mucho en esa vereda a pesar de ser liberal, porque él nunca molestó con el cuento político y él a todo el mundo le servía”.

“Ahí está que de aquí mandaban a Juan Giraldo, llamado cariñosamente Juan Mentiras, y su suegro que era don Heriberto Castaño en vísperas de elecciones, cargados de camisas azules y alpargatas para que la gente bajara a votar. Y como la primera casa que había para entrar a Quebrada Negra era de nosotros, ellos se quedaban ahí y al otro día hacían el trabajo político”.

“Imagínese usted esos pobres viejitos desde Anzoátegui cargado con todas esas cosas, llegaban que ya se morían y mi papá les daba comida y posada, lo mismo a las demás personas que pasaban por allí, habida cuentas el camino pasaba por el patio de la casa”.

“Después de la masacre de las Hojas Anchas, siguieron muchas más. A Palomar bajaban con las orejas ensartadas en cabuyas. Después del dictador Gustavo Rojas Pinilla ya no eran chulavitas, sino propiamente pájaros, porque hay que reconocer que Rojas Pinilla fue un gran gobierno que quiso acabar con la violencia política en todo el país. Él duró bien dos años, que hubiera seguido así, muere en la presidencia. Pero, de alguna manera permite la pajaramenta y la pajaramenta era para perseguir ante todo a los liberales. La chulavita la fundó Laureano Gómez y la pajaramenta Gustavo Rojas Pinilla”.

“La cosa se desencaja por lo alto, porque Mariano Ospina Pérez convocó elecciones para el 27 de noviembre de 1949, cuando tenía que hacerla era en el mes de abril o mayo de 1950. Pregúntele usted a don Alfonso Morad Montoya qué problemas hubo por el 27 de noviembre llamar a elecciones. Cuando eso la cédula era un papel como un telegrama, como una especie de formulario, donde venía la afiliación de la persona y por detrás le ponían el sello. El que no tenía sello, era porque era cachiporro, porque los liberales nunca votaron en esas elecciones”.

“Los principales liberales se juntaron para defenderse y fue cuando apareció el cuento de la chusma, que eran civiles armados para defenderse y defender sus propiedades”.

“Un reservista que hacía seis meses había salido del cuartel propuso que se compraran doce fusiles y que él entrenaba a igual número de personas para hacerle frente a los pájaros que seguían matando y robándose cuanto encontraban a su paso. Eso fue mucho después del 15 de agosto de 1950. Este reservista se llamaba Efraín Mendieta. La idea no caló en los habitantes de la zona. Desanimado esa misma tarde organizó maletas y se marchó de la región saliendo por el municipio de Santa Isabel para su tierra Boyacá. Dijo: ‘Me voy, no me voy a dejar matar por acá’”.

“Daniel Eduardo Arévalo Romero fue un verraco en esa época. Los ladrones se multiplicaron, haciendo sus fechorías por etapas, porque dejaban pasar dos o tres meses y cuando menos se esperaban, volvían y hacían todo tipo de fechorías. Al lado de Daniel Eduardo Arévalo Romero, Evaristo Castro y algunos liberales más se organizaron para hacer resistencia, defender la vida y los bienes con tenacidad”.

“Al crearse la hacienda El Meridiano de Saúl Parra, este señor trajo treinta tipos de Chaparral, pasándolos por Ibagué, con la orden de defender el ganado y trancarle duro a los ladrones, con pleno derecho de matar una res cuando ellos así lo quisieran. En esos avatares de la lucha apareció también Daniel Eduardo Arévalo Romero. Era el propósito no dejar subir más pájaros. Por eso fue que los conservadores no pudieron ganarse esta región”.

“Empieza a pacificarse la región durante el gobierno de Guillermo León Valencia con el comandante José Joaquín Matallana a la cabeza. Este tipo era verraco. Mataba por parejo. Estuvo en la región paramuna de la Hoyada, por ahí se le cayó el helicóptero donde iba”.

“Se concretó una especie de acta en un encuentro que se llevó a cabo en los Eucaliptos, arriba de Palomar, exactamente en la vereda de la Cascada, donde todo el mundo se comprometía a respetarse mutuamente. Porque en lo fino de la violencia, ahí se trazó una línea. De ahí hacia arriba no se respondía por la vida de ningún conservador y hacia abajo por la de los liberales”.

“Los liberales tenían que salir a hacer mercadito a Ibagué cruzando por Casebanco, en las condiciones más adversas, sobre todo en invierno. Generalmente salían las mujeres y los hombres se quedaban en casa prestando vigilancia de sus bienes”.

“Al retornar un tanto la calma se efectuó ese encuentro que ponía fin a esa línea trazada durante el período más fuerte de la aciaga violencia. Hubo el encuentro participando por igual liberales y conservadores. Allí dijo Óscar Morad Montoya, conservador: ‘Bajen a Anzoátegui que la violencia se acabó, ahora sí se acabó esa maricada, vamos es a vivir, vamos es a luchar por la vida’”.

“A los ocho días, bajamos nueve o diez hombres del páramo a Anzoátegui, naturalmente con mucha desconfianza. Pero era cierta la promesa. Duramos ocho días tomando trago y comiendo gallina. Eso fue un cambio al hijueputa, como de la noche al día. Nadie nos dijo nada”.

“Es claro: La Violencia nos la trajeron de Bogotá los políticos de los dos partidos tradicionales. Eso fue por lo alto. Nos pusieron a matarnos como unos pendejos por un trapo rojo o azul. Claro que la Violencia tuvo dos etapas: una primera por apasionamiento y una segunda por el robo. Primero se perseguía al otro por el maldito color y después por sus bienes, no importaba que estos fueran de sus mismos copartidarios. El ladrón no buscaba el color sino el bien”.

