El sol del futuro: entre lo cáustico y lo solemne

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Juan Guillermo Ramírez

El sol del futuro nos presenta a un protagonista excluyente, el propio realizador italiano Nanni Moretti, como es habitual en su extensa trayectoria, iniciada a mediados de los años 70 y un nuevo ejercicio de cine dentro del cine. Giovanni (el mismo nombre del personaje que el director encarnó en la conmovedora La habitación del hijo) está en rodaje de un largometraje que repasa la revolución popular contra el opresivo régimen comunista de Hungría en 1956 y, como suele ocurrir casi siempre con los cineastas empecinados en defender su independencia estética e ideológica, no parece encajar en el canon de su época.

La película dentro de la película, narra la crisis ideológica que envuelve a los personajes, en torno a la posición que deben tomar. El líder del Partido Comunista Ennio, interpretado por el anodino actor Silvio, debe tomar una decisión respecto a la dirección. La filmación enfrenta problemas entre los que está la detención por deudas del productor Pierre y una hilarante cita con ejecutivos de Netflix, uno de los mejores momentos de la película.

Metaficción sin hipocresías políticas, humor sutil en la que la que el protagonista entra en una calibrada y tersa burla, El sol del futuro (Italia, 2023), fluye en dos líneas: una reflexión sobre la banalidad del arte en la actualidad y la posición política de izquierda del director, que no se siente paternalista ni aleccionador.

Giovanni, filma una película sobre la llegada de un circo en medio de una intervención armada de Moscú a Roma en los cincuenta. Desde el inicio, las dos historias se funden: la realización del largometraje y la película dentro de la película. En el primer caso, la filmación, el caos llega a la vida de Giovanni: su mujer es cada día más indiferente, su hija casi adolescente tiene un noviazgo al parecer serio con un obeso diplomático que le lleva más de cuarenta años y el productor del filme no consigue recursos con facilidad.

En medio de su crisis existencial, el cineasta corrige escenas a un novato director que quiere emular a Tarantino y del que Paola es productora. Tal vez es lugar común apuntar que el tono fellinesco está presente en el filme, pero su vocación de farsa lúdica, de posición política y de crítica hacia lo hueco de la actual industria vuelven la afirmación ineludible.

El sol del futuro, es una aguda, suave, irónica y juguetona mirada a la crisis personal y creativa pero su neurosis como relato la convierten en una historia agridulce y cáustica. Referentes en todo momento a filmes italianos, sobre todo, aunque no de forma exclusiva, música que mueve la memoria y a pesar de los temas que abordar una absoluta falta de solemnidad, convierten a El sol del futuro, en un trabajo ineludible para cinéfilos. Es el manifiesto personal de un hombre abrumado por las circunstancias: un presente en el que las plataformas de streaming controlan la producción audiovisual con un criterio dominante, el de los resultados, que se ha impuesto con eficacia en el terreno de la política.

Una película entendida como instrumento de resistencia y motor para impulsar cambios. Si hay algo que le debemos reconocer a Nanni Moretti a la luz de una sólida carrera fílmica de más de 50 años es su valentía y su fe inclaudicable en la herramienta expresiva que ha elegido para dejar una huella imposible de pasar por alto en la historia del cine.

Como la fábula del escorpión que le pide a la rana que lo ayude a cruzar un lago, pero a mitad de camino le mete un aguijonazo porque no puede ir contra su propia naturaleza, El sol del futuro confirma que la obra de un autor se compone de eternos retornos y obsesiones inevitables que le dan forma a su identidad cinematográfica. Un Moretti auténtico que regresa a los temas que lo ocupan desde que arrancó a filmar en los ‘70 y que vuelve a rascarse donde le pica. O como el escorpión, a picar justo donde duele. Acá no faltan ni el alter ego autoreferencial ni los juegos metacinematográficos. También dicen presente los giros psicoanalíticos, los números musicales y las coreografías que surgen para mejorar la realidad, la discusión política que vuelve a proponer al comunismo como filtro para ver y entender el mundo y el perfil de Roma como escenario omnipresente. Elementos que serán procesados por las licuadoras de la ironía, el sarcasmo y una autocrítica a la que la gracia habitual de Moretti no le quita ni lo salvaje ni lo adecuado. Todo eso al servicio de la historia de un director de cine obsesivo, al que diversas crisis le complican avanzar no solo en el rodaje de una nueva película, sino directamente en la vida.

El sol del futuro intercala dos líneas narrativas: la vida de Giovanni, quien, como los personajes de Woody Allen en sus propias películas, parece vivir en un estado de crisis permanente y las escenas de la película que está rodando, ambientada en un barrio obrero romano en los ‘50. Ahí retrata la relación entre el jefe local del Partido Comunista y una militante, quienes organizan la visita de un circo húngaro, justo cuando en Hungría estalla la revolución anti soviética de 1956. Estas dos líneas le permiten a Moretti jugar con el cruce de pares opuestos: el de realidad y ficción; el de presente y pasado; el de los sueños rotos y las utopías eternas.

El paralelo entre Moretti y Allen es inevitable. La escena donde su alter ego interrumpe un rodaje ajeno para hacer entrar en cuadro a distintos intelectuales que justifican su visión del mundo recuerda a la disruptiva y cómica aparición de Marshall McLuhan en Annie Hall (1977). Su colección de citas cinematográficas que añoran un pasado mejor también lo son, aunque Moretti elija esa mirada esperanzada que anida en el título. Y es que El sol del futuro es una película sobre el cine, sobre el estado de la industria y el valor que la sociedad actual, obsesionada con la lógica mercantil, le da a la cultura.

Moretti reincide en su personaje de cineasta cómicamente gruñón cuyas reflexiones abordan lo político desde lo personal y viceversa. Lejos de replegarse en sus neurosis, el italiano aprovecha la experiencia que otorga la madurez para ampliar su mirada. Incorpora una buena dosis de autocrítica a través del personaje de su esposa y productora en la ficción, una mujer cansada de aguantar a este prototipo de hombre y artista. Moretti plantea hasta qué punto las formas de enconamiento personales o ideológicas derivan en dogmatismos que atentan contra la experiencia misma de felicidad.

En una película en la que perpetúa el síndrome del abandono, Moretti hace alarde con melancólica ironía de toda la idiosincrasia manifestada en su cine desde los tiempos de su primer alter ego Michele Apicella, desde la más inocua a la más intransigente. El amor por los dulces, las canciones antiguas, el fútbol y nadar en la piscina, la banalidad del neolenguaje lleno de anglicismos (patente en la reunión con los representantes de Netflix), el problema ético-estético de la violencia en el cine, al que dedica un hermoso monólogo en el que cita la película No matarás de Krzysztof Kieślowski, y una larga y divertida escena en la que Giovanni irrumpe en el plató de la película «policíaca» que produce su mujer, llegando incluso a dejar un mensaje en el contestador automático de Martin Scorsese. Nanni cuestiona el cine a través de películas como La jauría humana, de Arthur Penn con Marlon Brando, del cine de John Cassavetes y, sobre todo, de sus propias películas. En una escena nocturna con Amalric, Giovanni rodea la Piazza Mazzini, pero no sobre la Vespa de Caro diario, sino en uno de los súper modernos patinetes eléctricos que hoy en día infestan las ciudades. En un final de la película que Giovanni quería que fuera dramático y que acaba resolviéndose al más puro estilo felliniano en un desfile de rostros que Moretti se ha encargado de hacer popular, el pasado se mezcla con el futuro de manera que lo que podría parecer una despedida se convierte en un simple adiós.

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