Adivinanza de mier…

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Alcantarillado colapsa en barrio de Turbana, Cartagena.

Aún los sistemas pluviales y de alcantarillado siguen siendo ineficientes y los funcionarios de Aguas de Cartagena ineficaces. Ese negociado, como muchos otros que todos conocemos y callamos, en silencio cómplice, se convierte en un pecado por omisión.

Alcantarillado colapsa en barrio de Turbana, Cartagena.
Alcantarillado colapsa en barrio de Turbana, Cartagena.

Gustavo E. Balanta C.

Entre los doce y trece años de edad solíamos cerrar los ojos durante el trayecto del bus que nos conducía al colegio y viceversa; o cuando nos desplazábamos a cualquier parte en vehículo. Era un ejercicio entretenido que buscaba afianzar la capacidad de establecer el lugar o sector por donde pasábamos según la ruta. Así fuimos adquiriendo una destreza tal que sin quererlo, abríamos los ojos y sabíamos con exactitud dónde nos encontrábamos.

Llegamos al extremo de identificar curvas en cualquier sentido. La cercanía de los huecos en la carretera. Los puntos de terrazas comerciales con música. El número de semáforos y su ubicación. La más mínima señal nos la apropiábamos y nos ayudaba. Una que era inmancable, el olor característico de la Purina o la Suprema, en la vía de El Bosque.

Hoy, además de lo anterior se han sumado otras. Por ejemplo los hedores a caca. A aguas servidas. En la Avenida Pedro de Heredia hay dos puntos que todos conocemos e identificamos porque de una nos llevamos las manos a la nariz. Sabía que responderían en coro. Sí, así es: a la subida de La Popa en el sector de El Toril y San Andresito antes de llegar al Mercado de Bazurto. Ahí, no han podido erradicar ese foco de contaminación olfativa, ni Transcaribe con sus obras suntuarias.

Lo más grave es que así ocurre en Bocagrande, Castillo y El Laguito; en algunas plazas del centro amurallado y otros sectores de la ciudad. Las postales de la fantástica llevan impregnada la hediondez a estiércol líquido o gaseoso, según sea el caso.

¿Será ese uno de los motivos que tuvo el alcalde Dionisio Vélez para adelantar en seis años la prórroga del contrato de privatización de los derechos al agua y al ambiente sano, que están en manos de los españoles de Aguas de Barcelona, bajo la razón social Aguas de Cartagena?

Nos negamos a hacer alarde de la frase predilecta de nuestros colegas deportivos “lo dijimos”, pero en este caso miles y miles de cartageneros al mejor estilo de Hebert Castro “se les dijo, se les advirtió, se les comunicó, se les protestó”, pero no y allí están las consecuencias.

Aún los sistemas pluviales y de alcantarillado siguen siendo ineficientes y los funcionarios de Aguas de Cartagena ineficaces. Ese negociado, como muchos otros que todos conocemos y callamos, en silencio cómplice, se convierte en un pecado por omisión.

Ese acto de extensión precoz es la segunda parte del entuerto. Seis años para que la vigencia se alargue por trece años más. Y la ciudad, mutis por el foro. Así no se construye desarrollo humano, ni democracia, ni paz, ni justicia social. Tampoco hay mancomunión para lograr espacios de participación ciudadana, ni procesos de formación desde la escuela de gobierno, las instituciones educativas o promovidos por organismos de la sociedad civil.

¿Qué mensajes les enviamos a nuestros niños, a los jóvenes, con estas prácticas insanas y corruptas? ¿Cómo pretendemos que esto cambie, si promovemos con hechos la contracultura de lo antiético en el manejo de lo público? ¿De qué nos quejamos y qué les exigimos a miles de adolescentes para que guarden un comportamiento sano, si sus dirigentes son una caterva de pillos que se han encargado de dejar para la historia una página que niega la heroicidad de la ciudad?

Creíamos que esa señal de lo putrefacto sólo provenía de pocetas y alcantarillas a lo largo y ancho de las vías, pero no también se exhalan desde los más insignes salones o despachos públicos. Cierren los ojos y adivinen su procedencia y sus actores.