“La gran enseñanza es que ese fue un gran error que se cometió, pero no fue porque los campesinos lo quisieran, sino porque los jefes nacionales nos empujaron, nos armaron y nos llenaron de odio. Esa es la cruda realidad que deben saber las presentes y futuras generaciones”.

7. Momento histórico de Anzoátegui: Perspectivas

Parece extraño decir que este municipio era de mayorías liberales. Lo curioso es que no lo dicen grandes y versátiles historiadores, sino el mismo pueblo, sus mismos líderes curiosamente de filiación conservadora. Mardoqueo Hernández dice, palabras más palabras menos, que los conservadores habían sido sembrados como a chuzo. Eran escasos, en otras palabras.

Poco se dice –desde luego– de la forma como el municipio fue “conservatizado” pero se intuye del terrible período de la Violencia teniendo en cuenta los relatos que hemos registrado tanto de líderes conservadores como liberales, que fueron víctimas de la Violencia impuesta desde Bogotá, como ellos mismos lo reconocen. Así las cosas –a manera de conclusión– el gran victimario es el Estado y la gran víctima es el pueblo pintado de azul y rojo, sin saber exactamente qué significaban los colores.

Aún el pueblo no entiende cuál es la diferencia entre ser liberal y ser conservador. Los pocos que han dedicado tiempo a reflexionar sobre esto, sin apasionamiento de ninguna naturaleza, han llegado a lo conclusión de que no hay diferencia. “Es la misma mierda”, dijo Humberto Zuluaga Gómez desencantado de los partidos tradicionales.

El desangre del país durante aquel aciago período es culpa de la burguesía liberal-conservadora. Si todavía no se tiene claro entre los campesinos anzoateguienses la existencia del sistema capitalista con sus dos clases sociales bien definidas: ricos y pobres, es decir: burguesía y proletariado, cuando nos adentramos en la segunda década del siglo XXI con toda la tecnología de punta, ¿qué sería de mediados del siglo XX?

El Tiempo, diario nacional de la burguesía, señalaba en la edición del 30 de septiembre de 1947 que los liberales de esta comarca estaban indignados porque habían sido atacados y robadas 180 tarjetas electorales. En ese debate electoral del 5 de octubre, los liberales ganaron las elecciones por la diferencia de un solo voto, y el gobierno departamental, más complaciente con los conservadores, decidió nombrar alcalde militar, lo cual incrementó la Violencia. Nombró al coronel Gabriel París Gordillo.

Posteriormente, vinieron otros burgomaestres militares: tenientes Manuel Vizcaíno y Enrique Villota en 1949; subteniente Eurípides Cristancho Bernal, sargento José Antonio Guerrero y el mayor José I. Rodríguez, en 1957; capitán Hernando Moreno G. en 1959; teniente José Rafael García Rodríguez en 1962; teniente Gregorio Torres, teniente Vitaliano Sánchez Castañeda, 1963; capitán Luis Perea B, 1964.

“Anzoátegui tuvo alcaldes militares, de la Marina y de la Aviación. El gobierno nos tuvo entre tierra, mar y aire”, dijo Pablo Enrique Núñez Sierra, habitante natural de Santa Isabel que vino a este municipio el 14 de abril de 1962 como agente comprador de la Federación Nacional del Café, funcionando dicha oficina durante un buen tiempo en casa de don Oliverio Fonseca, cuando la carga de café de trilla de 125 kilos costaba 270 pesos y él ganaba de comisión dos pesos por kilo comprado.

Lo mismo lo reconoce José Liborio Osorio Gómez, ex gobernador y jefe conservador durante largos años de esta municipalidad. Dice que a partir de 1930, con el arribo a la presidencia del liberalismo, los cambios se suceden también en este municipio. El liberalismo se consolida en Anzoátegui.

“El gobernador Carlos Lozano y Lozano (liberal), por medio del decreto 198 de diciembre 31 de 1930, nombra al alcalde de Anzoátegui al señor José de Jesús Beltrán Motta y simultáneamente, surge una nueva dirigencia (liberal) entre la que sobresalen Joaquín Ramírez Lozada, Joaquín Elías Quintero, Estanislao (Talao) Álvarez, Pedro Rubiano e Ignacio A. Parra Varón, entre otros. En 1932 se turnan en la inspección de Lisboa Ramírez y Álvarez y, curiosamente, en 1938, los dos ocupan, Ramírez la alcaldía y Álvarez el juzgado municipal”.

“A su turno, Quintero es alcalde en 1935 y Rubiano en 1937. De Quintero se recuerda su afición a la oratoria, era infalible su discurso en las fiestas patrias o en sesiones de clausura de las escuelas. Parra Varón sería por más de cinco años secretario del concejo con funciones de notario. Más tarde esta dirigencia se ampliaría con la participación de los Copaban Ramírez (Jesús y Abelino), Pedro Gómez Caro, Juan B. Gallego, Miguel Troncoso, todos hombres de bien”[7. Osorio Gómez, José Liborio. Crónicas de un centenario, Anzoátegui 1895-1995. Primera edición Ibagué, julio de 1995. Impreso editorial Atlas Ibagué. Página consultada 31.]

Así las cosas, bien colocadas en blanco y negro, como dice el argot popular, la dolorosa historia de los habitantes es culpa de los dos partidos tradicionales. Ninguno de ellos puede sacarle el juste y responsabilizar al otro. Es ahí, donde se entiende perfectamente la tesis sobre la violencia planteada por el escritor tolimense, William Ospina. Esta dice: “Siempre nos dijeron que la violencia de los años cincuenta fue una violencia entre liberales y conservadores. Eso no es cierto. Fue una violencia entre liberales pobres contra conservadores pobres, mientras los ricos y los poderosos de ambos partidos los azuzaban y financiaban su rencor”[8. Lombana Silva, Nelson. Violencia bipartidista: Invento de la burguesía. Página consultada 14.].

