Hay afinidad programática entre la plataforma de Boric y los gobiernos vecinos de Perú, Bolivia y Argentina. Ha sido muy crítico con el gobierno de Bolsonaro, de quien dijo, “en nada nos parecemos”, y se negó a visitar Colombia donde tendría que reunirse con Duque
Ricardo Arenales
Con el triunfo electoral de Gabriel Boric en Chile, América Latina suma un nuevo gobierno ligado a la izquierda y a la centroizquierda, junto a los ya existentes en Argentina, Bolivia, Perú y México. Que refuerza a su vez el bloque progresista, al lado de Nicaragua y Venezuela.
La victoria de Boric a su vez, tiene la virtud de que frena el ascenso de la derecha en Chile y en la región. Ahora el joven mandatario tiene el reto de poner en marcha, si asume una posición pragmática, un proyecto progresista que articule un cambio de modelo de desarrollo, la defensa de los derechos humanos y de los intereses económicos de amplias franjas de población huérfanas de justicia social.
Con gobiernos como los de Jair Bolsonaro e Iván Duque, cada vez más impopulares, la muy significativa derrota de José Antonio Kast en su país, aliado del grupo ultraderechista español Vox y de otras fuerzas de extrema derecha globales, aparece más claro el freno a estas corrientes de pensamiento reaccionarias en América Latina.
Primeros trazos
Hasta ahora, sin embargo, esta perspectiva es en lo fundamental un cálculo optimista que hacen las fuerzas progresistas en la región. En su primer discurso, una vez conocidos los resultados electorales, Boric se refirió en detalle a una agenda de cambios sociales en su país, pero no dibujó una perspectiva latinoamericana.
Fue el senador Juan Ignacio Latorre, responsable de Relacioneras Exteriores del equipo asesor de Boric, quien insinuó apenas unas líneas de la política exterior del entrante mandatario. Que apuntan a la firma del Acuerdo de Escazú y a impulsar la articulación con los países de la región, cosa que podría interpretarse como un empujón a la política de integración regional autónoma y soberana que ya impulsan los gobiernos de Argentina y México, entre otras naciones.
Esta situación se concatena con las expectativas que las fuerzas progresistas ponen sobre los movimientos políticos en desarrollo este año en la región, muy especialmente en los procesos electorales de Brasil y Colombia donde se espera que Luiz Inacio Lula da Silva y Gustavo Petro aseguren su victoria en las urnas.
Escenario fragmentado
“Obviamente estamos muy expectantes de todos los movimientos políticos que van a haber en América Latina, el próximo año esperamos que Lula derrote a la extrema derecha, con Petro en Colombia, y pueda haber una articulación de varios gobiernos progresistas”, afirmó el senador Juan Ignacio Latorre a fines del pasado año.
“Lo más relevante es que estamos en un periodo postpandemia donde la incertidumbre económica se ha instalado como parte de las variables más importantes a tomar en cuenta por los gobiernos regionales”, dice por su parte Gilberto Aranda, académico de la Universidad de Chile. En esta línea, dice la también académica de la misma universidad, Paz Milet, Boric se encontrará con “un escenario regional fragmentado, con falta de voluntad para actuar de manera conjunta, con iniciativas regionales que están experimentando una serie de dificultades”.
Un elemento problemático, que inquieta a no pocos sectores de la izquierda latinoamericana, es la posición de Gabriel Boric frente a Cuba, Venezuela y Nicaragua, a quienes señala como gobiernos dictatoriales. Hay quienes aseguran que esta descalificación la hizo como senador mucho antes de que se postulara como candidato a la presidencia y que no necesariamente es su opinión actual. Lo cierto es que, si va a impulsar una política amplia de integración regional, tendrá que cruzarse en el camino con las posiciones de los mencionados gobiernos, si no quiere caer en el juego imperialista de cercar y aislar a los gobiernos revolucionarios del continente.
Las cosas claras
El esfuerzo en este sentido debe ser claro, sin que se preste a confusiones en el diseño de una estrategia de integración regional. Hay una atomización de fuerzas en la región, y en esto Chile tiene cartas en el asunto, pues su gobierno tuvo que ver con la creación del Grupo de Lima o con otros proyectos similares, alentados por Washington, que fueron parapeto de la lucha contra el gobierno bolivariano de Venezuela y contra los gobiernos progresistas de la región.
En el 2001 Sebastián Piñera viajó a Cúcuta, en un acto intervencionista contra Venezuela, tolerado por el gobierno de Iván Duque, en el que ambos mandatarios cumplieron un libreto desestabilizador y golpista, diseñado por el Departamento de Estado, contra un gobierno salido del ejercicio democrático de las urnas. Esta conducta fue profundamente cuestionada por los sectores democráticos de la región. Semejante manejo de la política exterior debe ser lanzado al cesto de la basura por la administración Boric.
Otros analistas opinan que, por la naturaleza de la coalición de gobierno, Boric no podrá mantener una crítica radical contra Nicolás Maduro y lo más probable es que contribuya a facilitar la negociación política directa entre las partes, apoyándose probablemente en el Grupo de Puebla. Boric ha dado señales de sensatez en este tema y debe contar con para ello con la opinión del Partido Comunista Chileno, aliado fundamental de la coalición que lo llevó al poder.
Grandes expectativas
En todo caso, de momento hay afinidad programática entre la plataforma de Boric y los gobiernos vecinos de Perú, Bolivia y Argentina. Ha sido muy crítico frente al gobierno de Bolsonaro, de quien dijo, “en nada nos parecemos”, y se negó a visitar Colombia en una estancia en la que seguramente tendría que reunirse con Duque, y no estaba dispuesto a avalar con su presencia la gestión de un mandatario campeón en el asesinato y desaparición de activistas de derechos humanos, ex combatientes de la guerrilla, ambientalistas y líderes indígenas y populares.
En todo caso, la llegada de Boric al Palacio de la Moneda genera grandes expectativas para el devenir de América Latina. Las enseñanzas son muchas. Será el mandatario más joven de la historia chilena con 36 años cumplidos, en las elecciones con mayor participación ciudadana.
El de Chile es el primer caso en América Latina en que las necesidades de distintos selectores sociales en movilización “construyen” a un presidente y no el caso de un candidato que “convence” a un electorado polifacético y difuso.
En este caso, el candidato fue hechura de las expresiones feministas, los malestares juveniles, los reclamos por los precios de los consumos básicos, las protestas contra el extractivismo sin límites, las luchas contra salarios y pensiones miserables. Como señalan algunos analistas Chile tendrá un gobernante nacido de las entrañas de la “primera línea”, un tropero, que hará que las encopetadas elites conservadoras, “se muerdan el codo” de la rabia.