Un breve tratado sobre la fragilidad humana

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Juan Guillermo Ramírez

Lo más complicado de filmar, o sobre lo que escribir, es la fragilidad. La fragilidad como concepto es extraordinariamente frágil. Si aceptamos que cuanto más complejo es un organismo más expuesto está a desequilibrios, quiebras o facturas, pocos tan vulnerables como el ser humano. Pero nuestra fragilidad tiene un límite, una fecha de rotura, y termina con la caducidad individual de la muerte, que sólo puede ser, de algún modo, transcendida biológicamente, por la continuidad de la especie, o culturalmente, por el cine, por ejemplo. Son asuntos de la conciencia agónica.

Léo y Rémi son dos chicos de trece años y viven ese momento extraño en que se está pasando desde la niñez hacia la adolescencia. Comparten una intensa amistad de verano, con toda la pureza y el alborozo propios de su edad. Hasta que, al volver a la escuela, los rumores que despierta su relación resquebrajan este vínculo único. Todos los demás comienzan a preguntarse si son solo amigos o si entre ellos hay algo más. Léo y Rémi sueñan un mundo entero a sus pies. Y siempre juntos. De repente, algo los separará. Con esta premisa tan delicada como casi inexistente, Lukas Dohnt se las arregla para levantar un mundo tan reconocible como transparente. La pantalla se convierte en un espejo. Todo lo que sucede en ella, ocurre en los ojos y la memoria encendidos del espectador. Con este ambiente a su alrededor, su amistad se ve interrumpida. Es una historia con la que el cineasta belga, el mismo de Girl (2018), muestra las consecuencias de los modelos de masculinidad impuestos en la sociedad.

El director se esfuerza en la perfecta descripción de cada uno de los infinitos detalles que componen Close. Y eso va desde la respiración acelerada por el pedaleo en la bicicleta, a las peleas en el patio del colegio, pasando por las conversaciones avergonzadas en la mesa con los padres o los episodios de acoso y traición en el patio del colegio. Esto es un desmedido y preciso ejercicio de fragilidad. Un hecho cotidiano, de colegio, un comentario sin vocación dañina (algunas compañeras les preguntan si son pareja) hace tambalear entre ellos su amistad profunda e infantil y le procura a la historia un espesor inteligente y reflexivo que cambia bruscamente, pero también sigilosamente, el carril por el que viajaba. La edad de la confusión, de la inseguridad y del desconcierto sexual y personal, provoca entre ellos un incómodo rechazo.

Dhont vuelve a mostrar la misma mirada limpia, abierta, conductista y respetuosa que ya delataba a un realizador con una definida personalidad, pero esta vez aplicada a la historia de dos niños cuya intensa amistad preadolescente, en el inicio de un tránsito siempre difícil, genera los previsibles equívocos entre sus compañeros del colegio. Los códigos de la masculinidad tradicional se cruzan, cuando los niños no tienen todavía las defensas intelectuales ni la madurez necesaria para tomar distancia o para construir su propia identidad. En medio de tan problemática coyuntura, la tragedia puede estar cerca, sin que ninguno de los dos niños pueda controlar la dinámica que la provoca.

La cámara de Dhont sigue entonces a Léo, el protagonista principal. Es la mirada personal (cuestión de distancia, de diapasón, de elipsis oportunas, de pudor y de mesura) de un cineasta que filma imágenes limpias, cercanas y, sin embargo, distantes, situadas en esa difícil perspectiva que le permite acercarse a vivencias decisivas y dolorosas con calidez, sin sensacionalismo, sin concesiones melodramáticas, cuando estas últimas, sobre todo, eran difíciles de esquivar. Le sobra quizás a la película la demasiado obvia metáfora final del brazo roto, pero todo acaba por componer una obra de envergadura, capaz de encontrar una sensible verdad interior sin enfatizar el gesto, sin subrayados, sin retórica discursiva, con humildad y con modestia.