No se tiene noticia de que los grandes jefes se hayan enfrentado entre sí a golpes. Por el contrario, tanto Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, departían plácidamente en las alturas del poder. Incluso, tuvieron el cinismo de montar el antidemocrático esperpento de denominado “Frente Nacional”.

¿Para qué la Violencia? Sería interesante que los campesinos y líderes democráticos se formularan esta y muchas preguntas más. Fueran críticos, analíticos y no comieran entero. Todo parece indicar que la Violencia que denunció con vehemencia el doctor Jorge Eliécer Gaitán y que se disparó con su muerte, buscaba ante todo borrar las tesis gaitanistas que tenían un gran componente socialista.

“Divide y reinarás”, diría Nicolás Maquiavelo. Eso hizo la oligarquía sin pudor alguno. Dividió al pueblo entre rojos y azules, los enfrentó entre sí y después los obligó a unirse. Es una bellaquería que la neblina del analfabetismo político nos impide por ahora dimensionar correctamente. Sin embargo, esta infamia caerá porque se siente el galope venturoso de una nueva sociedad, de la sociedad socialista.

Quisiéramos decir que la violencia es cosa del pasado. Quisiéramos, incluso, recrear la maravillosa y poética frase de Margaret Mitchell, cuando dijo: “Lo que el viento se llevó”. Sin embargo, no es así. Seguimos padeciendo la violencia y con qué crudeza. La muerte acecha en pleno siglo XXI, por el simple hecho de criticar el régimen capitalista y la oligarquía colombiana.

Eso significa que mientras exista este sistema económico, existirá la violencia. Dicho en otras palabras: el fundamento del capitalismo es la violencia. La razón es elemental: este sistema se fundamenta en la explotación del hombre por el hombre, en la dictadura de una minoría que todo le sobra contra una mayoría que todo le hace falta. Esa es la cruda realidad.

Por eso resulta ingenuo pensar que esa clase dominante buscará algún día la igualdad social, económica y política de todos. Para esa clase dominante existir tiene que explotar a la clase dominada, de lo contrario, no existiría. Esta clase se desenvuelve en la putrefacción de la infamia y la mentira impuesta a la fuerza (alienación) usando los aparatos ideológicos y represivos que tiene a su alcance.

Quizás un par de ejemplos nos podrían ilustrar mejor el tema que venimos planteando. Se dice que Colombia es un país democrático. ¿Sabe usted que significa la palabra democracia? Es una palabra de origen griego, que se parte en dos, así: demos= pueblo y cracia= gobierno. Es decir, democracia significa gobierno del pueblo. ¿Será que en Colombia gobierna el pueblo? No. En Colombia gobierna la oligarquía altamente transnacionalizada. Parece mentiras, pero hoy por hoy gobiernan a nuestro país las multinacionales y las transnacionales, especialmente de los Estados Unidos. Es decir, ni siquiera tenemos hoy oligarcas nacionales.

Hablando en los términos más sencillos. Antes decíamos que los ricos estaban en el barrio El Chicó, al norte de Bogotá, hoy no se sabe con exactitud en dónde están ubicados. Podrían estar en Estados Unidos, Canadá o Europa. Es una realidad compleja, ciertamente no fácil de entender y asimilar.

Lo cierto es que la miseria aumenta. Cada vez la pobreza se apodera con más fuerza del campo y la ciudad. Todo el mundo habla de crisis y ésta alcanza no solamente el campo económico, sino también social, político, ético, ideológico y cultural. No hay discusión sobre el particular, los efectos son enormes y se palpan a diario.

De pronto la pregunta sería: ¿Por qué la crisis? Bueno, no resulta fácil contestar científicamente este interrogante, entre otras cosas porque hay que echar mano de varias ciencias para comprender mejor el fenómeno como la economía, la historia y la política, para no decir que la filosofía.

De todas maneras, habría que intentar aproximar una respuesta que satisfaga el interés de quien se atreve a formular preguntas de esta naturaleza. La historia dice –por ejemplo– que el capitalismo es un sistema histórico. Es decir, que no ha existido siempre. Es más: tampoco existirá para siempre. Así como surgió, un día desaparecerá para dar paso a otro sistema, que como hemos dicho será socialista.

Este sistema capitalista está enfermo. Por supuesto, no quiere decir que morirá mañana o pasado mañana. Todavía tiene mucha maniobrabilidad. Sin embargo, cada vez es más incapaz de satisfacer las necesidades de la humanidad. Eso explica que la crisis sea cada vez más dura y compleja. Pero también explica por qué cada vez es más violento y agresivo contra el pueblo y contra la misma naturaleza. No en vano dicen los abuelos con su bella sabiduría popular: “El marrano se estira para morir”.

La tirantez entre esos ricos y los pobres, que Carlos Marx y Federico Engels llamaron lucha de clases, se va acentuando más y más y se va haciendo más compleja en la medida en que el sistema capitalista va muriendo.

Antes se hablaba de burguesía nacional, ahora se habla de imperialismo, que como dijo V.I. Lenin, es la fase superior del capitalismo. Llega a su crecimiento máximo y comienza su decadencia inexorable. Hoy el rostro del imperialismo se expresa a través de multinacionales y transnacionales, como se dijo atrás. Todo a partir del surgimiento del neoliberalismo. (¿Qué es el neoliberalismo?, seguramente se preguntará con cierto asombro o quizás enfado). Es el desarrollo extremo del capitalismo que se mundializa con ímpetu a partir de la caída de la Unión Soviética y el Muro de Berlín. Se libera la circulación de la mercancía. Es más: Todo se hace mercancía.

