Simbología de la colonización canadiense durante la ceremonia para adquirir la ciudadanía

Panorámica de Otawa, Canadá.
Panorámica de Otawa, Canadá.

Fernanda Sánchez Jaramillo*

Fueron cinco largos años esperando, resistiendo y llenando la soledad echando mano de los recuerdos para adquirir el tan codiciado pasaporte canadiense. A simple vista no tiene nada de especial, solo un color diferente.

Pero es la puerta de entrada a destinos -donde como colombianos no somos bienvenidos, al menos no sin rigurosas requisas y en algunos casos investigaciones- si tienes el dinero para viajar de un lugar a otro. Además, representa la pertenencia, en términos burocráticos y en papeles, a un país considerado dominio de Inglaterra, cuyo gobierno actúa como un apéndice colonial de los británicos.

Al llegar a la ceremonia, yo no sabía exactamente lo que me esperaba. Pero había decidido proyectar mi identidad colombiana, suramericana, india y política, como de costumbre, en la forma de vestirme para la ceremonia.

No descuidé ni un solo detalle. Llevaba una falda de color café de pliegues, las botas con molas, un chal de colores amarillo, rojo, naranja, las flores en el cabello, la mochila Wayúu y unos aretes personalizados con la fotografía de Piedad Córdoba, bellísima con un turbante de color rojo…

Debo admitir que durante estos cinco años y medio de inmigración, mi confrontación con el racismo, la discriminación y los estereotipos acerca de mi país y la etnia que represento provocaron en mi un proceso de autoafirmación sin precedentes, que solo ocurre cuando se nos ofende y se cuestiona duramente nuestra identidad cultural.

Al entrar a la sala, dos aspectos llamaron poderosamente mi atención: los agentes de seguridad eran personas de color, como yo, probablemente de la India, y los empleados de mayor rango eran caucásicos, canadienses y europeos.

Espacio controlado

La sala no era demasiado grande, tampoco lujosa, supongo que no merecemos tanto… pero era un espacio tenso. Un espacio controlado psicológicamente con cada detalle: las fotos de la reina Isabel y sus representantes en Canadá, llamados gobernadores generales. El poder de la reina y del país estaban representados en la jueza, blanca también. Nuestros movimientos controlados; nuestro tono de voz, nuestra postura, nuestros asientos asignados.

Solo hubo un momento de espontaneidad cuando una de las empleadas, quien recibió mi antigua tarjeta de residente, que devuelves cuando recibes la ciudadanía, miró con curiosidad mis aretes y preguntó quién era esa mujer… Yo le contesté que era Piedad Córdoba, una política colombiana valiente, inteligente y muy digna y que yo celebraba su existencia llevándola conmigo a todas partes y sirviéndome de excusa para hablar de ella y de Colombia.

La ceremonia comenzó a tiempo y aunque no fue larga me sentí abrumada. Esquivaba la foto de la reina Isabel, Liz como la llaman coloquialmente, pero sentía que ella me observaba. Me sentía humillada al estar ahí de pie, fingiendo afirmar, se tiene la opción de afirmar o jurar por la reina, yo elegí la primera opción a regañadientes, y sin pronunciar las palabras correctamente.

Para conjurar lo que decía, a medias maldecía, o hacía “pistola” con mis dedos. Era mi conjuro moral y emocional ante la humillación de volver a los tiempos de la conquista y la colonia cuando miles fueron forzados a convertirse al cristianismo, a reconocer a los reyes.

Mientras estaba allí yo pensaba: ¡que ironía! En lo que es ahora Colombia, mi atribulado país, nuestros antepasados libraron esa gran batalla por nuestra independencia y hace poco celebramos el bicentenario, mientras yo estoy aquí de vuelta al pasado en un país del primer mundo y en pleno siglo XXI.

Bajo un colchón

Luego de la ceremonia, el anhelado pasaporte está guardado en el colchón de mi cama. Para identificarme localmente, presento siempre mi pasaporte colombiano. Después de todo, ¿quien dijo que la “nacionalidad”, ese concepto que indica una pertenencia a una determinada cultura, puede adquirirse automáticamente con un documento?

Esto no puede lograrse en un país donde la nacionalidad está ligada a la etnia caucásica y sus privilegios; no la pasan muy bien tampoco los canadienses “de color”, todo aquel que no es blanco como yo, ni los indígenas. Ese pasaporte que muchos me envidian, no me protege contra el racismo, contra el hecho de ser siempre una extranjera “de color” y ancestros indígenas en una tierra ocupada por los herederos de los conquistadores ingleses en estas tierras. El pasaporte que simboliza mi segunda ciudadanía, no sirve de antídoto contra la discriminación, contra la falta de oportunidades, contra la desconfianza de una etnia que se considera superior, que siempre me observa como algo “exótico” -la declaración de exotismo “del otro” no es más que otra forma de ejercer el racismo- el racismo democrático canadiense.

Este es un pasaporte que simboliza sometimiento a la corona, aunque ellos digan que no son una colonia sino un dominio. Un pasaporte que te garantiza unos derechos básicos pero que no borra mi verdadera nacionalidad, mi identidad cultural, mi ser colombiano, mis antepasados directos e indirectos indígenas, mi pertenencia a un pueblo que necesita conquistar su segunda independencia de una generación nueva de conquistadores.

Conquistadores caucásicos con trajes de empresarios y diplomáticos, entre ellos canadienses, que quieren mutilar a nuestra joven república, de apenas 200 años, reconquistando pedazo por pedazo a punta de proyectos mineros y auríferos, entre otros.

En medio de estos mezclados sentimientos y mis constantes opiniones acerca de estos temas sueño con mi regreso… por ahora sigo representando con orgullo la etnia altiva y altanera esa que siempre honraba Jorge Eliécer Gaitán en las tribunas.

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*Periodista colombiana y sindicalista desde Canadá. Corresponsal de VOZ en Canadá.