La Sergio y la crisis de la universidad

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Alejandro Cifuentes

En los últimos días la universidad Sergio Arboleda ha estado en boca de todo el mundo, pues por malos manejos administrativos el Ministerio de Educación Nacional le retiró la acreditación de alta calidad. La situación era tan grave que lo ocurrido está muy lejos de ser una represalia política del nuevo gobierno, como algunos quieren creer, pues la investigación que condujo a la sanción final contra la Sergio se desarrolló durante la administración Duque.

La noticia causó alborozo en la opinión pública, y no es para menos ya que esta institución se identifica con el expresidente y otras figuras del uribismo. Así pues, lo ocurrido hace algunas semanas ha desatado miles de burlas, pero desafortunadamente no se ha prestado como excusa para un debate al respecto de la situación de la educación superior.

Quien haya conocido desde dentro a la Sergio, ya sea como estudiante o trabajador, sabe bien que lo que reveló el Ministerio por estos días no solo es cierto, sino que además es apenas una pequeña muestra de las barbaridades que ocurren cotidianamente. Esta universidad, propiedad de la familia Noguera, se maneja como una hacienda decimonónica. No hay una solución de continuidad entre el patrimonio personal y el institucional.

Se vive un ambiente paternalista que resultaría extraño para cualquier doctrina organizativa empresarial moderna, y las jerarquías sociales rayan en lo anacrónico: los trabajadores, e incluso muchos estudiantes, tratan con deferencia a cualquier persona con corbata y algunas canas, a quienes, además, se refieren con el título cuasi nobiliario de “doctor”. De hecho, sorprende que una administración tan engorrosa no le haya causado más problemas a la universidad.

Pero de repente todo se redujo a la Sergio. Memes van y vienen, pero se nos olvidó que, con sus matices, hoy todas las universidades, públicas y privadas, sufren de todo tipo de malversación, lo que a su vez es una expresión de la podredumbre de la educación, que se ha visto reducida a una mera mercancía.

Las instituciones más grandes, que cuentan con una administración más racional, son más eficientes disimulando la corrupción, pero ella sigue allí, expresada en altos cargos burocráticos que no cumplen ninguna función real; en contrataciones profesorales basadas en amiguismos y en concursos hechos a la medida de un perfil; en profesores que a pesar de su incompetencia y arbitrariedades son mantenidos en sus cargos, mientras otros, por lo general promotores del pensamiento crítico, son perseguidos, tanto por sus colegas como por las directivas; en fin, en todas las prácticas que atentan no solamente contra el funcionamiento eficiente de la universidad, sino primordialmente contra la educación y el desarrollo de un conocimiento científico que tenga incidencia social.

Mientras la Sergio genera escándalo, en las demás universidades las absurdas dinámicas de la cienciometría continúan implantándose sin reproche, la desregularización laboral sigue convirtiendo a los profesores en simples máquinas repetidoras, cercenando su capacidad para mantenerse a la vanguardia del conocimiento e investigar, y los debates sobre los contenidos se mantienen como una anécdota del movimiento estudiantil de la década de 1960.

Y más aún, después de las risas, los Noguera sabrán recomponerse, recuperarán su acreditación y seguirán adelante con su negocio y su educación adoctrinadora. Entonces ¿cuándo daremos un debate sobre la educación que vaya más allá del presupuesto?