Por ejemplo, antes la salud era un derecho, pero a partir de la implementación del neoliberalismo con la llegada a la presidencia del señor Cesar Gaviria Trujillo con su llamativa expresión: “¡Bienvenidos al futuro!”, ésta se convirtió en una mercancía. Y, ¿quién compra una mercancía? Pues el que tiene dinero. Por eso, los dramáticos paseos de la muerte. Hoy el campesino está expuesto a morir en la puerta del hospital si no tiene dinero. Esa es la cruda realidad.

La otra gran mentira es decir que en el país hay libertad. El mismo obrero dice maquinalmente: “Yo soy libre, puedo hacer lo que se me dé la gana”. Es en realidad una verdad virtual, es decir, imaginaria. No es cierta. Quizás la única libertad es la de morirse de hambre y de necesidades básicas insatisfechas.

En cierta ocasión abordé un taxi. No sé por qué abrimos el debate con el taxista sobre el gobierno criminal de Álvaro Uribe Vélez. Con qué fuerza me dijo: “Ahora sí hay libertad en Colombia, usted puede viajar por cualquier carretera sin el peligro de ser secuestrado por la guerrilla”. Incluso, agregó un tanto desafiante: “Es el mejor presidente que ha tenido Colombia”.

“Vamos a suponer que toda esa dicha es cierta –le contesté. Solamente le voy a formular una sola pregunta: Ahora que hay tanta libertad en las carreteras, ¿Ya fue a pasear a la Costa con su esposa e hijos?”. Me miró por el espeso retrovisor y sin ocultar su enfado me contrapreguntó: “Pero, ¿con qué? El salario no alcanza para esos placeres”.

“¿Se fija? –le dije. Esa supuesta libertad de la que usted habla no es más que virtual e imaginaria para el pueblo, sin embargo, la publicidad nos la presenta como real. Esa libertad es real para los ricos. ¿Acaso no ha visto desfilar tractomulas custodiadas por el Ejército y la Policía? ¿Sabe usted que transportan? Pues las riquezas del país que transnacionales se la roban y se la llevan para sus países. Esa es la libertad, de la cual usted me habla y que no es cierta, real para el pueblo”.

Lo que hay en Colombia es la libertad de empresa. Una sola persona puede apoderarse de la mitad del país y no pasa nada. Es más, la publicidad dice: “Usted también puede ser rico”. Y nos montan una serie de películas solo para engañar incautos: Unos dicen: “Es normal que haya ricos y pobres. Qué tal todos ricos o todos pobres”. Otros señalan: “Los que son ricos hoy, lo son porque ahorraron y no malgastaron el dinero en parrandas, licor y mujeres”. Otros acuden al concepto religioso: “La suerte no es para todo el mundo”.

Con todo ese aparataje llamado ideológico de la burguesía, más el represivo, todavía el pueblo permanece sumiso. Muchos terminan orando para que los ricos supuestamente no se condenen, se salven. Otros permanecen de espaldas a la realidad y todavía creen ciegamente que ser liberal es diferente a ser conservador. Es más, todavía guardan la esperanza en que de las entrañas de los partidos tradicionales surja un “salvador” que mitigue sus angustias sociales, económicas, políticas, ideológicas y culturales. Se sueña despierto.

8. Paz y ambiente: Principales desafíos del momento

Hay dos temas de suma trascendencia que seguramente la población anzoateguiense se encuentra de espaldas a ellos. No han dimensionado su importancia, a pesar de que resultan transversales para el presente y para el futuro de todos sin discriminación de ninguna naturaleza. Son en realidad temas centrales, esenciales para el país en su totalidad, especialmente el país nacional del cual hablara Gaitán Ayala.

Por supuesto que la actitud del pueblo campesino anzoateguiense sobre estos dos temas no es fortuita o accidental. Una vez más, el pueblo es víctima de la desinformación de los medios masivos de comunicación siguiendo la ideología burguesa. Predomina la alienación. Es el interés de la burguesía de que el pueblo no se interese ni por el uno ni por el otro. Es decir, no se preocupe por sí mismo.

Por eso suele uno encontrar comentarios a montones desobligantes y errados acerca de los dos temas propuestos en este acápite. La oligarquía persiste en la tesis de que el pueblo no debe pensar, debe pensar solamente ella. Eso en realidad viene sucediendo. La oligarquía viene pensando por el pueblo. Considera que el pueblo es una masa amorfa, ignorante e imbécil que no puede decidir por sí mismo. Por eso el pueblo mira a la clase oligárquica como la superiora, la poseedora de la verdad revelada y que puede decidir libremente. Quizás el campesino no sabe que esa clase burguesa le tiene asco, fastidio. Si lo trata es porque lo necesita.

Claro que lo necesita y más de lo que usted en un momento determinado pueda imaginarse. La razón es elemental: Quien produce es el obrero, el trabajador. La burguesía es una clase parasitaria que vive de robarle el trabajo al obrero. Esa es la realidad. Así las cosas parezcan increíbles e insólitas y tal vez difíciles de creer, pero el rico necesita del pobre, en cambio el pobre no necesita del rico. Es decir, el pobre puede vivir sin el rico, pero el rico no puede vivir sin el pobre.

¿Cómo se hace el capitalista millonario? Explotando al obrero. Nadie se hace rico honradamente. ¿Qué le quita el patrón al obrero? Su fuerza de trabajo, que es lo único que tiene el obrero, pero es lo que genera riqueza. Se dirá: Pero es que el capitalista es el que coloca el dinero, el capital. Cierto. Pero resulta que el capital es una actividad colectiva. O sea, nadie se hace capitalista solo, necesita explotar al obrero.

Se supone que si el capital es una actividad colectiva, pues las ganancias deberían ser igualmente colectivas. Es lo obvio. Pero es lo que no sucede en el capitalismo. Así las cosas, el capital es producto de la acción colectiva, pero las ganancias la toma abusivamente una persona, es decir, el capitalista. Por lo tanto, todo oligarca es un ladrón de cuello blanco.

