Roger Waters en Nuestra América

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Roger Waters. Foto Andrés Ibarra

La gira de Roger Waters This is Not a Drill llegó al continente. Crónica del concierto en Santiago de Chile donde le esperaban Inti-Illimani y la hija de Víctor Jara. Los intentos de cancelación de este excepcional músico no pudieron impedir su presentación en Colombia el pasado 5 de diciembre

Vijay Prashad

Nadie hace un espectáculo como Roger Waters. La música, por supuesto, resplandece, pero también lo hacen el paisaje sonoro, las imágenes, la oveja y el cerdo gigantes, los láseres, las películas, la energía de los fans. Es una explosión de emociones. La tranquila calma de Santiago se rompe con sonidos familiares y sentimientos necesarios: sí, estamos aquí; sí, existimos; sí, debemos resistir.

Santiago es una ciudad ampollada por la desigualdad social. Durante dos noches, Roger Waters tocó en el Estadio Monumental de Macul, una comuna de Santiago que es más clase media que el resto de la ciudad, pero aun así, no inmune a las agudas divisiones sociales que produjeron el masivo descontento expresado en el estallido social de 2019. Después del estallido, Roger cantó una versión de El derecho de vivir en paz, de Víctor Jara, con una letra nueva para el nuevo momento:

Oigo el Cacerolazo
Te huelo, Piñera
Todas las malditas ratas huelen igual.

Una camiseta que diga, “resiste”

El Cacerolazo es el golpe de cacerolas, una protesta histórica en América Latina que resonó nuevamente desde Buenos Aires (2001) a Santiago (2011 y luego de nuevo de 2019 a 2022). Hay una buena razón para salir a la calle y golpear cacerolas todos los días dada la permanente condición de austeridad reproducida por gente como el expresidente de Chile Sebastián Piñera, una más de las “ratas de mierda” que hacen de la vida un infierno.

Está la austeridad, la desaparición del bienestar social y el trabajo decente, y el aumento de la pobreza y la desesperanza social. Luego están las contradicciones agudizadas, la rabia que a veces da lugar a la esperanza en los locos (el presidente entrante de Argentina, Javier Milei, es uno de ellos) y en otros momentos da lugar a formas desorganizadas y organizadas de disidencia.

Una oveja sobrevuela a las decenas de miles de personas presentes en el estadio. Es el correlato físico de la canción que sale volando del escenario, un canto a la atomización de las personas en la sociedad por este Estado de Austeridad Permanente y a la necesidad de resistencia.

A través de una reflexión tranquila, y una gran dedicación
Dominar el arte del karate
Nos levantaremos
Y entonces haremos que los ojos del cabrón lloren

No muy lejos está el amanecer

¿Por qué no? ¿Por qué no levantarse? Claro, corre como demonio, huye tan rápido como puedas de las fuerzas de represión que quieren gestionar las contradicciones de la austeridad. Pero entonces –como hace Roger, cuando se calma el sonido del martillo golpeando tu puerta– quítate la camiseta que dice “corre como demonio” y ponte una que diga “resiste”.

Las guitarras rasgan la noche, los láseres destellan hasta el infinito, y aumentan las ganas de arrancarse el miedo al Estado de Austeridad Permanente y lanzarse a protestar. Pero las imágenes se eligen con cuidado. No se trata de una llamada a la acción sin estrategia. “Domina el arte del kárate”, canta Roger. Al igual que el karateka, se necesita un estudio dedicado, y el campo de batalla debe abordarse ciertamente con cuidado para “hacer que al cabrón se le agüen los ojos” y hacerlo con una estrategia cuidadosa.

El sonido del martillo es a la vez el de la marcha de la policía –en Chile los odiados Carabineros– y el golpeteo de las herramientas del pueblo, incluidas las cacerolas.

El estadio es engullido por la locura de la guitarra eléctrica (sobre todo cuando Dave Kilminster tiene los ojos cerrados y los dedos en llamas), latidos sinfonizados que atraen a la gente al bar de Roger, una botella de mezcal sobre el piano, Roger con los brazos en alto, el cielo nocturno claro y esperanzado porque no muy lejos está el amanecer.

