El uribismo no tiene legitimidad para hacer propuestas a nombre del no
Felipe Santos de Francisco
Secretario general Unión Patriótica
El uribismo no tiene la legitimidad que se adjudica para hacer propuestas a nombre de los ciudadanos que votaron por el no, menos aún para pretender ser interlocutor, exclusivo, en la idea de un único pensamiento en el no.
La campaña de los promotores del no, con engaños y mentiras, aceptados cínicamente por el gerente de esa campaña señor Juan Carlos Vélez en declaraciones al diario La República, en las que señala que la campaña se hizo alejada de los acuerdos con la intención de generar indignación y aprovecharla para el voto. Deja constancia pública y descarada de que la campaña se basó en la manipulación de la pobreza, de las necesidades de la gente, de los resentimientos, de los prejuicios, del estímulo a los odios acumulados, generando confusión, para engañar premeditadamente al elector en su voto.
Toda la campaña del Centro Democrático fue una sarta de mentiras y falacias repetidas mil veces. Se descartaron los acuerdos, se distorsionaron, se les quitó y se les puso cosas a la conveniencia de ganar en el todo vale. Imperó la doble moral, las cortinas de humo, en temas como el narcotráfico y la corrupción. Hasta el cuento de los pocos recursos y falta de garantías acabó como en la poesía de Rafael Pombo de la pobre viejecita, con medios de comunicación, grandes recursos, asesores internacionales y hasta agazapados colaboradores.
La campaña de manipulación no solo debe llamar al rechazo de todos los colombianos. Tiene que tener consecuencias políticas y jurídicas. Lo actuado, alteró y cambió los resultados. De allí el reclamo ciudadano, justo jurídicamente, sobre la invalidez de los resultados; y el sentimiento en muchos de los votantes de ¡no más engaños, que se repita el plebiscito!
Aspectos y paradojas del plebiscito
Hoy hay que reflexionar sobre aspectos y paradojas del plebiscito en búsqueda de las rutas de solución a lo generado por los resultados:
—La salida política al conflicto armado no puede determinarse por un plebiscito o consulta a la misma sociedad afectada por 60 años de guerra, polarizada, excluida, indiferente, estimulada en sus odios, fragmentada, que no ha visto los beneficios de la paz. La única solución posible son los acuerdos entre los actores del conflicto: el Estado y quienes se enfrentan al Estado.
—Los acuerdos firmados por el presidente de la República en representación del Estado y el jefe máximo de las FARC-EP en representación de la guerrilla son el camino correcto, son legítimos y válidos, por su propósito en la paz, por el deber y derecho constitucional a la paz, por su firma en representación legitima de las partes, por el hecho político ante la ciudadanía y la comunidad internacional de reconocer por las partes que los acuerdos logrados son posibles y válidos, donde no caben renuncias a la dirección y representatividad del Estado y tampoco rendición de la guerrilla. Es un acuerdo entre contrarios, en principios democráticos, para acabar la guerra e iniciar la construcción de la paz.
—Desconocer los acuerdos sería el rumbo hacia una profunda crisis política de representación del Estado y validez de sus instituciones, a las que paradójicamente las FARC-EP se acogen en los acuerdos, en el reconocimiento a los principios constitucionales y en la propia aceptación de la participación sin armas en un nuevo escenario legal.
—Los acuerdos de la Habana son insumo indispensable para ampliar la paz hacia los acuerdos con el ELN, en el criterio de negociaciones distintas, pero en un mismo proceso para fortalecer el sendero de la paz. Para avanzar se requiere el convencimiento, la voluntad y el compromiso de las partes de que es necesario lograr un acuerdo y la confianza de que los protocolos aceptados y lo acordado es para cumplirlo.
—Las mayorías y quien ganó en un plebiscito no se miden por la diferencia de votos, como en las elecciones para elegir candidatos: los resultados de los que votaron y no votaron se evalúan dentro de un proceso político, miden el grado de participación y comprensión en lo que es legítimo y válido, y ayudan a determinar las acciones, la pedagogía, los ajustes necesarios para su implementación.