Ahora, ¿sí entiende por qué el interés del gobierno nacional, que es el que representa los intereses de los capitalistas, no le conviene que el pueblo humilde y desarrapado tome conciencia de la paz y del medio ambiente? Mientras el pueblo no asuma una posición crítica y consecuente con su clase social, seguirá a merced de la oligarquía y su modus vivendi seguirá siendo desgraciado e incierto.

9. La paz y los diálogos de La Habana (Cuba)

¿Qué es la paz? Para un oligarca la paz es que el pueblo no proteste, sea sumiso y padezca su drama económico y social en silencio, respetando la autoridad, las leyes y la institucionalidad. Es decir, el Estado capitalista. Quiere que el pueblo entienda la pobreza como un designio sobrenatural, una prueba para llegar al paraíso, que, dicho sea de paso, nadie conoce, nadie sabe con certeza, sino que simplemente lo supone a través de la fe y la fe no es más que la negación a todo razonamiento científico.

Para el pobre, la paz tiene una significación distinta. La paz es salud, educación, empleo, vías, comercio justo, créditos blandos, tierra para producir, convivencia, sosiego y libertad real. Es decir, la paz es producto de cambios estructurales. La paz es hija de la justicia social. ¿Podrá haber paz para el campesino sin tierra? ¿Podrá haber paz para el hambriento? ¿Podrá haber paz para el enfermo o para el iletrado?

¿Por qué el pueblo no se ha interesado lo suficiente por el proceso de diálogo de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos Calderón? Sencillo: Porque ha predominado en los medios masivos de comunicación la versión de paz de la oligarquía. El día que predomine la versión del pueblo, éste se lanzará a la calle con entusiasmo a defender el proceso a capa y espada, sobre todo a hacerlo irreversible, porque tendrá claro lo que se juega en La Habana (Cuba), el pulso que existe entre Santos que representa los intereses de la oligarquía liberal-conservadora y la insurgencia que interpreta los intereses del pueblo, pues habida cuenta ella también es pueblo.

Resulta urgente que todos rompan el embeleco oligárquico que presenta estos diálogos sin trascendencia para que el pueblo no se interese. Es una jugada perversa, salvaje y criminal. Usted puede hacer una encuesta en la comarca y se dará cuenta que la mayoría de campesinos, tenderos, comerciantes, estudiantes del colegio Carlos Blanco Nassar, los docentes, los funcionarios de la alcaldía, del hospital local San Juan de Dios, etc., ni saben, ni les interesa lo que está sucediendo en la isla de la libertad Cuba. Eso es grave y preocupante. Solo una sola razón: Allí se están definiendo dos cosas: la continuidad de la guerra o la paz con justicia social.

De todas maneras, hay que persistir en la lucha por la paz. Pero no cualquier paz. Es decir, no la paz de la oligarquía liberal-conservadora. Hay que luchar por la paz con justicia social. Ese es el camino correcto. Hay que entender que la paz no es simplemente el silenciamiento de los fusiles, esta sería una especie de paz de los sepulcros o pax romana o paz de los vencidos. Se necesita una paz con dignidad, es decir, con justicia social, con cambios estructurales, con profundas reformas. Esa es la paz verdadera.

¿Qué es lo que viene sucediendo en La Habana (Cuba)? Se viene desarrollando un acuerdo suscrito entre las FARC-EP y el Gobierno Santos. El nombre completo del acuerdo es el siguiente: “Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”.

Dicho acuerdo tiene cuatro partes bien importantes: Un preámbulo, un contexto, la agenda de seis puntos y unas reglas claras de funcionamiento. En eso, tan elemental, la oligarquía ha venido sistemáticamente desinformando, presentando solamente la agenda y desconociendo olímpicamente lo demás. Hábilmente Santos ha venido diciendo que lo esencial es la agenda, que lo demás es “carreta”.

Carlos Arturo Lozano Guillén, director del semanario VOZ, La verdad del pueblo, explica las partes de este acuerdo: “En el preámbulo se establece el compromiso de ambas partes de ponerle fin al conflicto; se reconoce que la construcción de la paz es un asunto de toda la sociedad; que el desarrollo económico y social es garantía para la paz y necesidad de ampliar la democracia, entre otras. Que la paz es viable con democracia y justicia social”[9. Lozano Guillén, Carlos Arturo. Diálogos de La Habana, el difícil camino de la paz. Ediciones Izquierda Viva. Abril de 2014. Página consultada 22.].

En el contexto se determina el objetivo que es el de buscar un acuerdo para ponerle fin al conflicto armado; además, que la mesa es bilateral y las decisiones son tomadas por consenso; el tiempo es el razonable, es decir, el justo para desarrollar los diálogos sin sobresaltos y que se estará constantemente evaluando el proceso, o sea, los resultados parciales. También se acordó que los países Cuba y Noruega son garantes y la hermana República Bolivariana de Venezuela y Chile, acompañantes.

La agenda consta de seis puntos: Política de Desarrollo Agrario Integral; Participación Política; Fin del Conflicto; Solución al problema de las drogas ilícitas; Víctimas; implementación, verificación y refrendación del acuerdo final. Cada tema central tiene los subtemas pertinentes.

Existe el fatídico acuerdo que dice: “Nada está acordado hasta tanto todo no esté acordado”. Los temas de los cuales no haya acuerdo se mantendrán en el “refrigerador” para considerarlos más adelante.

Así las cosas, el acuerdo está determinado para ser tratado y manejado por las dos partes. No existen tampoco tiempos fatales, pero tampoco indefinidos. Se acordó dialogar en medio del conflicto por la testarudez del gobierno que se ha venido negando a un cese bilateral del fuego. Nada de lo que suceda en el país afectará la dinámica de la mesa de negociación. Pero el gobierno de Santos falló una vez más, al presentarse la retención del general Rubén Darío Alzate y dos acompañantes más por parte de la guerrilla de las FARC-EP, suspendió unilateralmente el diálogo, decisión que fue criticada hasta por jerarcas afines al mandatario, por cuanto colocó en vilo el proceso de La Habana (Cuba).

