Un amor sin capital

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 Juan David Aguilar Ariza

¿Y entonces? Si no se actúa desde las emociones o desde el intelecto, ¿de dónde más nace el actuar humano?

Gurdieff, el místico armenio, habla de que estamos compuestos por centros que no se comunican entre sí. Estos cobijan esferas disímiles como las emociones o el intelecto, aunque, existen muchas más. ¿Desde qué lugar se ama? Lo sencillo sería responder que es evidente que se ama desde las emociones, pero esto no es del todo cierto.

Las emociones pueden entenderse como una respuesta del individuo frente a lo que acontece; esta respuesta se diferencia de cualquier otra reacción porque formaliza un estado de ánimo, organiza, incluso, el pensamiento. A su vez, interpretan el mundo para saber cómo reaccionar ante eventos, aparentemente, similares. En todo caso, las emociones exigen radicalmente la presencia de un YO. El amor es otra cosa.

Cuando se ama se supera el yo. Es fácil recordar aquellas veces en las que el amor nos hizo olvidar las barreras de lo que somos y lo dimos todo, dinero, una posición, incluso, nos atrevimos a entregar el último bocado sagrado del plato preferido, un acto al que nunca pensamos llegar.

Acostumbrados al itinerario capitalista, creemos que el amor es una suerte de cuenta bancaria, que el otro es una posesión que nos ofrece ciertos bienes, tiene, por obligación, que darnos algo a cambio. No obstante, el amor es pérdida. El amor es el peor de los negocios. El amor es negativo. El amor, incluso, nos hace desviar de las propias ideologías (muchos han sucumbido al amor y no es raro verlos con alguien que piensa diametralmente opuesto, solo por un trozo de cariño). El amor no se puede capitalizar. El amor no tiene ningún beneficio para el YO. El amor es un suicidio. El amor quita. El amor no admite las leyes de la oferta y la demanda. El amor quiebra, en todo sentido.

Aquí es donde entra el Yo, una figura capitalista como ninguna otra. Tiene sus límites, tiene sus propiedades, tiene nombre propio, tiene una herencia en la memoria, tiene sus propias experiencias, quiere acumularlo todo y nadie está dispuesta a perder ese yo porque, aparentemente, es lo único que tenemos. ¿Qué seríamos sin un yo? Tal vez, seríamos todo.

El amor no es un sentimiento. Lo dicen los psicólogos, es el enamoramiento el que se asemeja a una emoción. El amor es subversivo, es el fracaso del yo. El amor va más allá del cuerpo y solo se puede experimentar cuando ya no se es.

Al sexo lo llaman «¡Hacer el amor!», y de entrada pensamos que es una ofensa, pero, dejando de lado toda la escena cultural del término, en el sexo se agota el yo. Cuando ocurre el orgasmo la mente se detiene y se rompen las barreras del yo. Por eso la adicción que este mismo genera, por eso tanto anhelo de él. El orgasmo nos retorna a esa consciencia oceánica que Freud habló en El malestar de la cultura. El orgasmo unifica. Pero cansa, y es que ser un yo agota, aburre, acompleja, limita porque no hay nada más pesado que ser uno mismo durante toda una vida; el yo es una condena, el yo se arrastra esperando con ilusión ser algo más, porque en eso se basa todo sueño: en ser otro.

Cuántos revolucionarios lo dijeron, cuántos no lo entendieron: «el verdadero revolucionario ama», y es cierto. Solo el que sacrifica el yo hace la revolución.

El amor no puede ser una sensación, el amor va más allá. El amor permanece, incluso, sobre la rabia o la ira. Al amor, en definitiva, le hemos prestado muy poca atención. El amor es negativo para el Yo. Toda nuestra cultura le rinde devoción a Eros, pero poco le ofrendamos a su par, a su estado siamés. Eros va con Tánatos de la mano.

Cuando se ama no se es un yo, pero dentro de nuestra sociedad, acostumbrada al capital, a lo que se puede acumular, a ser dueños de toda producción, a producir con nombre propio, se hace casi imposible que surja este dios deforme llamado Eros. Queremos a Eros, pero rechazamos a Tánatos.

Afortunadamente, el amor inventó el divino arte de la seducción y refugiándose en la tentación del capital abre una herida profunda en los corazones para enseñar, una vez más, que el yo es el enemigo número uno de toda realización porque el amor es necesario para la vida, no para el Yo.

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