Sensibilidad de miradas

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“Veía las cosas de una manera que los otros no veían, y por eso parecía un lugar diferente la ciudad en la que había vivido toda mi vida; por eso la luz en la cara de una mujer la hacía hermosa”, Griet

Juan Guillermo Ramírez

La adolescente Griet entra a trabajar como sirvienta, en casa del pintor Jan Vermeer. Entre la chica y el artista se establece una peculiar relación, hasta el extremo de que él verá en ella una sensibilidad que no desaprovechará: será su modelo para el cuadro La muchacha de la perla. Cuando la base de una película es una obra de arte, ya sea biopic (biográfica) o no, el énfasis en la captación atmosférica es prácticamente una obsesión para los cineastas que se embarcan en contar las historias de esos artistas, como demuestran las películas basadas en pintores de distintas épocas. Recordemos los casos, a modo de ejemplo, de Frida y Pollock, donde la fotografía adquiría cierto protagonismo, conformando una representación de las formas, luces, sombras y texturas de las obras de los pintores en cuestión.

El caso de La joven de la perla es exactamente el mismo, y si destaca algo por encima de todo es por su belleza plástica, resumiendo en 95 minutos la obra del gran pintor holandés Jan Vermeer. La propuesta de está película del debutante Peter Webber es tan estimulante y sugestiva como la de Celeste, que ofrecía una aproximación al escritor Marcel Proust a través de la figura de su criada. Aquí, en la cinta de Webber, la fabulación sobre este ‘biopic’, se toma de un libro de culto escrito por Tracy Chevalier, dibujando a base de sutilezas y miradas una vinculación entre artista y modelo desarrollada por la estupenda interpretación de la pareja (en la ficción) de actores, su hermosura visual, mezclada de texturas, colores (donde destacan los azules y amarillos), luces y sombras, que conforman por encima de todo una película bella y plástica. El público, hipnotizado por la maravillosa fotografía, se deja llevar hacia una época, un momento histórico y un lugar que nos es desconocido. La obra es en sí una notable película.

La joven de la perla nos narra la historia de Griet, de diecisiete años, y de cómo ésta, después de que su padre se quedara ciego tras una explosión en Delft (Holanda) en 1665, para mantener a su familia, empieza como criada en casa de Johannes Vermeer y poco a poco, va llamando la atención del pintor. El maestro Carl Theodore Dreyer decía en cuanto al ritmo del cine: El juego de los ritmos y las líneas, la tensión entre las superficies de color, la correlación de luces y sombras, el ritmo de la cámara en movimiento. Todo esto, junto con la interpretación que dé el director de la materia como factor creador de imágenes, es determinante para su forma de expresión artística: su estilo. Webber sigue en parte esas directrices; aquí el ritmo de La joven de la perla es pausado, tranquilo, casi podríamos decir que contemplativo, pero el trabajo del fotógrafo portugués Eduardo Serra relega al director a un segundo término, haciendo casi invisible la labor del realizador novel.

Serra consigue aquí uno de sus trabajos más perfectos, cercano al estilo del sobresaliente Néstor Almendros, que siempre tuvo presentes a los pintores a la hora de crear imágenes. El fotógrafo portugués ha estudiado minuciosamente el trabajo de Johannes Vermeer, tanto es así que la sensación es la de estar dándose un paseo por la particular visión que tenía el artista de la época en la Holanda del Barroco.