Lo interesante del acuerdo general es que en la mesa de negociación no se van a tocar ni la problemática de la guerrilla, ni la problemática del gobierno, se va a tocar la problemática de la sociedad colombiana en su conjunto. Esa es la almendra del proceso que debe concitar la mayor atención del pueblo colombiano, tanto de la ciudad como del campo. Se podría decir sin ambages que allí se está definiendo el futuro del país, sobre todo del país nacional.

El pulso al respecto es duro, complejo y desigual. Mientras el gobierno trata de hacerle creer al pueblo que es un simple proceso de diálogo por las alturas cuyos resultados no son definitivos para los cambios estructurales que necesita Colombia, la contraparte considera exactamente lo contrario. Las decisiones que se tomen finalmente allí son de vital importancia sobre todo para el pueblo en su conjunto.

¿En qué consiste el pulso? El gobierno en restarle importancia y sobre todo participación de la sociedad civil, mientras que la insurgencia insiste en la participación organizada y crítica del pueblo en su conjunto. Es obvio. La guerrilla no está pactando finca, casa, carro y cuenta bancaria para ella, está luchando por el bienestar colectivo del pueblo a través de reformas profundas, democráticas e incluyentes.

Por eso, no resulta gratuito el miserable papel que vienen jugando los medios masivos de comunicación. Es deplorable, vergonzoso y peligroso, por cuanto es más de desinformación que de información. Ocultan y tergiversan deliberadamente la esencia y naturaleza de los diálogos. Esa es la verdad.

De otra parte, surgen con fuerza los medios alternativos de comunicación. Ellos se han encargado de dimensionar e informar de la mejor manera el significado histórico del proceso y los resultados que se vienen dando. Por eso, no es accidental ni fortuito que varios medios alternativos de comunicación hayan sido amenazados y varios periodistas colombianos que laboran principalmente en estos medios. Es la lucha de clases altamente exacerbada.

El gobierno trata de condensar el acuerdo general en la agenda. Ha dicho que lo demás es pura “carreta”. No es carreta como dice Santos. Las demás partes tienen su importancia y su significado histórico que hay que saber con precisión para saber defender el proceso de paz. Hay unos compromisos asumidos por las partes que deben hacerlo efectivo a la luz del Derecho Internacional Humanitario (DIH), se reconoce que la guerrilla no es terrorista sino una fuerza beligerante, un proyecto político-militar revolucionario. Las partes están comprometidas a practicar en todas sus partes este derecho internacional.

Pero, quizás lo más importante: En el acuerdo general queda claro que para que haya paz tiene necesariamente que existir unos cambios de carácter político, social, económico, ideológico y cultural. Es decir, que la paz es producto y debe tener su fundamento claro en la democracia, la cual no existe en Colombia realmente, por cuanto solo existe una caricatura mal hecha de ella.

¿Qué significa esto? Significa que el problema de la paz y la discusión de La Habana no es cosa cerrada del gobierno y la guerrilla. Tiene que ver con el pueblo, con usted y conmigo, pero también con ellos, ellas, vosotros y vosotras. Es decir, con todos. Por eso no se puede ni ser neutral ni indiferente. Hay que asumir una posición crítica y propositiva capaz de impedir que las partes se retiren de la mesa hasta tanto no haya un acuerdo digno y que represente los intereses populares del pueblo colombiano. Es un desafío, un reto que nos convoca a todos, sin privilegios de ninguna naturaleza.

Para terminar este acápite, hay que decir que mientras la guerrilla ha hecho muchos gestos de paz, como entregar en tiempo récord al general Alzate y sus acompañantes, dos soldados prisioneros de guerra en Arauca, ha declarado en varias oportunidades ceses unilaterales de fuego incluso, indefinido, el gobierno no ha hecho un solo gesto de paz convincente. Por el contrario. Intensifica la guerra, el ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón no cesa de lanzar pullas contra el proceso, un amplio sector del militarismo se identifica con el narcoparamilitar Uribe Vélez para buscar por todos los medios sabotear el proceso de paz.

Es más: La agenda legislativa es más para la guerra que para la paz. No hay un pronunciamiento serio del gobierno frente a las siete bases militares de los Estados Unidos en Colombia, ni la presencia de mercenarios en todo el territorio nacional. Se ataca con los tratados de libre comercio (TLC), se extranjeriza la tierra colombiana entregándosela a multinacionales y transnacionales que vienen a robarse los recursos naturales al precio de convertir el país en desierto con sus aguas contaminadas. Esos hechos del gobierno no son gestos de paz, son gestos de guerra.

10. Anzoátegui está concesionado a multinacionales y transnacionales

Una amenaza descomunal se cierne sobre las frondosas tierras del municipio sin que prácticamente nadie lo sepa. Es un fantasma que se mueve a la sombra de la incomunicación y el analfabetismo político de la clase dirigente que desconoce de cabo a rabo el impacto violento contra la Madre Naturaleza, la Pachamama. ¿Sabía usted por ejemplo que el territorio anzoateguiense está concesionado en títulos mineros, unos concedidos y otros por conceder en más del 95%, incluyendo su perímetro urbano? Es más: ¿Sabía usted por ejemplo que el territorio tolimense está concesionado en títulos mineros, unos concedidos y otros por conceder en más del 80%, incluyendo municipios con más del 100% de su perímetro?

¿Qué es una concesión? ¿Qué es un título minero? Como su nombre lo indica, la concesión es una entrega que hace el Estado a las multinacionales y transnacionales para que exploten cierta área con el fin de extraerle a la tierra sus metales preciosos, con el cuento de que el campesino es dueño solamente de la capa vegetal y que lo demás le corresponde a la nación, por lo tanto el gobierno puede hacer y deshacer como a bien lo tenga.

