domingo, junio 16, 2024
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El general en su laberinto

Las declaraciones del director de la Policía, general Henry Sanabria, provocaron preocupación por el fanatismo religioso del oficial

Federico García Naranjo
@garcianaranjo

Esta semana se reabrió el debate sobre el carácter laico del Estado colombiano a causa de la entrevista que concedió a la “Fox News colombiana” el director de la Policía Nacional, general Henry Sanabria. En el diálogo con la directora de la otrora respetable revista de derecha liberal y hoy convertida en el principal altavoz de la oposición, el general exhibió su ya conocido carácter religioso e hizo algunas afirmaciones que retratan cómo funciona el pensamiento dogmático.

En la entrevista realizada en un despacho con numerosos –numerosísimos– crucifijos e imágenes de la Virgen, Sanabria demostró un claro talante conservador con sus opiniones sobre las mujeres o el tono condescendiente que usó para referirse a ellas, su pensamiento místico con la confesión de que en las fuerzas armadas se practican exorcismos como parte de la preparación de las operaciones militares y sus prejuicios hacia la diversidad sexual, al vincular el homosexualismo con el alto número de policías con VIH. Si bien el general tiene derecho a su opinión y a profesar sus creencias, ¿por qué todo esto es tan preocupante?

“Todos somos dogmáticos”

La religiosidad del general se convierte en un problema cuando sus creencias afectan su función pública. De ser ciertas, las denuncias que hizo este fin de semana Noticias Uno sobre privilegios en los ascensos y traslados de miembros católicos de la Policía, la obligatoriedad de asistir a misa o las “sugerencias” de hacer retiros espirituales a miembros a quienes se les detecte un aura “negativa”, serían hechos que afectarían gravemente la legitimidad de la cúpula policial.

No obstante, lo más inquietante de la entrevista –básicamente porque hablamos del director general de la Policía– es que Sanabria revela una forma de pensar profundamente dogmática pues concibe al mundo como una oposición frontal, clara y sin matices entre el bien y el mal. A pesar de que en algún momento se reconoce como “un político” –y la política es el arte de negociar, incluso con el enemigo–, parecería que para el general cualquier hecho que se oponga a su visión del mundo es producto “del maligno».

Nuestro gran pensador Estanislao Zuleta en su ensayo “Tribulación y felicidad del pensamiento”, define el dogma como “toda convicción que haya llegado a ser para quien la posee –o la padece– una referencia de su propia identidad; algo que por lo tanto no puede ser perdido –por ejemplo, superado– sin que se abra inmediatamente la cuestión esencial de la angustia: ¿quién soy yo ahora que no pienso así, ahora que no creo en esto?”. Por supuesto, todos creemos en algo que no podemos explicar, simplemente porque nos parece que debe ser así y ya está. Por eso, el propio Zuleta nos dice con agudeza que “en un sentido fundamental, todos somos dogmáticos”.

El bien y el mal

Lo problemático no es entonces creer en algo –todos creemos en algo– sino renunciar a hacernos preguntas sobre nuestras propias convicciones porque en eso consiste justamente el pensamiento crítico: en dudar, en cuestionar, en hacer –o hacernos– las preguntas incómodas. Si nos aferramos ciegamente a un discurso de respuestas definitivas y verdades absolutas, lo normal es que concibamos al otro, al que piensa diferente, como una amenaza.

Es lo que sucede con Sanabria. El problema entonces no es que el general sea un hombre religioso, es más, seguramente actúa de buena fe –nunca mejor dicho–, sino que conciba al mundo no como algo complejo sino como algo demasiado simple, blanco o negro, bien o mal, amigo o enemigo. Es muy preocupante, por decir lo menos, esa forma de pensar en la persona que comanda la institución encargada constitucionalmente de resolver conflictos cotidianos, dirimir disputas entre vecinos y mantener la convivencia entre los ciudadanos, es decir, una institución que se enfrenta todos los días a la complejidad de una sociedad como la nuestra.

Apertura y ecumenismo

El pensamiento del general contrasta con la postura que la Iglesia católica ha asumido desde que fue entronizado el papa Francisco hace ya 10 años. Si bien es cierto que el catolicismo es muy diverso a su interior, existiendo tendencias que van desde lo más tradicional hasta las comunidades eclesiales de base, lo cierto es que el actual pontificado ha dado un claro giro de avanzada hacia posturas más abiertas con los fenómenos históricamente confrontados por la Iglesia, como el homosexualismo o el uso de métodos anticonceptivos. Incluso, el papa se ha atrevido a incursionar en temas nunca antes tratados por la Iglesia como la crisis climática, en su importante encíclica Laudato si.

En otras ocasiones, el pontífice se ha mostrado crítico con el capitalismo. En una entrevista con el diario italiano La Repubblica, Francisco dijo: “lo que queremos es luchar contra las desigualdades, el mayor mal que existe en el mundo. Las provoca el dinero, que está contra las medidas para equilibrar el bienestar y favorecer la igualdad”. Cuando el periodista le preguntó si se refería a una sociedad de tipo marxista, el papa contestó: “Si acaso son los comunistas quienes piensan como los cristianos. Cristo ha hablado de una sociedad en la que decidan los pobres, los débiles y los excluidos. Para obtener igualdad y libertad debemos ayudar al pueblo, a los pobres con fe en Dios o sin ella, y no a los demagogos o a los barrabás”.

Libre interpretación

La Biblia, como libro con casi 2000 años de antigüedad, es un texto que no debe ser tomado de forma literal, no solo por las alegorías que utiliza sino por las muchas traducciones que de él se han hecho y que han cambiado algunos de los significados originales de las palabras. Así, el creyente –en especial desde el Concilio Vaticano II que levantó la prohibición a los fieles de leer la Biblia– tiene la libertad de acceder a los textos sagrados e interpretarlos según su visión del mundo.

Por eso el problema no es que el general Sanabria haga una interpretación libre de las Escrituras, por ejemplo, cuando avala que se mate a un delincuente, pero al mismo tiempo considera que el aborto es un asesinato. El problema es que su extrema religiosidad interfiera tanto en sus decisiones como director de la Policía como en la manera de abordar los conflictos que sus hombres deben atender en todo el país.

Y de la misma forma, como nosotros también podemos interpretar la Biblia según nuestra forma de comprender la realidad, le recordamos al general y a todos los católicos el pasaje del libro Hechos de los Apóstoles 4, 32-35: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado porque todos los que poseían heredades o casas las vendían y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según su necesidad”.

General, si eso no es comunismo, ¿qué es?

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