Otro de los aciertos de la película se encuentra en las deliciosas notas musicales de un piano bajo la batuta de Alexandre Desplat, responsable del score, que consigue fusionar imágenes e historia, resumiéndose en una banda sonora que evoca al sentimiento, no a la sensiblería. El pequeño problema que no hace de La joven de la perla una magistral película, aparte de la ya comentada desaparición del director por culpa de la fotografía, reside también en la ausencia de (más) énfasis en los momentos de tensión sensual, la falta de incidir en la atracción casi obsesiva y de admiración que existe entre pintor y modelo, ante todo hombre y mujer, provocando cierto coitus interruptus en el resultado final. Además, la belleza de Scarlett Johansson y su trabajo interpretativo, que hipnotiza con sólo mirarla, como si de una estrella de cine mudo se tratara, eclipsan la por otro lado aceptable actuación de Colin Firth, tanto es así que el actor pierde protagonismo y pasa en algún momento desapercibido, yendo todo ello en detrimento (en parte) de la historia. El resto del elenco pasa a un tercer término, casi complementario, de soporte, aunque todos ellos cumplen con eficacia sus papeles. A nivel superficial no acontecen muchas cosas, la acción es mínima, muy centrada en el drama, lo cual focaliza el interés en los personajes, haciendo que el embobado (ante tanta maravilla visual) espectador se interne en un microcosmos, un universo intimista de hermosas proporciones. Una criada, un artista, una pasión artística, un ensueño de clases y responsabilidades, una sociedad que ha dejado el sentido religioso del arte, y una burguesía que anhela las pinturas en las paredes, donde el artista debía encontrar a un mecenas que le sustentara y alimentase, para no pasar hambre. Un mundo donde las mujeres hermosas llevan a cabo actividades simples, cotidianas, dignas de ser contadas y/o pintadas. Vermeer desnudó a sus modelos en sus pinturas, pero una desnudez diferente, enseñó el alma que se escondía tras ellas, como reflejan algunos de sus lienzos y en especial en el que se basa esta obra. Si algo ha conseguido Webber con este largometraje es y volviendo a parafrasear a Dreyer, que el arte debe representar la vida -interior- y no la –exterior-. La joven de la perla es una idea original sobre cómo pudo haberse gestado uno de los cuadros más famosos del mundo, conocido por muchos como La Gioconda holandesa. No es una historia real, pero sí una historia posible, lo cual hace que sea incluso más cautivadora, aunque no llegue a las cotas de perfección a las que sí llega la novela en la que se basa. Una joya de luz y de color.

Insertos

Las citas en cursiva están extraídas del libro Carl Theodore Dreyer de Juan Antonio Gómez García para la editorial Fundamentos; segunda edición, Madrid. Andy Paterson y su mujer, la guionista Olivia Hetreed, leyeron el manuscrito de La joven de la perla unos meses antes de su publicación, comprando los derechos. La adaptación cinematográfica inicialmente iba a ser dirigida por Mike Newell, pero finalmente éste abandonó el proyecto, prefiriendo realizar La sonrisa de Mona Lisa (2003). Así, el proyecto cayó en manos del debutante Peter Webber, director instruido en la dirección de programas y series de la televisión inglesa. La novela de Tracy Chevalier se convirtió en un pequeño best-seller de culto justo después de su publicación, teniendo buenas críticas por parte de la crítica y del público. El cuadro en el que se basa la novela, La muchacha de la perla, está expuesto en el Museo Mauritshuis, en Holanda. A esta obra de arte se la ha comparado varias veces con la pintura de La Monalisa de Da Vinci, incluso se la ha rebautizado en alguna ocasión como ‘La Gioconda holandesa’; se cree que fue pintado en 1665/66, pero su verdadera identidad es desconocida. La historia parte de unos personajes reales, pero nada tiene que ver con la realidad; todo lo que se refiere a la supuesta relación amorosa entre el artista y la modelo parte de la imaginación de Chavelier. Scarlett Johansson, calificada como uno de los talentos más prometedores de su generación, empezó su joven carrera cuando tenía sólo ocho años de edad, debutando en una producción teatral junto a Ethan Hawke. Después de varios papeles pequeños, su gran oportunidad llegó con El hombre que susurraba a los caballos (1998) de Robert Redford, una película que recibió críticas mixtas, pero en la que se destacó su interpretación. Johansson siguió ganando puntos en películas como Ghost World (2001) de Terry Zwigoff o El hombre que nunca estuvo allí (2001) de los Coen o Match Point(2005) de Woody Allen. Galardonada en los Bafta británicos, en los Spirit Independence Award y en el Festival de Venecia por su papel en Lost in Translation (2003) junto a su compañero de reparto Bill Murray en la cinta de Sophia Coppola. Colin Firth, estudiante de teatro clásico e hijo de profesores universitarios, pasó sus primeros años de vida en Nigeria, donde sus abuelos eran misioneros metodistas. Durante años su carrera estuvo centrada en la televisión, convirtiéndose en una estrella por su papel en Orgullo y prejuicio. Su aparición en la popular serie, saliendo de un lago con la camiseta mojada, fue elegida por la audiencia británica como uno de los grandes momentos de la televisión del siglo XX. Debutó en el cine con Otro país (1984) del británico Marek Kanievska (1989).