—Los resultados del plebiscito no pueden cuestionar la legitimidad y validez de los acuerdos, pero paradójicamente sí han impedido avanzar en su implementación. Ese es el absurdo cuello de botella en que nos encontramos.
Implementación de los acuerdos
El presidente en representación de los que votaron (37%) y no votaron (63%), las distintas ramas del poder e instituciones del Estado, tienen el deber irrenunciable de aplicar una nueva ruta urgente a la implementación de los acuerdos. A raíz de los resultados del plebiscito, las propuestas que se consideren viables y la ruta escogida dependerán de las partes.
No se puede confundir a la ciudadanía sobre el significado del plebiscito: los comicios atípicos del plebiscito no eligieron candidatos ni comités para representar a los votantes. Asimismo, los comités de campaña no son un actor del conflicto armado, no representan al Estado ni a los votantes, como si se tratara de grupos armados contra el Estado. Por lo tanto, los distintos comités de campaña no tienen facultad para negociar sobre los acuerdos, su papel es recoger y llevar la opinión de los votantes para ser evaluadas por las partes. Las mismas partes tienen la obligación ante el pueblo colombiano, quien ya es dueño de los acuerdos, de no alterar el fondo de los mismos.
En el camino de concretar la paz, no podemos llamarnos a más engaños: quienes nunca estuvieron por los diálogos, menos por un acuerdo, siguen en las mismas. El uribismo no está por inclusiones, propuestas ni ajustes para dar viabilidad a la implementación de los acuerdos, está por destruirlos en sus principios democráticos, políticos y sociales, en sus garantías y acompañamiento internacional, en el criterio de verdad para todas las víctimas, en sus principios contra la discriminación.
Es un nuevo engaño de propuestas imposibles, de dilaciones, en la mentalidad de la guerra y de dividir y derrotar al enemigo. Sus propuestas niegan la existencia misma del conflicto, para tratarlo como un problema de delincuencia común, de cárcel, de sometimiento a la Justicia, de Justicia ordinaria, de amnistía y participación solo para guerrilleros rasos, de inclusión que comience en la exclusión, etc. Por ese camino ningún acuerdo hubiera sido posible.
Los colombianos no podemos perder de vista, ante el obstáculo de este momento, que el objetivo de superarlo es para posibilitar la construcción de la paz en el único rumbo posible: una democratización de la sociedad colombiana, con una nueva participación política y social con garantías. La conciencia de la paz es incluyente, la tristeza que produjeron los resultados en el sí, y el silencio del pueblo que voto por el no, fueron como un despertar para darnos cuenta de la sociedad en que vivimos y que tenemos que transformar.
Peligros para la paz
Los resultados del plebiscito han puesto sobre el tapete los verdaderos peligros para construir la paz
En primer lugar, el proyecto autoritario uribista hacia el poder, asentado en las soluciones de fuerza, en la imposición a toda costa del modelo económico y social, contrario a los intereses populares, en la polarización, en el miedo, en el engaño, en la mentira, en la manipulación de la conciencia y necesidades sociales, que parece decir: “el Estado soy yo”.
A la paz también la amenazan los acuerdos por las alturas de las élites para que nada cambie, para torcer los acuerdos, para no abrir espacios a la democracia. Lo nuevo hoy es que el anhelo por las alturas de regresar la historia hacia un nuevo Frente Nacional iría a llevarle la maleta al autoritarismo, hacia una nueva frustración, la inundación de la violencia, y la falta de libertades y derechos ciudadanos. Y todo a nombre de la paz, para acabar de la mano con el engaño.
La tendencia a echar para atrás lo acordado, a resistirse a los más elementales cambios democráticos, claramente se expresó en la campaña del plebiscito, medios de comunicación que estaban por el sí parecían decir no, distintos estamentos llamaban a votar sin adquirir compromiso. Hoy esa posición es vigente, surgen propuestas como las de la sala penal de la Corte Suprema de Justicia, que aceptan aparentemente la Justicia especial, siempre y cuando se descaracterice, se separe de sus garantías, acepte la extradición.
