Gramsci, un revolucionario

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Alejandro Cifuentes

El 22 de enero se cumplieron 132 años del natalicio de Antonio Gramsci, y hoy más que nunca debemos reivindicar la vida y obra de este revolucionario que entregó su vida a la causa del proletariado y que le plantó cara al fascismo.

En 1925, Gramsci desafió abiertamente a Mussolini en medio de la discusión de una ley que ilegalizaba a partidos y organizaciones opositores al régimen. Al año siguiente, el líder comunista fue enviado a la cárcel, mientras que la fiscalía declaraba que a ese cerebro debía impedírsele funcionar por 20 años. Sin embargo, el cometido de los tribunales fascistas no se logró, y Gramsci plasmó sus ideas en 32 cuadernos, en los que trabajó a lo largo de 6 años en las difíciles condiciones que le imponía el presidio.

Por las circunstancias en que Gramsci desarrolló su trabajo, su obra resulta particular. Los cuadernos en un inicio fueron pensados como apuntes, lineamientos para investigaciones futuras que se desarrollarían cuando finalmente recuperase su libertad, esperanza que nunca perdió pues mantuvo firme el optimismo de la voluntad. Pero cuando su salud comenzó a deteriorarse, Gramsci empezó a darle más forma a sus reflexiones. No obstante, los Cuadernos son un trabajo concebido como borrador y que no llegó a publicarse en vida del autor. Resaltamos esto no con el fin de anular la relevancia y validez de la obra de Gramsci, sino para apuntar su complejidad. Por las características de esta obra, buena parte de la difusión de los Cuadernos se ha dado a través de antologías y compilaciones que fueron armadas según criterios editoriales ajenos al autor; esto significa que esta obra ha circulado principalmente de manera fragmentaria, y agrupada bajo criterios que no corresponden a los de Gramsci.

Los Cuadernos abordan una amplia gama de temas, desde apuntes sobre el análisis de la historia de las clases subalternas, hasta elementos metodológicos para el estudio de un autor. Pero Gramsci con su obra hizo aportes fundamentales para el estudio del Estado, la naturaleza del poder y la caracterización de los partidos, especialmente el partido de nuevo tipo, es decir, el partido revolucionario que, como intelectual colectivo, resulta primordial en los movimientos de emancipación. En muchos aspectos, pero especialmente de cara al concepto de hegemonía, el trabajo de Gramsci profundizó algunos de los postulados de Lenin sobre la política.

Hoy, progres, socialdemócratas y posmodernos, que no son más que reaccionarios agazapados en la diversidad identitaria, pretenden apropiarse del legado de Gramsci, descontextualizando y retorciendo las ideas plasmadas en los Cuadernos. Con lecturas fragmentarias y superficiales, buscan convertir las ideas del comunista italiano, hombre de la III Internacional, en sostén de proyectos funcionales al capitalismo. Gramsci nunca habló de contrahegemonía, como quieren hacernos creer figuras políticas y académicas mediocres, que se han autoproclamado de izquierdas mientras vociferan que el proletariado y la lucha de clases fenecieron con la URSS y la Guerra Fría. El concepto de hegemonía debe entenderse desde la perspectiva de un hombre convencido de la necesidad de un cambio revolucionario hacia el socialismo. Las clases subalternas no pueden mantenerse en una eterna resistencia, pues están llamadas a abolir la vieja sociedad y construir una nueva hegemonía que conduzca a una sociedad que supere las clases, donde el ser humano no sea objeto de explotación.