En un momento de Close, Léo está en la pista de hielo entrenando con su equipo de hockey y cae, intenta levantarse y vuelve a caer. La imagen pone en evidencia una cierta idea de lo que Close nos ofrece: el relato de una caída marcada por el despertar de la sexualidad, el peso de la masculinidad en los juegos adolescentes y, sobre todo, la crónica de lo que ocurre después de la desgracia, una descripción de cómo son las etapas de un duelo interior. Lukas Dhont demostró en su película anterior, Girl, centrada en las vivencias de un chico transexual que quería triunfar en el mundo del ballet, un alto grado de rigor en la puesta en escena. Close es una película que asume este rigor y que tiene una primera parte brillante. Léo y Rémi son amigos, juegan juntos, van a la escuela, pero hacen actividades diferentes. Rémi toca el oboe en una orquesta y Léo hace deporte. Sus lazos de amistad son muy intensos, muchas noches duermen en la misma casa y son inseparables. Hay algo en su amistad que les puede perturbar y este hecho genera una separación acompañada del dolor y la tragedia. Dhont atrapa las tensiones de la adolescencia y explora la complicada línea que separa la intensa amistad adolescente de la homosexualidad.

Close, está narrada desde el punto de vista de Rémi, un chico que se ha pasado la mayor parte de su vida muy unido a su mejor amigo Léo. Cuando ambos dejan atrás el verano y regresan al colegio, se encuentran con que una serie de desagradables rumores sobre ellos andan circulando por las aulas. Unos rumores que Léo desoye, pero que a Rémi no le hacen ninguna gracia, y como consecuencia decide comenzar a alejarse de Léo para intentar hacer nuevas amistades y acallar esos rumores que tanto lo incomodan. La segunda mitad de la película, es un portentoso drama sobre afrontar la pérdida y el duelo en una etapa en la que ni siquiera se ha formado como persona y en la que aún no ha aprendido a gestionar sus sentimientos. Ahí brilla con luz propia el joven Eden Dambrine, quien dota a su personaje de una humanidad pasmosa en la representación de la frustración e impotencia de juventud ante la muerte. Dhont se encierra en la visión de Rémi y hace que la película se mueva por esos ingenuos impulsos, pero a la vez deja detalles muy interesantes (esa «sesión de terapia» en la escuela) que de alguna manera radiografía con acidez la dictadura del buenismo en la Europa actual y de cómo esta oprime los verdaderos sentimientos desde que se es pequeño.

Ahí es donde aparece el personaje de Émilie Dequenne, la única luz que alumbra un túnel que no parecía tener salida y el único bote salvavidas emocional al que Rémi puede agarrarse. Quizá el hecho de que la película se encierre herméticamente en su protagonista nos impida conocer más los verdaderos sentimientos de este personaje, pero es su relación con el joven la que hace a su vez evitar que la película se regodee en exceso en el drama. En los gestos y las miradas de ambos está la fuerza de una película con una sensibilidad y honestidad mayúsculas a la hora de hablar de un tema tan complejo como el que trata.

Close, grabada de manera natural en un estilo que explora con detalle la menor inflexión de las expresivas facciones de Eden Dambrine, hace un retrato conmovedor de un dilema interior en las turbulencias de la búsqueda de la propia identidad a una edad en que el deseo de parecerse a los demás es poderoso, hasta el punto de controlar la verdadera personalidad y de encerrarse voluntariamente en una cárcel dolorosa. Dhont se sumerge conteniendo la respiración en este drama iniciático, que ofrece a sus dos protagonistas, bien acompañados por los adultos, sobre todo las madres, todo el amor de un cineasta dotado de grandes cualidades para la puesta en escena que va desde contundente hasta infinitamente suave, de la gran velocidad a la atenta paciencia de dejar surgir pequeñas ondulaciones de las almas que se inscriben en los cuerpos y en los gestos cuando la comunicación verbal está bloqueada.

Close, que atraviesa cuatro estaciones que reflejan el trabajo familiar en los campos de flores y los elementos naturales: de la profusión de colores a la nieve, pasando por el lodo y las lluvias torrenciales, consigue una obra de funambulismo cinematográfico, a la vez incisiva y reflexiva, unificando realismo, lirismo y melodrama en una fluidez conmovedora. Hay, igualmente, algunas escenas, una de la madre de Leo y otra de la madre de Remi, que están bien desarrolladas y en las que casi no se pronuncia una palabra.

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