La uruguaya o un hombre en su laberinto

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“Cuando se escribe, creo, es difícil convencer al lector de que una persona es atractiva. Uno puede decir que una mujer es hermosa, que un hombre es guapo, pero ¿dónde está la chispa deslumbrante, en la mirada del narrador, en la obsesión? ¿Cómo mostrar con palabras la exacta conjunción de rasgos de una cara que provocan esa locura sostenida en el tiempo? ¿Y la actitud? ¿Y la mirada? Sólo puedo decir que ella tenía una nariz uruguaya. No sé cómo explicarlo mejor. Esas narices de la Banda Oriental, bien llevadas, con una leve comba, un puente alto, como la erre de su nombre, el desafío etarra de su linaje vasco, en su nariz. Ni un grado más ni un grado menos en ese ángulo, y ahí estaba la matemática secreta de su belleza. ¿Y los ojazos verdes, y su boca de beso constante?”, Pedro Mairal

Juan Guillermo Ramírez

Ana García Blaya, directora de cine nacida en Buenos Aires en 1979. Se formó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y en 2019 estrenó su primera película, Las buenas intenciones, reconocida en los festivales de Toronto, San Sebastián y Mar del Plata. En 2022, García ganó el premio a la mejor dirección en la competencia internacional del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con su segundo largometraje, La Uruguaya, basada en la novela homónima de Pedro Mairal.

Lucas Pereyra viaja a Uruguay en barco por el día a buscar dólares. Son tiempos de restricciones cambiarias. Tiene ya arreglado un encuentro secreto en Montevideo, pero sus planes pueden fallar. Encandilado por el recuerdo de un verano anterior y agobiado por un matrimonio que se resquebraja, sueña con escaparse y no volver. ¿Con quién se va a encontrar? Montevideo, esa ciudad idealizada por la distancia, se volverá impredecible. Lucas un cuarentón padre y marido en crisis matrimonial, viaja a Montevideo por un único día con dos misiones: retirar en efectivo los dólares de un adelanto pagado por dos editoriales extranjeras y, con un poco de suerte, acostarse con Guerra, la chica veinteañera a la que conoció en un viaje anterior. Un viaje fugaz que funciona como la puerta a una especie de dimensión paralela: una fantasía que parece volverse posible en un lugar tan parecido a Buenos Aires y a la vez suficientemente distinto.

La novela está narrada en la voz de Lucas, que nos mete en su cabeza y en sus infinitas vueltas y eventualmente las circunstancias (dinero y affaire), lo llevan a mirarse un poco de afuera y divisar lo patético que puede ser un cuarentón que atraviesa el abismo de la mediana edad. Sin embargo, ese elemento distintivo ha cambiado de manera insoslayable y la voz en off que guía parte del relato es la de la esposa de Lucas. A la hora de llevar el texto de Pedro Mairal a la pantalla, la realizadora introduce la variable de una narradora femenina. Y lo hace con una ternura que evita que todo se convierta en un juicio a su protagonista.

Se sabe que una película, como un cuento, necesita capturar al espectador desde el comienzo. Fracasar en eso equivale a perder la conexión con él y que la historia deje de interesarle. O peor, que nunca le importe, haciendo colapsar el dispositivo inmersivo del cine. Para lograrlo, La uruguaya utiliza un truco viejo pero eficiente: altera el orden cronológico del relato, revelando al principio información que corresponde al final, para luego retroceder y ahí sí, avanzar sobre la línea de tiempo clásica. Esa decisión también amplia la advertencia que convoca a no revelar el final de las películas: acá tampoco se puede contar el comienzo.

La uruguaya hereda de la novela, el juego de crisis cruzadas que atraviesan a su protagonista, dejándolo sin lugar donde refugiarse y con la salida por arriba como única solución para ese laberinto. Lucas ha conseguido construir una obra de cierto éxito como escritor, pero atraviesa la peor etapa de su vida. Debe hacerle frente a la crisis de los 40, cuya sombra lo empuja a cuestionarse todo. Pero todo va más allá del dilema existencial. El escritor también está afectado por el síndrome de la página en blanco, que le complica el trabajo. Su matrimonio tampoco pasa por su mejor momento, reducido a un esquema de excusas y reproches, sin vestigios amorosos a la vista. Y lo peor de todo: Lucas es argentino, con lo cual todo lo anterior se ve agravado por una precariedad económica que no le permite proyectar el futuro más allá de la próxima semana. La película plantea esta situación con eficacia dentro de su primer acto, dejando al protagonista al borde de todos estos abismos de manera simultánea. Pero también lo hace de forma bien argentina, evitando caer en el drama para avanzar por el lado de la tragicomedia.

