Andrés Flórez en la memoria

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Se inició como dirigente comunal a los 20 años, desde 1985 fue dirigente de la naciente Unión Patriótica, fue fundador de la Asociación Campesina del Valle del río Cimitarra. El horror de los asesinos no lo amilanó

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César Jerez

El río Cimitarra es una serpiente tatuada con meandros que se despierta todas las mañanas y sale de su cueva, en el piedemonte de la Serranía de San Lucas, para recordarle a su gente, con el primer destello matutino, que pese a todo, la vida sigue. Esta era la luz y este el paisaje que veía Andrés Flórez todos los días desde su finca ribereña, Las Peñas, en la vereda Don Juan de Yondó, a donde llegó con su familia, desde la lejana Moil, en Córdoba, en 1967.

Su vida corrió como el río que lo acogió, de manera turbulenta e intensa. Andrés tenía 14 años cuando conoció el valle del río Cimitarra. El fenotipo zenú, su buen humor permanente, el sombrero vueltiao y la jocosidad caribe delataban su origen, en una región triétnica colonizada por santandereanos, paisas y costeños.

Se inició como dirigente comunal a los 20 años, creo la Junta de Acción Comunal (JAC) de la vereda Don Juan y participó en la creación de las JAC de El Campo Cimitarra y el Bagre. Andrés siempre fue un hombre generoso, a comienzo de los años 90 fundó el caserío de Bocas del Don Juan en tierras donadas por él y por su familia.

Desde 1985 fue dirigente de la naciente Unión Patriótica, su militancia había empezado en el Partido Comunista y sus camaradas lo suelen recordar transportándose en un burro brioso por las veredas de la región. Dicen que en un solo trayecto podía ir desde su finca en el Don Juan hasta la finca de los Cifuentes, en la vereda Las Lomas, o lo recuerdan navegando por el río Cimitarra en una canoa impulsada a canalete o a vara, haciendo el trabajo de célula partidaria.

En 1991 fue detenido por el ejército y encarcelado. Por esos días se había producido una fuerte operación militar y el ejército había bombardeado indiscriminadamente las fincas campesinas de la vereda La Concha. Entonces fue sindicado de ser auxiliador de la guerrilla de las FARC y liberado solo tres meses después.

Fue fundador de la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra (ACVC), participó en la marcha campesina hacia Barrancabermeja en 1996, después de regresar de la movilización no dudó en afiliar a la JAC del Don Juan a la ACVC.

Durante los gobiernos de Uribe, en pleno paramilitarismo de Estado, en un contexto de asesinatos, masacres y falsos positivos por todo el Magdalena Medio, cuando la ACVC fue duramente reprimida, perseguida y sus líderes fueron encarcelados y otros exiliados, cuando la Zona de Reserva Campesina recibía los mayores ataques, Andrés no dudó en asumir más responsabilidades políticas: fue parte de la junta directiva de la ACVC como fiscal y vocal e hizo parte del equipo de la seccional media de la ACVC, se afilió al proyecto de ganado blanco y a la trilladora de arroz de Bodega Los 11.

Fue un hombre de familia campesina, poco dado a la parranda, aunque amante del vallenato «del viejo». Se había casado con María Estrada, campesina con la que tuvo un hijo y dos hijas.

La violencia política del terrorismo de Estado tocó a Andrés en sus fibras más sensibles y dolorosas. Su esposa y su hijo, Luis Fernando Flórez, fueron asesinados por sicarios paramilitares el 25 de abril del 2002. Sus cuerpos vejados fueron arrojados al río Magdalena en Barrancabermeja, luego serían encontrados flotando en el río cerca a Puerto Wilches. Los asesinos los habían matado en Los Chinchorros, en la entrada al caño de La Rompida, justo en frente a la base militar de la Armada Nacional.

La ubicación del matadero de humanos de los paramilitares, a escasos minutos del puerto de Barrancabermeja, donde fueron ultimadas decenas de personas durante años, nos dice mucho de la responsabilidad estatal de esta barbarie de la que también fue víctima Andrés Flórez.

El horror de los asesinos no lo amilanó, por el contrario se dedicó a crear comités de derechos humanos y a pelear por el mejoramiento de las trochas y carreteras de Yondó. Su compromiso con la organización se mantuvo siempre. A finales de 2013 donó a la ACVC el lote para montar la futura empacadora y comercializadora de arroz. Llamaba todos los días a sus compañeros de organización para informar e informarse de las novedades desde su finca en Las Peñas.

Durante los últimos años, en nuestros encuentros, disfrutábamos mutuamente hablando de las tribulaciones amorosas de “El Bellaco”, de su gran capacidad para pescar con arpón, de las anécdotas sobre pescadores, de la culinaria del pescado, que manejaba a la perfección, y del sabor único de la doncella, su pesca favorita.

Andrés Flórez, viejo compañero y camarada, un campesino que vivió de la siembra del arroz y de la yuca, un cultivo del que se sentía profundamente orgulloso, un hombre del campo que vivió del ganado y de la pesca, un hombre que luchó más allá de su propio dolor por esta tierra, tu memoria perdurará entre todos nosotros y nosotras, como ejemplo para los que vienen, para los que finalmente disfrutarán de la paz en esta tierra antes arrasada.

Agencia Prensa Rural