Por su parte, el título minero, diríamos en términos sencillos, es la licencia o escritura que faculta a esa multinacional o transnacional para hacer y deshacer en su territorio sin que nada se le sobrevenga porque supuestamente está pagando unos impuestos. Recientemente, le pasó a un campesino de El Líbano: De la noche a la mañana le llegaron unos trabajadores a abrir socavones en su finca cafetera. Asombrado el campesino se presentó como propietario del terreno. Una doctora bien educada, le mostró el título minero: “Esto es de nosotros”, le dijo. “Si tiene alguna duda hable con cualquier entidad del gobierno para que ella le aclare la situación”, agregó.

Para entender un poco más el problema que resulta bastante complejo, se hace necesario hacer un poquito de historia. Entender la realidad política del país y la dinámica del sistema capitalista. Este sistema se encuentra en una fase superior de desarrollo llamado imperialismo. Dicho imperialismo ha encontrado un modelo para desarrollarse.

Este modelo se llama neoliberalismo. La principal característica de dicho modelo es que todo se convierte en mercancía, la cual puede circular libremente al interior y fuera del país. No hay fronteras para la mercancía. Se hace realidad esta teoría en los denominados mentirosamente Tratados de Libre Comercio (TLC). Mentiroso en el sentido que no es ningún tratado sino una imposición que hace los Estados Unidos a Colombia.

En el marco entonces de esa nueva configuración del capitalismo convertido en imperialismo y con base en el neoliberalismo, se desarrollan las multinacionales y transnacionales, que casi siempre no se sabe dónde está la matriz, pero que entierra sus tentáculos por todos los países dominados por el imperialismo de los Estados Unidos con entera libertad.

En el caso concreto de Colombia, dicho imperialismo le ha impuesto al gobierno nacional una nueva legislación que permite el ingreso de sus multinacionales y transnacionales sin contratiempo alguno. En consecuencia, el presidente Santos no tuvo más que desarrollar lo que suele llamar pomposamente “Locomotora minero-energética”. No es gratuito que los que antes eran funcionarios del alto gobierno ahora son los representantes de dichas multinacionales y transnacionales. Esto no es simple coincidencia. Por el contrario, es una hábil estrategia para hoy poder robarse nuestros recursos naturales, acabar con el medio ambiente en su conjunto, sin que pase absolutamente nada y, supuestamente, sea legal ante las leyes vigentes. Es decir, un robo legalizado.

Son aliadas de las multinacionales y transnacionales la mayoría de medios masivos de comunicación, las Fuerzas Militares y paramilitares, pero sobre todo, el desconocimiento que de ellas tiene el campesino. Generalmente, se presentan como las grandes benefactoras regalando uniformes deportivos, pintando escuelas, donando aparatos médicos y paramédicos, arreglando caminos, financiando campesinos para que estudien en otros países, etc.

Con esa estrategia ganan espacio entre la comunidad y entre las autoridades municipales, sin saber el hombre del agro que detrás de esa supuesta generosidad viene la puñalada trapera. Cuando hacen presencia los ambientalistas y los comunistas a hacer conciencia de la gravedad que implica la minería a gran escala y a cielo abierto, en muchos casos la comunidad ya está “envenenada” y se vuelve agresiva contra quienes sienten la necesidad histórica y revolucionaria de advertir la tragedia apocalíptica.

Muchas experiencias hemos tenido en esta materia. Se advirtió por ejemplo sobre la construcción de hidroeléctricas a filo en el sur del Tolima. Se le explicó a los dueños de las fincas del impacto. Pero realmente no fuimos escuchados, muchos nos decían con cierto aire de triunfo y aspaviento: “Se nos apareció la virgen”, otros más osados sostenían: “Nos ganamos la lotería sin comprar el billete”.

Esos engañados campesinos hoy se lamentan, pero ya es demasiado tarde. Las aguas se secaron, otras fueron contaminadas, la militarización es asfixiante y la inseguridad galopante. El campesino en estos casos debe tener la malicia indígena. Saber que nadie regala algo gratuitamente. Siempre hay un interés que media. Dono un peso para sacar diez, es la dinámica inexorable del capitalismo.

Durante los días 24 y 26 de febrero de 2011, un grupo juicioso de tolimenses ambientalistas viajó a Brasil a conocer de cerca las minas que tiene allí la transnacional Anglogold Ashanti. Se reunió con agenda propia con sindicatos, profesores universitarios, comunidades, ONG ambientalistas, antiguos mineros, periodistas, religiosos, médicos y científicos, para conocer realmente la verdad de la megaminería que nos la quiere presentar el gobierno nacional como la “tabla de salvación”. Se trataba de comprobar la tesis de Anglogold Ashanti que dice que practica una minería “responsable”.

Algunas reacciones son las siguientes: “Que el estado de Minas Gerais, por sus 720 explotaciones mineras en el 70% de sus 853 municipios, debería llamarse más bien cráteres o cementerios Gerais, por la gran cantidad de canteras a cielo abierto y por el sinnúmero de túneles o socavones”.

“La minería es una actividad que permite la recolección de una sola cosecha en la vida, mientras que con las corrientes de agua aseguramos la recolección de muchas cosechas y garantizamos el milagro de la vida”.

“La minería a cielo abierto es una actividad irresponsablemente insostenible, pues donde hay hierro y oro hay gran biodiversidad y las explotaciones mineras desgraciadamente están cerca de los nacimientos de los ríos que abastecen los acueductos municipales, agotándolos y contaminándolos con cianuro, arsénico y otros metales pesados”.

“El proceso de cooptación de las empresas mineras a medios de comunicación, gremios económicos y líderes comunales y políticos es muy grande. Anglogold Ashanti probablemente ayuda a elegir en Brasil alcaldes, concejales y diputados”.