Ya los medios de comunicación, también, hacen eco a la falacia de que todo depende de las FARC, porque las propuestas ya están, solo hace falta que las aprueben. En otra lectura: o las FARC mismas destruyen con la aceptación de esas propuestas los acuerdos, o si no, es que quieren continuar la guerra.
Una nueva situación
A pesar de las sombras, lo cierto es que hay una nueva situación. La paz es el hecho político e histórico más importante en la vida de los colombianos. Nunca la conciencia y acción por la paz habían tenido tanta fuerza, nunca los logros por la paz habían sido tan grandes. Los acuerdos firmados comienzan a romper todas las falacias sobre ellos construidas y a mostrar su enorme significado para la vida de los colombianos, acuerdos posibles por la decidida voluntad entre los actores contrarios del conflicto para conseguirlos.
El momento exige mantener y acrecentar la voluntad entre las partes, apoyar desde todos los sectores sociales y fuerzas políticas la necesidad de la salida política al conflicto armado, reunir todo el sí, el No que reflexiona, el pueblo que cuestiona su voto, llamar a los indiferentes, hacia un gran acuerdo político y social cuyo centro sea el cumplimiento de los acuerdos logrados, las garantías para la vida y la participación, por la no repetición, superar el paramilitarismo, lograr los acuerdos con el ELN, concretar las reformas políticas y sociales para hacer realidad los acuerdos, en un espacio abierto a las iniciativas y propuestas.
La paz es respuesta justa a las víctimas, conviene a todos sin distingos sociales, a la economía, a mejores condiciones para las conquistas sociales, a una nueva cultura, a una nueva pedagogía.
Avanzar en el propósito, darle vía ya, a la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz, dependerá de la movilización popular, de los trabajadores, de los campesinos, de los indígenas, de los estudiantes y las víctimas a la cabeza del sí, de los artistas, de los pobres y regiones olvidadas. La paz no puede caminar sin apellidos, democracia y justicia social. Las más sentidas y justas reivindicaciones y aspiraciones sociales tienen que unirse al respaldo a los acuerdos, en un camino cierto, para una paz duradera. La reconciliación empieza en las necesidades comunes del pueblo, en su unidad para exigirlas y reclamarlas en la movilización y protesta social.
Las medidas antipopulares del Gobierno, el tratamiento represivo a las justas protestas populares, en la profundización del modelo económico y social neoliberal, el mismo de Uribe, donde Santos y Uribe se identifican en los intereses de las élites, hicieron gran daño a los resultados del plebiscito. Muchos votantes dirigieron su voto al Nn, equivocadamente y también manipulados, importantes sectores del movimiento popular exigen claridades, en el camino correcto de unir su lucha con el proceso de paz, con el respaldo a los acuerdos.
Los acuerdos y las tareas para su cumplimiento no son la terminación de las contradicciones de la sociedad en que vivimos, de los intereses y necesidades distintas. Son un nuevo escenario para resolverlas, sin la guerra y sus duras y dolorosas consecuencias. Transitar hacia el camino de una democracia avanzada de una paz que tenga como razón la justicia social, solicita un gran bloque democrático, un gran frente amplio de la izquierda, con todos los sectores progresistas políticos y sociales, que aporte a la conciencia y claridad de objetivos en la acción del pueblo, que una la paz con la necesidad de reformas sociales importantes en esta etapa.
La izquierda tiene ahora un gran reto, una gran responsabilidad: orientar, romper su dispersión, exigir unitariamente la implementación ya de los acuerdos, respaldar los acuerdos, enriquecer el proyecto democrático.
Lo complejo de la realidad, lo negativo del plebiscito, lo que hay que resolver hoy, no puede confundirnos del camino y sus logros; de la guerra que dominaba, se pasó a hablar de paz, del diálogo a los acuerdos de paz, de pocos interesados en la paz, hoy son millones, es la paz la que viene creciendo, en un sí multidinámico, desde distintas ópticas y pensamientos. Todo indica que la paz va a derrotar la guerra y sus engaños. Queda uno pensando que, si por esas cosas de la vida, hoy se repitiera justamente el plebiscito, de seguro gana el sí. La comprensión de la necesidad de respaldar los acuerdos para abrirle paso a la paz sigue conquistando espacios.