¡A parar para avanzar!

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No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras los oligopolios, las multinacionales y sus cómplices en el Gobierno se roban el país. ¡Movilización ya! Foto Anllel Ramírez

Esta semana, el pueblo colombiano se toma las calles para rechazar el manejo a la peor crisis económica y de salud de nuestra historia. Se opone a la reforma tributaria propuesta por el Gobierno y se exige el derecho a la paz

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

En los tropeles universitarios de hace unos años, en medio de los gases lacrimógenos, las piedras lanzadas por los ‘capuchos’ y las eventuales estampidas del estudiantado huyendo de las cargas policiales, era frecuente escuchar una consigna repetida hasta la saciedad por un grupo de jovencitas maoístas que, hombro con hombro y en posición desafiante, entonaban como una letanía: “Los derechos no se mendigan, se arrancan al calor de la lucha organizada”.

En aquel momento, el movimiento estudiantil embriagado por la adrenalina percibía la consigna como un llamado a la victoria final y como un recordatorio permanente de que aquella lucha que se libraba -por más que pudiese parecer estéril- era justa.

Con los años, esos mismos estudiantes descubrieron que el discurso para ser coherente debe tener contenido, pero para ser realmente transformador debe ser también convincente. Quedándose solo con lo segundo, muchos de ellos se convirtieron en profesores, investigadores o funcionarios y terminaron por creer que ser convincente significaba cumplir con las formas y despreocuparse por el contenido. Se acomodaron a las maneras impuestas por el poder, asumieron los modales de los intelectuales inofensivos y procedieron a rechazar esas estéticas “trasnochadas” y “altisonantes”, como la que representaba la consigna de su época universitaria.

El rigor de una consigna

Si bien estamos hablando de una consigna, que por su propio carácter no tiene que ser rigurosa pues cumple un papel de agitación y no tanto de reflexión, en este caso tiene un contenido absolutamente verídico que incluso puede asimilarse a una hipótesis histórica fácilmente comprobable. Así es, los derechos no se mendigan, se arrancan al calor de la lucha organizada. Se escriba entre comillas, entre signos de exclamación o se pronuncie serenamente en el marco de una conferencia académica, es una verdad de a puño, es cierto.

La lucha por los derechos no comienza con los mártires de Chicago de 1887, ni se agota en las movilizaciones obreras y sindicales que desde el siglo XIX han tenido conquistas como el horario laboral, el salario, la jubilación, las vacaciones, las licencias de maternidad, entre muchas otros. La lucha por los derechos se remonta, al menos en Occidente, al levantamiento esclavo de Espartaco y sus hombres por su liberación de la esclavitud durante el Imperio romano y hoy se amplía a las actuales movilizaciones por los derechos de los negros, los indígenas, las mujeres, las personas LGBTI y pueblos como el mapuche, el saharaui o el palestino.

En ninguno de esos casos, los derechos conquistados han sido graciosas concesiones otorgadas por el poder a los grupos beneficiarios. Siempre ha sido la gente organizada quien se ha plantado a los poderosos, les ha confrontado y vencido y así les ha arrebatado privilegios. Desde la revuelta de los barones contra Juan sin Tierra, rey de Inglaterra, que condujo a la suscripción de la Carta Magna en 1215 -origen del parlamentarismo moderno-, hasta la derogatoria de la reforma a la Ley 30, motivo del paro estudiantil convocado por la MANE en 2011, todas han sido conquistas arrebatadas por la fuerza.

Y en Colombia qué

Hoy la ciudadanía colombiana tiene el derecho constitucional a la protesta social y a la movilización pacífica -otra conquista, esta vez impulsada por el Acuerdo de Paz con el M-19 de 1990 que condujo a la Constitución de 1991- que se dispone a ejercer en el contexto de las movilizaciones convocadas para los próximos días. Porque hay que recordar que, a pesar de la actual represión contra el movimiento social, en Colombia ha habido momentos de ilegalización y persecución intensa a la protesta social que han cobrado miles de víctimas y han contribuido a debilitar, por ejemplo, las organizaciones sindicales. Desde la Masacre de las Bananeras en 1928 hasta los actuales abusos del Esmad contra los manifestantes, la historia de Colombia ha sido la historia de la represión contra el pueblo.

La agresión contra la clase trabajadora no termina ahí. Si bien durante el Frente Nacional (1958-1974) se promovió la formación de un tejido empresarial que contribuyó a la formalización de una parte del empleo, en términos de la distribución de la riqueza el país siguió siendo profundamente desigual. La apertura económica neoliberal de los años noventa agravó la situación porque destruyó la mediana empresa y lanzó a la precariedad y al desempleo a miles de trabajadores que, para mantener a sus familias, tuvieron que conformarse con unas condiciones laborales en desventaja como los contratos a término fijo y los pagos por obra. Muchos directamente se dedicaron al rebusque.

Pero esa conformidad parece estar llegando a su fin. El momento actual no puede ser más propicio para convocar al pueblo colombiano a la movilización. Porque no es solo la nefasta reforma tributaria que Duque ha presentado al Congreso, rechazada incluso por los más fieles representantes del uribismo como Fernando Londoño, es que el país se está descomponiendo.

Basta un breve repaso para darse cuenta de la gravedad de la situación a la que la clase dominante ha llevado al país: pésimo manejo de la pandemia, violencia fuera de control, crisis económica para todos excepto para Sarmiento Angulo y los amigotes del Gobierno, incumplimiento del Acuerdo de Paz, creciente inseguridad en las ciudades, crisis en la educación, por ejemplo.

Estamos acercándonos a la espeluznante cifra de 20 mil contagiados y 450 fallecidos diarios por covid-19, mientras el presidente youtuber dice todos los días en su magazín televisivo que nadie ve, que las cosas van bien, que hay “vacunación masiva y reactivación sostenible”. El pueblo colombiano no aguanta más. Y no aguanta hasta 2022 cuando nos aprestamos a elegir un Gobierno y un Congreso alternativos que den un rumbo humano y democrático al país. No, la movilización no da espera. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras los oligopolios, las multinacionales y sus cómplices en el Gobierno se roban el país.

El inicio de las nuevas movilizaciones

Manifestarse sí funciona. No es una pérdida de tiempo ni un acto de idealismo romántico. Las conquistas de la humanidad como el derecho a la vida o el derecho a tener una vida digna son logros que se han obtenido colectivamente en una correlación de fuerzas favorable, pero que así mismo pueden perderse. Por eso deben ser defendidas.

La protesta pacífica, por supuesto respetando las medidas de bioseguridad, es una herramienta formidable con la que contamos para defender nuestro derecho a sobrevivir en medio de una pandemia y a que las autoridades -empezando por la policía y el presidente- nos traten con respeto.

Esta semana se juntan el 28 de abril -Paro Nacional- y el 1 de mayo. Que sea la oportunidad para que exijamos que nos traten como ciudadanos y ciudadanas, sin distingos ni discriminaciones. ¡Que respeten nuestros derechos! Porque la protesta, la movilización, la huelga, la desobediencia civil son formas legítimas de resistencia que el pueblo organizado ha utilizado históricamente para confrontar a los poderosos y conquistar mejores condiciones de vida.

En estos tiempos de decadencia del neoliberalismo, el pueblo tiene la oportunidad de ser una vez más el arquitecto de su historia. Y esa historia puede comenzar hoy, ¿por qué no?