Al mismo tiempo revela cuál es la válvula de escape que, con torpeza masculina, Lucas encuentra en busca de alivio. Se trata de Magalí, una chica que conoció en una actividad literaria en Montevideo y con quien tuvo algún acercamiento que no pasó de un intenso beso. Alimentado a la distancia a través del contacto virtual, el vínculo con ella empieza a funcionar para Lucas como una realidad paralela donde sus problemas no existen. Una burbuja de felicidad que, si bien no le aporta ninguna solución, se le ofrece con la fuerza de lo nuevo, de lo potencial. Y de la fantasía, materia prima del escritor.

La película incorpora la figura de una narradora femenina, decisión interesante para abordar una novela muy masculina nada condescendiente con su protagonista. Ese cambio en el punto de vista altera la forma en que se percibe al personaje, apartándose del tono sarcástico y (auto)crítico del libro. La voz en off, que puede ser pensada como un posible diálogo entre mujeres, conserva el lado crítico, que se vuelve externo y más explícito. Mientras el sarcasmo es desplazado por la aparición de la ternura, solo posible a partir de la mirada superadora de quien ve el mapa completo desde afuera. Esa ternura es el gran aporte de la cineasta García Blaya, que se permite retratar a Lucas sin convertir a La uruguaya en la puesta en escena de un juicio. En lugar de eso, se permite ser testigo de la regresión casi adolescente que opera en él, donde la realidad pierde la pulseada contra la testosterona. Una generosidad que la directora ya había mostrado con el protagonista de Las buenas intenciones, su ópera prima, otro chico grande que asumía sus responsabilidades a medida que la vida lo obligaba a cruzarse con ellas.

En cuanto a la película, uno de sus grandes aciertos es su cambio de perspectiva. Cata pone el acento en lo subrepticio, en los indicios de la crisis de ese hombre, y lo hace con cierta ironía. Lucas es expuesto como alguien conflictuado que se aferra a Magalí, mientras en simultáneo se escapa de otras cosas, y la narración en off de Cata no resulta intrusiva o redundante sino complementaria. De esta forma, se percibe en La uruguaya un enfoque feminista, con Magalí como una figura ominosa, elusiva, todo aquello que Lucas no espera encontrar al volver a verla.

Conviven influencias y reside el leitmotiv de la novela de base, pero aun así se siente como una producción fruto de la perspectiva de una realizadora con buen pulso para registrar las complejas dinámicas de las relaciones humanas, y las contradicciones inherentes a los individuos que se cuestionan diariamente qué es la felicidad total y si realmente existe.

La película filma a Montevideo en esos días calurosos y soleados del año, cuando si no es el mejor país, se le parece, pudiendo captar, incluso en sus partes no tan bellas, algo de ese ritmo relajado que tan bien se adapta al caminar y conversar. Más allá de este ritmo que tiene la película, no es Antes del amanecer de Richard Linklater, porque las charlas, en vez de desarrollarse en esa especie de esgrima verbal que necesita de espesor y extensión para tomar forma, se dan como un salpicado, un resumen recortado de frases y ocurrencias que nunca adquieren su verdadera dimensión dialógica. Quizás sea uno de los efectos naturales de las adaptaciones cinematográficas de material literario.

Lo que quiere ser una relectura termina dejando un sabor agridulce. No llegamos a tener una visión descarnada sobre el frágil universo masculino, ni una profundidad notoria de Cata o Magalí. Incluso, desde un punto de vista cuestionador de lo masculino, es mucho más interesante ver los patetismos, los subterfugios y neurosis de un hombre tratando de –en la textura de lo que escribe– explicar, salvarse, disculparse y vengarse al mismo tiempo de su pareja, que este giro en que simplemente se ve lo que hace, más como si fuera un animal ridículo. Lo que queda es eso reducido, apenas punteado: un poco de comedia romántica, un poco de comentario de entre orillas, un poco de postal turística, un poco de disección psicológica de la fragilidad masculina y un poco de reposicionamiento de géneros, pero sin terminar de ser sólido en ninguna de estas ramas.

No hay como la novela.

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