A 10 años de la guerra: Misión médica internacionalista bajo las bombas en Irak

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La guerra de Irak estalló el 20 de marzo de 2003. Pocos días antes, la organización internacionalista belga Medicina para el Tercer Mundo (M3M) había enviado una misión médica a Bagdad. Testimonio del dr. Van Moorter

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Durante la invasión a Bagdad, pudimos tratar a muchos heridos de guerra junto a nuestros colegas iraquíes. Visitamos varios hospitales y pudimos observar a los médicos y enfermeros iraquíes que seguían en su puesto en las circunstancias más difíciles.

Durante los días anteriores a la invasión estadounidense, estábamos relativamente seguros, en Bagdad. Por la noche, podíamos salir a la calle y la gente de la guardia civil nos invitaba a tomar el té. Pero, tras la caída de Bagdad, se volvió muy peligroso. Los soldados estadounidenses y los saqueadores podían hacer lo que quisieran, incluso en los hospitales.

Cuando un tanque estadounidense ametralló el hotel Palestina, donde se alojaban numerosos periodistas extranjeros, yo estaba ahí, dos pisos más abajo. También teníamos miedo cuando volvíamos del hospital en medio de la oscuridad absoluta, con una ambulancia sin luces, en calles donde los saqueadores y los tanques estadounidenses le disparaban a todo lo que se movía.

Bajo las bombas

Fuera de la atención a los heridos y de asistir a los colegas iraquíes, nuestra misión médica de solidaridad tenía un efecto mucho mayor como testimonio contra la guerra. Pudimos hablar en directo sobre el horror de la guerra ante decenas de estaciones internacionales de TV y radio. Nuestras crónicas diarias y nuestras fotos eran seguidas por decenas de miles de personas en muchos países, en sitios de internet en varios idiomas. El hecho de que mostráramos el rostro verdadero y sucio de la guerra ayudó a romper la propaganda de guerra occidental, a conscientizar a la gente y a movilizarla.

Un año después del comienzo de la guerra, en el 2004, trajimos a Hiba Kassim, de 12 años, a Bélgica para un tratamiento médico. Ella había sido gravemente herida por una bomba de fragmentación estadounidense. Su caso y su testimonio mostraban muy concretamente los crímenes de guerra de los Estados Unidos. Tras la guerra, hicimos muchas exposiciones sobre nuestras experiencias e hicimos el documental «Bajo las bombas en Bagdad, la cámara como estetoscopio». Porque informando a la gente surge la oposición a la guerra. Y detener las guerras o evitarlas es la mejor medicina preventiva.

Guerra en la propia piel

Al vivir una guerra en directo, ésta se te mete en la ropa. Mientras estuve en Bagdad, seguí trabajando de manera funcional pero, una vez que regresé, sentí que tenía un síndrome de estrés postraumático. A veces me ponía a llorar sin saber por qué. O por el contrario, parecía que nada me conmoviera, como si mi organismo se protegiera contra un exceso de emociones.

Yo había tenido más que suficiente con los ametrallamientos a las ambulancias, la sangre y los cuerpos mutilados, el olor de los cadáveres, el dolor de las familias de las víctimas, el abatimiento del personal de enfermería, el miedo en los ojos de la gente. Hasta hoy, vuelvo a sentir de vez en cuando la cólera y la impotencia que sentí en esa época. Afortunadamente, todo está de nuevo en orden, en lo que a mí concierne. Pero muchos iraquíes viven todavía hoy esa misma realidad.

Mis actividades en Irak no fueron particularmente del agrado de Washington. Debido a eso, en 2007 fui expulsado de los Estados Unidos, como un criminal, de una manera muy intimidante y humillante. Desde entonces, no puedo volver a los Estados Unidos con mi familia para visitar a mis parientes políticos. Así trata el «país de la libertad» a quienes osan oponerse a «su guerra» por medio de una misión humanitaria.

Peor que antes de la guerra

Ahora me da cólera cuando escucho las noticias sobre Siria. Una vez más, tratan de convencer a la opinión pública diciendo que se trata de derrocar a un dictador. La Gran Bretaña, Francia y el primer ministro belga Verhofstadt piden que se envíen armas a la resistencia, para «salvar a la población de un dictador», a nombre de los derechos humanos y contra las «armas químicas». A través de imágenes y de llamados muy conmovedores, estamos tratando de conseguir apoyo público para la intervención. Esto hace que la gente dude.

Pero los mismos pretextos y técnicas fueron utilizados para derrocar a Saddam Hussein. ¿Y que trajo la invasión de Irak, en la práctica? La población civil fue la afectada, al bombardear y destruir la infraestructura eléctrica, telefónica, la distribución de agua y los transportes. Diez años después, la situación en Irak es aun peor que antes de la guerra.

Además, para Occidente, no todas las dictaduras son iguales. En Bahréin (que aloja a la Quinta Flota estadounidense) y en Yemen, la primavera árabe fue violentamente reprimida. ¿Nos han hablado en estos casos de «violación de los derechos humanos»? ¿Han pedido armas para la oposición? ¿Y el régimen dictatorial de Arabia Saudita, donde las mujeres prácticamente no tienen derechos y se le cortan las manos a los rateros?

Romper la cortina de humo

«Derechos humanos» es la frase más violentada de toda mi carrera. Sería ingenuo creer que esos Estados que, sin el menor problema, le infligieron un sufrimiento indescriptible a millones de iraquíes, ahora se van a preocupar de la suerte de los sirios. Debemos romper la cortina de humo de las «intervenciones humanitarias» e incitar a la gente a ver los intereses económicos y estratégicos subyacentes.

Por otra parte, y esto es una suerte, la primavera árabe llegó a Irak también. Desde diciembre, hay manifestaciones masivas contra el gobierno y su política, contra la «zona verde» de Bagdad, a cuyo interior están la gigantesca embajada estadounidense y las instituciones gubernamentales. Esto me recuerda lo que un artista iraquí me dijo. «Los Estados Unidos tratan de destruir el árbol iraquí. Lo han dañado y le han cortado muchas ramas. Pero nuestro árbol está enraizado en lo milenario. ¡Jamás lo destruirán!».

Fuente: M3M
Traducción de David Moreno para SemanarioVoz.com