Derechos humanos universales

A unos cinco kilómetros del Estadio Monumental está el Estadio Nacional, donde hace 50 años Víctor Jara fue asesinado por el régimen golpista de Augusto Pinochet.

Pocos días antes del show de Roger en Santiago, falleció la esposa de Víctor, Joan Jara, pero su hija Amanda estuvo allí para escuchar a Roger denunciando el asesinato de Víctor Jara y a Inti-Illimani abrir el show con un homenaje a Víctor, incluyendo cantar a todo pulmón una versión de El derecho, a su vez un homenaje a Ho Chi Minh y a los combatientes vietnamitas.

Donde revientan la flor
Con genocidio y napalm

Jorge Coulón, de Inti-Illimani, entonó esos versos con una kufiyah al cuello. Roger, con su guitarra acústica y su kufiyah, y con la inquietante voz de Shanay Johnson a su lado, canta: “Deja Jerusalén, deja tu carga”.

Si yo hubiera sido Dios
no habría elegido a nadie
Habría puesto mano dura
A todos mis hijos
Se habrían contentado
De renunciar al Ramadán y a la Cuaresma
El tiempo mejor empleado
En compañía de amigos
Partiendo el pan y remendando redes.

Stop the Genocide” (detengan el genocidio) en letras blancas sobre fondo rojo aparece en las pantallas encima de la banda.

Roger nació en Inglaterra en 1943 de una madre comunista, Mary Duncan Whyte (1913-2009). Su padre –el subteniente Eric Fletcher Waters, también comunista– fue asesinado en Italia en 1944 (inmortalizado en mi canción favorita, The Gunner’s Dream, de Final Cut, 1983).

La feroz defensa de los derechos humanos gobierna a Roger, su sentimiento antibelicista moldeado por la pérdida de su padre. Es esta fe universal la que impulsa la política de Roger.

“¿Hay paranoicos en el estadio?”, pregunta. Somos paranoicos no porque estemos clínicamente enfermos, sino porque existe un enorme abismo entre lo que sabemos que es verdad y lo que los poderes fácticos nos dicen que se supone que es verdad.

Roger Waters defiende los derechos humanos, incluidos los derechos de los palestinos. Sabemos que eso es cierto porque es lo que él dice y actúa de acuerdo con esa creencia. Pero los poderes fácticos dicen que lo que Roger dice no es cierto y que, de hecho, es antisemita.

Una consecuencia de los poderes fácticos es que intentaron cancelar su concierto en Frankfurt y, extrañamente, todos los propietarios de hoteles de Argentina se negaron a permitirle –a él, pero no a su banda– una habitación en sus establecimientos (tuvo que alojarse en casa de un amigo en Uruguay). Cuando Katie Halper y yo le preguntamos por este ataque, Roger respondió:

“Mi plataforma es sencilla: es la aplicación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 para todos nuestros hermanos y hermanas del mundo, incluidos los que están entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Mi apoyo a los derechos humanos universales es universal. No es antisemitismo, que es odioso y racista y que, como todas las formas de racismo, condeno sin reservas”.

Un alto al fuego para siempre

Roger dice esto una y otra vez, y sin embargo, una y otra vez los poderes fácticos difaman a Roger. “No seré cancelado”, dijo Roger en Birmingham en un concierto. ¿Y por qué iba a serlo? El intento de cancelar las críticas a Israel tuvo cierta repercusión en los últimos años, pero ya no tiene peso: las atrocidades de Israel contra los palestinos de Gaza han producido nuevas generaciones de personas que ven la atrocidad de la Ocupación y se niegan a doblegarse ante los poderes fácticos.

“Necesitamos algo más que una pausa en el bombardeo de Gaza”, dijo Roger desde el escenario en Santiago, “necesitamos un alto el fuego que dure para siempre”, la banda sonora de ese sentimiento producida por el saxofón de Seamus Blake y la guitarra hawaiana de Jon Carin.

El espectáculo comienza con Pink –el protagonista de The Wall (1982)– en una silla de ruedas, cómodamente entumecido. En la segunda mitad, Roger es quien ocupa la silla de ruedas, con una camisa de fuerza, metido allí por ordenanzas del poder. ¿Es ésta la vida que realmente queremos? Mejor que no. Nos vemos en el lado oscuro de la luna.

* Artículo publicado originalmente en El Viejo Topo