“A la localidad de Reposos, cerca de la ciudad de Nova Lima, se le conoce como el “pueblo de las viudas”, pues las mujeres del lugar han tenido que ver cómo fallecen sus esposos con padecimientos provocados por la actividad minera. Morro Belho, que era la mina más grande de América Latina, con explotación de oro macroscópico de filón o de socavón a 2.500 metros de profundidad, cerró sus operaciones en 1995, dejando sin empleo a más de seis mil trabajadores, la mayoría de ellos con silicosis, enfermedad también conocida como tuberculosis o cáncer de pulmón. Muchos trabajadores murieron y otros continúan padeciendo de silicosis, sin seguridad social ni apoyo de la minera o el Estado”[10. Revista Bios & Ecos. Año 1. No.2 septiembre de 2011. Publicación de las organizaciones ambientales regionales. www.blosyecos.com páginas consultada 3-4.].

Estas manifestaciones son claras y elocuentes de lo que realmente significa la megaminería a cielo abierto. El impacto negativo no solo para la naturaleza en su conjunto, sino para el ser humano, sus relaciones sociales, económicas, políticas y culturales. Cambiar la vocación agrícola por minera de la noche a la mañana es un impacto violento con graves repercusiones que el desalmado capitalismo no dimensiona desde la perspectiva humana, pues siempre gira su dinámica alrededor del interés económico.

El municipio de Cajamarca (Tolima) –considerado la despensa agrícola del Tolima– se encuentra amenazado por la megaminería. El escándalo de la mina La Colosa ha despertado la “fiebre amarilla” con qué fuerza. La transnacional Anglogold Ashanti tiene concesionado más del 100% de este fértil territorio que cuenta en su seno con el volcán Machín, uno de los más peligrosos a nivel mundial. Ha dividido la comunidad. Ha encarecido los arriendos. Ha catapultado la inseguridad y la violencia. Cajamarca ha dejado de ser Cajamarca.

Los campesinos dominados por la publicidad subliminal de esta transnacional se enfrentan a los campesinos que sienten venir una tragedia ambiental de vastas proporciones. Sus análisis sencillos son claros y contundentes. La megaminería a cielo abierto significa destruir la capa vegetal, buscar la roca, abrirle pequeños orificios y rellenarlos con dinamita. Una vez destruida o pulverizada, someterla al proceso de lixiviación, a grandes temperaturas con cianuro y arsénico en fondos gigantescos para que por un lado salga el oro y por el otro los demás desechos.

Para este proceso se necesitan enormes cantidades de agua. Se calcula que se necesita un metro cúbico de agua por segundo para procesar cada tonelada de mineral. Se calcula también que para obtener una onza de oro se necesita mover más de una tonelada de roca. En Yanacocha, república de Perú, en el 2010, se encontró este alarmante dato: “Destruyeron en 17 años 26 mil hectáreas, desaparecieron montañas dinamitándolas al ritmo infernal diario de 600 mil toneladas de roca, extrayendo escasamente 0,4 gramos de oro por tonelada de roca procesada. Secaron sus lagunas y las corrientes superficiales de agua, y las pocas que aún conservan algún caudal, están contaminadas con metales pesados tóxicos”[11. Bios & Ecos. Año No. 2 No 7 de 2012. Publicación Ecotierra. www.biosyecos.com página consultada 5.].

El agua residual –ampliamente contaminada– contaminará la demás correspondiente a las quebradas, ríos y riachuelos de la región, perjudicando gravemente a los campesinos. La cuenca del río Coello, que dispone del 6% del total de agua en el Tolima, será afectada. Los pueblos ribereños, incluyendo la ciudad musical de Colombia, Ibagué.

Igual situación catastrófica correrán los cultivos del llano tolimense que demandan grandes cantidades de agua, como el cultivo de arroz, solo para colocar un ejemplo. El agua disminuirá sustancialmente. Aumentará el desierto de la Tatacoa que ya muerde municipios de Tolima.

Pero hay algo más elemental. Se calcula que del oro que se va a extraer de La Colosa, el 94% se lo lleva la transnacional Anglogold Ashanti, el 6% se repartiría por partes iguales entre el gobierno nacional, departamental y local. Y el campesino, el dueño de la tierra, una vez más quedará viendo un “chispero”. La transnacional se roba el mineral, deja la zona convertida en un desierto, contaminada y el pueblo más pobre y miserable. A eso lo llama el gobierno nacional “desarrollo y progreso”.

Eso mismo sucederá en el municipio de Anzoátegui, si no hay una reacción masiva y contundente de los campesinos. Para salirle al paso a esta política expoliadora y demencial del capitalismo salvaje, la única salida es la unidad de todos, sin distinción de color político, creencia religiosa o étnica. La unidad nos hace libres e invencibles, la división débiles y fáciles de manipular.

Es tan grave la situación ambiental que la misma Iglesia se ha pronunciado sobre el particular, solicitando un modelo que responda a los desafíos del momento sin sacrificar el espacio para las generaciones venideras.

Durante la asamblea XCIII de obispos colombianos, reunidos del 9 al 13 de julio de 2012 en Bogotá, los prelados destacaron la biodiversidad, el recurso hídrico (agua), páramos, parques naturales, reservas forestales y humedales, que hay que proteger pensando en las generaciones venideras.

La consulta popular es la participación activa de la comunidad. El municipio de Piedras (Tolima) derrotó contundentemente los intereses de la transnacional. La comunidad con decisión rechazó la megaminería en su territorio. Es una lección que debemos estudiar, analizar e implementar en Anzoátegui. La indiferencia no nos salva. Tampoco la sumisión. Hay que abrir el debate. Escuchar las partes y asumir una posición consecuente y digna. El municipio no es de nosotros, es propiedad de las futuras generaciones.